domingo, 20 de noviembre de 2011

El padre del escritor

Ahí está, sobre las tablas de ese teatro, el Filarmónica, donde tantas tardes pasé disfrutando de las actuaciones de algunos de mis intérpretes favoritos cuando venían por esta ciudad. Lola Herrera, Miguel Rellán, Núria Espert, Verónica Forqué, Lola Cardona, Amparo Baró, Esperanza Roy, José Sacristán, Ana Marzoa, las hermanas Gutiérrez Caba... Y tantos otros. Ahí está, vestido de cura, con una de esas sotanas negras que siempre dan un poco de repelús a los que hemos conocido la cara siniestra de los colegios religiosos, representando un pequeño papel en una obra sobre la vida de Jovellanos. Ahí está, es él, mi padre, en su estreno en la capital. Desde que se jubiló, hace unos cuantos años ya, encontró en el teatro una manera estupenda de encauzar tanto tiempo libre, que siempre resulta un peligro para gente tan activa como él. Al principio, la cosa no era como ahora. Actuar no es sólo recitar un papel bien aprendido: hay que interpretar ese papel, darle vida a un personaje, crearlo desde el propio texto donde está escrito. Fue complicado, seguramente más de lo que él esperaba. Sin embargo, no desistió y siguió haciendo unas obras y otras. El año pasado, en Mieres, estrenó una obra de Woody Allen, "Adulterios", donde estaba espléndido, otorgando al personaje todos los difíciles matices que estaban sobre el papel. Le veía allí, sobre aquel teatro, y no le reconocía: nada tenía que ver aquella estupenda interpretación con la de sus comienzos en esto del teatro. El esfuerzo y el trabajo (casi) siempre tienen recompensa. Y allí, en aquel trasunto de Woody Allen, estaba la prueba. Mi padre y Woody, dos de los hombres de mi vida. Cuántas tardes me pasé viendo películas del genio neoyorquino. Todas sus películas: las obras maestras y las menores. Cuántas al lado de mi padre. No siempre nuestras relaciones fueron fáciles. Una generación de diferencia siempre es una generación de diferencia: mucho tiempo. Demasiado. Y más, cuando los mundos, las inquietudes, las maneras de ver las cosas, la suya y la mía, eran tan diferentes. No hay obstáculos que el verdadero cariño no pueda vencer. Podría quedarme con muchas imágenes de mi padre. Las de su época joven, las de su época de maduro, las de ahora cuando está a punto de cumplir setenta años. Las conservo todas. Pero me quedaré con una: la del día de nuestra boda, en Gijón. Los hombres de su generación no fueron educados para ver cómo sus hijos se casaban con personas de su mismo sexo. Pero mi padre, aquel día, inolvidable día, estaba allí, con nosotros, con Íñigo y conmigo. Y ese gesto borró de un solo golpe todas nuestras diferencias anteriores. Era su hijo, y era feliz, y eso era lo que contaba. Ahora, en estos tiempos tan difíciles en los que nadie sabe si cobrarás a fin de mes, mi padre (y mi madre, claro) es el único que pregunta si necesitamos dinero, si hay comida en la nevera, si queda algún recibo por pagar. Vive la angustia del que no tiene trabajo (yo) y del que siente cómo su trabajo se tambalea irremediablemente (Íñigo). Ah, los padres. Los únicos que ahora llaman por teléfono para interesarse. Así es la vida. Mi padre está ahí, encima de las tablas del Filarmónica, vestido con esa sotana que tanto repelús me da (recuerdo a aquel cura, vestido con una sotana idéntica, que nos pegaba con todas sus fuerzas con una gruesa regla de madera en los dedos si fallábamos alguna respuesta), y sobre su imagen se superponen esos otros cientos de imágenes: la de nuestras vacaciones en el Sur, la de su regreso del trabajo, la de las cenas que compartimos, los cumpleaños, las Navidades, la enfermedad de mi madre... Y tantas, y tantas otras. Y aplaudo al actor, sí. Y aplaudo, sobre todo, al padre. El padre del escritor. Mi padre.

4 comentarios:

  1. ¡Qué bonito, Ovidio! ¡Y qué acertado! No puedo hacer otra cosa que pasárselo ahora mismo a mi padre (y a mi madre, claro).

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  2. Magnífico relato escrito con y desde el corazón. El padre del escritor es un ser afortunado, tiene por descendiente a una gran persona: su hijo, tú, y como compañero, a otra grandísima persona: Íñigo.
    Así es la vida, Ovidio, cuando más necesitamos de apoyo, de comprensión, de preguntas cotidianas (¿hay que llenar la nevera?), solamente los padres son capaces de salirnos al encuentro.
    Desde un Madrid, hoy, lluvioso, os ofrezco a Íñigo y a ti, mi mano, mi cariño y toda la complicidad que poseo.
    Amigo, un bese desde y con el corazón.

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  3. :') Que precioso, me quedo con esa imagen de tu padre en tu boda, algo que yo jamas veré y no porque me falte, no!!! . Porque el dolor sería tan insoportable para él, que su sonrisa estaría llena de lagrimas internas.

    Te admiro Ovidio, porque cuando leo tengo la sensación de ver una película nitida y perfectamente argumentada.

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  4. Soberbio y no tengo palabras, si hay una figura a la que admiro es al mio y en tu admiración veo reflejada la mia. Besos

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