viernes, 16 de noviembre de 2018

Librerías

Muchas librerías vienen a mi memoria en este día. Y no sólo en las que he trabajado, y no sólo las de mi ciudad. Librerías en las que, aunque sólo fuese de paso, encontré unos minutos de calma, siempre a la caza de algún hallazgo. Me complace comunicaros -precisamente hoy- que serán dos librerías las que acogerán la presentación de mi nuevo libro de relatos, 'Mujer en el bar', editado por Trabe:

-Casa del Libro, en Oviedo, donde estaré acompañado por la escritora Pilar Sánchez Vicente y por la periodista Azucena Vence. El día 13 de diciembre, a las 7 y media de tarde. 

-La Buena Letra, en Gijón, donde estaré acompañado por la periodista Toni Rodero y el librero Rafa Gutiérrez Testón. El día 20 de diciembre, a las 8 de la tarde. 

Larga vida a las librerías. Y feliz día (y felices compras, que es de lo que se trata) para todo el mundo.  

miércoles, 14 de noviembre de 2018

En silencio

Hay cosas feas ahí, al otro lado de este refugio, pero trato de no pensar demasiado en ellas a esta hora. Todo está en calma cuando el reloj marca las cuatro. Abro la ventana para que entre un poco de frío y lo que entra es un poco de sol y el sonido que produce el revoloteo de unos cuantos pájaros inquietos. Sólo se escucha ese sonido. Si lo intentara quizá podría tocar ese pedazo de cielo despejado que se cuela entre los tejados de los edificios de enfrente. Casi lo toco cuando abro la ventana, deslizando el dedo por el cristal. No pongo música, como otras veces, porque la música me haría pensar, y tampoco quiero pensar. Quiero estar así, en silencio, sin pensar en nada, a resguardo de la inquietud y de lo feo que está ahí, al otro lado, y que por unos momentos queda difuminado, borroso, del mismo modo que si alguien hubiese escrito una palabra con una tiza en una pizarra y luego la borrase con los dedos. 

domingo, 11 de noviembre de 2018

Domingo de noviembre

Hay algo melancólico en esas luces de Navidad que ya han instalado en algunas calles y que todavía no se encienden a ninguna hora. Una melancolía parecida a la que produce la visión de ese vestido que se compró la mujer que ya no está aquí y que, colgado en el armario (los flecos sobresaliendo por debajo: sí, se trata de un vestido con flecos, con cierto aire de fiesta), no llegó a estrenar. O a la de esa pareja rota que camina ya por lugares muy distintos y que, cuando se encuentran, no tienen nada que decirse porque ya ni siquiera se reconocen. 
Hay algo melancólico en todo ello y quizá guarde relación con la melancolía de este domingo de noviembre sin demasiadas sorpresas ni expectativas. 

jueves, 1 de noviembre de 2018

La vida, a trozos

Qué extraña es esa sensación de regresar después de mucho tiempo a uno de esos locales donde pasaste muchas horas de tu juventud. Las luces, las botellas, las latas de conserva, la barra y el piano en aquella esquina. Todo está en el mismo sitio, colocado de la misma manera. Algunas caras de entonces que, como la tuya, evidencian el paso del tiempo. Y de pronto, como si asistieses a una representación teatral, a una retrospectiva de tu propia vida, puedes verlo todo claramente: las charlas con aquellas amigas, los encuentros iniciales con tu primera pareja, las ilusiones, el entusiasmo, la camiseta que estrenaste la Nochevieja del 2003, la gorra que perdiste en una de aquellas noches, la borrachera de aquel día que empezasteis a beber champán a las doce de la mañana porque una amiga quería olvidar a no sé qué imbécil, los apuntes que anotaste en algún cuaderno que quizá esté aún en casa de tus padres... La vida, a trozos, reflejada en un espejo (el local está lleno de ellos), que ahora casi parece la vida de otro. Con arrugas, con canas, con cicatrices, pero sin demasiada nostalgia. Sin miedo. O mejor dicho: con otros miedos. Desafiando, como siempre, cualquier atisbo de inestabilidad. Aguardando. 

sábado, 27 de octubre de 2018

Llueve y Lou Reed sigue por aquí

Me levanté muy temprano y abrí la ventana. Sólo otra persona, en el edificio de enfrente, estaba en pie a esas horas. Era una mujer, cocinaba. Descubrió otra luz, la de mi estudio, y alzó por un momento la vista de su tarea. Luego, continuó a lo suyo. Sentí el frío en la cara y el sonido de esa lluvia que no ha dejado de caer en toda la noche. A ratos, cuando te descuidas, golpea el cristal de la ventana y la gata, lejos de asustarse, parece desafiar cualquier ruido que provenga del exteriorNi el frío ni la lluvia me ponen triste ya. Los años te van enseñando que sólo dos o tres cosas tienen capacidad para eso. Cuestión de supervivencia. Ni siquiera, a día de hoy, las decepciones me ponen triste. Trato de evitar ser un tipo amargado, imagino que como todo el mundo. Bebo café y escucho la música de Lou Reed, cinco años ya de su muerte. Sé que hoy no podremos beber sangría en los parques, pero tal vez consigamos un día perfecto, aunque la luz sea tan difusa y la lluvia se empeñe en ensuciar los cristales. 

miércoles, 24 de octubre de 2018

Día de las bibliotecas

La biblioteca como una manera de aislarse del resto del mundo. Ir a cualquier ciudad y buscar la biblioteca pública, encontrar en ella uno de los modos con los que definir a esa ciudad. Hacerte una foto delante de esa biblioteca que es idéntica a todas las demás y a la vez tan diferente. No hay dos bibliotecas iguales como no hay dos tardes iguales dentro de la misma biblioteca. Levantar la cabeza de tu libro o de tu cuaderno y hallar las cabezas de esos dos jóvenes que comparten apuntes y los primeros enamoramientos. Levantar la cabeza del libro o del cuaderno, muchos años después, y descubrir que esos jóvenes, como tú mismo, peinan canas y luchan contra la desilusión de estos tiempos concentrados en sus libros o en sus apuntes. Escribir muchas de tus historias ahí, en la biblioteca de tu ciudad. Respirar ese olor a libros acumulados. Sentir las piernas cansadas y el alma inquieta. Pasar la mañana o la tarde en una biblioteca: escribiendo, leyendo, estudiando, buscando inspiración o encontrando hallazgos inesperados. La biblioteca, sí, como un refugio, como una guarida. Esa forma de evadirse de los problemas, de los sinsabores. De ver, detrás del cristal, aferrado a tu libro o a tu cuaderno, cómo la vida va pasando alrededor, cuando ya sólo cuentan las cosas importantes. El día de las bibliotecas, que en realidad, para algunos, son todos los días. 

viernes, 19 de octubre de 2018

Cáncer de mama

Puedo entender, a grandes rasgos, las buenas intenciones de la gente. Pero el cáncer de mama no es un pañuelo en la cabeza, un lazo en la solapa, unos corazones horteras volando, una carrera solidaria, un día en el calendario, ni una foto de una modelo con los pechos perfectos y el dichoso color rosa por todas partes. El cáncer de mama (como cualquier otro tipo de cáncer) es un mal trago, una noticia despiadada, una bomba que el destino lanza a su antojo en la vida de una mujer y en la de las personas que la quieren. Un antes y un después. Tras ese estallido que surge cuando recibes la noticia, lo fundamental es tratar de recuperar el control de tu vida, la serenidad, el apego a lo cotidiano. Apartar de tu cabeza la sensación de que el fin está ahí, cercándote, para convencer a la persona que lo está padeciendo de lo mismo. Ese es el primer punto. Y luego ya vienen las atenciones médicas, la constante lucha de la enferma y de las personas que la quieren, y esa cosa tan extraña y caprichosa que es la suerte. Para lo primero, dinero (para que la investigación no cese y para que no haya recortes sanitarios) y profesionales. Para lo segundo, confianza (si eres la enferma) y amor y humanidad (si hablamos de quien está a su lado). Y para lo tercero, confianza. 
Éste es el juego. Brutal, salvaje y despiadado, nadie puede decir lo contrario. El después, si la suerte ha estado de tu lado, sigue siendo una lucha para vencer a la fragilidad y al miedo, cada día, cada hora, cada segundo. Porque esa fragilidad y ese miedo, que se oculta por momentos, nunca desaparece. Simplemente pasa a formar parte de la más importante de tus batallas cotidianas.