lunes, 22 de agosto de 2016

Otro día de playa

Las olas se rompen contra nuestros tobillos, en la orilla. Hoy el mar está embravecido. Extrañamente, la furia de ese sonido me reconforta. Respiro hondo y miro al cielo. Está despejado. Hay poca gente en la playa. Mejor así. La caminata es larga. Llegamos hasta la siguiente playa y regresamos. Entre la ida y la vuelta, unos cuantos kilómetros. El agua está helada, pero entro en ella y mojo el cuerpo. Me gusta caminar así, con el cuerpo mojado, sentir cómo el sol, que ya no es tan poderoso como otros días, va secándolo lentamente. También me gusta sentir el cansancio de la caminata en las piernas. Comentamos esto y lo otro, y también guardamos silencio. A lo lejos, casi sobre el mar, hay una casa. Pienso en lo maravilloso que debe resultar levantarte cada mañana y ver ese mar, más o menos embravecido, mientras tomas el primer café de la mañana. Siempre pienso lo mismo cuando vamos a esa playa. Algún día tendremos una casa así, muy cerca del mar. Esa idea también me reconforta. Los silencios serán los mismos que los de este día. Y también como hoy, en medio de esos silencios, pensaré en la historia que esté escribiendo y le contaré a él el rumbo de los personajes, de la historia, como acabo de hacer ahora mismo con el cuento que en estas últimas semanas me traigo entre manos. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Un paseo

Un paseo. Un simple paseo por la ciudad en esta tarde sin sol que ya parece una tarde de septiembre. Un paseo largo, a su lado, con eso es suficiente. Ni siquiera nos hemos planteado hoy tomar un vino en una terraza ni una asequible cena fuera de casa. Un simple paseo, charlando, viendo esos escaparates de cosas que ahora no están a nuestro alcance y entrando en librerías de segunda mano donde siempre aguarda un hallazgo inesperado por unos pocos euros. Con los años, ya más relajados, sabemos apreciar eso. Un simple paseo. Juntos. Los proyectos irán surgiendo o no. El caso es perseguirlos, trabajar constantemente en ellos. Escribir mucho, corregir mucho, leer mucho, eso es lo que hago, como siempre. Él, a mi lado, lo sabe mejor que nadie. 
Un paseo. Un simple paseo, en una tarde que ya no parece pertenecer al verano, a su lado. Con eso es suficiente. Mientras otros intentan atrapar un dichoso Pokémon cuando pasan por nuestro lado, yo saboreo estos instantes que se parecen a la felicidad, que de hecho lo son, ahora que la edad nos permite saberlo.   

martes, 16 de agosto de 2016

Un hombre sentado en un banco

El hombre está sentado todos los días en el mismo banco, a la sombra de unos árboles. A su lado, una lata de cerveza abierta y una bolsa con más cervezas. No importa que la hora de mi paseo sea por la mañana o por la tarde. El hombre siempre está en el mismo banco, rodeado de las mismas cervezas (puede que compre un pack por la mañana y otro por la tarde, no lo sé). Lleva una barba blanca y muy poblada, posee un rostro serio y demacrado, y probablemente tenga menos edad de la que aparenta. Parece cansado, muy cansado. No hablo de cansancio físico, sino de ese otro cansancio que vence más que diez horas de trabajo y del que siempre resulta complicado restablecerse. Cada vez que paso por allí, por la mañana o por la tarde, no puedo evitar la pregunta: ¿Cuáles son los motivos? No resulta muy complicado imaginarlos. Desde que empezó la crisis (el paro, la falta de dinero, etcétera, etcétera), cada vez es más frecuente encontrarte con personas así. El mundo sigue rodando y a nadie (dentro de ese nadie, con mayúsculas, me refiero también a los políticos) parece importarle demasiado que pasen estas cosas. Lo importante es salvarse el propio pellejo. Que la pistola siempre apunte hacia otro lado. 

viernes, 12 de agosto de 2016

Lucky

La madre de Lucky, que así se llama el gato de mi hermana, tuvo ocho cachorros. La dueña de la gata se quedó con cuatro. Las sobrinas de mi cuñado descubrieron a los otros cuatro. Lucky era el más sociable y cariñoso. Ayer llegó del pueblo. No quiere estar más que en el cuello, de mano en mano va, como un juguete, y en todas las manos encuentra acomodo. No protesta por nada. Ya tiene controlada la casa: la comida y el baño. Le encanta sentarse encima del ordenador. Hoy, después del veterinario, vendrá a conocer a Francesca. No sé yo si Francesca querrá compartir trono y mimos aunque sea por una tarde. Es muy buena pero muy suya. Una absoluta diva felina. Veremos qué pasa.

martes, 9 de agosto de 2016

La belleza

Esta tarde voy a conocer -¡al fin!- a Manuel Astur, cuyo libro 'Seré un anciano hermoso en un gran país' me gustó mucho. Quiere hacerme una entrevista para un periódico. Nos veremos dentro de un rato. Entre tanto, mientras preparo una pasta con verduras y me bebo una copa de vino tinto, escucho a Luis Eduardo Aute, una vez más, deseándole lo mejor en este feo trance por el que le está tocando pasar. Su música podría definir casi todos los estados de ánimo por los que he pasado desde que tengo uso de razón hasta hoy. La grandeza de su poesía alcanza esas cotas. Si fuese creyente, maestro, rezaría por usted. Como lo no soy, elevo mi copa hacia lo alto, y confío. Y sigo pensando en ella, la belleza. 

lunes, 8 de agosto de 2016

'Achilipú'

Eran noches locas, divertidas, desmesuradas, interminables. Noches de verano, en Gijón. Noches de juventud, de pieles calientes, de deseos constantes. De amores fugaces y besos hambrientos. Bebíamos vino y contemplábamos la luna. Y después, en la misma noche, bebíamos whisky y nuestro único afán hasta el momento de ir a la cama o la playa era bailar. Bailar hasta el fin de la madrugada, cuando ni siquiera entonces el deseo desaparecía. Aquella llama doble de la que habló Octavio Paz, tan presente. La del amor y la del deseo. Todo en una misma noche, como corresponde a determinadas edades, y al día siguiente, ya recuperados, vuelta a empezar. Los mismos deseos, los ojos que ardían, el hielo en el borde de los labios. Y así, en aquellas noches de verano (o de invierno, qué más da), alcanzando la madrugada, nos metíamos en aquel local cerca del puerto donde cantaban unos gitanos de ojos claros y voz aguardentosa. Gitanos que fumaban Winston sin parara y que cantaban por Serrat, Manzanita, María Jiménez o Dolores Vargas, que se murió este domingo y me ha hecho recordar todo esto. Aquel 'Achilipú' podía ser un bonito fin de fiesta, aunque siempre queríamos más, mucho más (de todo), que la juventud es lo que tiene. Las palmas, los ojos negros de la morería, el sabor del whisky, la cabeza dejándose llevar por el deseo, una vez más. Y Ava Gardner, en medio de la pista y de nuestra imaginación. Ava, descalza como aquella pobre condesa y hermosa como ese fantasma que no has conocido y que se presenta cuando le viene en gana. 
Qué lejano parece ya todo eso.  

sábado, 6 de agosto de 2016

Las mismas ausencias

Entro en una librería de segunda mano a la que suelo ir todas las semanas. A esa librera le llegó hace unos años una novela con la que quedó fascinada. Abrió la solapa y se dio cuenta de que el autor era yo. 'El tiempo que vendrá', mi primera novela. Me lo contó después. Los caminos secretos de los libros vienen a ser así. Desde entonces, cada vez que paso por allí, charlamos un rato. Me cuenta sus aventuras por las ferias de libros, sus anécdotas con los clientes, sus ideas para atraer más gente a la lectura. Yo fantaseo con la idea de poner mi propia librería en ese local enorme donde, hace muchos años, mi amiga Araceli y yo tomábamos vino cuando en esta ciudad poca gente lo hacía a la hora de alternar. (Aunque parezca extraño, en aquel tiempo, hace más de veinte años, pedir un Rioja sonaba raro: o pedías sidra o pedías un vino, lo que significaba un vinazo de 30 pesetas de las de entonces). Ese local, ahora convertido en librería, fue de los pioneros en esta ciudad en diferenciar el vino del vinazo. La estrella era un vino del Bierzo exquisito. Ahora estoy en la librería, digo. La librera me cuenta que se acaba de morir su madre, con 85 años. Lo hace con lágrimas en los ojos. No importa la edad: la ausencia siempre es la misma. Por la mañana habló con ella por teléfono y por la noche estaba muerta. Así es la crueldad de esta vida. Le doy un abrazo y salgo de allí con un nudo en la garganta. Íñigo me pregunta qué ha pasado. Se lo cuento. Y caminamos un rato en silencio, disfrutando de ese sol que aún reconforta.