viernes, 23 de septiembre de 2016

Dos años después

Hace dos años fuimos a Mieres a comprar unos paquetes de una determinada marca de café que nos gusta y que sólo venden en una tienda de allí en toda Asturias. Hicimos una foto a la calle donde se encuentra la tienda y que hoy me recuerda ese invento que es Facebook. Escribí algo sobre las sensaciones que siempre me provoca regresar a Mieres. Las calles de mi infancia. El olor. El paisaje que el tiempo y la crisis han ido transformando en un paisaje cada vez más desolado. No importa. Para mí, esas calles tienen la luminosidad de aquellos sábados por la mañana. La emoción del corto viaje, las ganas de ver a los abuelos, el sol frío de los meses del otoño y del invierno, la inquietud y el aire denso que deja la calefacción en el coche. Por no hablar del periodo navideño o los días cercanos al verano. Miro la fotografía, dos años más tarde, y las sensaciones siguen siendo las mismas. En unos días, si todo va bien, cumpliré 45 años. No sé muy bien los motivos por los que ha sido tan rápido este viaje, pero el caso es que aquí estamos, rozando los 45. Tampoco hay que hacerse demasiados planteamientos. La cuestión es estar vivos, ¿no? Con fotografía o sin ella, mientras aguante la memoria, Mieres formará siempre parte de esos paisajes que me definen, desde la desolación y, sobre todo, desde aquella lejana luminosidad 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Los amores homosexuales y sus circunstancias

Este artículo fue publicado en El Huffington Post

Tengo quince años. Estoy en uno de esos cines que el tiempo acabará convirtiendo en un supermercado. Va a empezar la proyección de 'La ley del deseo', de Pedro Almodóvar. Se ha hablado mucho de esta historia de amor entre dos hombres, de lo explícito de algunas imágenes, del magistral trabajo de Carmen Maura interpretando a una mujer que antes había sido un hombre. Nada de todo ello es común en ese tiempo, 1987. Menos aún en la pequeña ciudad de provincias en la que vivo. Comienza la película. Me emociona la historia que se está contando. Me gusta todo: la transformación de la Maura, la historia de amor entre aquellos dos chicos tan atractivos (Antonio Banderas y Eusebio Poncela), las imágenes de sus encuentros amorosos y sexuales. No veo nada anormal en todo aquello. Todo lo contrario. Sin embargo, en un determinado momento, algunas personas empiezan a abandonar la sala de cine, murmurando entre dientes, negando con la cabeza, arrugando la frente. Por mi lado, incluso, pasa una mujer y se santigua. Comprendo que mi mundo es el que se desarrolla en la pantalla. Todas aquellas personas que abandonan la sala me resultan ajenas por completo. Ni las entiendo ni quiero hacerlo. Sigo viendo la película, la primera de las numerosas veces en las que, imbuido en mi soledad adolescente, lo haré. 
Pienso con relativa frecuencia en este recuerdo. Lo he vuelto a hacer ahora, después de leer 'El amor del revés' (Anagrama), el libro autobiográfico que acaba de publicar Luisgé Martín. Es un libro brillante y brutalmente sincero. La soledad del adolescente que se descubre homosexual, los temores a que esa sexualidad sea descubierta por el resto del mundo, la actitud que se emprende. El largo aprendizaje, la relación con uno mismo y con la sociedad. Los miedos, los anhelos, las frustraciones y, finalmente, la aceptación. El camino es largo y complicado. No hay métodos de empleo ni recetas mágicas que te ayuden a solucionar tu propia vida. Las imposiciones de una sociedad hipócrita (sigue siéndolo, no nos llevemos a engaño, aunque quizá no tan exagerada como en aquel año del estreno de la sexta película de Almodóvar). Cada paso, confuso y tembloroso, es una batalla ganada, por insignificante que en ese momento pueda parecer. A uno mismo y a la propia sociedad. A veces, qué remedio, hay que disimular. Cada uno de esos disimulos es, en diferente sentido, otro paso hacia lo correcto. Caer y levantarse. Aprender. Caminar con sigilo hasta que dejas de hacerlo, hasta que te levantas y miras de frente, sin rastro ya de miedo. El camino, insisto, será largo y complicado. Pero un día, el escritor podrá rememorar todo aquello y contarlo. Las batallas perdidas, las batallas ganadas. La más importante: ser uno mismo y vivir en paz y en libertad acorde con tus deseos y tu manera de ser. Simplemente. La lucha, a contracorriente, llega por fin al lugar adecuado. El que te corresponde y ya nadie, despojado de todos los miedos, conseguirá arrebatarte, pese a cierta hipocresía vigente y a quienes la propician. 
El tiempo convertirá estas páginas en uno de esos libros que sirven para comprenden la historia que dejamos atrás y el sufrimiento de algunos de los protagonistas durante ese tramo de la historia. Imprescindible. 

viernes, 16 de septiembre de 2016

El progreso del amor

Como parece que de todo han pasado ya 30 años, leo que hoy se cumplen esos mismos años de la publicación de 'El progreso del amor', uno de mis libros favoritos de Alice Munro. ¡Cuántas veces habré recomendado ese libro, en la librería y fuera de ella! El cuento que da título al libro también es uno de mis favoritos. Creo que no le falta ni le sobra una sola palabra. La historia de una familia contada en unas pocas páginas. Pienso muchas veces en él: mientras cocino, mientras paseo, mientras espero. Y pienso en la propia Alice, probablemente en la cocina de su casa, escribiéndolo, con sus pequeños hijos alrededor., con los problemas cotidianos a cuestas. Y todo lo demás desaparece. Pocas imágenes me parecen más hermosas. Pocas como ésa contienen la grandeza de las pequeñas cosas. Escribir, como un acto despojado de toda tontería. Escribir, sencillamente. Aunque sea escribir algo tan extraordinario. 

jueves, 15 de septiembre de 2016

Las chicas de oro, 31 años después

Al mal tiempo, como siempre, buena cara. Ni la lluvia, ni el viento, ni la corrupción, ni las presuntas figuras de esa corrupción, ni las tomaduras de pelo, ni los precios abusivos, ni todos esos rollos que cada uno llevamos día a día como mejor podemos o como mejor sabemos... Que avance la tarde con una sonrisa, con unas cuantas sonrisas. Hoy se cumplen 31 años del estreno de una de las mejores series de todos los tiempos, 'Las chicas de oro'. Aquellas cuatro mujeres deslenguadas, divertidas, entrañables, inolvidables... Grandes actrices, grandes guiones, temas universales. Cuando la televisión era algo más que unas cuantas personas encerradas en una casa tratando de decir la chorrada más grande o programas en los que sólo saben despellejar al resto del mundo. Cuando la televisión tenía sentido, buen criterio, razón de ser. Allí estaban, sí, aquellas cuatro mujeres que supieron acercarse a temas complejos de una manera inteligente, natural y cercana. 'Las chicas de oro' fue una de esas series por la que merecía la pena encender la televisión. Merendar delante de la televisión. Las recuerdo muy a menudo, en días en los que la tristeza acecha por diversos motivos. En esos días, pongo uno de sus deuvedés y vuelvo a reírme como entonces, cuando tenía quince o dieciséis años y las posibilidades que el mundo estaba a punto de ofrecerte parecían todas luminosas. 

No sin mi escaño

Vivimos en un país un tanto extraño. Todos sabemos que, pese a todo, es un buen país para vivir, donde, por el momento, ciertos derechos y libertades están garantizados. Toquemos madera. Pero resulta muy curioso levantarse una mañana cualquiera y leer los periódicos mientras tomas el primer café del día. Hoy, sin ir más lejos. Hoy, en la primera plana de todos esos diarios, la imagen de esa mujer, a un paso de la imputación por presunto blanqueo, obligada a abandonar su partido (insólitamente el más votado, no lo olvidemos), agarrada a su escaño como el que se agarra a un medicamento cuando está enfermo o a una barra de pan cuando tiene hambre. Curioso. La ley, al parecer, la ampara. ¿Y la decencia? ¿Dónde se queda la decencia? Parece ser que la decencia no concuerda muy bien con la política en algunos casos. En demasiados casos, siendo fieles a la realidad de los acontecimientos que vamos padeciendo cada mañana, al despertarnos. Después de ese primer café, como corresponde, te tomas tu pastilla para la tensión y tratas de que todo este circo no te afecte más de lo normal, que ya no sabe uno muy bien qué es o dejar de ser lo normal en estos casos. Y así, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, hasta la mañana siguiente en que, al levantarte, descubras en los diarios una nueva y vergonzosa historia de nuestros políticos. Pero no pasa nada, aquí nunca pasa nada. Ya estamos acostumbrados y podemos con todo lo que nos echen, tranquilos.  

martes, 13 de septiembre de 2016

Las sombrías habitaciones de Adelaida García Morales

Este artículo fue publicado en LaEscena

Para mucha gente, el nombre de Adelaida García Morales va asociada a 'El Sur', esa novela breve que su marido, Víctor Erice, adaptó al cine, convirtiéndose así, novela y película, en dos referentes esenciales de nuestra cultura. Para otros, aparte de esa asociación, García Morales es un referente de aquella generación de escritores que surgió a finales de los años setenta y principios de los ochenta en este país. 'El Sur', evidentemente, es un gran texto, lleno de evocaciones y silencios, el reflejo de una época, el retrato de una familia y el de una fascinación. Pero su obra -que, por otro lado, es cierto que se detuvo demasiado pronto, bruscamente- no termina ahí. Novelas como 'El silencio de las sirenas' (Premio Herralde), 'La tía Águeda', 'La señorita Medina', o cuentos como los que se recogen en el volumen 'Mujeres solas', siguen teniendo valía. La muerte, la soledad y el amor son temas universales, y en ellos Adelaida centró toda su obra. La muerte, la soledad y el amor (obsesivo, en ocasiones). 
¿Qué ocurrió para que aquella escritora con premios y prestigio acabase sus días, como cuenta Elvira Navarro en su nuevo libro, reclamando cincuenta euros a una delegación de Igualdad para poder visitar a su hijo en Madrid? Quién sabe. La depresión. La oscuridad. La ansiedad. El silencio. La misantropía. La vida en penumbra. Todos esos ecos en la cabeza. Sí, puede que sean algunas de las claves, como apunta Navarro en esta narración, 'Los últimos días de Adelaida García Morales' (Random House), breve y afinada como una exquisita nota de música, trazada con originalidad y diseccionada con la precisión del mejor cirujano. 
Queda tras leerla, como también sucede con las historias de la propia Adelaida, una sensación de tristeza, de melancolía, de rabia, de decepción por la vida. Aunque al final la propia vida bulla con fuerza al otro lado del ventanal como una metáfora (algo así) de nuestra paso fugaz por estas tierras. El peso de la vida acecha constantemente, como una amenaza, hasta volverse incontrolable, casi insoportable. Irremediablemente ya hundido, ese peso, en el fatal desenlace y en los tiempos previos que podríamos resumir con esa visita de la autora a una concejala para pedirle cincuenta miserables euros. 
Una autora, Adelaida García Morales, a reivindicar. Y un libro magnífico, el de Elvira Navarro, que abre esa puerta, que incita a esa reivindicación. Desde lo sombrío de aquellas últimas habitaciones. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Misantropía

Leo la noticia  de esa chica a la que agredieron en una playa francesa por hacer topless y quedo estupefacto. Creo que estamos viviendo unos tiempos realmente insoportables. Tantos años de luchas y reivindicaciones para acabar de este modo. Porque ayer fue en una playa francesa pero hoy puede ser en una de aquí al lado. La intolerancia avanza a pasos agigantados. Y la ignorancia, también. Al parecer, unos energúmenos la increparon y le ¡exigieron! que se cubriera los pechos. No tengo palabras, sinceramente. O mejor dicho: sí las tengo, pero casi mejor no las pongo aquí. Lo más tremendo de todo, para rematar, me parece que el alcalde de la localidad ha publicado una orden que estipula que "el traje de baño es estrictamente necesario para bañarse, incluyendo los niños". Tal cual. 
Sinceramente, la misantropía va a ser el paso definitivo.