lunes, 4 de junio de 2012

Un bocadillo de calamares

Hay veces en que lo normal se convierte en extraordinario. Comer un bocadillo, por ejemplo. Un simple bocadillo de calamares. Es domingo, hace mucho calor y estás haciendo tiempo para ir a un concierto de Isabel Pantoja, esa mujer cuya elegancia y poderío sobre el escenario no conoce rival. Estás cerca del recinto donde vas a ir a verla, el Auditorio, y, de repente, en la carta de una cafetería, de una de esas cafeterías de toda la vida, lo ves: bocadillos de calamares, cinco euros. Y piensas en el tiempo que hace que no comes un bocadillo de calamares y decides entrar. La decoración permance como entonces, cuando se inauguró. Los suelos, las mesas, las estanterías donde están colocadas las botellas, las escaleras que conducen al baño, las lámparas y el resto de la iluminación: todo remite a aquellas cafeterías -hoy casi todas cerradas- en las que merendabas con tu madre cuando eras pequeño. Cuando te llevaba al médico a causa de la sempiterna infección de garganta o cuando ibais de paseo por la ciudad, los dos solos. El sabor de los setenta, tan actual ahora mismo en casi todos los aspectos estéticos. Pides el bocadillo y piensas que ojalá no sea como los últimos bocadillos de calamares que comiste en esta ciudad: nada que ver con aquellos que remitían a la infancia, cuando los calamares eran calamares y no una especie de gominolas correosas rebozadas. Ahí está, delante de tus ojos, el bocadillo de calamares. Uno de ellos, el más pequeño, se sale del pan y lo coges del plato, pese a que aún está ardiendo. Su sabor, excelente, te remite de inmediato a aquellas mañanas de sábado o de domingo cuando ibas con tu tío, el que vivía en Bélgica, el hermano pequeño de tu padre, a tomar un algo antes de comer y te apetecían calamares y él, a diferencia de tu padre con la manida disculpa de que luego no comerías, siempre te decía que sí y se los pedía al camarero mientras encendía de nuevo uno de aquellos cigarrillos rubios cuya marca no se veía por aquí y señalaba que deseaba otro vermú rojo para su copa. Calamares, aceitunas, patatas fritas, Coca-Cola o Bitter Kas, lo que quisieses. Era verano, todos estábamos de vacaciones, y él, tu tío Jose, era como el hada madrina de los cuentos, el poli bueno que venía en un gran coche de color naranja, con la cartera repleta de billetes, y no tenías entonces otro deseo que el de subirte en aquel coche de color naranja e irte con él a cualquier parte. El sabor de ese bocadillo de calamares que ahora mismo estás comiendo, en esa cafetería con nombre de ciudad americana (en la que has estado, por cierto), te remite a todo eso. ¡Qué poder de evocación a través de un solo sabor! Y lo disfrutas como si ese bocadillo de calamares fuese el mejor manjar del mundo, que lo es, sin duda: al menos, uno de ellos. Y recuerdas los bocadillos de calamares que te comiste en Madrid, tiempo atrás, y todo lo que acompañaba a aquellos primeros viajes: la aventura, las ansias por conocer, por descubrir miles de cosas. Y piensas que, pese a todo, no cambiarías nada de este otro viaje, el que te ha traído hasta aquí, hasta esta tarde calurosa de junio, en la que estás comiendo un delicioso bocadillo de calamares que, como la compañía que está a tu lado, observándote y adivinando todos estos recuerdos que están pasando por tu cabeza, no cambiarías por nada del mundo.  

3 comentarios:

  1. Los sabores, así como los olores, son parte del equipaje que nos acompaña. Equipaje del recuerdo que siempre guarda un cierto orden.

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  2. De repente, vuelves a tener 9 años y todos los sabores, los recuerdas como si fuera ayer y el tiempo no hubiera pasado. A mi me paso el sábado en una merendola con los niños del Cate, les organizamos las mamás y yo una fiesta alternativa a la mini-boda que iban a celebrar el domingo: globos, chuches, tortilla, empanada... y allí estaban los emparedados que Nati hizo para su hija Ana (que es celíaca): los mismos emparedados que hace no sé cuántos años me hizo mi madre a mi para celebrar mi Primera Comunión.
    Por supuesto, compartí el recuerdo con ellos porque los recuerdos compartidos se graban mejor en la memoria y tienen más sabor.

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  3. Olores, sabores, sonidos, todo es capaz de devolvernos un recuero... Yo asocio el bocadillo de calamares, como me imagino media Asturias, a la Feria de Muestras, porque la Feria sin bocadillo de calamares jamás sería la misma, y mejores o peores siguen siendo un clásico que agosto tras agosto nos hacen pegarnos a la barra y comernos uno, casi como si fuera una promesa, una tradición, la misma que supone visitar la Feria cada nes agosto.

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