martes, 17 de enero de 2017

El frío

El frío, el frío. Todo el mundo hablando de lo mismo. En la calle, en las tiendas, en los cafés, en los ascensores, en las redes... Qué cansancio. Pienso en el frío y pienso en ese hombre que duerme en el Parque de Invierno, debajo de un árbol, tapado con plásticos y mantas viejas. O en los refugiados. En todas esas personas que tienen que huir de su tierra y en esas otras que duermen a la intemperie, sea cual sea su país. Eso sí es sentir frío, y por partida doble. Si estamos en invierno, ¿qué queremos? El frío es lo que corresponde. Te buscas una buena manta, te tomas un colacao bien caliente o tres vinos, y ya no hay frío que valga. 

martes, 10 de enero de 2017

Sobre la escritura

A veces, algún periodista o alguna lectora curiosa, me pregunta cuándo voy a escribir otra novela. Siempre respondo con sinceridad: no lo sé. La novela, al menos para mí, tiene que surgir de algún modo: de una imagen, de unos personajes que se van formando en tu cabeza, para luego desarrollar una historia convincente. Algunas personas me sugieren que escriba una segunda parte de 'El tiempo que vendrá'. No lo voy a hacer. He escrito dos novelas muy diferentes entre sí y la tercera -si llega- espero que no se parezca a ninguna de las dos. Aunque, al estar llena aquella primera novela de grandes connotaciones autobiográficas, algunos personas aparecen en mi diario, sin esconderse detrás de ningún personaje, abiertamente. Y no, no voy a escribir más (de momento, al menos), aunque pudiese hacerlo (las anécdotas más terribles no están contadas en el libro), del acoso escolar que sufrí. Es un tema demasiado doloroso ahora mismo para mí. Quizá me estoy haciendo mayor y me invada una especie de pudor o de fragilidad por los acontecimientos vividos en los últimos tiempos. 
Agradezco, tanto a los periodistas que me entrevistan como a los lectores, su interés y sus propuestas. De todo tomo buena nota. El diario saldrá en breve, como ya he anunciado. Mientras tanto, seguiré escribiendo cuentos, que es un género que me apasiona. Como lector y como escritor. 

lunes, 9 de enero de 2017

John Berger, una aproximación

Este artículo fue publicado en la revista LaEscena

Voces, silencios, rasguños. Gente que pasa fatigas, que danza frente al fuego o que agarra una vieja maleta heredada para irse a la ciudad. Gente que bebe vino y come naranjas y que se sigue amando, y gente que, aún perdida la ilusión, intenta conservar como un desafío la dignidad. Ahí está, otra palabra clave de la obra de John Berger: dignidad. Voces, silencios, rasguños y dignidad. Si hubiese que resumir su obra con el tamaño de una bolsa, ésas serían las palabras más adecuadas. Luego vendrían palabras más ampulosas: poeta, novelista, autor de libros inclasificables, crítico de arte, pintor, guionista... Pero la esencia de su inmensa literatura está en aquellas otras cuatro: Voces, silencios, rasguños, dignidad. Cuatro palabras en las que, bien mirado, cabe todo lo que un escritor decente quiere expresar. Desde ahí, se pueden construir todas las historias, atravesar todos los puentes, tender todas las manos, observar los tejados y los cielos de la ciudad desde la que se escribe y todas las ciudades del mundo donde, desde un simple mercadillo, se pudo analizar el comportamiento de los hombres sencillos, de las mujeres que vendían pimentón dulce o picante, o de los niños que correteaban por las plazas sombrías, ajenos aún a las pérdidas, a la lucha, a los peligros, a la intemperie. Ajenos aún a ese devenir del tiempo que convierte la piel suave en piel rugosa y surcada de arrugas, la inocencia en conocimiento, la viveza de unos ojos brillantes en ojos sabios y, finalmente, cansados. 
Se ha muerto John Berger. Tenía 90 años. Nos queda su extensa obra. Y esa fotografía, tomada en su estudio en octubre del año pasado, donde un anciano hermoso aparece rodeado de luz, lápices, cuadernos y libros. Y a su espaldas, el jardín, donde la vida se desparrama a su aire, como siempre. Independientemente del oficio de cada uno, creo que ese hombre de 90 años que aún mira con viveza e inquietud a la cámara es el hombre al que muchos nos gustaría parecernos cuando vayamos haciéndonos viejos. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Últimas horas del año

Hemos dado un larguísimo paseo por toda la ciudad. Poca gente y la mayoría de los locales cerrados. Sensación de tarde de domingo o de día extraño. Preámbulo de fiesta, de celebración y, lo que es más importante, de renovación. Algunas cosas cambiarán (espero) y otras seguirán igual, quién lo sabe. Pero conviene pasar la página del calendario cuando el año que se agota no ha sido, precisamente, glorioso. No es superstición: es realismo. 
Me quedo con este último paseo del año antes de tomar mi primera copa de vino. Con ese sol que calentaba la piel en los rincones donde no se ocultaba y con el frío intenso en los rincones con sombra (la mayoría). Me quedo con las palabras y con los silencios de ese paseo. Me quedo con estas últimas horas, que están siendo tranquilas. Y deseando que esa tranquilidad y la belleza de ese cielo que va engullendo ya al sol sigan de nuestro lado durante buena parte de los días del nuevo año. Después de la salud, pocas cosas más importantes. 
Extiendo mi deseo a las personas que por aquí pasáis. 

viernes, 30 de diciembre de 2016

Adiós, 2016, adiós

La última luz de la tarde refleja lo que deseamos y también lo que no deseamos. A través del cristal de la copa de vino, contemplo parte del mundo que me interesa. El resto está en los libros y en los mapas. En los cuadernos de tapas duras aún por escribir y en el olor de los teatros. El 2016 está agonizando y queda la serenidad (y el cansancio) que viene después de haber sobrevivido a doce meses muy complicados. El 2016 está agonizando y, por mi parte, está bien que así sea. De nada sirve pedir cosas porque las cosas, si vienen, lo hacen a su antojo. El mundo fluye a su modo, libremente. Y quienes manejan las riendas del asunto, también. 
Si pudiese elegir un lugar donde pasar esta Nochevieja, ese lugar sería San Francisco. Aún recuerdo su olor, la tranquilidad de muchas de sus calles y el cielo que se divisaba desde aquella habitación de hotel que tenía la cama más grande donde hemos dormido. Cenar en un sitio tranquilo y regresar a aquella habitación para contemplar el cielo hasta que, con el amanecer, fuese cambiando poco a poco de color. Y caer, entonces, rendidos por el sueño. 
Empezar un año es como abrir una puerta desconocida. Nadie sabe lo que puede haber al otro lado. Sólo queda confiar en que la luz que proceda de ahí nos sea propicia. Confiemos, pues.  

lunes, 26 de diciembre de 2016

George Michael

Digamos que George Michael no es uno de mis cantantes favoritos. Sin embargo, curiosamente, si me paro a pensarlo, su música ha estado presente en momentos importantes de mi vida. Aquellas primeras salidas a la discoteca donde bailabas con aquel chico que te gustaba pero al que no te atrevías a decirle nada. Las noches largas y divertidas con amigas, donde el presente era lo único que contaba. Esas mismas noches con el amigo que te traicionó. El día que conociste a tu primer novio y la noche que hiciste lo propio con quien hoy te acompaña (y al que sí le gusta el cantante). La música de George Michael siempre estaba presente en aquellos locales de los noventa (muchos de ellos ya desaparecidos). Como una especie de banda sonora no buscada. 
Entristece su temprana muerte. Endemoniado 2016. Cada vez que escuche una de sus canciones, quién sabe dónde, alguno de aquellos momentos regresará a mi memoria. Y será, sin duda, como echar un vistazo a un viejo álbum de fotos donde todos (todavía) sonreíamos con desbordante ilusión.

Días de Navidad

Este artículo fue publicado en LaEscena

Tengo diez años y la Navidad es la época del año que más me gusta. Muchos días por delante sin colegio y muchos regalos en forma de libro. Aquellas primeras lecturas. Sumergirse en ellas sin saber los caminos a los que te conducirían aquellas peripecias, sin saber las vueltas que, posteriormente, iría dando el impredecible destino, tan ajeno entonces para nosotros. La ilusión de romper aquel papel de vistosos colores y saber que allí estaban aquellos libros que tanto deseabas. Las historias de Los Cinco, las de Tom Sawyer, las de Julio Verne, las de Zipi y Zape... Ya sé que hay algunos escritores que dicen haber empezado a leer con Joyce y Cortázar, pero yo empecé así, qué le vamos a hacer. En la cama (en la mía o en la de mis padres), en la cocina, en el suelo, al lado del ventanal del salón: cualquier rincón era bueno para leer. El refugio no estaba en el espacio, sino en el objeto mismo -el libro-, en aquellas palabras que leías apresuradamente porque querías conocer el final de la historia, de la aventura. Luego, con otra pausa, vendrían las relecturas porque, con aquellos diez años, sin amigos (tus compañeros de colegio hablaban otro lenguaje diferente al tuyo, tenían otras inquietudes, casi siempre relacionadas con un balón) lo que querías eran vivir allí, habitar en aquellas páginas, convivir con aquellos personajes. Ser parte de la historia que acababas de leer, no regresar nunca más al colegio, fantasear libremente, hacerte amigo de aquellos personajes, hablar con ellos. Toda esa magia. 
Han pasado treinta cinco años de aquellas navidades -tantos viajes, tantos anhelos, tantas decepciones, tantos besos-, y la ilusión por descubrir esas historias escritas por otros viene a ser muy parecida a la de entonces. En el camino, tantas andanzas, tantos compañeros de viaje en forma de libro. Tantos escritores, tantas escritoras. Y los nuevos descubrimientos, claro. El cine, tal vez el más poderoso: la aparición de nuevos amigos. Muy poco tiempo después de aquellos diez años, la Navidad pasó a ser, junto a las lecturas, la imagen de Shirley MacLaine corriendo por las calles en busca de Jack Lemmon. Era Nochevieja, sí. Como lo eran aquellas noches en las que disfrutabas (de madrugada, con la casa en silencio) de esa obra maestra, 'El apartamento', que no te cansabas de ver. Las películas en el cine (en esos cines, lamentablemente, desaparecidos) y las películas en las cintas de VHS, ya desaparecidas también. 
Y junto a unos, los libros, y a otras, las películas, la escritura ya iba tomando forma en mi vida. La Navidad era una buena época para ello, con todo aquel tiempo libre por delante. Las horas se llenaban de palabras y de imágenes. A veces, nevaba, y ese contraste, el de la nieve con el intenso calor de la casa, te inspiraba aún más. La terraza cubierta de nieve, el humo que salía de las chimeneas de los edificios de enfrente, las conversaciones de los vecinos de al lado, los movimientos de mi madre de una parte a otra de la casa... Todo eso era literatura. Y desde entonces hasta hoy. Seguimos enredados en lo mismo. Como Shirley corre por las calles en busca de Jack y, en cada nueva visión del clásico, parece que fuese la primera vez que vemos su angustia en el rostro hasta que, finalmente, lo encuentra. Y la angustia desaparece y todo vuelve a empezar.