jueves, 12 de noviembre de 2009

Cocinas

La otra tarde, antes de ir a trabajar, estuve viendo la cocina que mi mejor amigo acaba de reformar (le ha quedado espléndida, por cierto), y, al salir de su casa, pensaba en lo importante que han sido las cocinas en mi vida. Esa misma cocina, la de mi amigo, antes de la reforma, donde tantas veces cociné y donde tantas charlas y risas tuvimos, siempre al lado de una buena botella de vino, una tortilla de patatas bien gorda o un balsámico arroz para la resaca. La cocina de la casa de mis padres, también antes de la reforma (cocina Cuéntame, la llamábamos, por su inconfundible estilo añejo y setentero), donde tantas complicidades pasamos ese mismo amigo, mi hermana y yo. Allí, por entonces, los sándwiches triples eran la estrella. La cocina de la casa de los abuelos, claro, con su magnífica cocina de carbón, donde, gracias a la abuela Virginia, aprendí a cocinar. Cocina de carbón también la había en la casa de Sariego, el -feliz- año que pasé en ella. Y en cuya inmensa mesa de madera evocamos en más de una ocasión aquel célebre momento de "El cartero siempre llama dos veces", versión Jessica-Jack. Ahora, tengo una cocina muy socialista, de dos por dos, tipo Barriguitas, pero estoy encantado, porque, con la edad, uno va aprendiendo que lo importante no son los escenarios sino con quién los compartes. Y, francamente, no es por presumir, pero tengo la mejor pareja de baile para ello.

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