jueves, 26 de enero de 2012

Los viajes de Ana

Era alegre, divertida, cariñosa, irónica, muy activa. Trabajé con ella un verano, justo antes de empezar en la facultad, vendiendo periódicos y revistas en un quiosco cercano a la casa de mis padres. Ana. Aunque no era una gran entendida, le gustaba el jazz y coleccionaba todos los fascículos que salían relacionados con el tema. Sólo tenía una obsesión: que su hijo, que por entonces aún era un niño, estudiase. Siempre le estaba comprando libros. Era algo -no estudiar- de lo que ella se arrepentía profundamente. Cuando acababa su turno, nunca tenía prisa por marcharse. Le encantaba hablar conmigo, con la gente que entraba a comprar, con quien fuese. Siempre tenía una palabra amable para (casi) todo el mundo. No soportaba las injusticias ni a ese gente que mira por encima del hombro o que se cree superior a ti porque tienes que atenderla. Alguna de esa gente entraba por allí, por aquel quiosco, y ella, aunque la trataba con corrección, la ignoraba con la misma frialdad con la que antes se había desvivido con el cliente anterior. Ayer me encontré con su hermana, levemente parecida a ella en el físico. Siempre sonriente, como la propia Ana, a veces venía a buscarla a las tres, la hora que terminaba el turno de la mañana, y juntas se iban a comer por ahí, sobre todo en primavera y verano. Las recuerdo alejarse del quiosco, quitándose la palabra, hablando sin parar y riendo mucho, constantemente. Aunque sigue igual que entonces, se sorprendió de que la reconociera. Le pregunté por su hermana: hace siglos que no la veo. Mal, me dijo. Vaya, con esto de la crisis andamos todos igual, menudo panorama, no sé en qué va a terminar todo esto... No, no, añadió, lo de ella es peor. Su hijo tuvo un accidente de moto ocho años atrás y desde entonces está en coma profundo. No encontré las palabras. ¿Qué dices ante algo así? Está ingresado en un hospital de Galicia y ella va a visitarle una vez al mes. Trabaja mucho, de la mañana a la noche, aquí y allá, donde puede: quiere estar permanentemente ocupada. Lo siento, murmuré. Y lo sentía de verdad, como si le hubiese pasado a alguien de mi familia o a un amigo cercano, mientras me despedía de ella y pensaba en la obsesión de aquella mujer porque su hijo estudiase y no se quedase atrás. Luego, mientras regresaba a casa, la imaginé a ella, en aquellos viajes a Galicia, una vez al mes. La imaginé en un tren o en un autobús, con lluvia o con sol, recorriendo los paisajes del norte, pensando -seguramente- en la posibilidad de un milagro, del milagro, con esa fuerza única que es patrimonio de las madres. La imaginé, en aquellos largos viajes, escuchando alguna pieza de aquellas músicas que coleccionaba y que tanto le gustaban, pensando en cómo la genialidad de esos autores siempre alivia un poco el dolor de esta vida, las injusticias contra las que ella se sublevaba. Y ahí la dejé, en aquellos viajes, recordando esas palabras de "Mortal y rosa" que siempre me han acribillado: "Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido". Que Umbral ponga las palabras que yo no supe encontrar. Y que acaso ni siquiera existan para según qué cosas, qué desconsuelos.

4 comentarios:

  1. Qué historia tan triste... y real como la vida misma...

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  2. Hay sentimientos que sólo puede entender quién tiene un hijo, pero quién ama es capaz de dar hasta la vida y ese sentimiento quizás pueda acercarse un poquito al amor de una madre. Ninguna madre debería sobrevivir a un hijo, pero cuándo esto pasa la herida es tan profunda que no se cura. Sin embargo, no entiendo porque los padres ponen tanto interés en que los hijos cubran las expectativas que tienen puestos en ellos. De todas formas, lo dicho, hay cosas que sólo se entienden si tienes hijos.

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  3. Muchas veces la vida golpea duro, a quienes cargados de ilusiones, se la bebían con optimismo.
    Un beso para Ana.

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