martes, 11 de agosto de 2020

Victoria Abril, 45 años de profesión

Compraba la revista MAN todos los meses. Bueno, los meses que salían actrices importantes. Aquel mes, Victoria Abril, en blanco y negro, sublime. No podía estar más guapa. Atrevida, descarada, con sus hermosos pechos al aire, con sus ojos rabiosos de picardía, bellísima. Como era en aquel año 89, que venía del primer rodaje con Almodóvar. El póster estuvo meses en mi habitación, en lugar destacado: justo enfrente de la mesa de estudio. La Abril, en blanco y negro, en bragas y con las tetas al aire, todo un lujo. Desafiando al mundo y a todas las mentes puritanas, que en aquel tiempo eran más de las que hoy pensamos, casi tantas como las que (al parecer) hoy son o están a punto de ser. Yo amaba a Victoria Abril, aunque mis deseos fueran por otro lado, qué importa eso. Y en mi habitación estaba ella, y otras como ella. Mujeres importantes. Yo quería a Victoria Abril, semidesnuda, desafiante, bellísima, con su hermoso pecho al aire. "No cambio mi talento por más pecho", había dicho en el rodaje de 'Baton Rouge', de Rafa Monleón, algunos meses atrás. Y allí estaba, con sus pechos pequeños y hermosos, en una esquina de mi habitación. 

Este 2020 Victoria cumple 45 años en la profesión. Y quienes la seguimos amando, solo pedimos un papel que esté a su altura. Parece complicado porque la altura es tremenda, pero no vamos a tirar la toalla ahora, ¿verdad? 

domingo, 9 de agosto de 2020

Melanie

Porque aún recuerdo aquella tarde en una de las salas de los cines Clarín, Melanie. A solas con el bueno de Jeff. Porque algo salvaje estaba pasando, aunque no supiésemos explicarlo muy bien. Porque algo salvaje sabías transmitir con tu peluca morena, tu bisutería barata, tu naturalidad, tu inocencia y tu picardía que chica que jugaba a ser mala. Porque, después de todo, los primeros amores no se olvidan, y más si tienen lugar en una sala como las de aquel cine que ya no existe. 

Por todo eso, Melanie, felices 63. 

sábado, 1 de agosto de 2020

Mis padres, 50 años después

Mi madre tenía un paraguas rojo y, cuando estalló la tormenta, dejó que mi padre se cobijara junto a ella. Así comenzó todo. Mis padres antes de ser mis padres, ambos jovencísimos. Se casaron tres años más tarde. El 1 de agosto de 1970. El mismo día que, al otro lado del Atlántico, moría la actriz Frances Farmer. En las fotografías, se les ve guapos. También alegres y un poco asustados. Comen tarta, acercan las copas a sus labios, se dejan besar por sus familiares. Creo que casi todo el mundo aparece así en las fotografías de su boda, alegre y un poco asustado. Es inevitable. ¿Qué sucederá a partir de ese momento? ¿Irá todo bien? ¿Se podrán solventar las complicaciones que la vida te irá poniendo cada cierto tiempo? Imagino que son preguntas comunes a todas las personas que decidimos un día casarnos. Evidentemente, todas las respuestas tendrán diferentes matices. 
Han transcurrido 50 años. Siguen estando guapos. 
Luego sabré cómo se encuentran hoy. 
¿Que cómo estoy yo? Alegre y un poco asustado. Supongo que también es inevitable. 

viernes, 31 de julio de 2020

Adiós, señor Parker

Triste noticia para terminar el mes. Ha muerto Alan Parker. 'Fama', 'El expreso de medianoche', 'El corazón del ángel' o 'Arde Mississippi' fueron películas impactantes en su momento. Hace pocas semanas revisé esta última y me sigue pareciendo, como en el momento de su estreno, una gran película, con un inolvidable mano a mano entre Gene Hackman y Willem Dafoe. 
Descanse en paz, señor Parker. 

miércoles, 29 de julio de 2020

Días de lluvia

Levanto la persiana, abro la ventana: cielo gris, lluvia fina, humedad. Más de lo mismo. Tengo que reconocer que cuando era muy joven me gustaban estos veranos. Ya no. Quiero sol. Quiero luz. Quiero salir a la calle sin paraguas y con pantalones cortos. Quiero que la claridad entre en la cocina y en el estudio y en todos los rincones de la casa. Quiero calor en la piel y en los huesos. Quiero beber vino blanco y sentir la excitación que produce el buen tiempo. Quiero buscar una sombra y comer allí un helado de los que cuestan tres euros. Quiero que el verano sea verano. 
Veo al portero del edificio de enfrente con su gorro para la lluvia y su mascarilla. ese atuendo que casi parece de camuflaje, y pienso que podría ser el portero del edificio de enfrente, Tony Curtis o un espía infiltrado. A veces pienso que el edificio de enfrente, tan enorme y antiguo, podría ser el escenario perfecto para una novela como las de Ruth Rendell. Todo es cuestión de ponerse a ello, me digo.  
Y voy a la cocina, y preparo más café, y no pongo la radio (¿para qué?), y saco el paquete de lentejas del armario.
Y pienso en el mar de aquellos otros veranos, y me voy lejos, lejos... 

lunes, 27 de julio de 2020

Aquellos deseos

Lo que me hubiese gustado entonces besar a Sam Shepard. Quitarle el sombrero, ordenar su pelo y dejarme llevar. Los sueños siempre tienen que tener un reflejo que los acerque a la realidad, así que para que todo resultase más convincente la luna tenía que estar alta y el rumor de algún río presente. La brisa nocturna hacía más llevadero aquel calor que a los dos nos cansaba. No era una imagen de cartón piedra. Era una escena de alguna de sus películas de los ochenta, pero allí, en el sueño, los labios de la rubia eran los míos. Esas cosas de la juventud, de los poemas, del deseo y de la ausencia del miedo. No hay otro misterio. Lo sueños terminan por estrellarse al final de la madrugada. Ese es su destino. Y puede que esté bien que sea así. La realidad sigue su curso y termina por imponerse, da igual lo que anheles o lo que termines por hacer. Siempre estaremos acertados y siempre estaremos equivocados. Nunca habrá equilibrio. 
Los años terminan por cambiar los sueños y el destino de los besos. Pero hoy, cuando se cumplen tres años de la desaparición del escritor, vuelvo a recordar todo aquello. Y a decir verdad, lo recuerdo como si realmente hubiese ocurrido. Lo recuerdo, de hecho, con más claridad que aquellos otros besos de noches largas y húmedas que fueron auténticos y que hace tiempo que se volvieron tan difusos como si perteneciesen a otra persona. 

domingo, 26 de julio de 2020

Buscando el corazón del sábado noche

Ayer, tras ver la foto de mi nueva novela y conociendo los temas literarios que me interesan, mi amiga Leticia Sánchez Ruiz (magnífica escritora) se preguntaba públicamente de qué podría ir en esta ocasión la cosa. Aunque ya os conté que la historia transcurre en una larga noche y se centra en la petición que una mujer le hace a otra, en breve desvelaremos algo más. Aquí va otro apunte: la canción que aparece varias veces a lo largo de esa noche y que, de hecho, da título al segundo (y más importante) de los tres capítulos que conforman la novela. 
El señor Waits y su inmortal melodía. 
Looking for the heart of saturday night. 

jueves, 23 de julio de 2020

De libros y aniversarios

En este extraño día de libros y aniversarios (veinte años sin Carmen Martín Gaite), doy por finalizadas las correcciones de 'La noche se detiene'. Por tanto, en octubre, si todo sigue su curso, cumpliré 49 años y llegará a las librerías mi tercera novela. 



viernes, 17 de julio de 2020

Take your time and you´ll be fine

La última luz de la tarde va dejando ciertas dosis de melancolía en este verano tan extraño. Todo está envuelto en una especie de quiero y no puedo. El miedo sigue acechando, aunque queramos ser más fuertes que él. Bebo vino blanco en una terraza y escucho a Nick Drake mientras espero por Íñigo. Anoto el título de la canción en el cuaderno: Things behind the sun. Y también escribo una de sus frases: Take your time and you´ll be fine. No hay nada premeditado en ello, ni tampoco sé las razones por las que lo hago, pero me hace sentir bien. De alguna manera, al hacerlo, la canción permanecerá más cerca. Take your time and you´ll be fine, escrito con mi letra, la tinta liquida y azul, sobre el papel. Y, por un instante, estoy dentro de la canción y no en esa terraza, con el miedo acechando, en esta ciudad en la que, como en el resto del mundo, tampoco estamos a salvo. Veo a la gente pasar, el movimiento de sus manos y del resto del cuerpo, pero no escucho sus voces, tampoco sus risas. Sigo dentro de la canción, un rato más, como si eso me protegiera del miedo y las incertidumbres. Y en el fondo, lo hace. Lleva haciéndolo desde que empezó todo esto. Es lo que nos aleja de la realidad, de este verano tan extraño. Lo que nos ayuda a seguir resistiendo. Y vuelvo a escribir esa frase en el cuaderno: Take your time and you´ll be fine. Me hace sentir bien. Puede que con eso, por ahora, sea suficiente.         

miércoles, 15 de julio de 2020

El Colapso

Un mundo desolado por la crisis y el caos. Un sálvese quien pueda tras otro. Un puñado de víctimas y algunos verdugos. Una lucha cruenta y miserable por el agua, los alimentos, las medicinas, la gasolina... El bien y el mal, en constante desequilibrio. La falta de escrúpulos, de solidaridad, de empatía con el otro. Gente con dinero y gente sin dinero. Esas constantes desigualdades. Los eternos conflictos, sí, versión 2020. No hay marcha atrás, no hay pudor, no hay vergüenza. Todo está en permanente estado de colapso. Todo está a punto de estallar. Tiempos salvajes. 'El Colapso' es una serie brillante y demoledora, inquietante y perturbadora. Afilado espejo que refleja esta sociedad y la que nos aguarda (me temo). No es una serie de terror, pero lo provoca. Sin contemplaciones. 

martes, 30 de junio de 2020

Los recuerdos que trae el agua

El agua siempre trae recuerdos. Universos que estuvieron ahí y ya no están. Todo responde a una lógica, la del tiempo. El mar del norte, encendidas ya las luces, cuando todo se vuelve noche. Y vienen a la memoria aquellas aventuras. Juventud y nocturnidad. Los fines de semana en Gijón. La noche de Gijón. Tantos descubrimientos. Casi todos al mismo tiempo, sin tregua. El placer, el deseo, el azar, el brillo del whisky en los ojos, la amistad y también algunas desilusiones. Nadie sabía lo que estaba por llegar y en realidad a nadie le importaba. El privilegio de los 20 años. También el de los 30. Todo vuelve a estar ahí, de repente, por primera vez, asomándose a la oscuridad, el mar en calma. No se trata de añoranza. Es otra cosa. Lo que conforma el presente. Este presente. Los recuerdos que trae el agua, por un momento. 

sábado, 27 de junio de 2020

Luces

Dos hombres se conocen una noche de risas y copas y tres años después se casan. En el Ayuntamiento de Gijón. Diez años después descubren una fotografía con las luces de ese Ayuntamiento iluminadas con los colores del arcoíris y no pueden evitar emocionarse. Qué tontería, piensan. La piel está curtida, y aun así. No es, en esta ocasión, una emoción por el tiempo que va quedando atrás, por los amigos que se fueron perdiendo por el camino, por las trabas que la vida se empeña en ir colocando a su aire. Lo que le pasa a casi todo el mundo, suponen. ¿Por qué esa emoción, entonces? Es simple: por lo que esas luces representan. Por las personas que lucharon por sus derechos. Por las personas que siguen haciéndolo. Por las personas que se fueron sin ver determinados logros conseguidos. Por las personas que hacen posible que esas luces -una luz también es un símbolo- estén ahí. 
"Quién puede dejar de mirar el vuelo de una cometa", dice el escritor Chus Fernández en sus magníficos 'cuadernos' (Malasangre, 2018). Nadie puede dejar de hacerlo, piensa uno de los hombres, insomne. El mismo hombre que, aún de madrugada, también piensa: Quién puede dejar de mirar esas luces, todo lo que simbolizan.     

miércoles, 24 de junio de 2020

Tormenta

Hay una sensación de melancolía en la lluvia que está a punto de caer (truenos, cada vez más cerca) que es casi tan importante como la de refugio. Por aquí somos así: protestamos por la lluvia, pero luego la necesidad de su sonido, del olor que va dejando en la tierra que pisamos, de la limpieza que oxigena el ambiente, se hace casi imprescindible. Su presencia purifica y, de algún modo, renueva algunas cosas. Y también te traslada a otros tiempos. Los veranos en el pueblo, en casa de los abuelos. Las tormentas y las vacaciones. Bocadillos de chorizo y onzas de chocolate. El sol y los gallos al amanecer. Las tormentas y los cigarrillos del abuelo. Aquella luz que no volvimos a vislumbrar. No sabemos prescindir de la lluvia, ni tampoco de todo eso. Nunca estaría el verano completo en el norte sin esas tormentas. Sin esta tormenta (los truenos encima de los tejados que tengo enfrente) que ya está aquí, en esta tarde tan extraña de San Juan y nuevas normalidades. 

martes, 23 de junio de 2020

Joel Schumacher

Joel Schumacher no era Allen ni Coppola, pero era un digno realizador de películas de entretenimiento. Esas películas que ves en el cine en tontas tardes de domingo y te ayudan a hacer más llevadero el camino hacia el lunes. Me quedo con dos. 'Un día de furia', que me parece una historia tremenda que refleja muy bien la sociedad en la que vivimos. La de entonces, primeros de los 90, y más aún la de ahora, dadas tantas circunstancias. Y 'El cliente', con unos soberbios Tommy Lee Jones y Susan Sarandon, que se quedó a puertas del Oscar a favor de la Jessica Lange de 'Blue sky'. No problem. Se lo llevaría año siguiente, en su quinta nominación. Bueno, éstas ya son otras historias. 
Descanse en paz, señor Schumacher. 

domingo, 21 de junio de 2020

Volver al cine

Una de las cosas que más he echado de menos durante este periodo de confinamiento es el cine. Ir al cine. Desde hace tiempo, en esta ciudad, ir al cine supone desplazarte hasta un centro comercial que está situado a varios kilómetros de nuestra casa. Ya no hay ningún cine en la ciudad. No importa (sí importa). Es lo que hay y, como tantas otras cosas, debemos asumirlo, qué remedio. El caso, que allá vamos, casi todas las semanas, siempre a la primera sesión, saliendo de casa una hora y media antes de que empiece la película porque hacemos el recorrido caminando (a partir de ahora, después de tanto sedentarismo, con más razón). Tiene algo de aventura. Y eso añade más emoción a la cosa. Aquella lejana emoción de los primeros cines. Las luces que se apagaban, la historia que daba comienzo... Esa sensación que implica formar parte de otros mundos, alejarte de la realidad por un par de horas. 
No puedo evitar, hablando de cine, el recuerdo de mi amiga Loli: la última conversación que tuvimos, donde apareció -como siempre- el tema, nuestra pasión por los clásicos, las tardes de cine que compartimos, las charlas posteriores... Cómo te sigo echando de menos, amiga. 
Estoy deseando volver al cine. No sé qué película será la primera que veamos después de todo esto. Quizá sea una española (la última, antes de todo esto, fue 'Invisibles', de Gracia Querejeta: ¡qué tres actrices!). Da igual. Sé que allí, cuando las luces se apaguen, no voy a tener miedo. Como entonces. De eso estoy seguro. 

sábado, 13 de junio de 2020

Mamá cumple 71 años

Mamá, que hoy cumple 71 años, va envejeciendo con la elegancia y discreción que la caracterizan. Vamos acumulando, por su enfermedad, días buenos y días malos (raros). Lo raro es vivir, dijo la Gaite. Lo extraordinario, añadiría yo, es sobrevivir. Y así, en esos días malos (raros), ella es la reina y yo su bufón. Cocino sus platos favoritos, digo tonterías, imito (de buen rollo) a gente que conocemos, recuerdo momentos agradables que compartimos juntos. Invento un mundo para alejarnos de éste. Invento un mundo para huir. Lo importante es mandar el dolor a tomar por saco. Ella es la reina que sonríe, aunque no tenga ganas, y yo sigo haciendo payasadas mientras le doy la vuelta a la tortilla. Ella es la reina y yo el niño de cinco años que camina de su mano por una playa del sur. Eso nunca cambiará. Los dos lo sabemos. Lo extraordinario, ya digo, es sobrevivir. Encararse con el destino para decirle que, a estas alturas, ya sólo nos interesa su lado bueno. Sorry. 
Voy a buscarla, que el tiempo vuela, y en nuestro calendario hoy es uno de los días más festivos del año. 

jueves, 11 de junio de 2020

Nuria Espert

He recorrido medio país únicamente por verla actuar. Y subido en aquel coche o en aquel tren, rumbo a una aventura que sabía que no me iba a defraudar, era consciente de aquella felicidad (ahora que, según dicen algunos titulares, nadie era consciente de lo felices que éramos antes de toda esta locura: en fin, que cada cual exprese lo suyo). Lo importante, según el poeta, no es el destino sino el viaje. En aquellos momentos, lo era todo: el viaje y el destino. La emoción previa a la entrada al teatro y la emoción en la butaca. Por no hablar de la emoción posterior: ya en la calle, ya en la noche. Qué lujo poder ver a aquella mujer sobre un escenario. Todo su cuerpo y su voz entregados por completo a un personaje. O a varios, como en 'La violación de Lucrecia'. No he podido ver su trabajo en 'Romancero gitano' porque la gira, en principio, no iba a ser muy larga y porque la economía, ay, la economía. Me queda el recuerdo de todo aquello que vi y la felicidad que iba implícita. Y me queda traerla de nuevo aquí y felicitarla por esos gloriosos 85 años que hoy cumple. 

miércoles, 10 de junio de 2020

Pau Donés

La memoria se enreda entre sus propios hilos y de Pau Donés, más que su música, nos trae el recuerdo de aquellas noches interminables donde aún éramos poderosos porque no dudábamos de nuestros sueños. 
Fase 3. Día 3. 

viernes, 5 de junio de 2020

Lorca

A Lorca hay que leerlo, venerarlo, adorarlo, como hacen los creyentes con sus dioses, sea el día de su cumpleaños o cualquier otro día. Hay que manosear las páginas de sus libros, señalarlas, marcarlas, acariciarlas como si fuera el sexo de la persona que amas. A Lorca hay que recitarlo, en voz baja y en voz alta, mientras lloras o ríes, aunque no seas Nuria Espert, Charo López, Azucena Vence ni Paco Rabal. Y a quien te regaló tantos años atrás (mi madre en este caso) las obras completas, primorosamente editadas por Galaxia, darle las gracias todos los días. 

miércoles, 27 de mayo de 2020

Winter journey

Un músico judío recuerda, desde su vejez en Arizona y ante las grabaciones de su hijo, sus años de infancia y juventud durante el ascenso del nazismo. La pasión por la música clásica, los conciertos, el descubrimiento del amor, los paseos en bicicleta, las huidas, las pérdidas, la noche de los cristales rotos, los contrastes entre Alemania y Arizona, las ilusiones que se fueron perdiendo por el camino... Todo eso, y alguna cosa más, se cuenta en la interesante 'Winter journey', de Anders Ostergaard. Y al frente de todo eso está Bruno Ganz. El placer de volver a escuchar su poderosa voz, de ver el movimiento de sus manos, de emocionarte con el brillo de sus ojos, de identificarte con sus miedos y sus ilusiones. De recordar la grandeza que dejó por este mundo fascinante y miserable. 


martes, 26 de mayo de 2020

Flores rotas

Voy caminando. Y entonces las veo. Son un puñado de flores rotas en una papelera cuyo contenido se puede ver desde cierta distancia. Quizá hace un par de días esas rosas eran rojas y este sol las ha decolorado por partes. El tallo sigue conservando su intenso verde. Es temprano y la calle es solitaria, y les hago una foto con el móvil y luego la borro porque hay tanta basura a su alrededor -pañuelos sucios, mascarillas, cigarrillos, envoltorios de comida...- que no hay manera de arreglarla. La mierda, esta vez, es más poderosa que la belleza. No, no hay arreglo. Supongo que quien se deshizo de ellas lo sabía y no le importaba en absoluto. ¿Quién se deshizo de ellas? ¿Un hombre, una mujer? Sigo caminando y son las pregunta que me hago. Puede que fuese la madrugada del domingo, cualquier persona harta de esas rosas que jamás pueden ocultar las explicaciones de su pareja, su amante, su rollo nocturno. Otra historia de amor imposible. La madrugada del domingo sigue siendo tan traidora como siempre. Hay cosas que nunca cambian. Hay misterios que nunca se desvelan del todo. Hay amantes cuyo recorrido siempre es el mismo. Hay preguntas sin respuestas y destinos que, como ese puñado de flores rotas, se estrellan contra una papelera, cualquier noche o cualquier madrugada, mientras los demás dormimos o hacemos que dormimos. 

sábado, 23 de mayo de 2020

Paquita

Estamos tomando una cerveza en una terraza y veo a pasar a gente que conozco de toda la vida del barrio. Nos preguntamos qué tal (interés sincero, creo) y cada cual sigue su camino. Ahora pasa Paquita, que estuvo al frente durante treinta años de la librería Aldebarán y donde yo trabajé unos cuantos con absoluta libertad para hacer y deshacer según mi criterio. Lleva un tiempo jubilada y está guapa (lo es), rejuvenecida, estupenda de salud. Hablamos un poco de todo esto, del futuro que nos aguarda. Lo mejor es centrarse en el presente, en el día a día, estamos de acuerdo. Y entonces me pongo tonto y recuerdo aquel tiempo. Cada mañana en aquella librería. La expectación por los libros que llegaban. Las ideas para acercar a un mayor número de público libros de calidad. La manera en que iba a colocar esa semana el escaparate. Los días del libro, aquella fiesta. Todo ese trabajo que me hizo tan feliz durante aquellos años. Y del que estoy muy orgulloso (y ella también, y lo sé). 
Y luego, aunque ya lo he dicho más veces, le comento a Íñigo que se le debería hacer un homenaje a esta librera. Por todos los años de trabajo, por sacar adelante un pequeño negocio en tiempos complicados (para los libros siempre lo son). Y luego pienso que más allá de las instituciones (o quien sea), los buenos recuerdos de la gente que le compró libros durante años son lo más importante. Y esos los tiene. Tengo constancia de ello. 

martes, 19 de mayo de 2020

Trece años desde entonces

Muchas veces he pensado que el miedo es el sentimiento más poderoso. Me equivocaba. No lo subestimo, no hay que hacerlo, siempre está alerta, afilando sus colmillos de lobo enjaulado, pero no está en el centro de todo, ya no. Él está en el centro de todo desde aquel 19 de mayo de 2007, cuando nos conocimos. El primer beso. El primer abrazo. La última copa. La intensidad de aquellas miradas. Era mayo y hacía calor. Era mayo y pisábamos fuerte. El tránsito de la noche al día. Un viernes que ya era sábado. Un 19 que empezaba a ser fiesta en nuestro calendario particular. Esa música que da paso a la otra. Los ruidos quedan atrás. Los ecos embarullados y las acciones negativas de alguna gente, también. Supongo que a la moneda nunca le puedes quitar la cruz. O la cara envenenada, vete a saber. Hacia la luz, hacia la luz. Con rabia. Ahí sigue estando el faro, nuestro faro, metáfora de todos esos proyectos que quedan por hacer mientras el cuerpo aguante. Ya está amaneciendo. Sus pasos, más que los reflejos que se cuelan por la persiana, determinan este día. Cada día. Trece años desde entonces.  

lunes, 18 de mayo de 2020

En los ojos de Michel Piccoli

La sencillez formaba parte de la grandeza interpretativa de Michel Piccoli, que murió el pasado 12 de mayo a los 94 años, según acabamos de enterarnos. Esa sencillez que caracteriza a los tipos corrientes que, de repente, se ven envueltos en circunstancias insospechadas, extrañas, inesperadas, absurdas, extravagantes. Las cosas de la vida, en palabras de Claude Sautet. Algunas de las cosas de la vida. Así, por ejemplo, en películas como 'Trío infernal', 'La grande Bouffe' o 'Tamaño natural'. También con un punto de picardía, de gran vividor, de sibarita, de seductor, de elegante hombre francés que estaba un poco de vuelta de todo, incluso a veces con otro punto de hombre sofisticado (sin abandonar la sencillez a la hora de interpretar), resolvía con solvencia cualquier papel que se le ponía por delante. 
Interpretó en teatro 'El mal de la muerte', uno de los textos de Marguerite Duras sobre el deseo.  Escribe Duras: "Usted quiere probar, probar muchos días quizás. Quizás muchas semanas. Quizás hasta toda la vida. Ella pregunta: ¿Probar el qué? Usted dice: Amar".
Amar, probablemente, las mejores cosas de la vida, hasta los 94 años. Si uno se fija bien, en los ojos del actor, incluso en los ojos del actor convertido ya en un anciano, puede adivinarse eso. 

viernes, 15 de mayo de 2020

Bizcochos y miedos

En este confinamiento volví a hacer bizcochos. Hice bastantes bizcochos. A veces, por distraerme y no pensar demasiado. Otras, por la necesidad de comer algo dulce, que no son momentos de pensar en los kilos de más. Ayer, casi al tiempo que Marian Izaguirre (vuelvo a recomendar su última novela, 'Después de muchos inviernos', y también, de paso, 'La parte de los ángeles', que me parece de lo mejor que ha escrito), volví a hacer otro. Ayer no lo hice por distraerme ni por la necesidad de comer algo dulce, sino por ahuyentar el miedo. Ese miedo que ahora es más real que nunca. Hay que convivir con el bicho, dicen, pero el bicho está ahí, cada vez que pisas la calle. Que si tocas una puerta, que si coges una bolsa, que si alguien te roza, que si te rascas la nariz, qué sé yo... Todo eso que ahora, particularmente, me asusta más que antes. Por eso me metí en la cocina. Batir con furia los ingredientes del bizcocho más que cansarme, me relaja ante esta situación. Me hace olvidar por un rato esta sensación de pánico que está tan presente. Supongo que con el paso de los días todo se irá calmando y poco a poco las cosas, sin volver a su anterior cauce, se irán estructurando en nuestras cabezas. Y más que el del miedo, pensaremos que este tiempo ha sido el de los bizcochos. Que, por otro lado, siempre te llevan a lugares de la memoria en los que te apetece quedarte un rato. Pero ésta ya es otra historia. 
Voy a llevarles un trozo del bizcocho a mis padres. 

jueves, 14 de mayo de 2020

Optimismo

He hablado con mi querida Azucena Vence, que hoy está de cumpleaños, y me dice que las cosas van bien. Noticia que, en medio de todo esto que estamos viviendo, no puede alegrarme más. Luego, le he dicho que tiene que seguir así, que en octubre (toquemos madera, dada la situación mundial) presento nueva novela y que sin ella las cosas no serían iguales. Allí estaré, me dijo. Y me he contagiado de ese optimismo. 
Qué ganas de besarla y abrazarla. 

Palabras de César Inclán

A punto de publicar mi tercera novela, el periodista César Inclán escribe estas palabras sobre la primera, 'El tiempo que vendrá': 

Esa tarde de junio permaneció eterna en mi recuerdo, un mágico momento que he vuelto a recordar por esas cosas del azar al releer una magnífica novela del escritor asturiano Ovidio Parades titulada precisamente "El tiempo que vendrá". Editada por Trabe en 2012, la novela narra la historia de un hombre en la frontera de los 40 años de edad, el cual echa la mirada atrás para emprender un simbólico viaje con destino a una España todavía en blanco y negro, un camino que el protagonista realiza con la mayor honestidad sin dejar que la luz se cuele nítidamente por la ventana en un gesto lleno de esperanza a pesar de las dolorosas derrotas de la vida y sus andanzas.
"El tiempo que vendrá" cuenta sobre todas las cosas una historia de amor, y lo hace con un tono poético e intimista cuidando con detalle la belleza de cada palabra evocando un pasado que ya no existe en realidad, una obra que es también de alguna manera un sutil y atinado retrato generacional. La novela se articula en torno a varios capítulos que podrían parecer pequeños relatos independientes entre sí, pero que le dan al conjunto de la historia, a través de un hilo mágico e invisible, un espíritu de unidad gracias a una potente narración que va y viene en el tiempo con emoción .
El libro, en el que la presencia de personajes femeninos resulta fundamental, lo que viene siendo habitual en la obra del autor ovetense, se recrea en esos detalles aparentemente menores pero que son tan importantes en la vida, como aquellas pequeñas cosas que cantaba Serrat y que el niño que yo era vivió con la mayor ilusión una lejana tarde de finales de junio que quedará para siempre guardada en los pliegues del corazón.

lunes, 11 de mayo de 2020

Un blanco, blanco día

Ayer estuve viendo 'Un blanco, blanco día', de H. Pálmason, la historia de un hombre que acaba de quedarse viudo y de su nieta. La película narra, por un lado, la relación de complicidad que hay entre ambos, nieta y abuelo, lejos de toda ñoñería y representada en planos realmente hermosos. Por otro, y aquí viene lo más duro, los secretos que guardan algunas relaciones de pareja y el dolor que conlleva el descubrimiento, más tarde o más temprano, de esos secretos. El protagonista es un hombre herido por la pérdida. Y el hallazgo de esos secretos, tras la desaparición de la mujer a la que amaba, complicará aún más el proceso de duelo y todo lo que rodea la fragilidad en la que se ha convertido su existencia. 
Dura, compleja, poética.  Muy recomendable.

sábado, 9 de mayo de 2020

Lluvia

Aquella tarde de octubre, en Berlín, llovía casi tanto como esta mañana, muy temprano, cuando salimos a pasear. Las calles, hoy, a diferencia de aquel día en la ciudad alemana, estaban desiertas. La lluvia echa a casi todo el mundo para atrás. Una chica corriendo, un tipo riñendo a su perro, una mujer arrastrando antes de tiempo un carro de la compra, un hombre mayor de setenta años paseando a su bola, en la hora que no le correspondía. Un par de coches policía a lo lejos. Vamos caminando a buen paso, bajo ese paraguas que compramos aquella tarde en Berlín cuando nos sorprendió la lluvia. Diez euros, dijo una dependienta de mejillas sonrosadas y larga melena rubia, en un español de aquella manera. Recuerdo sus uñas pintadas de rosa chillón tecleando la máquina registradora y también recuerdo que tocar el dinero sin miedo, a diferencia de estos tiempos, era una sensación agradable. Caminamos por la ciudad y lo observamos todo con cierta distancia, como si no estuviésemos en nuestra propia ciudad o nos encontrásemos dentro de una película de ciencia-ficción. Nos preguntamos qué pasará a partir de ahora. Hace unos días, en la radio, un experto dijo que debemos aprender a convivir con el virus. Sin relajarnos, sin dejar de tomar las precauciones debidas, por supuesto, añadió. Y supongo que tendrá que ser así, aunque todo resulte complicado y extraño. 
Y seguimos caminando, a buen paso, como si no estuviésemos aquí y sin embargo más aferrados que nunca a esta tierra (curiosa contradicción). Valorando cada segundo de este tiempo de libertad, sin importarnos ya la lluvia. 

viernes, 8 de mayo de 2020

Ensayo

Anoche estuve viendo 'Ensayo', de Pascal Rambert, en el canal que ha abierto estas semanas el Teatro Pavón Kamikaze. Es una obra brutal sobre la vida: sobre sus placeres, sus deseos, sus tormentos, sus traiciones, sus decepciones, sus cansancios. Sobre la vida, sí, y todo eso que menciono, y también sobre la creación. Una de esas obras en las que apenas puedes respirar ni moverte: los intérpretes con sus palabras y con sus miradas, eufóricos o cabizbajos, lo hacen por ti durante las dos horas que dura la función. Dos horas de aullidos, de quejas, de caricias, de reproches, de sentimientos, de sillas que se mueven (como ocurrirá, posteriormente, aunque en otro plano, en 'Hermanas', también de Rambert). De saber que estamos aquí y ahora. De saber que estamos vivos. De saber que aún nos duelen determinadas cosas. Y que aprovechamos eso, la vida (con su dolor a cuestas, es inevitable), cada hora, cada minuto, cada segundo, conscientes de que es lo único que tenemos. "Lo importante es amar", dice el personaje de Israel Elejalde casi al final. Lo importante es amar, evidentemente. 
Todos los intérpretes -Elejalde, Fernanda Orazi, Jesús Noguero y María Morales- están magníficos, muy ajustados a sus personajes. Es un placer ver a lo largo de estas obras que el Pavón ha ido colgando en su canal de Youtube la versatilidad de un actor cada vez más grande como Elejalde: esa manera de modular la voz, del susurro al estallido, esas miradas...  Me ha impresionado muy especialmente el trabajo de María Morales. La fuerza y la elegancia que despliega, sin zapatos, de pie o sentada en el borde de la escalera. Es pasión, piel, deseo, tierra, sensualidad, boca que nombra las palabras que están ahí, que representan los deseos, sin metáforas ni medias tintas. La sutileza de un tirante que se desliza por la piel desnuda, la verdad, la autenticidad. A veces, al verla, he recordado a Charo López. 
Qué lujo. 

lunes, 4 de mayo de 2020

Whisky

Tenemos el calor, la pegajosa humedad y la sensación de estar atrapados en un ambiente que no nos pertenece. Ya sólo nos falta el whisky para sentirnos como en una obra de Tennesse Williams.
Luego bajo a comprar una botella. 

Intruso

Dos años después de dirigir 'Amantes' (¿su mejor película?), Vicente Aranda vuelve a adentrarse en el complejo mundo de las relaciones amorosas a tres bandas en 'Intruso', que anoche volví a ver. Muy compleja dentro de su aparente sencillez, asfixiante por momentos, con un escenario casi teatral. En ella, Aranda rastrea con minuciosidad en los sentimientos más elementales. En el amor, naturalmente. Y en el deseo. Una mujer (una -de nuevo- deslumbrante Victoria Abril, muy alejada de su personaje en 'Amantes') se sitúa en el centro de dos hombres, Imanol Arias, que borda su papel, y Antonio Valero, que mantiene muy bien el tipo frente a estas dos fieras. El amor, el deseo y, una vez más, la muerte. Una espiral -el amor, el deseo, la muerte- por la que se deslizan sin remedio los tres protagonistas. Una espiral que conmueve y abrasa en ocasiones con un silencio, una mirada o uno de esos arranques de Abril casi violentos de tan intensos que desmenuzan por completo la complejidad del alma humana y su retahíla de sentimientos. 
Con sus más y sus menos, con sus grandes aciertos y algunos despropósitos (lógicos en una carrera tan extensa y diversa), Aranda siempre es un director a tener en cuenta. Su obra no debería caer en el olvido.   

domingo, 3 de mayo de 2020

Mi madre, una imagen

Tengo cinco años. Estamos, por tanto, a mediados los años 70. Voy caminando de la mano de mi madre por una céntrica calle de esta ciudad. Pasamos a menudo por ahí. En ese camino hay un quiosco y yo me detengo siempre delante de su escaparate. En él, en un lugar destacado, hay una muñeca. Es rubia, con un vestido verde. Podría ser una Barriguitas, pero no lo es. Es un poco más grande. Todos los días la observo y le hago a mi madre un comentario sobre la muñeca. Una tarde -es primavera, lo recuerdo bien: ella, mi madre, lleva un vestido de tirantes, y yo, pantalones cortos, hay mucha luz-, venciendo cualquier recelo (sé que no los niños no juegan con muñecas, sé que las madres no les compran a sus hijos varones esa clase de juguetes), le pregunto: ¿Me la compras? Sonríe, como si estuviese esperando esa petición, y me la compra. No se me ha olvidado esa felicidad. La misma que sentí cuando me compró los primeros cuentos que leemos junto a la ventana, esperando que mi padre regrese del trabajo. 
Mi madre no quemó sujetadores en Mayo del 68, no corrió delante de la policía franquista, no leyó a Simone de Beauvoir en su juventud. Con aquel pequeño gesto, hizo algo tan importante como todo eso. Mi madre se adelantó a su tiempo, huyó de convencionalismos, se posicionó junto a su hijo en aquellos años grises como madre y como mujer. Y nunca dejó de hacerlo. En ningún momento. 

sábado, 2 de mayo de 2020

Hacia la normalidad

Estoy nervioso como si empezara un nuevo trabajo o me fuesen a dar un premio. Volvemos a las calles, aunque no sea más que a un kilómetro de distancia de nuestras casas. Algo es algo. Este algo es, a día de hoy, mucho. Esto es una especie de fiesta. La fiesta más importante que tenemos desde hace casi dos meses. Un pequeño paso hacia la normalidad, hacia la normalidad que sea, que ya sabemos que nada volverá a ser igual. Necesitamos este paso, sentir que pisamos firme, olvidarnos por un rato de tantos miedos. Necesito saber que pronto volveré a ver a mi hermana, confinada en otra ciudad, qué duro ha sido eso. Después de este paseo, lo veremos todo de otra manera. Estoy seguro. Parece que ya está amaneciendo. Ya está amaneciendo, sí. Y no llueve. Allá vamos. 

miércoles, 29 de abril de 2020

Michelle

La vida es tan jodida en estos y en otros momentos que sólo tres cosas logran salvarte de la quema. Los ojos de la persona que amas, la voz de tu madre y la belleza, que, como es lógico, puede manifestarse de diferentes maneras. Un paisaje, un cuadro, un poema, una fotografía, una canción, un rostro... Los rostros de muchos hombres y de muchas mujeres. El rostro de Michelle Pfeiffer, que hoy está de cumpleaños. Observas ese rostro, observas su talento, y lo jodido de la vida queda aparcado durante un buen rato tres calles más abajo. No te digo nada si observas todo eso durante las dos horas que dura la película. Se apagan las luces y te dejas llevar. La belleza y el talento, que es otra forma de belleza. Todo queda detenido ahí. Vuelves a salvarte de la quema. Y luego, si quieren, que vengan a por nosotros. Cuánto de echamos de menos, Michelle. 

lunes, 27 de abril de 2020

Pan

Hace algunas semanas, poco antes de que empezara todo esto, abrieron una nueva panadería en el barrio. No tiene mala pinta, dijimos el día que la descubrimos, contemplando desde el escaparate las barras de pan, los pasteles, las magdalenas, etcétera. Como somos personas de gustos fijos, seguimos yendo a nuestra panadería habitual, la más frecuentada de la zona. Aunque compro pan para varios días, llega un momento en que las existencias se agotan. Así que ayer, a primera hora, tuve que salir a buscar provisiones. Algunos niños, con unas mascarillas que les tapaban casi toda la cara (cosa que me dio un poco de pena, pese a esa cierta normalidad que su presencia provoca en las calles), paseaban muy formales de la mano de sus madres, como yo mismo hacía cuando era pequeño con la mía o hasta hace mes y medio, mi madre entonces apoyada en mi brazo. La cola de la panadería que habitualmente frecuentamos daba la vuelta a la esquina y llegaba hasta la calle de abajo. La otra, la nueva, situada casi al lado, tenía una cola formada por dos personas. Pensé que era el día apropiado para probar ese pan. Esperé y no saqué de la bolsa ese pequeño paraguas que compramos en Berlín una tarde que nos pilló la tormenta: dejé que la fina lluvia que empezaba a caer me refrescase la cara. A escasos metros, un padre y un niño, situados tras la verja, rezaban a la Virgen que la gente de la parroquia sacó hace unos días a la puerta de la iglesia. Compré mis barras de pan, no cedí a la tentación de los pasteles, y encaminé mis pasos hacia casa. Me encontré con más niños y más madres. Y de repente, sintiendo aquella fina lluvia en el rostro y percibiendo el olor de aquel pan recién hecho, el tiempo se disolvió en el tiempo y una de aquellas madres era mi madre y uno de aquellos niños era yo. Los vi claramente. Lejos de aquel paisaje de nubarrones y banderas en las ventanas con crespones negros en el centro. Dos figuras casi diminutas y la vida por delante. Sonreían y llevaban el pan en una bolsa de tela. Eso también pude verlo antes de entrar en el portal. 

viernes, 24 de abril de 2020

Diez años después

El mundo, como entonces, parece que vuelve a derrumbarse y nosotros, confinados, celebramos hoy diez años de casados. Vendrán tiempos mejores y este encierro y todo lo que lleva consigo (miedo, incertidumbre, ansiedad...) será un mal recuerdo. O eso espero. La vida es injusta, absurda, maravillosa, imprevisible. La vida es un mapa de decisiones y posicionamientos. La vida es la mañana que te hice esta fotografía, y todas las mañanas anteriores y posteriores cuyo recuerdo regresa a menudo estos días. La vida es furia y silencio. La vida es hoy. Es ahora. Es mi mano escribiendo esto. Son tus pasos acercándose. 

jueves, 23 de abril de 2020

Día del Libro

No estoy aquí, en esta casa, confinado. Estoy ahí, en la Cuesta de Moyano, como siempre que vamos a Madrid. Hace calor, es primavera, son las doce de la mañana, acabamos de ver una exposición magnífica en el Reina Sofía. Quito las gafas de sol y pongo las otras. Voy de una librería a otra, de una mesa a otra, cojo un libro y otro, leo las primeras líneas, miro el precio. No busco ningún título en concreto, me dejo llevar, quiero que el hallazgo me sorprenda. Y me sorprende, claro. Continúo el periplo, los dedos ya están cubiertos de polvo, el tiempo se ha detenido. Oigo el murmullo de una conversación cercana, no presto atención, voy a lo mío. Ya he comprado tres libros, avanzo, me hago un hueco entre varias personas que se arremolinan en torno a una mesa, el sol hace aún más agradable esta búsqueda. Compro otro libro, el último, me digo, que luego hay que ir a las otras librerías. Soy un tipo afortunado, y lo sé. Ahora mismo, aunque pudiese hacerlo, no cambiaría este lugar por ningún otro lugar del mundo. Me quedo aquí, sintiendo el sol y el olor de los libros, un rato más. Nunca se sabe cuándo podremos volver por aquí. Sé que cualquier noche, insomne, recordaré estos momentos: la búsqueda, la emoción, el hallazgo. Cualquier noche es esta noche, camino ya de la madrugada, tan lejos y tan cerca. Camino ya de un nuevo 23 de abril. Quizá el más raro que hayamos vivido hasta la fecha. No importa, no estoy aquí, estoy allí. Feliz Día del Libro. 

miércoles, 22 de abril de 2020

Corte de pelo

Llamo a mi madre. Tarda en contestar. Cuando lo hace, risueña y un poco acelerada, me dice: te paso con tu padre, que estoy cortándole el pelo. Mi padre no soporta el pelo largo, ya llevaba varios días lamentándose. ¿Qué tal te está quedando?, pregunto aún sorprendido. Mi madre jamás le cortó el pelo a nadie, ni siquiera a nosotros cuando éramos pequeños ni a sí misma como hacen algunas mujeres. Bien, bien, responde (pese a ser una persona extrovertida, a mi padre no le gusta hablar por teléfono). Pues os dejo a lo vuestro, concluyo. Vale, dice mi padre. Hasta luego: la voz de mi madre sigue sonando risueña cuando se acerca al teléfono para despedirse. Y me quedo conmovido pensando en esa escena. Dos personas que han recorrido un largo camino juntos, que en agosto celebrarán sus 50 años de casados, sorteando a su manera los inconvenientes de esta situación que estamos viviendo, cuidándose mutuamente. Y me quedo ahí, en esa escena como si fuera la escena de una película (escuchando el sonido de las tijeras, visualizando el pelo blanco que va cayendo al suelo, los rostros de ambos reflejados en el espejo) hasta que se hace de noche. 

martes, 21 de abril de 2020

Paseos con Gena

Lo más gracioso que os puedo contar, que en realidad es mucho más gracioso si lo ves que si lo cuentas, es que en mis numerosas caminatas por el pasillo (mientras hablo por teléfono, maldigo al dichoso virus, cuento los días cual preso de Alcatraz, recito textos que me gustan o la lista de la compra, que también hay que ejercitar la memoria), que es largo y tiene forma de L, hace días que me acompaña Gena, que es más perra que gata desde el primer momento. Si voy lento porque el estado de ánimo no da para más, ella va lenta. Si avanzo rápidamente, hace lo mismo. Si me detengo, se detiene y me mira como diciendo "venga, que perdemos el paso".  Si la que se cansa es ella, pone la cabeza encima de mis pies y soy yo el que anima el cotarro, "anda, una vuelta más, que no se diga", y se incorpora y termina de dar la vuelta conmigo sin rechistar. 
Luego, a modo de recompensa, le pongo un poco de comida húmeda, que la vuelve loca y que viene a ser como la copa de Rioja para nosotros.  
Y después, cada uno a lo suyo. 

viernes, 17 de abril de 2020

Bizcocho

Tardes lejanas e invernales, en la casa de mis padres, haciendo rosquillas o bizcochos, muchos años atrás. Tardes en las que el miedo era algo abstracto. No existía, simplemente. Mis padres eran tan jóvenes como nosotros, sus hijos, éramos inocentes. Cocinar era una distracción, una aventura, un juego. Tratar de que todas las rosquillas tuviesen el mismo tamaño, ligar de la mejor manera posible la masa del bizcocho. Y luego terminar con el cometido, y esperar a que enfriara para merendarlo. 
Mi hermana se cansó pronto de aquel juego, no era lo suyo. Yo continúo con la aventura. Y ahora, esa aventura, se ha convertido en una de las escapatorias más destacadas de este encierro, quién nos los iba a decir. 
Ayer, mientras esperaba que el bizcocho terminase de dorarse en el horno y un olor a pastelería se extendía por toda la casa, recordé todo aquello. Incluso, por unos momentos, conseguí que el miedo fuese algo abstracto. Que no existiera. 
Como si el tiempo, brevemente, se hubiese detenido. 

martes, 14 de abril de 2020

La mañana es una fiesta

Después de aliarte con el insomnio viendo 'El crack dos' y pensar que Alfredo Landa era un actor inmenso (y qué decir de José Bódalo) y que la película sigue siendo extraordinaria, sales a la calle. Toca llevar comida a tus padres y volver al supermercado. Hace calor. Vas demasiado abrigado. No importa. Esa intensa luz y ese calor pueden, de repente, con todo lo demás. Caminas despacio porque sabes que cada paso es importante y porque también sabes que el recuerdo de ese trayecto te ayudará cuando los ánimos flojeen, que hay días que flojean más de lo debido. La mañana es una fiesta. Y no hacen falta músicas, voces, copas. Lo que habitualmente era algo común y corriente, se convierte ahora en algo extraordinario. Ese sol, ese calor, esa luz. Sentirlo todo en la piel, en el cuerpo que va demasiado abrigado. Empiezas a ver a gente que regresa del supermercado al que te diriges con el carro lleno de comida. Se oyen murmullos, el ladrido de un perro con cara de pocos amigos, el cagamento de una mujer a la que se le ha caído una botella de suavizante al suelo. No importa. La mañana es una fiesta que nadie te va a arrebatar. No estás ahí. Estás en un lugar lejano, seguro, donde todo es ligero, donde -sin necesidad de paraísos artificiales- tienes la sensación de estar flotando y de que nada importa demasiado. Como aquella mañana (recuerdas) en la que, por primera vez, atravesaste el puente de Brooklyn. La misma fiesta. El mismo calor. La misma sensación de libertad. Todo lo demás, carece de sentido. 

viernes, 10 de abril de 2020

Dos años sin Francesca

Estás en la cama, despierto, sintiendo cómo alguna vecina maldice la lluvia que le ha empapado la ropa que tenía tendida, y recuerdas que hoy hace dos años que el veterinario le puso la inyección a Francesca. Lo escribí en su momento: una gata no es una hija, eso está claro, pero su ausencia también deja huellas. Y recuerdos que siguen presentes. 

Colores

El dolor, por el motivo que sea, es un sentimiento muy profundo y no entiende de colores. Puedes llevar un traje más estridente que los vestidos de Ágatha Ruiz de la Prada y estar -por el motivo que sea, insisto- completamente roto por dentro. Y también puedes ir de negro de cabeza a los pies como Bernarda Alba y ser más cuerva que ella. 
El dolor no entiende de colores, géneros ni ideologías. Que cada cual exprese su dolor como quiera. O como pueda. Lejos de gilipolleces y lo más cerca posible de la sensatez, si puede ser. 


martes, 7 de abril de 2020

Musicales

Me gustan los musicales. No todos. No todo el tiempo. 'Cabaret', del gran Bob Fosse, es mi favorito. Por varias razones. Sobre todo, por la manera tan inteligente que tiene de introducir temas muy importantes en la trama, entre canción y canción. Pienso en ellos, en los musicales, mientras espero con mi carro de la compra para entrar en el supermercado. El guarda jurado me da unos guantes, que pongo encima de los otros, y me dice que pase. Si estuviésemos en un musical, puede que lo dijera cantando. Puede que estemos en un musical. Entro en el supermercado y me doy cuenta de que, evidentemente, estamos en un musical. Unas personas, con sus guantes y mascarillas, bailan bien, incluso muy bien. Otras, con el mismo atuendo, lo hacemos con la deliciosa torpeza de Catherine Deneuve en 'Bailar en la oscuridad'. No reconozco la música que suena, pero me resulta familiar. Los pies se mueven ligeros. La coreografía está muy ensayada. Nadie pierde el ritmo. Sigo metiendo las cosas que necesitamos en la cesta. Queso, fruta, pan... La cámara se centra ahora en la sección de los congelados, donde una mujer que se parece a la Bernadette Peters de 'Pennis froma heaven' hace un número con un hombre que no se parece demasiado a Steve Martin, pero qué importa. Todos dicen I love you. Cojo una bolsa de guisantes y otra de coliflor y los dejo ahí, a lo suyo. Meto una botella de vino en la cesta y escucho a Audrey Hepburn entonar el célebre 'Moon River'. Ya sé que 'Desayuno con diamantes' no es un musical, pero esa escena vale por muchos musicales juntos. "My Huckleberry friend, moon river and me". Me voy alejando de ella con esa melodía en la cabeza, pensando que algún día volveremos a desayunar en Nueva York. O en París, como la propia Audrey en 'Una cara con ángel', que no es mi Stanley Donen favorito, pero es que en 'Dos en la carretera' no cantaban. 
La voz de la cajera me devuelve a la realidad. "¿Quiere bolsa?". Y de repente, negando con la cabeza y señalando mi carrito, me doy cuenta de que todo el mundo está en silencio. El musical ha terminado. Salgo del supermercado y está lloviendo. De regreso a casa, voy pensando que sería un acto de justicia poética que la muerte, cuando haga su aparición, tuviese el rostro de Jessica Lange, como en 'All that jazz' (otra vez el gran Fosse), otro de mis favoritos. Pero no te apures, Jessica. El espectáculo, aunque suene manido, debe continuar. Y continúa, a pesar de que esta decadencia no sea tan divina como la de Bob y Liza. 

lunes, 6 de abril de 2020

Aquellos días azules

Ayer, por primera vez desde que comenzó este confinamiento, se abrió una grieta. La noche del domingo cayó como un zarpazo. Me sentí como el preso que, agarrado a los barrotes de su celda, sólo piensa en huir. Echar a correr por las calles como Shirley MacLaine en el tramo final de 'El apartamento', aunque no estuviésemos en Nochevieja. Correr sin rumbo. Demasiados días de encierro sobre nuestras espaldas, demasiados días de encierro por delante. Se van desgastando las cosas a las que agarrarse. La paciencia nunca ha sido mi fuerte. A pesar de que los años, para mi sorpresa, han conseguido aliarse con ella en numerosas ocasiones. Cuestión de supervivencia, supongo. 
Entré en la cocina. Preparé una infusión y decidí hacerle un flan a mi madre. Entonces, pensé en ella. En aquellos veranos en el sur, en el olor de su pelo tras las horas de playa, en su piel después del sol, en los helados, en las primeras lecturas, en las películas vistas en aquel cine al aire libre. Una película que nunca se grabó. Una película por la que no ha pasado el tiempo. Como le ocurre a esa fotografía de Gonzalo Juanes en la que aparecen una madre y un hijo caminando por un parque. Como también sucede en la última novela de Elvira Lindo. 
La victoria de los días azules y aquel sol de la infancia. Podríamos definirlo así. 
Continuamos. 

  

domingo, 5 de abril de 2020

Aute

Éramos jóvenes y, aunque pensábamos lo contrario, no sabíamos mucho de la vida. Éramos jóvenes y, en habitaciones en penumbra, de madrugada, escuchábamos a Aute. En cinco minutos, o menos, nos contaba una historia que era mucho más que una simple historia. En cinco minutos, o menos, cabía toda la vida de de unos seres que se amaban o se habían amado, que buscaban la belleza o la verdad, que se estremecían antes del amanecer, que descubrían que todo era más difícil que encontrar rosas en el mar. De pronto, la voz cálida y cercana de Aute inundaba aquellas habitaciones en penumbra y la madrugada era el refugio de múltiples promesas, de ansiados anhelos, de juegos desinhibidos, de reflejos dorados. Ese es siempre el poder de la poesía, de la música, del arte en general y con mayúsculas. De quien va escribiendo  con trazo fino y elegante la historia de un país, de unas vidas, de unas esperanzas o de unos naufragios. Los principios y los finales. Porque todo eso cabe en cinco minutos, o menos. Todo eso que perseguimos y que se escapa en un soplo. Ahora, al fin, lo sabemos. 

sábado, 4 de abril de 2020

Celebrando a la Duras

Leer a Marguerite Duras es derribar las paredes de este mundo, se encuentre en las circunstancias que se encuentre, y adentrarse en otro, en el suyo. Ese mundo donde está la infancia, la madre, el hermano mayor y -sobre todo- el hermano menor, los nazis, los amores, los amantes, el alcohol, el tabaco, los precipicios, la locura, los gritos, el desgarro, los niños, la ternura, las cometas en una playa desierta, la garganta deshecha y las manos ajadas por la erosión del tiempo. Los ojos vidriosos del que sufre y del que ama con intensidad. La escritura y la escritura cuando también se vuelve obsesión y parte esencial para seguir respirando. Y, planeando sobre todo ello, como esa cometa que asciende hacia un cielo gris en la playa desierta, el deseo. Ese deseo que alcanza cada página. Ese deseo que es furia y dolor y placer y tantas palabras no pronunciadas. Ese deseo que también es silencio. Ese deseo, sí, como una manera de luchar contra las adversidades y los zarpazos que planean metódicamente sus estrategias. El deseo absoluto.
El espacio en blanco y el texto sublime. 
Marguerite nacía el 4 de abril de 1914. 
Y aquí, hoy, vamos a celebrarlo. Como si estuviésemos alzando cometas en playas desiertas, sintiendo ráfagas de sol en jardines solitarios o bebiendo botellas de vino en ciudades lejanas. 

viernes, 3 de abril de 2020

Brando y la sexualidad

Escribía ayer Pedro Almodóvar en un artículo que el albañil de 'Dolor y gloria' no existió en la realidad (aunque, todo hay que decirlo, quede muy poético en la película), que su despertar a la sexualidad fue con Warren Beatty. El mío, ya sé que no soy muy original (nunca me gustó Beatty), fue con este tipo que hoy, allá donde esté, cumple 96 años. La camiseta, claro. Y los labios y la mirada turbia y todo eso, pero también algo más que, evidentemente, comprendería años después: aquella vulnerabilidad que había detrás de la máscara, la camiseta y los incuestionables atributos físicos. Aquella especie de tormento y fragilidad, de miedo y desnudez. Aquella manera de reclamar afecto sin pronunciar una sola palabra. Eso, sin saber describirlo entonces, fui lo que aquel niño descubrió viendo una película con su madre cualquier noche de sábado y que enseguida supo que era un secreto que no debía compartir con nadie. Pero ésta ya es otra historia.  

miércoles, 1 de abril de 2020

Huir de la melancolía

Llego a casa de mis padres con la comida que he preparado para los próximos días y los encuentro en la cocina, desayunando. No puedo abrazarlos, no puedo besarlos. Mantengo las distancias debidas. Es una situación dura y extraña. Siento, de pronto, ganas de llorar. Pero me contengo, claro. Están asustados y desconcertados. Como todo el mundo, supongo. Trago saliva y me pongo a hablar. Hablo mucho. No sé muy bien lo que estoy diciendo, pero hablo. Hablo como un personaje de Woody Allen, sin parar. Hablo para distraerlos mientras terminan de desayunar. Hablo como si estuviese interpretando una obra de teatro y todo lo que digo lo tuviese memorizado en la cabeza. Hablo para ahuyentar el miedo. Hablo porque después de tantos días viviendo esta situación aún no he asimilado lo que nos está ocurriendo. ¿Alguien lo ha conseguido? 
También me río y los hago reír. No me preguntéis las tonterías que dije para conseguir esas risas. Ya no las recuerdo. 
Los día pasan y la incomprensión permanece. Me despido de mis padres, sin besos ni abrazos. De regreso a mi casa, el frío me sienta bien. Noto pequeñas gotas de lluvia en la cara. Es una sensación agradable. Tan agradable como el movimiento de las piernas fuera de los espacios reducidos. 
Hago las cosas de cada día, procuro mantenerme ocupado todo el tiempo (aunque cueste centrarse por momentos), leo historias nuevas y también releo páginas de algunos libros que me han gustado y que siempre están ahí, al alcance de la mano. Huyo de la melancolía. Creo que es lo último por lo que nos podemos dejar llevar, aunque a ratos la tentación acecha. Abro el último libro de Nélida Piñón y leo: "La vida nos proporciona subsidios para combatir la melancolía". 
Es la frase que necesitaba leer. 

martes, 31 de marzo de 2020

Tortilla de patatas

Hoy toca salir. Tengo que acercarme a comprar varias cosas y llevarles a mis padres comida (y ponerle a mi madre, dado que no queremos que pise el ambulatorio, su inyección semanal). Entre otras cosas, les voy a llevar la mitad de la tortilla de patatas (con cebolla, naturalmente) que está ahora haciéndose en la cocina. Por la ventana, entreabierta, se cuela un frío intenso, el que anuncia la nieve que acaban de dar en la radio para esta tarde. No importa. No siento ese frío. De repente, estamos en verano. Hace mucho calor, y en la radio han dejado de contar noticias catastróficas y suenan canciones tontas y alegres. Nos vamos a la playa, los cinco. ¿A qué playa vamos? Nos pelearemos por esa cuestión, como siempre, ya lo verás. Todos queremos lo mismo, eso sí: una playa grande, con poca gente y el bar cerca. O sea, lo imposible. Si quieres playa grande y poca gente, no hay bar. Bueno, bueno, da igual, meto las cervezas en la nevera.  Sí, la botella de vino blanco también. El caso es aprovechar el día, que para un día de intenso sol que hay en todo el verano...
Pongo la tortilla en un plato, satisfecho con el resultado. La corto a la mitad y, al hacerlo, una luz resplandece de pronto tras la ventana. El sol ha desaparecido. Es la luz de la casa de la vecina de enfrente, que empieza a trastear por la cocina. Ya no suenan canciones tontas y alegres por la radio. Dicen no sé qué de la pandemia. La apago casi violentamente. Creo que ya está empezando a llover. 

domingo, 29 de marzo de 2020

Carmen de Mairena

Supongo que no soy la única persona que cuando Carmen de Mairena salía por televisión veía más allá de aquel personaje excesivo, deslenguado, ordinario. Veía el camino recorrido hasta llegar allí, bajo los focos que la convertían por unas horas en lo que siempre había querido ser: una artista. Y allí, bajo los focos de aquel plató convertido en circo, lo era, con sus limitaciones y extravagancias, pero lo era. Y no veía, más allá de las lentejuelas del personaje y la peluca roja que remitía a la Montiel, un camino fácil. ¿Os imagináis lo que tuvo que ser aquel trayecto durante los años más  grises de una dictadura y también durante los años posteriores? (Su trayecto y el de tantas personas como ella). Es sencillo imaginarlo, por poca sensibilidad o capacidad de ponerse en la piel ajena que se tenga. El precio de la libertad, de querer ser uno mismo, de hacer lo que te salga del coño (por utilizar sus propias palabras) en todo momento. Y eso, para mí, dejando a un lado cualquier valoración artística, merece un aplauso. 

sábado, 28 de marzo de 2020

Una hora menos

Me acuerdo de la rabia que nos daba en aquellos lejanos tiempos en los que las noches de los sábados, disfrutando de calles y bares, las dos se convertían en las tres. Y en lo felices que nos hace hoy al pensar que tenemos una hora menos de encierro. Quién lo iba a pensar entonces, tan ansiosos como éramos, mientras la vida discurría a toda velocidad a nuestro alrededor. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Titiriteros

Titiriteros. Puede que últimamente sea una de mis palabras favoritas. Otras como cómicos, actores, actrices, ya lo son desde hace mucho tiempo. A veces, anclado en este encierro, camino por la casa en silencio y la digo en voz baja. Titiriteros. Todas esas personas que se suben a un escenario para hacernos reír o llorar, para emocionarnos de múltiples maneras, para removernos las entrañas y las reflexiones. Para hacernos sentir las grandezas y las miserias del ser humano. Ellos, todos esos personajes inmortales que hablan a través de intérpretes (titiriteros) prodigiosos, también somos nosotros. Digo titiriteros y el ánimo se viene arriba. Y entonces pienso en algunos de esos momentos que he vivido sentado en la butaca de un teatro, que hoy, 27 de marzo, celebra su día (por eso me centro en los titiriteros teatrales, sin olvidar al resto), y digo en voz alta alguna frase de obras que que se han quedado marcadas en la memoria. Y siento que la vida así, encierro incluido, tiene más sentido. Que la vida así siempre avanza. 
Quiero salir de aquí, y caminar sin rumbo por las calles, y abrazar a mi familia, y entrar en una biblioteca, y revolver en una librería y en otra, y manchar las manos en una mesa de libros viejos (uno por tres euros, dos por cinco), y beber cerveza en una terraza, y bañarme en el mar, y sentir la arena o la hierba bajos mis pies, y hablar una hora con esa amiga que te encuentras inesperadamente en cualquier esquina... Y quiero volver al teatro, naturalmente. Quiero sentir ese vértigo previo al inicio de una obra que sólo es comparable con las mejores cosas de la vida. Las que vienen siendo imprescindibles. 
Titiriteros, ¡alehop!

jueves, 26 de marzo de 2020

Pan

Iba yo a comprar el pan y ahí estoy, a la cola. Todo el mundo mantiene escrupulosamente la distancia exigida. El sol de este repentino verano está a punto de alcanzar mis zapatos. La cola avanza a buen ritmo porque las chicas de la panadería estrella del barrio son muy eficaces. Doy nuevos pasos. El sol ya calienta mi rostro. Ya me llega el olor del pan, de los dulces, de las empanadas... Y de repente, no estoy ahí, no estoy en 2020. Me voy diez años atrás y estoy sentado en la pequeña terraza de una panadería de un barrio tranquilo de Nueva York. (Luego me enteraría que se trataba de la panadería donde compraba el pan Elvira Lindo cuando vivía allí). Después de una larguísima caminata, decidimos sentarnos en la primera terraza que encontramos. El olor también es delicioso. Tomamos café y un bollo dulce. Observamos a la gente. Sus pasos tranquilos y silenciosos, alejados del bullicio de otras zonas de la ciudad. Nuestras piernas, cansadas, se toman un respiro. Es primavera, acabamos de casarnos y el tiempo es agradable. Ahí, en la cola de panadería estrella de mi barrio, ya en este inquietante 2020, la chica dice: siguiente. Soy yo. Avanzo. Me gustaría comprar todo lo que tienen en el mostrador, detrás de la mampara, pero sólo pido una barra de pan. La cojo. Aún está caliente. Camino despacio hacia mi casa, sintiendo el calor de la barra de pan en la mano y el del sol en el rostro. Estoy aquí y estoy allí. 2010, 2020. Me gustaría comer un trozo de pan, pero no soporto las barras que no se parten con el cuchillo, y no lo hago. Con ese sol y esos breves minutos en la calle, me conformo. 

miércoles, 25 de marzo de 2020

Cerezas

Empiezas contando los pasos que das por el pasillo y luego dejas de hacerlo. Lo importante es mover las piernas. Imaginar que caminas por algún lugar desde el que se puede escuchar el rumor del río, las ramas de los árboles, el jolgorio de los pájaros. Es primavera, al fin y al cabo. El tiempo de abrir las ventanas y salir a la calle, pero no, aún no, dices de pronto, en voz baja, como si tuvieses un interlocutor enfrente. Sigues caminando por el pasillo, ya sin contar los pasos, tratando de sentir cansancio en las piernas y los latidos un poco acelerados del corazón, y descubres que tienes que volver a barrer cuando la gata juega con unos hilos cuya procedencia desconoces. Durante las mañanas, aún tienes fuerzas para realizar las tareas domésticas, siempre -con encierro o sin él- tan ingratas. Cocinar, tras el paseo (vamos a llamarlo así), supone una pequeña alegría. Abrir la nevera y decidir qué toca hoy. Que suene la música (la radio, con tanta información negativa, es mejor dosificarla). Y suena. Te apetece una copa de vino, pero sabes que no es la hora. Mejor por la tarde, después de la lectura, a modo de recompensa. Y sigues pelando patatas, batiendo huevos o preparando la salsa para la pasta. Y su voz, desde el salón, te pregunta: ¿cómo vas? Y dices: bien, bien. Lo dices dos veces: bien, bien. Con firmeza, para que no se preocupe. Y continúas con lo tuyo. 
Sabes que pronto llegará el tiempo de comer esas cerezas que, sin ser tu fruta favorita, este año tanto te apetecen.