jueves, 31 de mayo de 2012

Otros mundos

Salir de la realidad, abandonarla voluntariamente por unos minutos. Sumergirte en otras historias, en otros mundos, que nunca están tan alejados de los nuestros como pudiésemos pensar. Hacerlo a través de un libro, de una película, de una obra de teatro o de una serie de televisión. Ahí quería llegar yo hoy, a las series de televisión. Las americanas -hay que reconocerlo- siguen siendo las mejores. Sobre todas las cosas, poseen el dominio absoluto del tiempo. En media hora, minuto arriba o abajo, te cuentan la historia: con su planteamiento, su nudo y su desenlace. Media hora es más que suficiente. No hace falta más. Podría identificar cualquier época de mi vida con una de estas series. Épocas de depresión, de euforia, de sosiego... De "Las chicas de oro" a "Urgencias", de "Doctor en Alaska" a "Cheers", de "Fama" a "Nurse Jackie", de "Murphy Brown" a "Twin Peaks". Son sólo algunos ejemplos. Ahora mismo puedo hablar de "The big C". (Junto a "Enligthened" y "American Horror Story" la que más me ha impresionado en los últimos meses). Una serie extraordinaria, políticamente incorrecta, con Laura Linney al frente. (Algunas actrices inteligentes y afortunadas, al pasar de los cuarenta y ser conscientes de que los buenos papeles en el cine las abandonarán casi definitivamente, se refugian en la televisión o en el teatro). Narra la historia de una mujer a la que le es diagnosticado un cáncer y cómo a partir de ahí afronta su vida. Lo más curioso es que no se lo cuenta a nadie de su entorno más cercano: el hijo adolescente, el hermano vagabundo, el marido del que está medio separada... Sólo a su vecina, una anciana huraña con la que no se hablaba y que pone el punto sarcástico y demoledor a la función (maravillosa Phyllis Somerville, aunque todo el elenco está espléndido). Los momentos de euforia incontenible y de estrepitoso bajón; los miedos a no poder llegar a ver crecer a su hijo o a sus futuros nietos; los cambios que pueden llegar a producirse en la vida tan sólo de un minuto a otro, únicamente tras escuchar en boca del médico unas palabras. Esa palabra que todos tememos escuchar. The big C. La C con mayúsculas. La protagonista hace muchas cosas, reflexiona sobre ellas -con sarcasmo o con ternura-, no quiere perderse nada, aunque es consciente de que lo hará, de que perderá numerosas cosas... ¿quién no es consciente de ello, con enfermedad o sin ella? Y sigue luchando por un sueño, el de construir una piscina delante de su casa. Esa piscina en la que vemos a Laura Linney, la protagonista, sumergirse al principio, durante los títulos de crédito. Sumergirse vestida y llegar hasta el fondo y permanecer allí unos minutos, como si así se estuviese refugiando del mundo, de lo que hay al otro lado de esas aguas que la cubren por completo mientras aguanta la respiración. Eso que avanza velozmente, que no da tregua, que nos cansa, que nos puede o nos agota por momentos, pero a lo que no queremos renunciar de ninguna de las maneras. La vida. Con todas sus consecuencias, en sus ratos apoteósicos y también, qué remedio, en los decadentes.

lunes, 28 de mayo de 2012

Hallazgos

A veces, en medio de esa organización que asignamos a los días para que todas las horas tengan su sentido y no nos desmoronemos en caso de que acechen los nubarrones que planean sobre el futuro, están las sorpresas más agradables, los hallazgos que convierten esa rutina en algo dulce y placentero. Ir al Fontán, todos los domingos por la mañana, siempre forma parte de nuestros planes. Parece que si no lo hiciésemos, si no nos acercásemos y recorriésemos esos mercadillos de libros viejos, no sería un domingo completo. Hay días en que uno se acerca hasta allí con ganas de encontrar algún ejemplar descatalogado o apetecible. Esos días no suele aparecer nada interesante. Hay otros, sin embargo, en los que uno va pensando en sus cosas (ah, los silencios cómplices e imprescindibles de las parejas), charlando sobre esa noticia o artículo que acabamos de leer en la prensa, pensando en si deberíamos comprar o no la película que viene ese día con el periódico, y no se hace demasiadas ilusiones sobre lo que puede hallar entre esas pilas de libros. Esos días son los mejores. Siempre aparece algo. Lo inesperado. La sorpresa. El hallazgo. Ayer, sin ir más lejos, fue uno de esos días. Ahí estaba, en medio de un montón de libros tirados de mala manera sobre una vieja mesa, entre uno de esos libros en los que Shirley MacLaine habla de sus experiencias con el más allá y unos cuantos libros infantiles. "Verde agua", de Marisa Madieri, publicado por la editorial Minúscula y con un prefacio de Claudio Magris. Una joya. Recordé, de pronto, los días en los que había leído ese libro que, extrañamente, nunca llegué a comprar. Eran mañanas de trabajo, en la librería Aldebarán. A primera hora, antes de que llegasen las cajas con nuevos libros, cuando no había ningún cliente y todos los pedidos estaban hechos, me sentaba en el mostrador de atrás, sintonizaba Radio Clásica en aquella pequeña radio, y cogía aquel libro que, desde su llegada, había decidido convertir en un libro de fondo de la librería. Las palabras sencillas que reflejaban actos sencillos, los sentimientos que expresaba al hablar de su infancia y su familia, al evocar un tiempo que ya no existía más allá de su memoria y de sus recuerdos, me resultaban tremendamente cercanas. Uno de esos diarios fascinantes que pueden ser eso, diarios, pero también novelas, poemas, ensayos... En esa sencillez de Madieri, en su prosa clara y directa, está atrapada la esencia de la vida. Detrás de sus palabras, está todo. No hay que complicar el lenguaje para expresar lo esencial. Es domingo, hace sol, y acabo de encontrar algo que no buscaba. ¿Qué más puedo pedir? Le pregunto al señor el precio del libro y me dice que los hay de varios precios, pero que ese, concretamente, el que tengo en las manos, cuesta un euro. Hay veces, cuando me pasan cosas así, encontrar joyas literarias a esos precios, en las que me apetece decirle al vendedor que ese libro no cuesta eso, ofrecerle más dinero, pero la economía es la que es, así que pago el euro y meto en libro en la bolsa como si se tratase de un gran tesoro, que -sin duda- lo es. Ahora, tras encontrar el hallazgo, estamos sentados en una terraza. No puedo sentarme en el lado del sol, como siempre, por culpa del ojo, recién operado. No importa. Pronto vendrán los días en que pueda hacerlo. El sabor de la cerveza helada me reconforta. Abro el libro que acabo de comprar (lo estaba deseando) y leo: "¿Adónde huirá la armoniosa unidad de aquella hora?". Y me quedo así, pensando en la armoniosa unidad de esta hora, en su fugacidad.

viernes, 25 de mayo de 2012

En el hospital

Son las doce y media de la mañana. Estoy tumbado en una camilla, esperando a entrar en el quirófano. Tengo un enorme reloj en la pared que está enfrente de mí. En esa sala, cercana a la de operaciones, hace calor, mucho calor. Me han dicho que al señor que está siendo operado ahora mismo le ha surgido una complicación y que debo esperar un poco más. ¡Un poco más! Llevo en el hospital desde las nueve de la mañana, hora a la que fui citado. Hace un cuarto de hora me han puesto el camisón y el gorro para la operación y me han subido hasta aquí. Tengo que decir que todo el personal se ha mostrado encantador y cariñoso. A mal tiempo, hay que poner buena cara, me dijo una de las chicas que me tomó la tensión. Además, mira qué día tan bueno hace, luego podremos comer en una terraza... Me gusta la gente a la que le encanta comer en una terraza. Me gusta la gente positiva. Sobre todo, si tiene que trabajar en estos sitios. Mi familia está esperando, dos plantas más abajo, en la misma sala, la antigua capilla del hospital, donde yo estuve esperando hasta ahora. Tres horas esperando en una silla, delante de un mural muy setentero donde destacaban las figuras, ya un poco borrosas, de Jesucristo y de un apóstol. Unos y otras entran de cuando en cuando en la sala donde estoy, me preguntan qué tal me encuentro, si tengo frío, me dicen que enseguida entraré en el quirófano... Sé que no es cierto, pero agradezco la amabilidad y sonrío. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Cada cinco minutos, el reloj que tengo en la pared de enfrente emite un sonido. Cada cinco minutos, miro hacia él: no puedo evitarlo. Entre medias, quiero olvidar ese momento en el que me pinchen en el ojo y trato de pensar en otras cosas. En esos dos chicos desaparecidos que protagonizan la novela de Carme Riera que estoy leyendo estos días, "Naturaleza casi muerta". No suelo perderme ninguno de sus libros. No estaría mal tener ahora el libro aquí para hacer más llevadera la espera. Bueno, tampoco creo que pudiese concentrarme demasiado en la lectura. Ese ir y venir de gente que entra y que sale de esta sala, que me sonríe, que me pregunta qué tal, los cuchicheos, las palabras altas que se intercambian entre ellos sobre horarios, turnos y demás, el tictac de ese reloj cada cinco minutos... Pienso en una playa, en el rumor del mar cercano, el sol calentando los cuerpos, pero enseguida dejo de pensar en ello porque quiero reservar ese pensamiento, el de la playa, para el momento de la intervención dado que la anestesia será local y me estaré enterando de todo. Intento dormir, pero, una vez más, no puedo. Qué alivio sería poder dormirme hasta que pasara todo. Imposible. Por lo tanto, ni siquiera me desespero ya por ello. Lo bueno de ir cumpliendo años es que vas asumiendo las cosas de un modo natural, con una sosegada resignación. El reloj marca la una y media y el chico que me subió hasta aquí -campechano y dichararecho- me dice que a las dos entraré en el quirófano. ¡Media hora más! Si es que en esta vida no hacemos otra cosa que esperar... Venga, otra vez a darle vueltas a la cabeza, a buscar temas con los que entretenerme. Siento un impulso por largarme de aquí, levantarme de esta camilla y salir despreocupadamente de todo este recinto, sentarme en una terraza y tomar dos Martinis bien secos de golpe, pero dejo que el impulso se diluya en una sonrisa, por muy peliculero que quedara el asunto. El reloj se va acercando a las dos. Llegó la hora. Por fin. El mismo chico dichararecho y campechano que me dejó aquí hace hora y media mueve la camilla. Salimos de esta sala. Hace frío por los pasillos. Y al entrar en el quirófano, también lo siento. Un frío extraño. Me llenan de cables y de cosas. Me toman la tensión una y otra vez. Siento esa presión constantemente en mi brazo izquierdo. Me tapan la cara, excepto el ojo que van a operar. Siento dos pinchazos terribles en el propio ojo, pero yo ya estoy en otro lugar, en esa playa que tenía reservada para este momento. Sé que me están diciendo algo, pero yo sólo puedo oír ese rumor, el del mar cerca de mis pies, la luz del sol calentando mis párpados, la mano acariciando la arena caliente, la arena deslizándose por los dedos... 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Hoy es el día

Hoy es el día. Los ojos se abren en mitad de la noche, buscando los números de color verde de ese reloj que está sobre la mesita de noche. Aún es temprano, aún faltan unas horas, pero hoy, sí, es el día. Enciendes con un gesto casi automático la radio: las noticias de siempre. Va a llegar un momento en el que, de tanto escuchar el mismo sermón, nos vamos a acostumbrar a él, como uno se acostumbra e identifica el sonido de la lluvia cuando la ve caer a lo lejos, al otro lado de la ventana, aunque no la escuche nítidamente. Han pasado seis meses desde la primer visita al médico, a los pocos días de terminar el periodo navideño. De un médico a otro, de una consulta a otra, de una anulación a otra (urgencias, quirófanos ocupados, etc, etc). Y hoy, por fin, es el día. La primera vez que, dentro de unas horas, cuando ya haya amanecido por completo, entraré en un quirófano. Un tumor (benigno, dijo la doctora Rozas: encantadora, por cierto) en el ojo izquierdo, que hay que quitar de ahí. No es la mejor cita que haya tenido, desde luego, pero pienso que en cuarenta años entrar por primera vez en un quirófano tampoco está tan mal, viendo las cosas que se ven en los periódicos y a nuestro alrededor. Llevo muchos días dándole vueltas al asunto: ah, la maldita ansiedad que me acompaña como fiel compañera desde bien temprano, los dichosos nervios que no se aplacan, cumplas los años que cumplas. Pero ahora mismo, mientras escribo esto, no siento esa ansiedad, ese revoltijo de nervios que suben y bajan a su antojo de la boca del estómago a la cabeza y de la cabeza a la boca del estómago. Acabo de releer un relato de Alice Munro. No es de los últimos, ya tiene unos cuantos años. El libro ha sido reeditado recientemente, pero mi edición, publicada en el año 91 por Debate (en la portada, una mujer rubia y con un gran sombrero está sentada en una terraza, tomando una especie de combinado de color naranja, la mirada un poco perdida, como si estuviese esperando a alguien que no termina de llegar, la tarde parece luminosa), es una de esas pequeñas joyas que pagué en su momento (cuando el libro estaba descatalogado) a un precio excesivo y que conservo como oro en paño en la biblioteca. La sencillez con que está narrado el relato, la vida cotidiana de esos seres comunes y corrientes, como cualquiera de nosotros, ha hecho -creo- que no aparezca en mí nada de esa ansiedad que lleva días mordiéndome más de lo habitual, pese a la cita que me aguarda en unas pocas horas, cuando ya haya amanecido del todo. Supongo que, más tarde, según me vaya acercando a ese viejo hospital, aparecerán los nervios (ese revoltijo que sube y que baja, que sube y que baja), la ansiedad. Las ganas de que todo termine cuanto antes. ¿Cuánto durará la operación? ¿Qué sentiré cuando la enfermera introduzca en mi cuerpo los tranquilizantes que me dijeron que me pondrían nada más llegar al hospital? Es usted una persona muy nerviosa, ¿verdad?, me espetó el anestesista cuando, tras los correspondientes análisis, pasé por su despacho. Sí, señor, sí, le dije con resignación. A estas alturas, cada uno lleva sus cargas y las acepta casi sin rechistar. ¿Acaso queda otro remedio, otra opción? Pensaré, cuando me tumbe en la camilla, en otras cosas: en los días de verano que se acercan, en la calle de alguna ciudad por la que pasamos y de la que guardo gratos recuerdos, en las vidas -aparentemente apacibles- de los personajes del relato de Munro. Qué sé yo... Pensaré en los cielos azules que anuncian para estos días; en las terrazas en las que, como la mujer rubia y con sombrero de la portada del libro donde está el relato que acabo de leer, nos sentaremos con un combinado de color naranja o con lo que sea; en esa novela mía que pronto llegará a las librerías... Ésta será la lista de cosas en las que pensaré hasta que, probablemente, deje de pensar en nada. Y mi mente se quede flotando, divagando, atrapada en la luz.

lunes, 21 de mayo de 2012

Donna Summer

Era escucharla, escuchar a Donna Summer, y salir a la pista, ¿te acuerdas, Araceli? Teníamos veinte años y todas las ganas del mundo. Teníamos veinte años y sólo teníamos pies para bailar. De hecho, creo que no nos importaba otra cosa. Bailar, soñar, vivir, disfrutar, esperar que el futuro nos deparase lo que esperábamos... Inventar esta ciudad como si fuera otra. De hecho, sí, era otra. ¡Claro que lo era! No era Nueva York, desde luego, pero Oviedo no era esta ciudad en la que estamos viviendo ahora, todos los sabemos. O lo recordamos. La Real, La Santa, El Tamara, Vértize... Cualquier pista era válida para escuchar su música, la de Donna Summer, y salir a la pista, a bailar, a darlo todo, ¿te acuerdas, Araceli? Me imagino que sí, que te acuerdas de todo aquel tiempo, el de los bailes, el de salir de casa a la una del mediodía y regresar cuando el día siguiente ya estaba amaneciendo, no todo el mundo puede decirlo. Supongo que hay que vivir las cosas para saber de qué van, en qué consisten. Nosotros, tú y yo, Araceli, allí estábamos. Esperando (de diferente manera a la que ahora esperamos) y soñando. Y bailando. No necesitábamos el dinero, no, porque entonces lo teníamos. Sin ser millonarios, teníamos aquel dinero: pagar cuatro copas o cinco, qué más daba, que el amanecer despuntase a lo lejos... Y bebíamos vino malo en las tabernas más características de la ciudad y lo disfrutábamos como si fuera el mejor caldo del mundo, tal era nuestra pasión, las ganas de vivir, las ganas de aguardar lo que nos esperaba, qué nervios. O lo que imaginábamos que nos esperaba. No eran vinos buenos y lo sabíamos, en una ciudad en la que casi nadie bebía vino. No eran vinos buenos, y qué... Los disfrutábamos como si lo fuesen. Y pedíamos copa para ellos, como debía ser. Teníamos veinte años y queríamos bailar. Y bailábamos, claro que bailábamos. Teníamos otros amigos, pero quién sabe dónde estaban, quién sabe dónde están, dónde se esconden, por mucho que los queramos, por mucho que los echemos de menos, que seguro que los echamos (los echamos, ay, sin duda alguna)... Vinieron otros tiempos, buenos y malos, pero nunca olvidaremos aquellas canciones, las de Donna Summer, en aquellas noches en las que Oviedo no era el Oviedo de ahora, en las que Oviedo no era Nueva York, no, pero a nosotros nos los parecía, ¡claro que nos los parecía! Tal era nuestra fuerza, tal era la fuerza de la ciudad, de esta ciudad, la nuestra. Teníamos otros amigos, sí, pero allí, en aquella pista de baile -La Real, La Santa, El Tamara, Vértize...-, donde sonaba Donna Summer, estábamos solos, tú y yo, descubriendo el mundo, anhelando miles de mundos, rozando nuestros labios y nuestros latidos, esperando, sintiendo, disfrutando. Esperando, sintiendo y disfrutando. Donna Summer era la más grande. O una de ellas, de las más grandes. (Cuando, años más tarde. entré en el Studio 54, así lo sentí, una vez más). Y ella y su música nos unían. ¿Dónde está aquel tiempo?, se preguntarán algunos. Aquel tiempo, hoy, cuando Donna Summer ya no está aquí, cuando ya no era una diva gay porque ella no quiso (pese a serlo durante tantos años), se encuentra muy cerca, justo al lado de estos recuerdos que los dos -estoy seguro- compartimos. Donna Summer, otra diva que se nos fue, aunque el mundo gay ya la hubiese abandonado cuando, como tantos, en los inicios del sida, perdió la cabeza y la sensibilidad. Pero nosotros, nos quedamos en aquellas noches, las de los últimos bailes que eran los primeros, cuando el amor era libre, las ganas de bailar no tenían límite y el amor, el de la amistad sobre todos los demás, era el nuestro. ¿Te acuerdas, Araceli? Nunca era el último baile, nunca, aunque lo dijera ella, Donna Summer, en aquella canción. Nunca. ¿Te acuerdas?

domingo, 20 de mayo de 2012

La foto de Lucía

La niña está ahí, en la fotografía que sus padres me acaban de dar, vestida con su traje de Primera Comunión. No es un vestido excesivo ni rimbombante: es sencillo. Como ella misma, la niña, Lucía. Es la hija de una amiga de la facultad, Beatriz, Bea la llamábamos todos. Viendo la foto de su hija, ahora entre libros, la recuerdo a ella, a su madre, en la época de la facultad. Tan inquieta, tan llena de vida, tan colega. Los ojos, tan llamativos. Y la recuerdo también muy triste, como si de repente fuera otra muy distinta, cuando su madre murió. Los ojos, entonces, más apagados. La rabia y la impotencia por lo sucedido en el fondo de ellos. Desde aquella época, la de la facultad, hasta ahora nos hemos ido viendo de tarde en tarde, felicitándonos por el cumpleaños (el suyo, el día de Nochebuena, es difícil de olvidar) y cosas así. Con este invento de las redes sociales, hemos recuperado la amistad. Otra de las ventajas de este fabuloso invento. Ahora sé que está ahí (al margen de cenas, charlas y vinos en vivo y en directo), al otro lado de mis artículos, de mis fotografías y de mis cosas, pero yo sé que, si lo hubiese necesitado, Beatriz, Bea como la llamamos todos, hubiese estado ahí. Hay cosas que no tienen una explicación sencilla. O quizás, sí, demasiado sencilla. Y ésta es una de ellas. A veces no hace falta ver todos los días a las personas para que la fuerza de las uniones esté presente. Eso lo sabemos todos. O casi todos.
Lucía está ahí, en la fotografía, con su vestido de Primera Comunión, guapa e inocente. Le hemos regalado un cuaderno porque le gusta escribir. ¿Qué le deparará el destino? Ah, la incógnita. La gran incógnita. Ahora está ahí, como una niña de su edad: hay niñas de nueve años que, por sus gestos y su manera de vestirse, parece que se hubiesen tragado cuatro o cinco años de golpe y se hubiesen instalado ya en la adolescencia más conflictiva. Lucía, no. Como debe ser. Está ahí. Y lee, y escribe. Viéndola a ella, con ese traje sencillo de Primera Comunión, me he acordado de muchas otras niñas en ese día. Mi propia madre, mi prima, mi hermana... Cada una en su momento y con sus particularidades. Las fotografías, en blanco y negro o en color, son testigo de aquellos momentos. Mi madre, a la que los abuelos no pudieron comprarle el traje que ella deseaba. Mi prima, que, desde esa fotografía, la del día de su Primera Comunión, podría definir toda una época. Y mi hermana, a la que, como a mí, le faltaba poco para que le empezase a ahogar todo lo relacionado con la Iglesia y sus abanderados. Esos que ahora exigen al gobierno que se elimine de Educación para la Ciudadanía la referencia al rechazo a la homofobia. Y el gobierno acepta. Lo que ha hecho la Iglesia (y sigue haciendo, por lo que vemos) no tiene nombre. A mí mismo, sin ir más lejos, me han hecho tal daño que es entrar en una Iglesia cuando están dando misa y tengo que abandonar de inmediato el recinto, no puedo evitarlo: mareos, sudores fríos: todo el pasado -quince años estudiando con ellos- que vuelve de golpe. Sé que no estoy solo, que a mucha más gente le sucede lo mismo. Ellos lo consiguieron por sí mismos. Y nosotros pagamos -aún hoy- las consecuencias.
Pero me quedo con ella, con Lucía, vestida de Primera Comunión para esa fotografía, el nombre y la fecha escritos por ella misma a un lado. La mirada llena de vida, de ilusiones, de esa felicidad que parece perpetua. Aunque luego, con el paso del tiempo, vayas descubriendo que las cosas no son así. Y ese recuerdo, el de la infancia y la felicidad que parecía perpetua, ayude a mirar hacia el futuro, venga por el lado que venga.

miércoles, 16 de mayo de 2012

Modelos de familia

Hace cinco años todos éramos diferentes. Quizá teníamos las mismas aspiraciones, los mismos sueños, pero carecíamos de este miedo que ahora nos acecha. Un miedo incontrolable a lo que pueda pasar luego, dentro de muy poco. Los que estamos al paro porque el tiempo corre veloz en nuestra contra. Los que aún tienen trabajo porque se pueden ver en cualquier momento en esta angustiosa situación. Así están las cosas. Hace cinco años, como mucha otra gente que hoy no puede decir lo mismo, yo tenía trabajo. Un sueldo modesto, una librería pequeña, un trabajo que me gustaba y en el que, llegado el caso, echaba más horas de las que cobraba porque me encantaba lo que hacía y porque allí, en aquella pequeña librería, me sentía como en mi propia casa. Llevaba por entonces una vida sosegada. Después de los años locos de la juventud, de algunos amores posibles e imposibles, vivía centrado en mí mismo, por así decir. Trabajaba, iba al cine, escribía, cocinaba, paseaba, quedaba con amigos, cuidaba de mis padres... Digamos que encontrar a alguien con el que compartir la vida ya no formaba parte de mis prioridades. Hay gente que conoce a su pareja a los quince años, otra que lo hace a los cincuenta y otra que no lo hace en toda su vida. O que va conociendo a diferentes parejas que conforman su viaje. Puede haber tantas clases de relaciones como personas hay en este mundo. Cada cual se lo monta como quiere o como puede, que es algo que a muchos retrógrados aún no les cabe en la cabeza. Y de repente, sin buscarla, apareció en mi vida la persona con la que me planteé formar una familia. La mía. La nuestra. La que ahora aparece en numerosas fotografías que hemos hecho a lo largo de estos cinco años. ¿Qué es una familia? Dos personas que, en nuestro caso (hay parejas que prefieren vivir cada una en su casa), decidieron irse a vivir juntas y compartir las cosas. Las risas y los disgustos, los viajes espectaculares y los últimos días de mes, las noticias inesperadas y la rutina, los proyectos que se construyen con paciencia y dedicación y los que se van quedando en el camino, hechos añicos por la crisis, los caprichos de algunos o lo que sea. Dicho en pocas palabras: la vida. Compartir la vida. La euforia y la espera. Los malos humores y las carcajadas salvajes. Los grandes momentos (siempre fugaces) y esos otros momentos minúsculos que van componiendo el puzzle que quisimos, entre los dos, construir. La vida que nos va tocando al empezar cada nueva mañana, el día a día, los cambios que se fueron efectuando desde aquella noche de mayo de cinco años atrás. Las cosas no siempre fueron fáciles. Esa dificultad, todo hay que decirlo, siempre estuvo motivada por agentes externos a nosotros. Lo nuestro estaba muy claro: queríamos estar juntos, y punto. Y contra eso, se ponga el mundo como se ponga, es casi imposible luchar. Si dos personas desean fervientemente una cosa, esa cosa, estar juntos, ay del que se intente interponer... Y no hay película, por buena que sea, que supere esa realidad. Nuestra familia la componemos nosotros, y nuestros amigos, y las personas de nuestras respectivas familias que quieren estar de nuestro lado, que son la mayoría. Pienso en todo esto en el Día Mundial de la Familia (de todas las familias, insisto: no sólo de esas que salen a la calle cada dos por tres no para defender la suya, sino para atacar las de los demás, que tiene narices la cosa), con el auge de los fascismos por medio mundo (siempre con las mismas obsesiones, qué pesadez) y la posición férrea de esos retrógrados de siempre, amparándose siempre en la figura de Jesucristo, pero no en su palabra. Y pienso que eso, mi familia, la que yo escogí (mi marido, mis amigos) y parte de la que nos tocó, es por la que, a día de hoy, mantengo el equilibrio. Ese equilibrio, por otro lado, tan difícil de sostener en estos tiempos.