sábado, 27 de diciembre de 2014

Dos paseos

Me gusta pasear, solo o acompañado. A cualquier hora del día, sobre todo por las mañanas. Para dirigirme a algún lugar determinado o para despejar la mente, sin rumbo alguno. Estos días de Navidad, repletos de tantos excesos, los paseos resultan imprescindibles para equilibrarse. La tarde del día 24, alrededor de las cinco de la tarde, vamos caminando en dirección a la casa de mis padres. No vamos directos, sino que recorremos buena parte de la ciudad para llegar hasta allí. Hay silencio, poca celebración por las calles, la mayoría de los bares están cerrados. Hace unos años, esto era impensable. Los bares estaban abarrotados hasta las ocho de la tarde, más o menos, cuando los amigos que celebraban reencuentros se despedían para ir a cenar con sus respectivas familias. Supongo que la crisis tiene mucho que ver con todo esto. Tampoco hay demasiada gente por las calles. Algunos grupos de personas que hablan muy alto o niños que corretean un poco aturdidos, sin saber muy bien qué está pasando a su alrededor. No hay, pese a la iluminación de las calles, sensación de Navidad. Hoy, no. De repente, lo vemos. Está ahí, en un banco, cerca de la biblioteca del Fontán. Es un hombre, de unos casi sesenta años, con una mochila desgastada a su lado. Parece adormecido, pero no lo está. Cuando pasas por su lado, descubres que tiene los ojos abiertos, que está observando a todo el que pasa a su alrededor. Está ahí sentado, esperando. ¿Qué espera? Quién sabe. Que llegue la hora de ir a la habitación que tiene alquilada, a la casa de un familiar... Al lado de la mochila, un cartón de vino barato. Y sobresaliendo de la mochila, otro. Recuerdo que esa misma mañana, en Radio 5, escuché la historia de un hombre que había tenido una empresa y que con la crisis lo había perdido todo: el trabajo y la familia. Y que ahora dormía donde podía. Por las calles, básicamente. Tenía una voz grave preciosa. Y, pese a sus circunstancias, las palabras que decía transmitían una especie de extraño optimismo. No escuchamos la voz de ese hombre que está ahí, en el banco, esperando o dejando pasar las horas. Observando, en todo caso. Pero le pongo la voz del hombre que escuché por la radio esa misma mañana y al hombre de la voz grave le pongo el rostro de este hombre. Y seguimos caminando, en silencio. No hay nada que decir. La historia se cuenta por sí misma.
Han pasado dos días. Silencio es lo que te encuentras al entrar en el nuevo hospital de esta ciudad. Un silencio inquietante y la sensación de estar en uno de esos aeropuertos poco frecuentados. Apenas hay gente. Recorro largos pasillos en dirección al lugar donde está mi tío y no me encuentro más que con una chica que limpia el suelo y que me sonríe resignada cuando paso por su lado, y a otras dos que, con bata blanca y peinados ochenteros, salen por una puerta por la que yo accedo. En cierta manera, me gusta esa sensación de soledad, de encontrarte en un lugar completamente despejado. Sin murmullos, sin ecos de voces lejanas. El sol se detiene en los ventanales que hay cada ciertos tramos del pasillo. No engaña a nadie: es un sol de invierno. Pero allí dentro, en ese nuevo hospital que parece un aeropuerto poco frecuentado (quizá sea por la hora, las doce de la mañana), no hace frío. Todo lo contrario. Más que en un aeropuerto poco transitado, caminando por esos largos pasillos, parece como si estuvieses en una de esas naves espaciales que tantas veces hemos visto en las películas. El camino hasta llegar al lugar donde se encuentra mi tío es largo. Cuando llego, alguien me dice que tengo que ponerme una bata verde sobre la ropa. Y cuando lo hago y accedo por la puerta correspondiente, vuelvo a tener la sensación de estar en una película de ciencia-ficción y que, al traspasar la puerta correspondiente, en cualquier momento sobre mi figura alejándose en dirección al encuentro con mi tío aparecerá la palabra fin.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Pensar en Navidad

Piensas en la Navidad y piensas en todos aquellos años, los primeros de tu vida, en la casa de los abuelos, riendo sin parar, comiendo chocolate, jugando al calor de una cocina de carbón, protegido del exterior, de todo lo que vendría después y que entonces, por fortuna, aún desconocías. Piensas en Navidades más recientes y piensas en esas cenas en casa de tus padres, ya sin los abuelos, con ellos, tus padres y tu hermana y tu marido y ese tío que hoy lucha por la vida en un hospital donde todo aún huele a nuevo y a hospital porque los hospitales, por nuevos que sean, siempre huelen a hospitales. Piensas que eso, su ausencia hoy en la mesa, ensombrecerá inevitablemente la celebración. Qué risa nos provocaban las historias que nos contaba mi tío de sus años mozos por las noches de París. En los excesos estaba la gracia de todo aquello: juergas, champán, amores, juventud, voces aguardentosas, misterios... Y bebíamos vino por si acaso aquella era la última Navidad que pasábamos todos juntos, riéndonos con aquellas historias, que nunca se sabe. Piensas en esa amiga a la que se le acaba de morir el padre y piensas en aquellas palabras que escribió Soledad Puértolas tras la muerte de su madre, refugiada tal noche como la de hoy en un hotel, comiendo un miserable sándwich con su marido, alejada de todo bullicio y celebración. Piensas que algún día tu Navidad también será así, pero lo piensas fugazmente, como si no fuese contigo la cosa. ¿Para qué darle más vueltas a la cabeza? La vida no es más que este momento. Este mismo en el que estoy escribiendo esto y poco más. El que se lleve a engaño, peor para él. La que se lleve a engaño, peor para ella. Cuando uno llega a cierta edad, debe aprender a frivolizar las cosas, las situaciones. Piensas que te gusta la Navidad a ratos, dependiendo de las circunstancias. Las de este año no son demasiado propicias. Y entonces vuelves a pensar que es mejor frivolizar, escuchar alguna canción navideña, abrir la botella de vino, extender el mantel, comer lo que no deberías comer, no pensar. No pensar mucho en las ausencias (será inevitable) y no pensar mucho en las circunstancias (vamos a intentarlo). Pensar que eres afortunado y pensarlo en serio. Y luego ya, no pensar más. Nada más. Dejarse llevar. Simplemente. Por el ritmo de la música, o de las copas, o del excesivo dulce, o de las risas. Por las voces que te rodean. Por los ojos de los que te miran. Por ese momento, el que estás viviendo, el de esta Navidad. El único que cuenta.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Juego de fotografías

Para Azucena Vence.

Miro la fotografía, en blanco y negro. Dos mujeres. La abuela y la nieta. La mujer joven se apoya en el hombro de la mujer mayor. Un gesto delicado que podría describir perfectamente la fotografía, sin necesidad de palabras. De hecho, lo hace. La describe a la perfección. Sin embargo, me abalanzo sobre el espacio en blanco y escribo estas palabras. Hay algo en esa fotografía que me conmueve. La mujer joven, alrededor de los cuarenta años, aún puede disfrutar de su abuela. Quizá sea eso. Su fortuna me conmueve. Como me conmueve pensar que yo no he tenido esa suerte. Supongo que su caso es la excepción, que casi todos nos hemos quedado sin abuelos demasiado pronto. Eso pensamos siempre, sin duda. Me alegro, no obstante, de la felicidad que transmite la foto. La serenidad. La luz. El juego de colores, de sombras.  Cuando no hacen falta palabras pero las ponemos igualmente porque la poesía puede aparecer inesperadamente en cualquier rincón, en cualquier fotografía, donde sea. ¡Cuántas veces habrá apoyado su cabeza la mujer joven en el hombro de la abuela como lo hace ese día de septiembre, finalizando el verano, el sol ocultándose ya entre los árboles! Tantas veces, imagino, que será imposible recordarlas. La mujer joven se apoya en la abuela y lo hace sin darse cuenta, en un gesto instintivo. Buscando el refugio, el sosiego, la calma. Alejándose por unos instantes de todo lo demás. Ahuyentando esa brecha por la que a veces se cuelan los problemas y los líos de la vida cotidiana. Todo eso que, en la fotografía, es imposible percibir. Cerca de los abuelos, más aún de las abuelas, los problemas nunca existen. Quedan ocultos. Desaparecen. O eso creo recordar.
Ese mismo día, el día que miro esa fotografía en blanco y negro, se cumplen veinte años de la muerte de mi abuelo Tomás. Veinte años. Ahí es nada. Todas las cosas que pueden ocurrir en veinte años. Alegrías, decepciones, risas, llantos, más risas, enfermedades, nuevas ilusiones, fracasos, trémulas expectativas... Cientos de palabras podrían describir de un modo más o menos preciso ese tiempo. Cientos de imágenes que nunca podrían resumir del todo ese trozo de vida, ese trecho del viaje. Veinte años sin el abuelo y seguimos recordándole, cada día, como a la abuela Virginia, su mujer. Así quedan grabadas algunas personas en nuestra memoria. Pero no me dejo desanimar por la nostalgia. Miro de nuevo la fotografía que la mujer joven me enseña. Pienso que ella recordará a su abuela del mismo modo, cada día, cuando ya no esté. La fotografía donde ella está apoyada en el hombro de su abuela. Esa felicidad me reconforta. Esa serenidad. Esa luz. Ese juego de colores, de sombras. Miro todo eso y me quedo en silencio, recordando. Porque -ahora sí- ya no hacen falta más palabras.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Un banco, unas luces, una actriz

Hasta ahora, para los que ya hemos pasado la complicada barrera (¿hay alguna, en realidad, que no lo sea?) de los cuarenta, "La plaza del Diamante" estaba asociada al rostro de Silvia Munt. Un rostro muy peculiar: grandes ojos y unas facciones que remitían siempre a cierto aire de melancolía, de pena, de tristeza. El rostro de la Colometa, que ella recreó con gran acierto. Las consecuencias de una guerra y una posguerra podrían reflejarse muy bien en el rostro de la actriz catalana, en cada una de las facciones y registros interpretativos que exhibía en aquella serie de Televisión Española, dirigida por Francesc Betriu. La descubrimos, claro, en esa adaptación de la novela de Mercé Rodoreda, a mediados de los ochenta. Y su rostro, inevitablemente, remitía a la gran obra de la escritora catalana, que leeríamos más tarde. Una escritora, por cierto, a la que se debería reivindicar más. Su obra está prácticamente descatalogada y algunos de sus cuentos son piezas realmente extraordinarias. Así como su novela "Espejo roto", que podríamos considerar tan importante como "La plaza del Diamante". O incluso más.    
Hace unos pocos años, supimos que Ana Belén había realizado una lectura de la obra más conocida de Rodoreda y que Jessica Lange haría lo propio en Nueva York. Ahora también sabemos que la actriz americana, fascinada con el texto, muestra su empeño para que se adapte a la televisión americana. A ver si hay suerte.
Y en estas llegó una nueva versión teatral de la obra. Lolita Flores era la elegida para interpretarla. Lolita ya había dado muestras de su altísima calidad como actriz en aquella película, "Rencor", por la que se llevó el Goya en el año del célebre "no a la guerra". Lo que pasa es que en este país algunos artistas -quizá, en parte, por la familia de la que proceden o por su propio pasado artístico- se les mira con una lupa exagerada. Es el caso de Lolita. También es cierto que, tras aquella película, la actriz no tuvo demasiados papeles relevantes. No importa. Todos sabemos que hay interpretaciones que van más allá de todo elogio, que las palabras se quedan cortas. Esta ocasión es una de ellas. El dolor, el desgarro, el desamparo, la miseria, la tímida ilusión, el miedo, la inseguridad, la fragilidad, el hartazgo, la desesperanza, las injusticias, el frío, el hambre... Todo eso pasa por el rostro de Lolita -ah, esos ojos- en una interpretación llena de matices y contención. Un banco en el que sentarse, las luces de una fiesta que duró poco tiempo, una actriz prodigiosa y un foco que la ilumine. Con eso es suficiente. Se produce el milagro. La transformación es sorprendente. La voz -tan particular, tan hermosa- se adecúa a las alegrías -pocas- del personaje y todos sus -abundantes- padecimientos. Reflejo, sin duda, de quien tuvo que vivir aquellos años de miseria y desesperación. La interpretación es magistral. No estás viendo a esa señora que canta y se mueve con soltura por los escenarios musicales en diferentes registros, tampoco a esa otra que a veces protagoniza portadas de revistas porque, según ella misma confiesa, necesita (a falta de trabajo) ese dinero para comer y pagar el alquiler. Estás viendo a la Colometa, el memorable personaje de Rodoreda. Y a ratos, es cierto, sentada en ese banco de madera, fugazmente, puedes ver a su madre, aquel brío interpretativo que nadie supo explotar en su justa medida. Lolita lo ha conseguido. Su interpretación permanecerá. Eso queda fuera de toda duda desde los primeros minutos de representación.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Amar una cara es amar un alma

La historia de un hombre, escritor de profesión, que se obsesiona con la vida de otro hombre, el asesino de Martin Luther King, James Earl Ray. Y la fascinación por una ciudad, que acaso sea mucho más que eso, una ciudad, Lisboa. Acaso un deslumbramiento, un refugio, un estado de ánimo. El final de un trayecto, el reposo de un viajero, el aire limpio que a ratos se inunda de cierta melancolía y de cierto misterio. Sí, también podría ser un escondite. Un buen escondite. Se narran ambas historias, intercaladas, entrelazadas, la del asesino y la del escritor. El antes y después del famoso asesinato y el antes y el después del éxito de la novela del escritor cuya historia transcurre, precisamente, en esa ciudad, Lisboa. Leemos ambas historias casi de un modo vertiginoso, sin poder apartarnos del libro. Dos hombres, tan distintos, que, cada uno a su modo y con sus diferentes razones, huyen. Las huellas que uno de esos hombres, el escritor, trata de rastrear en las calles y las tabernas y los hoteles que el otro, el asesino, dejó. Y las huellas que la propia vida va dejando en su biografía, la del escritor. Su vida profesional y su vida personal. ¡Qué hermosas son las páginas donde se narra el principio de la historia de amor con su segunda mujer! Podríamos decir que son las mejores páginas que este hombre, el escritor, obsesionado con la vida del otro hombre, el asesino, ha escrito hasta la fecha. El latido inicial de una historia que comienza, el miedo de no volver a ver ese rostro que ya se ama ("Amar una cara es amar un alma", escribe Thomas Mann y recuerda el protagonista de esta historia, el escritor, fascinado ya por esa mujer, cuya sombra distingue en la penumbra de las habitaciones que han compartido), la fragilidad que arrastra todo principio amoroso, la misteriosa y arrebatadora fuerza del deseo.  Y el temor a perder todo eso y que se refleja magistralmente en una estación de tren, en las décimas de segundo en las que el hombre, en la época (no tan lejana en el tiempo) sin móviles, cree haber confundido el lugar de encuentro con la mujer a la que ama. Apenas unas páginas que, como si de la escena cumbre de una película se tratara, te dejan prácticamente sin aliento.  
Antonio Muñoz Molina ha escrito mucho, y muy bien, a lo largo de todos estos años. Y es difícil escoger entre páginas tan magníficas. Sin embargo, no tengo la menor duda de que si hubiese que hacerlo, las páginas de este libro, "Como la sombra que se va",  ocuparían un lugar destacado. Las páginas de ese hombre, el asesino, que huye y las páginas, tan desnudas, donde el otro hombre, el escritor, narra la fascinación por una ciudad que es mucho más que una ciudad, Lisboa, y por la mujer de la que se ha enamorado y que Thomas Mann, con apenas siete palabras, supo definir de modo magistral: "Amar una cara es amar un alma". Esa mujer que al hombre, al escritor, le gusta observar sin que ella se dé cuenta, distinguiendo su rostro entre los cientos de rostros que puedan pasar por su lado, ajenos a unos ojos que miran y a otros ojos que no saben que en ese preciso instante son observados. Detalles que hacen que pudiese escribirse el amor con mayúsculas, dejando atrás pudores y demás tonterías. Detalles que definen a ese hombre, el que escribe y el que ama de ese modo.
No os la perdáis. Creo que no es un mal consejo.
   

jueves, 4 de diciembre de 2014

Una mujer excesiva

Hacía tiempo que tenía ganas de escribir sobre ella y ayer, cuando encontré una foto suya por los muros de la red social que habitualmente frecuento, decidí que había llegado el momento. La fascinación por los personajes que se salen de la norma, de lo establecido, no disminuye con los años, sino todo lo contrario. En esa foto, como casi todas las tardes, está sentada en uno de esos bancos rojos que hay situados delante de un centro comercial. Como la Colometa de la versión teatral de "La plaza del diamante" está sentada en ese banco donde rememora su vida, qué grande eres Lolita Flores. También es fácil encontrarla en alguna plaza cercana a la parte vieja de la ciudad, donde casi siempre hay turistas haciéndose fotos y manos inquietas intentando quitarle otra vez las gafas a la estatua de Woody Allen o tocándole el culo a la de Botero. Digámoslo claro: es una mujer excesiva. Tiene algo de clown -también el rastro de tristeza: al que se sobrepone, creo, con un sentido optimista de la existencia- y algo de esas mujeres que aparecen en las películas de posguerra, buscándose la vida como pueden. Con la cara muy pintada, ropas baratas (en invierno, predominan los abrigos de pieles y sobre ellos, los pañuelos y los broches que rara vez combinan apropiadamente con el resto del atuendo) que pretenden emular un inexistente pasado esplendoroso, bolsos de plástico, joyas de medio pelo (nada en contra de los bolsos de plástico ni de las joyas de medio pelo: el pop tiene que seguir viviendo) y un cabello rubio platino recargado de prendedores de alegres colores y castigado por los abusos del tinte, habla con quien se sienta a su lado -hombres mayores, generalmente- o mira a la gente que pasa. A veces, los mira -nos mira- convencida de que el gris nunca fue ni será su color. Su color es vivo -aquí desaparece, una vez más, acaso definitivamente, el rastro de tristeza- como el maquillaje que inunda sus mejillas, como los leotardos que cubren sus piernas en invierno, como los prendedores que se arremolinan en lo alto de su cabeza. ¿A qué se dedicará? ¿Cuál será su situación sentimental? ¿Sobre qué temas conversará con esos hombres que se sientan a su lado y la observan obnubilados como si estuviesen contemplando a la mismísima Marilyn Monroe? Son todo conjeturas, especulaciones, incógnitas. Las que me planteo cuando la veo, muy a menudo, por los alrededores de ese centro comercial que está cerca de nuestra casa y que no cierra nunca. Ni siquiera cuando la gente vuelve a casa por Navidad, si es que la gente aún puede seguir permitiéndose eso de volver a casa por Navidad o cuando sea.
Nunca la he visto borracha, ni con un cigarrillo entre los dedos. Los años, eso sí, le han puesto encima kilos y una manera de andar un tanto complicada (no apea, pese a todo, los tacones), acentuada -quizá- por alguna enfermedad reumática o algo así. Muchas veces tengo la sensación de que camina como si una cámara la estuviese enfocando, como si todos los ojos se posasen sobre ella, como si esperase un aplauso. No creo que me equivoque si digo que muy probablemente soñó (sueña) con ser actriz o cantante o ambas cosas. O tal vez sólo sean imaginaciones mías y lo único que quiere es ir por la vida como le da la real gana. Que eso -junto a sus excesos- es lo que más me fascina de ella. No me cabe la menor duda de que Diane Arbus hubiese sacado su cámara fotográfica para retratarla. Diane se hubiese hecho estos mismos planteamientos y todos ellos hubiesen quedado magistralmente captados por aquella cámara que retrató a tantas mujeres como ella: extravagantes, fuera de lo establecido. Y al verlos, los planteamientos, en la fotografía, no hubiese quedado lugar a la duda de la genialidad que se esconde (o se muestra descaradamente) en algunas mujeres excesivas. No importa -ah, la suerte- que no hayan llegado a ser estrellas rutilantes o personajes televisivos.
Más cerca de Fellini que de Woody Allen, de Divine que de Marilyn, del primer Almodóvar que del último, me voy alejando de ella (nunca parece tener prisa por irse para casa), de ese banco donde está sentada (como la Colometa teatral o la Penélope de Serrat, siempre vestida de domingo), donde parece feliz, soñando o imaginando que a la vuelta de la esquina, de cualquier esquina, puede suceder el milagro.

martes, 2 de diciembre de 2014

Flores rotas

Hay una paz extraña y triste en los locales que antes eran negocios prósperos y que ahora, por culpa de la crisis o de las actualizaciones del precio de los alquileres, están cerrados. Uno pasa por delante de ellos y no se atreve a pararse allí demasiado tiempo. Sólo detiene la mirada en ese cartel que pone SE ALQUILA y el nombre del particular o de la agencia que se encarga de los trámites. Y luego esa paz extraña y triste, similar a la de los cementerios donde están enterrados los seres a los que amamos. No, no hay que detenerse demasiado para sacar conclusiones ni para que la nostalgia se apodere de uno, una vez más. Pero, en este caso, parece inevitable. Aún puedo ver a la mujer que trabajaba allí, en ese local cerrado desde hace unas semanas. Era una mujer inquieta, que se movía de un lado a otro de la floristería, como si siempre tuviese algo que hacer: un ramo que arreglar, una llamada que atender, un cubo con flores frescas que colocar a la puerta del local. A veces, con esa misma inquietud, salía a la calle a fumar un cigarrillo y tampoco entonces podía estar quieta. Retocaba las flores frescas que había puesto a la entrada, le arrancaba una hoja marchita a cualquiera de las plantas que había colocado cerca de esas flores, o pasaba el dedo por el cristal del escaparate para quitar algo -una huella, un pelo, un pétalo diminuto- que se había pegado allí.
La veía todas las mañanas, durante el tiempo que trabajé en la librería que estaba (que aún está, afortunadamente) enfrente. Todas las mañanas esa inquietud, esas ganas de trabajar, de prosperar, de sacar adelante aquel negocio, la floristería que ahora, desde hace unas semanas, está cerrada. Alguna vez venía a la librería a comprar un papel de colores que necesitaba para un encargo, una tarjeta de felicitación, un lazo. O un libro que le habían encargado en el colegio a uno de sus hijos. No se quedaba mucho tiempo. Siempre atenta a que alguien pudiese entrar en la floristería, reclamar sus servicios. Ahora todo eso ya no existe. La tienda está cerrada desde hace unas semanas. Y esa paz extraña y triste que se apodera de los locales cerrados llega incluso a la otra acera, donde la librería en la que yo trabajaba sigue abierta, los libros asomando desde la puerta, incitando al lector. Desde ahí, desde ese lado de la calle, el cartel de SE ALQUILA aún hace más daño a la vista y esa paz extraña y triste tiene algo de fantasmagórico. Estoy seguro de que si abriésemos la puerta, aún podríamos sentir el olor de las últimas flores que estuvieron colocadas en esos cubos que, junto al resto del mobiliario, según reza otro cartel más pequeño que está pegado al cristal, ahora se venden. Un olor añejo, que -seguramente- se ha ido apoderando de cada rincón de la tienda, de los muebles que se venden. Como ese olor que tienen los cementerios cuando las flores marchitas son bastante más numerosas que las flores recién cortadas.