martes, 7 de abril de 2020

Musicales

Me gustan los musicales. No todos. No todo el tiempo. 'Cabaret', del gran Bob Fosse, es mi favorito. Por varias razones. Sobre todo, por la manera tan inteligente que tiene de introducir temas muy importantes en la trama, entre canción y canción. Pienso en ellos, en los musicales, mientras espero con mi carro de la compra para entrar en el supermercado. El guarda jurado me da unos guantes, que pongo encima de los otros, y me dice que pase. Si estuviésemos en un musical, puede que lo dijera cantando. Puede que estemos en un musical. Entro en el supermercado y me doy cuenta de que, evidentemente, estamos en un musical. Unas personas, con sus guantes y mascarillas, bailan bien, incluso muy bien. Otras, con el mismo atuendo, lo hacemos con la deliciosa torpeza de Catherine Deneuve en 'Bailar en la oscuridad'. No reconozco la música que suena, pero me resulta familiar. Los pies se mueven ligeros. La coreografía está muy ensayada. Nadie pierde el ritmo. Sigo metiendo las cosas que necesitamos en la cesta. Queso, fruta, pan... La cámara se centra ahora en la sección de los congelados, donde una mujer que se parece a la Bernadette Peters de 'Pennis froma heaven' hace un número con un hombre que no se parece demasiado a Steve Martin, pero qué importa. Todos dicen I love you. Cojo una bolsa de guisantes y otra de coliflor y los dejo ahí, a lo suyo. Meto una botella de vino en la cesta y escucho a Audrey Hepburn entonar el célebre 'Moon River'. Ya sé que 'Desayuno con diamantes' no es un musical, pero esa escena vale por muchos musicales juntos. "My Huckleberry friend, moon river and me". Me voy alejando de ella con esa melodía en la cabeza, pensando que algún día volveremos a desayunar en Nueva York. O en París, como la propia Audrey en 'Una cara con ángel', que no es mi Stanley Donen favorito, pero es que en 'Dos en la carretera' no cantaban. 
La voz de la cajera me devuelve a la realidad. "¿Quiere bolsa?". Y de repente, negando con la cabeza y señalando mi carrito, me doy cuenta de que todo el mundo está en silencio. El musical ha terminado. Salgo del supermercado y está lloviendo. De regreso a casa, voy pensando que sería un acto de justicia poética que la muerte, cuando haga su aparición, tuviese el rostro de Jessica Lange, como en 'All that jazz' (otra vez el gran Fosse), otro de mis favoritos. Pero no te apures, Jessica. El espectáculo, aunque suene manido, debe continuar. Y continúa, a pesar de que esta decadencia no sea tan divina como la de Bob y Liza. 

lunes, 6 de abril de 2020

Aquellos días azules

Ayer, por primera vez desde que comenzó este confinamiento, se abrió una grieta. La noche del domingo cayó como un zarpazo. Me sentí como el preso que, agarrado a los barrotes de su celda, sólo piensa en huir. Echar a correr por las calles como Shirley MacLaine en el tramo final de 'El apartamento', aunque no estuviésemos en Nochevieja. Correr sin rumbo. Demasiados días de encierro sobre nuestras espaldas, demasiados días de encierro por delante. Se van desgastando las cosas a las que agarrarse. La paciencia nunca ha sido mi fuerte. A pesar de que los años, para mi sorpresa, han conseguido aliarse con ella en numerosas ocasiones. Cuestión de supervivencia, supongo. 
Entré en la cocina. Preparé una infusión y decidí hacerle un flan a mi madre. Entonces, pensé en ella. En aquellos veranos en el sur, en el olor de su pelo tras las horas de playa, en su piel después del sol, en los helados, en las primeras lecturas, en las películas vistas en aquel cine al aire libre. Una película que nunca se grabó. Una película por la que no ha pasado el tiempo. Como le ocurre a esa fotografía de Gonzalo Juanes en la que aparecen una madre y un hijo caminando por un parque. Como también sucede en la última novela de Elvira Lindo. 
La victoria de los días azules y aquel sol de la infancia. Podríamos definirlo así. 
Continuamos. 

  

domingo, 5 de abril de 2020

Aute

Éramos jóvenes y, aunque pensábamos lo contrario, no sabíamos mucho de la vida. Éramos jóvenes y, en habitaciones en penumbra, de madrugada, escuchábamos a Aute. En cinco minutos, o menos, nos contaba una historia que era mucho más que una simple historia. En cinco minutos, o menos, cabía toda la vida de de unos seres que se amaban o se habían amado, que buscaban la belleza o la verdad, que se estremecían antes del amanecer, que descubrían que todo era más difícil que encontrar rosas en el mar. De pronto, la voz cálida y cercana de Aute inundaba aquellas habitaciones en penumbra y la madrugada era el refugio de múltiples promesas, de ansiados anhelos, de juegos desinhibidos, de reflejos dorados. Ese es siempre el poder de la poesía, de la música, del arte en general y con mayúsculas. De quien va escribiendo  con trazo fino y elegante la historia de un país, de unas vidas, de unas esperanzas o de unos naufragios. Los principios y los finales. Porque todo eso cabe en cinco minutos, o menos. Todo eso que perseguimos y que se escapa en un soplo. Ahora, al fin, lo sabemos. 

sábado, 4 de abril de 2020

Celebrando a la Duras

Leer a Marguerite Duras es derribar las paredes de este mundo, se encuentre en las circunstancias que se encuentre, y adentrarse en otro, en el suyo. Ese mundo donde está la infancia, la madre, el hermano mayor y -sobre todo- el hermano menor, los nazis, los amores, los amantes, el alcohol, el tabaco, los precipicios, la locura, los gritos, el desgarro, los niños, la ternura, las cometas en una playa desierta, la garganta deshecha y las manos ajadas por la erosión del tiempo. Los ojos vidriosos del que sufre y del que ama con intensidad. La escritura y la escritura cuando también se vuelve obsesión y parte esencial para seguir respirando. Y, planeando sobre todo ello, como esa cometa que asciende hacia un cielo gris en la playa desierta, el deseo. Ese deseo que alcanza cada página. Ese deseo que es furia y dolor y placer y tantas palabras no pronunciadas. Ese deseo que también es silencio. Ese deseo, sí, como una manera de luchar contra las adversidades y los zarpazos que planean metódicamente sus estrategias. El deseo absoluto.
El espacio en blanco y el texto sublime. 
Marguerite nacía el 4 de abril de 1914. 
Y aquí, hoy, vamos a celebrarlo. Como si estuviésemos alzando cometas en playas desiertas, sintiendo ráfagas de sol en jardines solitarios o bebiendo botellas de vino en ciudades lejanas. 

viernes, 3 de abril de 2020

Brando y la sexualidad

Escribía ayer Pedro Almodóvar en un artículo que el albañil de 'Dolor y gloria' no existió en la realidad (aunque, todo hay que decirlo, quede muy poético en la película), que su despertar a la sexualidad fue con Warren Beatty. El mío, ya sé que no soy muy original (nunca me gustó Beatty), fue con este tipo que hoy, allá donde esté, cumple 96 años. La camiseta, claro. Y los labios y la mirada turbia y todo eso, pero también algo más que, evidentemente, comprendería años después: aquella vulnerabilidad que había detrás de la máscara, la camiseta y los incuestionables atributos físicos. Aquella especie de tormento y fragilidad, de miedo y desnudez. Aquella manera de reclamar afecto sin pronunciar una sola palabra. Eso, sin saber describirlo entonces, fui lo que aquel niño descubrió viendo una película con su madre cualquier noche de sábado y que enseguida supo que era un secreto que no debía compartir con nadie. Pero ésta ya es otra historia.  

miércoles, 1 de abril de 2020

Huir de la melancolía

Llego a casa de mis padres con la comida que he preparado para los próximos días y los encuentro en la cocina, desayunando. No puedo abrazarlos, no puedo besarlos. Mantengo las distancias debidas. Es una situación dura y extraña. Siento, de pronto, ganas de llorar. Pero me contengo, claro. Están asustados y desconcertados. Como todo el mundo, supongo. Trago saliva y me pongo a hablar. Hablo mucho. No sé muy bien lo que estoy diciendo, pero hablo. Hablo como un personaje de Woody Allen, sin parar. Hablo para distraerlos mientras terminan de desayunar. Hablo como si estuviese interpretando una obra de teatro y todo lo que digo lo tuviese memorizado en la cabeza. Hablo para ahuyentar el miedo. Hablo porque después de tantos días viviendo esta situación aún no he asimilado lo que nos está ocurriendo. ¿Alguien lo ha conseguido? 
También me río y los hago reír. No me preguntéis las tonterías que dije para conseguir esas risas. Ya no las recuerdo. 
Los día pasan y la incomprensión permanece. Me despido de mis padres, sin besos ni abrazos. De regreso a mi casa, el frío me sienta bien. Noto pequeñas gotas de lluvia en la cara. Es una sensación agradable. Tan agradable como el movimiento de las piernas fuera de los espacios reducidos. 
Hago las cosas de cada día, procuro mantenerme ocupado todo el tiempo (aunque cueste centrarse por momentos), leo historias nuevas y también releo páginas de algunos libros que me han gustado y que siempre están ahí, al alcance de la mano. Huyo de la melancolía. Creo que es lo último por lo que nos podemos dejar llevar, aunque a ratos la tentación acecha. Abro el último libro de Nélida Piñón y leo: "La vida nos proporciona subsidios para combatir la melancolía". 
Es la frase que necesitaba leer. 

martes, 31 de marzo de 2020

Tortilla de patatas

Hoy toca salir. Tengo que acercarme a comprar varias cosas y llevarles a mis padres comida (y ponerle a mi madre, dado que no queremos que pise el ambulatorio, su inyección semanal). Entre otras cosas, les voy a llevar la mitad de la tortilla de patatas (con cebolla, naturalmente) que está ahora haciéndose en la cocina. Por la ventana, entreabierta, se cuela un frío intenso, el que anuncia la nieve que acaban de dar en la radio para esta tarde. No importa. No siento ese frío. De repente, estamos en verano. Hace mucho calor, y en la radio han dejado de contar noticias catastróficas y suenan canciones tontas y alegres. Nos vamos a la playa, los cinco. ¿A qué playa vamos? Nos pelearemos por esa cuestión, como siempre, ya lo verás. Todos queremos lo mismo, eso sí: una playa grande, con poca gente y el bar cerca. O sea, lo imposible. Si quieres playa grande y poca gente, no hay bar. Bueno, bueno, da igual, meto las cervezas en la nevera.  Sí, la botella de vino blanco también. El caso es aprovechar el día, que para un día de intenso sol que hay en todo el verano...
Pongo la tortilla en un plato, satisfecho con el resultado. La corto a la mitad y, al hacerlo, una luz resplandece de pronto tras la ventana. El sol ha desaparecido. Es la luz de la casa de la vecina de enfrente, que empieza a trastear por la cocina. Ya no suenan canciones tontas y alegres por la radio. Dicen no sé qué de la pandemia. La apago casi violentamente. Creo que ya está empezando a llover. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Carmen de Mairena

Supongo que no soy la única persona que cuando Carmen de Mairena salía por televisión veía más allá de aquel personaje excesivo, deslenguado, ordinario. Veía el camino recorrido hasta llegar allí, bajo los focos que la convertían por unas horas en lo que siempre había querido ser: una artista. Y allí, bajo los focos de aquel plató convertido en circo, lo era, con sus limitaciones y extravagancias, pero lo era. Y no veía, más allá de las lentejuelas del personaje y la peluca roja que remitía a la Montiel, un camino fácil. ¿Os imagináis lo que tuvo que ser aquel trayecto durante los años más  grises de una dictadura y también durante los años posteriores? (Su trayecto y el de tantas personas como ella). Es sencillo imaginarlo, por poca sensibilidad o capacidad de ponerse en la piel ajena que se tenga. El precio de la libertad, de querer ser uno mismo, de hacer lo que te salga del coño (por utilizar sus propias palabras) en todo momento. Y eso, para mí, dejando a un lado cualquier valoración artística, merece un aplauso. 

sábado, 28 de marzo de 2020

Una hora menos

Me acuerdo de la rabia que nos daba en aquellos lejanos tiempos en los que las noches de los sábados, disfrutando de calles y bares, las dos se convertían en las tres. Y en lo felices que nos hace hoy al pensar que tenemos una hora menos de encierro. Quién lo iba a pensar entonces, tan ansiosos como éramos, mientras la vida discurría a toda velocidad a nuestro alrededor. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Titiriteros

Titiriteros. Puede que últimamente sea una de mis palabras favoritas. Otras como cómicos, actores, actrices, ya lo son desde hace mucho tiempo. A veces, anclado en este encierro, camino por la casa en silencio y la digo en voz baja. Titiriteros. Todas esas personas que se suben a un escenario para hacernos reír o llorar, para emocionarnos de múltiples maneras, para removernos las entrañas y las reflexiones. Para hacernos sentir las grandezas y las miserias del ser humano. Ellos, todos esos personajes inmortales que hablan a través de intérpretes (titiriteros) prodigiosos, también somos nosotros. Digo titiriteros y el ánimo se viene arriba. Y entonces pienso en algunos de esos momentos que he vivido sentado en la butaca de un teatro, que hoy, 27 de marzo, celebra su día (por eso me centro en los titiriteros teatrales, sin olvidar al resto), y digo en voz alta alguna frase de obras que que se han quedado marcadas en la memoria. Y siento que la vida así, encierro incluido, tiene más sentido. Que la vida así siempre avanza. 
Quiero salir de aquí, y caminar sin rumbo por las calles, y abrazar a mi familia, y entrar en una biblioteca, y revolver en una librería y en otra, y manchar las manos en una mesa de libros viejos (uno por tres euros, dos por cinco), y beber cerveza en una terraza, y bañarme en el mar, y sentir la arena o la hierba bajos mis pies, y hablar una hora con esa amiga que te encuentras inesperadamente en cualquier esquina... Y quiero volver al teatro, naturalmente. Quiero sentir ese vértigo previo al inicio de una obra que sólo es comparable con las mejores cosas de la vida. Las que vienen siendo imprescindibles. 
Titiriteros, ¡alehop!

jueves, 26 de marzo de 2020

Pan

Iba yo a comprar el pan y ahí estoy, a la cola. Todo el mundo mantiene escrupulosamente la distancia exigida. El sol de este repentino verano está a punto de alcanzar mis zapatos. La cola avanza a buen ritmo porque las chicas de la panadería estrella del barrio son muy eficaces. Doy nuevos pasos. El sol ya calienta mi rostro. Ya me llega el olor del pan, de los dulces, de las empanadas... Y de repente, no estoy ahí, no estoy en 2020. Me voy diez años atrás y estoy sentado en la pequeña terraza de una panadería de un barrio tranquilo de Nueva York. (Luego me enteraría que se trataba de la panadería donde compraba el pan Elvira Lindo cuando vivía allí). Después de una larguísima caminata, decidimos sentarnos en la primera terraza que encontramos. El olor también es delicioso. Tomamos café y un bollo dulce. Observamos a la gente. Sus pasos tranquilos y silenciosos, alejados del bullicio de otras zonas de la ciudad. Nuestras piernas, cansadas, se toman un respiro. Es primavera, acabamos de casarnos y el tiempo es agradable. Ahí, en la cola de panadería estrella de mi barrio, ya en este inquietante 2020, la chica dice: siguiente. Soy yo. Avanzo. Me gustaría comprar todo lo que tienen en el mostrador, detrás de la mampara, pero sólo pido una barra de pan. La cojo. Aún está caliente. Camino despacio hacia mi casa, sintiendo el calor de la barra de pan en la mano y el del sol en el rostro. Estoy aquí y estoy allí. 2010, 2020. Me gustaría comer un trozo de pan, pero no soporto las barras que no se parten con el cuchillo, y no lo hago. Con ese sol y esos breves minutos en la calle, me conformo. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Cerezas

Empiezas contando los pasos que das por el pasillo y luego dejas de hacerlo. Lo importante es mover las piernas. Imaginar que caminas por algún lugar desde el que se puede escuchar el rumor del río, las ramas de los árboles, el jolgorio de los pájaros. Es primavera, al fin y al cabo. El tiempo de abrir las ventanas y salir a la calle, pero no, aún no, dices de pronto, en voz baja, como si tuvieses un interlocutor enfrente. Sigues caminando por el pasillo, ya sin contar los pasos, tratando de sentir cansancio en las piernas y los latidos un poco acelerados del corazón, y descubres que tienes que volver a barrer cuando la gata juega con unos hilos cuya procedencia desconoces. Durante las mañanas, aún tienes fuerzas para realizar las tareas domésticas, siempre -con encierro o sin él- tan ingratas. Cocinar, tras el paseo (vamos a llamarlo así), supone una pequeña alegría. Abrir la nevera y decidir qué toca hoy. Que suene la música (la radio, con tanta información negativa, es mejor dosificarla). Y suena. Te apetece una copa de vino, pero sabes que no es la hora. Mejor por la tarde, después de la lectura, a modo de recompensa. Y sigues pelando patatas, batiendo huevos o preparando la salsa para la pasta. Y su voz, desde el salón, te pregunta: ¿cómo vas? Y dices: bien, bien. Lo dices dos veces: bien, bien. Con firmeza, para que no se preocupe. Y continúas con lo tuyo. 
Sabes que pronto llegará el tiempo de comer esas cerezas que, sin ser tu fruta favorita, este año tanto te apetecen. 

lunes, 23 de marzo de 2020

Peces

A veces, cansando de leer, ver películas, cocinar, escuchar la radio o cualquiera de esas cosas a las que nos agarramos para afrontar este encierro, pienso en momentos que me han hecho feliz. Y tengo, de pronto, cinco o  seis años. Hace calor. Voy con mis padres por un mercado (puede que sea el de Mieres) y veo un puesto donde una mujer grande está vendiendo peces. Me acerco y veo el movimiento en el agua de aquellos peces naranjas y negros. Algunos son muy pequeños, sobre todo los negros. Hay más gente alrededor. Compran peces. La mujer grande los coge con una especie de colador y los mete en una bolsa transparente llena de agua. Los niños se alejan entusiasmados con aquella bolsa transparente con dos o tres peces dentro. Mis padres me miran y sonríen. No sé nada de la vida aún. Ni siquiera sé lo que es la felicidad porque, afortunadamente, hasta ese momento no he conocido otra cosa. Con lo cual, en esos momentos, supongo que ése es el estado natural. Que no existe otra cosa. No hay más planteamiento. 
Nos alejamos del puesto de la mujer grande que vende peces. Hay mucha gente por el mercado y a veces se hace difícil caminar. Algunos niños pasan por nuestro lado y se quedan mirando los peces que llevo dentro de la bolsa transparente. Dicen, mientras se alejan, que ellos también quieren ir al puesto donde está aquella mujer. Pero ya no los veo porque el tiempo se ha detenido y sólo tengo ojos para contemplar aquel movimiento silencioso, el de los peces dentro de una bolsa transparente llena de agua.  

domingo, 22 de marzo de 2020

Lejos de casa

Aquí está el poema con el que acabo de quedar finalista en el VII Premio Internacional de Poesía Jovellanos,'Lejos de casa', y que algún día será el título del poemario en el que llevo mucho tiempo trabajando. 

comer una manzana
aquí 
lejos de casa
sentir en las encías 
un leve sabor a sangre 
y el óxido casi instantáneo de la fruta 

hacerse viejo es aceptar
las derrotas
el deterioro físico
la desaparición de los seres amados

hacerse viejo es otra manera
de alejarse de aquella casa
pintada de amarillo 
y regresar a ella
cada vez que comes 
una manzana





viernes, 20 de marzo de 2020

Aplausos y silencios

Me parece bien abrir las ventanas y aplaudir a unas personas que están haciendo un trabajo digno de todo elogio. Es emocionante, cada noche, ese sonido que rompe tanto silencio, tanta incertidumbre. Pero, sinceramente, no veo que sean días para caceroladas, sean contra quienes sean y por merecidas que puedan parecernos. Creo que es un tiempo de angustia y también debería serlo de reflexión. Y de agarrarse a lo positivo. A todo lo positivo que vaya surgiendo en medio de toda esta inesperada situación, de este golpe bajo y sucio que nos están dando. Ya habrá tiempo de manifestarnos contra todo eso que no nos gusta. Con cacerolas, manifestaciones en las calles y lo que sea necesario. Como siempre hemos hecho. 
E insisto: no estoy defendiendo a nadie. Sólo quiero, al abrir la ventana de mi casa, un poco de esa tranquilidad que, por momentos, nos están arrancando de cuajo. 
Prefiero el aplauso y si no, el silencio. Por ahora. 

jueves, 19 de marzo de 2020

Valentina

Me imagino a Valentina, la mujer que ayer limpiaba la tribuna en el Congreso cada vez que subía un político a compartir su discurso, de regreso a casa. Y me la imagino -en el metro, en el autobús, caminando- satisfecha, quizá un poco eufórica, cansada sin duda, por el aplauso recibido. Un aplauso siempre es un reconocimiento a la labor bien hecha. Como el que reciben las actrices de teatro después de una gloriosa interpretación. Me la imagino, digo, satisfecha porque su más que necesaria labor tuvo con el aplauso su justo reconocimiento. No siempre pasa, no siempre reconocemos los trabajos imprescindibles de quienes en momentos tan tremendos como éste (o no tan tremendos) están ahí, dándolo todo. No, no siempre ocurre, por mucho que ahora, aterrados y cansados como estamos, salgamos todas las noches a las ventanas para dar las gracias al personal sanitario.
Me imagino a Valentina, ya en casa, tratando de atrapar el sueño con el sonido de ese aplauso aún en los oídos, como en esos días en los que las cosas nos han salido bien. 
Y esas imágenes, todas ellas, me reconfortan. 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Bocadillo de mortadela

Merendar un bocadillo de mortadela no será muy sano ni protegerá de ningún virus, pero qué bien sienta. Hacía años que no la probaba, que si es mala, que si engorda, que si no sé qué... Pero este día las masas enfervorecidas no me dejaron otra opción: ni rastro de pavo ni de jamón york. Mortadela. Cajas y cajas de mortadela. Pues mortadela. Luego ya, si eso, hacemos la literatura de la magdalena proustiana y todo por ahí. 
Y mañana, brócoli, que de eso también había. 

Salvaje

Acabo de ver, de nuevo en Filmin, 'Salvaje', una durísima película dirigida por Camille Vidal-Naquet sobre la prostitución masculina y también sobre el amor no correspondido. De hecho, más allá de la sordidez, de los bajos fondos, de las palizas, de las mamadas por cinco o veinte euros, de las enfermedades, lo que más me ha conmovido es el empecinamiento del protagonista por un amor que no puede ser. Qué terrible es eso. Esa entrega. Esa fragilidad. Esa autodestrucción. Esa imposibilidad del amor, en palabras de Marguerite Duras. 

lunes, 16 de marzo de 2020

Situaciones insólitas

El jueves fue el último día que besé a mi madre. Desayunamos juntos, dimos un pequeño paseo y nos despedimos a medio camino entre ambas casas. Ahí nos besamos. Aún no habían saltado todas las alarmas. No sabíamos lo que nos aguardaba: este confinamiento, esos metros de distancia que hay que mantener entre unas personas y otras (que, ayer, por cierto, en la cola de la panadería, todo el mundo respetó escrupulosamente). Mi madre ya no salió más de casa. Me acerco día sí y día no a llevarles lo que necesitan y a ayudarla a ella con la comida y otras historias relacionadas con su enfermedad. Mantenemos las distancias exigidas. Y qué difícil se hace eso. Sobre todo, para quienes nos gusta besar, tocar, abrazar a quienes queremos. Una cosa nunca vista con anterioridad. Algo cruel e insólito. Ahí está el rostro de tu madre y no puedes besarlo. Nunca pensé que viviría algo así, sinceramente. Y aunque me duele, no me quejo: esto sólo es una reflexión en voz alta. Tenemos un techo, tenemos comida en la nevera, tenemos quien nos quiera. Somos afortunados, sí. No por ello dejo de pensar en quienes no disponen de estas cosas básicas que hoy se han convertido en privilegios. Vamos a aprender muchas cosas de todo esto, ya os lo digo. 

domingo, 15 de marzo de 2020

Aplausos

Ventanas abiertas, luces que surgen de repente en la oscuridad (real y metafórica), aire fresco, reconfortante olor a lluvia (aquí, en Asturias, al menos), aplausos, agradecimiento al personal sanitario, solidaridad, malos rollos a un lado por unos momentos, sí, todo eso, todo eso, y más... Más reflexión, mucha más reflexión, que este encierro sirva para algo más que para la prevención de esta maldita pandemia y para que engordemos varios kilos. 
Hay unas cuantas lecciones que aprender. Que cada cual saque sus propias conclusiones. 

Placer y confinamiento

El silencio de la noche se extiende a la madrugada y también al día y sólo se ve interrumpido por los gemidos de la joven pareja de arriba, él y ella, que  folla y folla, y cuyo placer es más poderoso que este virus de mierda y esta intranquilidad por esos padres que casi se han vuelto hijos y este confinamiento que por momentos desespera a quienes somos inquietos y callejeros. 

viernes, 13 de marzo de 2020

En casa

Nos quedamos en casa, vale. Con esfuerzo y con responsabilidad: todo hay que decirlo. Pues venga, el jamón, la ensalada, el queso francés (por variar un poco), las cantantes francesas y el Rioja. Luego, 'La extranjera', que me acaba de enviar Anagrama (gracias) y los artículos de Carme Riera que ha publicado la Universidad de Valladolid. 
Poco a poco, día a día, noche a noche. 
No queda otra. 

jueves, 12 de marzo de 2020

Los 74 de Liza

Dos veces la vi actuar en directo. Una, en Madrid, en 2007, y la otra, en el Festival de Jazz de San Sebastián, al año siguiente. La primera vez estuvo bien. La segunda, espectacular. Será difícil olvidar aquel Kursaal completamente entregado a su voz y a sus movimientos. 
Hoy cumple 74 años. 
Y aquí seguimos rendidos a su poderoso talento. 

miércoles, 11 de marzo de 2020

Las cosas de Gena

Limpio el baño a conciencia, bañera incluida. Recojo los productos de limpieza, pero se me olvidan los guantes en el lavabo. Voy a la cocina. Preparo café, escucho la radio, la apago porque ya no puedo más con el coronavirus. Estoy allí unos quince minutos. Vuelvo al baño y descubro que durante ese tiempo la linda gatita le ha quitado, uno por uno, los dedos a uno de los guantes y los ha repartido por diferentes rincones del baño y del pasillo. Grito: ¡¡Geeeeena!! Y ella, tirada en el suelo a lo largo cual Sara Montiel en aquella chaise longue donde fumando esperaba, maúlla entre seductora y desafiante. Y luego, tan tranquila, se levanta y se va, como si no tuviera nada que ver con el asunto. 
¿Cuándo decíais que se relajaban estas fierecillas? 

domingo, 8 de marzo de 2020

8 de Marzo

Todas las mujeres, todas, incluidas las que nacieron con el cuerpo que no les correspondía y también incluidas esas otras que Woody Allen (ese hombre al que ningún tribunal juzgó: recordemos, una vez más, este pequeño detalle) creó con tanta delicadeza y maestría en sus películas. 
Todas ellas. Todos los días. 

viernes, 6 de marzo de 2020

Dos copas más de champán, por favor

Supongo que uno sigue echando de menos a una amiga que se fue cuando suena el teléfono en mitad de la tarde y piensas que puede ser ella; cuando estás en un bar tomando un vino y de repente imaginas que puede aparecer, darte un beso, sentarse a tu lado, pedir otro vino y empezar a conversar; cuando das la vuelta a la esquina, de regreso de casa de tus padres, y percibes su perfume y su risa; cuando estás en un acto literario y descubres entre el público su presencia; cuando pasas por delante de esos cines que ya no existen en esta ciudad y recuerdas las veces que comentasteis aquellas películas; cuando, cansado de tanta vulgaridad y retroceso, recuerdas su particular manera de entender el mundo, alejada de toda vulgaridad y retroceso. Dos copas más de champán, por favor.  
Cuando, como hoy, se cumplen dos años de su muerte, y vuelve a llover, y a hacer frío, y la fragilidad de todo esto es tan poderosa como su falta de sentido. Cuando, según el verso de David Torres, la muerte le da cuerda al tren.     

martes, 3 de marzo de 2020

Juan Eduardo Zúñiga y las flores rotas

Las palabras precisas, los sentimientos contenidos, las frases ajustadas. Esas frases que, evocando a Chéjov, pueden contener todos los problemas o tragedias del mundo, pero jamás se desbordan. Esas atmósferas que, de nuevo evocando a Chéjov, contienen toda la grandeza y la miseria, la fortaleza y la fragilidad, del ser humano. No hace falta hacer sangre de un cuerpo caído, de una mujer desgraciada, de un grupo de sombras humilladas, o de otro grupo de alas machacadas, ya sin posible aleteo. Basta un detalle entremezclado con esas palabras bien escogidas para que cada uno se imagine la dicha o, más bien, dado que la guerra y la posguerra son sus territorios, la desdicha que acecha y acorrala al ser humano. Y lo vuelve aún más frágil y vulnerable. Sin derrotismos. Con dignidad. Incluso con cierta elegancia. Sabiendo que será inevitable adentrarse en algunos charcos, incluso pisotearlos, pisotearlos sin remedio, pero sin que la desgracia adquiera una dimensión de derrota total, por mucho que las circunstancias que rodeen a los protagonistas tengan todas las papeletas (que las tienen) para ello. 
Juan Eduardo Zúñiga comprende y se sitúa al lado de los perdedores. O mejor dicho: los observa de cerca, desde muy de cerca, como si fueran vecinos, amigos o parientes suyos, y lo hace con compasión, con respeto. Con un sentido extremadamente poético que no quita hierro al asunto ni trata de embellecer lo que no merece ser embellecido, sino que así logra un realismo en el que, pese a tantas injusticias y sinrazones, hay cabida para la esperanza. Aunque sea una especie de esperanza que deberá abrirse paso en medio de un bombardeo, una cruenta batalla diaria o una miseria difícil de sobrellevar. Los horrores de la guerra y de la posguerra, donde el niño descubrirá todo lo que hay a su alrededor y su manera de contarlo a través de la escritura. Esa escritura que sobrevive con su verdad y su leve desafío, aunque el autor acabe de dejarnos a los 101 años. 
Esa escritura que trata de no pisotear las flores. Ni siquiera esas que hace rato que están heridas por la nieve o definitivamente rotas.   

domingo, 1 de marzo de 2020

Nueva novela

Lo dije el lunes en la radio y el viernes en el encuentro de la Casa del Libro. Mi nueva novela se titula 'La noche se detiene'. La acción transcurre en una noche. El final es el principio porque se trata de un largo flashback. Una mujer, que rememora lo que ha sido su vida hasta esa noche, deberá enfrentarse a la petición que otra mujer, a la que cuida por dinero, le propone. 
Se publicará a finales de septiembre. Y habrá unas cuantas presentaciones de las que os iré informando puntualmente. 

sábado, 29 de febrero de 2020

Editores

Ayer, en el encuentro literario de la Casa del Libro de Gijón, Esther Prieto, escritora, editora de Trabe, mujer comprometida y amiga, hizo un brillante y exhaustivo recorrido por todos mis libros. Escuchándola, antes de responder a sus preguntas, pensaba de nuevo en la importancia (no siempre reconocida) del editor. 
Samuel Castro es la otra mitad de la editorial. 
Mi agradecimiento a ambos. 

lunes, 17 de febrero de 2020

Aitana, Premio Ercilla

Imponente. La presencia de Aitana Sánzhez-Gijón encima de un escenario siempre lo es. Por su belleza, por su elegancia, por ese manera de llenar el espacio con su voz y su manera de interpretar. También por los silencios, tan importantes a la hora de valorar la magnitud de una interpretación. Quizá en 'La vuelta de Nora', ya desde el primer momento, aún sin pronunciar palabra (a vueltas con los silencios), esa presencia -con su vestido azul, su largo abrigo, sus zapatos de alto tacón, y esa mirada que contiene un pasado a sus espaldas con el que vuelve a reencontrarse- sea más imponente que nunca. Y que me perdonen Maggie la gata, La Chunga, Medea o esa Juana (continúa la gira) que lanza su grito y su baile contra la injusticia cometida hacia las mujeres a lo largo de los siglos.  
Por todo ello, seguramente, le acaban de otorgar el premio Ercilla. Y desde aquí lo celebramos. 

domingo, 16 de febrero de 2020

Terminar una novela

He terminado mi tercera novela. 
Ha sido lo más difícil que he escrito hasta ahora. Me siento extraño: un poco eufórico y un poco vacío. Muchas madrugadas acompañando a esas dos mujeres. La petición de una y la decisión de la otra. La historia, en lo esencial, gira en torno a eso. 
Mañana empiezo con las correcciones. 

(El próximo viernes 28 de febrero, a las 19 horas, en el encuentro literario que me ha propuesto la Casa del Libro de Gijón, daré algunos detalles sobre ella. Estáis todos invitados.)

jueves, 13 de febrero de 2020

Día de la radio

Qué difícil me resulta este año escribir sobre el día de la radio. Así que, si me disculpáis, seré breve. La radio sigue siendo eso: una voz que acompaña, que consuela, que nos hace olvidar durante un rato todo lo que nos preocupa. La radio también es música, y la música ahuyenta de inmediato cualquiera de esos zarpazos que un buen día alguien decide lanzarnos. Con todo, esas voces y esas músicas que buscamos en la radio son, mientras las escuchamos, más poderosas que todo lo demás. Lo son, en realidad. No es un espejismo. No es otro engaño. Estoy seguro. 
Azucena Vence, vuelve pronto

domingo, 9 de febrero de 2020

Premios Oscar

Me gustaría que Almodóvar y Banderas se llevasen el Oscar porque creo que han hecho unos grandes trabajos y también por la cosa sentimental. De todas formas, me alegraré si se lo lleva 'Parásitos' porque es un peliculón. Brad Pitt está sensacional en la película de Tarantino y Laura Dern, en 'Historia de un matrimonio', también. Aunque no tendría ningún problema si se lo dan a Kathy Bates porque su actuación en la película de Eastwood (echo en falta una nominación para su protagonista, por cierto) es tan buena como siempre. Finalmente, mi opción para el premio a la mejor actriz es Scarlett Johansson. Me fascina esta chica y creo que hace un trabajo importante en la película de Baumbach, que también es mi favorita en su apartado.  

jueves, 6 de febrero de 2020

Josefina

Acaba de morir. Se llamaba Josefina. Una buena mujer, una mujer con carácter. Era la madre de mi mejor amigo de la infancia, Pablo. Vivíamos en el mismo portal. Aquellos tiempos en los que jugábamos en la calle con otros niños. Sí, aquellos tiempos existieron realmente. Un día, una vecina (Almodóvar, en este sentido, no inventó nada: nuestra infancia está llena de vecinas, buenas y malas) le dijo a Josefina que cómo dejaba a su hijo jugar con un maricón. Ella, con aquella decisión que la caracterizaba, puso a la arpía en su sitio. En aquel momento, descubrí quién iba a estar de mi lado y quién iba a estar en el lado contrario. 
Son ese tipo de historias que vives con nueve años y que te quedan grabadas de por vida. Cuento esta anécdota como homenaje a una buena mujer, descanse en paz. Y para recordar, una vez más, a toda esa gente que piensa que el camino está hecho que no es así, que la homofobia sigue vigente. No se puede bajar la guardia. Personas así siguen existiendo y están en el lugar menos pensado. 

domingo, 2 de febrero de 2020

La última conversación

Fue hace dos años ya. Uno de estos días de principios de febrero, también con una especie de primavera adelantada como la que estamos viviendo este fin de semana, hablé por última vez con mi amiga Loli. Me recuerdo aquí, en el estudio, la ventana entreabierta, hablando con ella por teléfono. Solía llamarnos a menudo para ver qué tal estábamos, si teníamos novedades, qué tal va mamá, cuándo publicas nuevo libro, a ver cuándo quedamos para tomar unos vinos... Nos reímos porque los dos teníamos un poco de catarro y estornudábamos cada dos por tres, provocando momentos un tanto absurdos. Hablamos algo de política, sin saber aún lo que estaba por venir. Me pidió que le recomendara alguna película de la cartelera. Y, como siempre, al hablar de cine, recordamos los (gloriosos) tiempos en los que había salas al lado de nuestras casas, en el centro, en varios rincones de la ciudad. 'La librería' está bien, le dije. Coixet está contenida. Dijo que iría a verla con su marido una tarde que tuviesen ánimos de bajar a los dichosos centros comerciales. Nos despedimos poco después, entre estornudo y estornudo, prometiendo vernos pronto. Dale un beso a Íñigo. 
No volví a verla ni a escuchar su voz. No sé si llegó a ver la película de Coixet. No pudo leer mi último libro. Moría, inesperadamente, unos días más tarde. Quizá sin intuir lo mucho que iba a ser añorada. 

sábado, 1 de febrero de 2020

Febrero

Salir a caminar, recorrer la ciudad de un extremo a otro, descubrir la devastación de algunas zonas (se vende, se alquila, los carteles a punto de caer, abrasados por el sol, más locales cerrados) donde fuiste feliz en otro tiempo (sin carteles, sin locales cerrados), el olor y el recuerdo de aquellas tardes y aquellas noches, pensar que todavía hay solución, pensar que ya no la hay, llegar a un rincón un poco apartado, aprovechar los rayos de sol sentados en un banco, comprobar cómo han crecido los días, febrero ya es un hecho y la vida -con todo- la única apuesta segura. 
Más o menos así. 

lunes, 27 de enero de 2020

En aquel tren

No podía leer, ni hablar, ni mirar el móvil. En aquel tren que nos llevaba, a media mañana, desde Berlín hasta el campo de concentración que está situado a unos 30 kilómetros de la capital alemana, sólo podía contemplar el paisaje. Un paisaje tranquilo, de casas bajas y árboles frondosos mecidos por una suave brisa. Con ese punto de inquietud que a veces habita en la calma aparente. Pensé, mientras el tren avanzaba, en la tranquilidad del vecindario de 'Funny games', la brutal película de Michael Haneke , y en todos los terribles acontecimientos que suceden después. Pensé también en todas aquellas personas que habían hecho ese mismo recorrido, prisioneras del más absoluto de los fanatismos, de la locura más radical. En qué miedos, temblores, angustias o incertidumbres irían pensando. Quizá no imaginaban la verdadera dimensión de lo que les aguardaba en aquel recinto diseñado para el dolor, el sufrimiento y la muerte. Quizá, me dije, mejor así.
Después de visitar aquel campo de concentración, de regreso a Berlín en el mismo tren, tampoco pude leer, ni hablar, ni mirar el móvil. Aún hoy, casi cuatro meses después, aunque a veces me asaltan imágenes y sensaciones muy dolorosas, no quiero hablar demasiado sobre ello. La experiencia es sobrecogedora. Pensar en todo lo que ocurrió allí te desarma por dentro. 
Se celebra en esta jornada el Día Internacional de conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto. Una jornada perfecta para la reflexión (como la de ayer, como la de mañana), viendo los caminos por los que algunos pretenden llevar al mundo. Escuchar la inquietud que habita en el silencio y la calma aparente, y en el estallido que también puede esconderse en medio de todo eso. 
 

domingo, 26 de enero de 2020

El primer deseo

Lo recuerdo bien. Tenía nueve años. Estaba en el vestuario del colegio, después de la clase de gimnasia, cambiándome. De repente, de las duchas salió un chico que estaba en COU. Desnudo. Empezó a secarse con una toalla. Sabía que tenía que disimular, pero no podía apartar la mirada de su sexo. Grande. Sentí, como el niño de 'Dolor y gloria' cuando descubre al obrero desnudo en su casa, esa misma especie de atracción y rubor. Ese deseo, sin conocer aún el significado de la palabra. Ese deseo que también está en varios textos de Marguerite Duras. El primer deseo. Aquella atracción por un cuerpo adulto desnudo, por aquel sexo exhibido con total naturalidad. 
Supongo que todo el mundo, independientemente de su sexualidad, tiene experiencias parecidas. Yo me reconozco en ese niño que luego se convertirá en director de cine, en esa escena rodada de una manera tan sutil y tan hermosa. Uno de los méritos más destacados de una película llena de sensibilidad y aciertos. 

sábado, 25 de enero de 2020

Treinta años sin Ava

Ava Gardner, vestida de blanco o de negro, con el pelo revuelto o recogido, de joven o de mayor, era una mujer impresionante. Aún hoy, después de haber visto todas sus películas y fotografías repetidas veces, es imposible apartar los ojos de ella. Era belleza, claro. Una belleza que, detrás de aquella fuerza arrebatadora y salvaje, dejaba entrever un sinfín de inseguridades. Parecía una diosa (lo era, lo es), se comía la pantalla y a quien hiciese falta, pero era humana al fin y al cabo. Era belleza, digo, y era un magnetismo a prueba de bomba. Bebía, fumaba, bailaba, amaba, paseaba con sus perros... Se perdía en sus propios laberintos y regresaba de ellos como quien regresa de un largo, necesario y catártico viaje. Y entonces, volvía a actuar. Y lo hacía bien porque era una actriz más que notable, a pesar de lo que dijese el listillo de turno. No se llevó el Oscar por 'Mogambo', pero sí el premio de interpretación de San Sebastián por 'La noche de la iguana', uno de sus mejores trabajos. Allí, hermosa y desmelenada, compartía cartel con un Richard Burton tan fiero y atractivo como ella. Imposible olvidar cada plano que comparten juntos. 
Se cumplen hoy treinta años de su muerte. Y seguimos recordándola porque es parte indispensable de nuestra memoria cinematográfica. Y porque hay diosas a las que, con todos sus ramalazos humanos a cuestas, uno no se cansa de venerar. 

martes, 21 de enero de 2020

Esa manera de escapar

Más allá de tanta furia como pretende arrastrarnos, más allá de tantas mentiras y miserias, más allá de tanta ignorancia e intolerancia, más allá de tantas palabras necias y tantos oídos sordos, ella, Audrey Hepburn. Y él, Albert Finney. Los dos. En la carretera. 
El cine, esa manera imprescindible de escapar. 

viernes, 17 de enero de 2020

Canta, Judy, canta

Canta, Judy, canta. Canta ese 'Somewhere over the rainbow' que es parte de la banda sonora de nuestras vidas. Canta, Judy, canta hoy más alto que nunca, cuando ya se anuncia la inminente desaparición de los bancos arco iris de la Escandalera y la ciudad se vuelve aún más triste y apagada, pálido reflejo de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Canta por las personas que ya no están y por las que estamos (cansadas pero estamos). Las personas que estuvimos (con nuestras diferentes sexualidades y nuestras manos alzadas con papeles que representaban la bandera multicolor por la que hay que seguir luchando) defendiendo la diversidad, la pluralidad, la tolerancia y el respeto. Un banco, ya lo he dicho y lo repito de nuevo, es un banco, y es mucho más que un banco. Es un símbolo contra el oscurantismo, la represión, el miedo, los golpes y los insultos. Un banco es también una manera de posicionarse ante la vida y ante los demás. 
Canta, Judy, canta. Como entonces. Como aquel entonces que vuelve a ser este hoy. 

domingo, 12 de enero de 2020

El árbol de Navidad

Ahí está, muerto de risa o de asco, apoyado contra uno de los cristales del bar, casi diez días después de que terminaran las fiestas. Las cintas de espumillón aplastadas, las bolas medio caídas, la estrella más torcida que algunos destinos. ¿Cuánto tiempo le tocará seguir en esa esquina donde lo han arrinconado? Ese pobre árbol que desde primeros de diciembre hasta hace unos pocos días, con sus luces apagándose y encendiéndose, era la alegría del local. Algunos niños lo tocaban, algunas mujeres resaltaban lo bien combinados que estaban los colores de las bolas con el espumillón, algunos supersticiosos llegaron a pasar sus décimos de lotería por la estrella que lucía esplendorosa en lo alto. Es cosa de la encargada, es cosa del camarero, es cosa de los dueños. Es cosa de todos y de nadie. Me imagino que la responsabilidad irá pasando de mano en mano, como aquella falsa moneda de la copla, y ninguno se la queda. Ahí está, desaliñado como ese cuarentón que regresa de madrugada a casa, como esa mujer que pide otra copa de vino blanco y entra y sale del bar para fumar el último cigarrillo y se apoya en el cristal donde está el árbol, ya sin luces apagándose y encendiéndose, y se retoca el pelo, y advierte la necesidad de teñirse, y se resiste a irse para la cama, pensando que el corazón del sábado noche aún puede ser suyo. 

viernes, 10 de enero de 2020

Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina es uno de esos escritores cuyos libros nunca me decepcionan. No es nada original decir que es un autor extraordinario. Pero hay que decirlo. Esa prosa tan cuidada, esas tramas que encierran todos los mundos que están en éste (todas esas vidas, todos esos destinos), esas reflexiones siempre lúcidas y planteadas desde el sosiego. Lejos del bullicio de estos tiempos, de las palabras malsonantes y enfurecidas que hoy abundan más de lo debido, de las polémicas o controversias estúpidas y banales. Su última novela, 'Tus pasos en la escalera', aparezca en las listas o no, es de lo mejor que se publicó el año pasado en este país. Esa manera de conducirte por el pensamiento y la aventura, por la reflexión y el misterio, por la duda y algunas sombras. De vez en cuando, regreso a sus libros de artículos y en ellos siempre encuentro la agudeza del que sabe contemplar la vida, pensar en silencio y escribirlo después. 
Y la calma, también encuentro esa calma que sabe transmitir con tanta delicadeza y precisión. 
Como hoy está de cumpleaños, desde aquí lo felicitamos. 

martes, 7 de enero de 2020

Los aplausos a Aina Vidal

Esos aplausos a Aina Vidal, la diputada enferma de cáncer, qué importa ahora su partido o su voto, estemos o no de acuerdo, no es el asunto. Esos aplausos por su presencia en el Congreso esta mañana. Esos aplausos, sí, intensos y sinceros, deberían hacer reflexionar a más de una persona sobre lo verdaderamente importante en esta jodida vida. Esos aplausos y ese rostro emocionado, el suyo. El nuestro. 
Pasarán los meses y la alegría o la tristeza de este día, allá cada cual con sus ideas y su conciencia, irán en aumento o irán desapareciendo, o tomarán forma cualquiera de la múltiples variantes que pueden aparecer a partir de hoy. Todas esas incógnitas. 
Quedarán esos aplausos. Ese rostro. Y su significado.