martes, 29 de octubre de 2024

Como un personaje de Ray Liotta

A mi madre le encantaban los dulces. Todos los dulces, sin excepción. Quizá los de chocolate eran los que menos le gustaban. Prefería el chocolate blanco al negro, los milhojas de crema a los de merengue, los helados de bola a los de corte. Por lo demás, todo le iba bien. Mejor dicho: mal. Los medicamentos que tomaba para su enfermedad ya le subían bastante el azúcar y tenía que tenerla constantemente controlada. A veces, hacía una excepción. ¿Qué sería de nuestras vidas sin esas excepciones? Algo mucho más triste, sin duda. Cuando llegaban estas fechas, finales de octubre, y todos los supermercados se llenaban de los característicos dulces navideños, se le hacía la boca agua. El turrón y los mazapanes. El turrón blando y esos mazapanes que tienen forma de animales o algo así. Rama dura, vaya. Le gustaban más en esta época que durante los propios días navideños. Caía en la tentación, sin pasarse. Compraba tímidamente, con miedo. Mamá, le decía, con cuidado. Vete con cuidado. Como me decía ella cuando yo era joven y salía por las noches o cuando nos íbamos de viaje al extranjero. Advertencias de madre, advertencias de hijo. Todo el día hay que ir por la vida con advertencias. No vaya a ser que. 

Ayer, escogiendo fruta en el supermercado, descubrí toda la variedad de esos dulces navideños. Cajas y más cajas. Qué pesadilla. Qué empalago. Casi me mareo, casi me sube el azúcar con solo mirar todo aquello. Me hubiese gustado ser un personaje de Ray Liotta y tirar todas aquellas cajas al infierno con una sola mano y salir del supermercado con chulería y atractivo. Como el malo de la clase con 53 años. Lejos de eso, bajé la cabeza mientras metía las manzanas en la bolsa para que las pesasen en la caja y me puse las gafas de sol para que nadie me viese los ojos. 

lunes, 28 de octubre de 2024

La sustancia

No suelo escribir de las películas que no me gustan, pero como no hay cosa que me moleste más que perder el tiempo y, de paso, el dinero, hoy toca decirlo: no me ha gustado nada 'La sustancia'. Burda, tosca, sin rastro de sutileza. Eso es, precisamente, lo que más me ha molestado: la falta de sutileza. Como un desatado Brian de Palma sin gota de gracia (cuando Brian de Palma se desata tiene esa gracia setentera/ochentera con la que, por los menos, te ríes, algo es algo). ¿Es necesario todo ese desagradable gore -gore y más gore- para denunciar la injusticia de las actrices cuando llegan a determinada edad? Hay otras maneras, otras formas, otros caminos. Recordemos la brillantez e inteligencia de John Cassavetes para abordar el mismo tema en la imprescindible 'Opening night'. No entiendo tampoco el revuelo por Demi Moore, que está correcta y punto. Margaret Qualley sale airosa del asunto, y Dennis Quaid con sus asquerosos dientes y su asquerosa grosería parece un personaje de 'Pobres criaturas', la peli de Yorgos Lanthimos.

No llega al nivel de aquel infumable tostón de una chica que se lo montaba con coches y tenía un hijo metalizado como un Ford Fiesta, pero casi. Lástima

lunes, 21 de octubre de 2024

El Mieres de entonces, el Mieres de hoy

Ayer, por primera vez desde la muerte de mi madre, fuimos a Mieres. Como sabéis quienes habéis leído mi último libro, Mieres es un lugar muy especial para mí: allí vivió mi madre hasta que se casó con mi padre, y allí íbamos todos los fines de semana hasta que los abuelos desaparecieron. Allí está enterrada mi madre. Todavía no he podido ir al cementerio y no creo que pueda ir nunca. Mieres: sus calles, sus terrazas, sus puestos en el mercado (también de libros: encontré por tres euros dos libros de la escritora irlandesa Jennifer Johnston, publicados por Akal Literaria, lo cual, aunque desconocía a la autora, es sinónimo de calidad), sus gentes. Hacía mucho calor y bebimos vino blanco en la calle como si estuviésemos en agosto. Y entonces me vi, muchos años atrás, caminando por aquellas mismas calles de la mano de mi madre, siempre guapa y sonriente. Me puse un poco triste -los recuerdos, los recuerdos-, pero la mano que me sostiene en esta terrible época de duelo supo ahuyentar la tristeza por un rato. Comimos dos pinchos en el Café Carolina, que nada tiene que ver con el Café Carolina de mi infancia, pero como la memoria sigue siendo buena pude explicarle a Íñigo cómo era entonces. Allí, señalé, en aquel rincón, con mis padres y mis abuelos, tantos años atrás. Todos tan jóvenes. Jóvenes y guapos. Allí estaban. Allí estábamos. Como si el tiempo se hubiese detenido por un instante. Mi memoria conserva, como tantas otras, esa fotografía en blanco y negro que no existe en papel. Mejor la memoria que el papel, dónde va a parar. A lo lejos, me pareció ver a una amiga de juventud de mi madre. Caminaba con paso decidido y un cigarrillo entre los dedos -el rostro completamente arrugado-, pero no le dije nada. Mejor la memoria. Mejor conservar la serenidad en un domingo de otoño que ni parecía domingo ni parecía otoño. Ni siquiera una ligera brisa mecía las hojas que estaban a mis espaldas. Fui consciente, por unos segundos, de estar atrapado en aquella fotografía en blanco y negro. Luego, la sensación se desvaneció y regresamos a la ciudad en silencio, sin demasiadas ganas. 

sábado, 19 de octubre de 2024

'La habitación de al lado', bellísimo poema

Es muy íntima la conexión que se establece entre la persona que se está muriendo -muerte elegida, dada la magnitud y lo irremediable de la enfermedad, en el caso de Martha, la protagonista de 'La habitación de al lado'- y la persona que la cuida y la acompaña en ese dificilísimo trance. No hablo de pañales, desnudeces o comida que se derrama cuando tiembla la mano, que también es otra clase de intimidad, sino de algo más profundo, más hondo, más poético. La última poesía antes de la desaparición definitiva. El último acto poético en este caso entre dos amigas, Ingrid y Martha. La nieve que cae inesperadamente, la cultura (cine, música, arte, literatura...) que une y ayuda en determinados momentos, los abrazos que aquí no están rotos sino que reconfortan, las palabras que alivian, los silencios cómplices, la amistad inquebrantable. Todo esto nos cuenta la última película de Almodóvar. Además, como se sabe, de una defensa de la eutanasia cuando la vida ya no merece la pena ser vivida según la persona -Martha, en este caso- desahuciada. Ella, Martha, viene a decir algo así como que la gente debe comprender que esa decisión que ella ha tomado es también una forma de lucha. Otra forma de lucha. Y así, evidentemente, debe ser comprendido por la sociedad. Cada uno es dueño de elegir la manera de morir cuando la vida resulta insoportable. No es una obligación, es una decisión. Este es el mensaje, en medio de la poesía y la nieve que cae inesperadamente, que quiere transmitir Almodóvar a través del personaje de Tilda Swinton. La decisión personal. La más personal. 

Tilda Swinton y Julianne Moore, que tiene el papel más complicado de la función, componen desde el primer minuto una de esas parejas femeninas inolvidables dentro del mundo cine. Sus rostros, silenciosos y tan diferentes entre sí, juntos en primeros planos, son portadores de una belleza y una emoción difíciles de olvidar. La piel y el silencio. Las pieles y los silencios. Y esa especie de hermosísima conexión que existe, en este caso, entre dos mujeres. Dos amigas que deciden emprender el viaje más complejo y decisivo de sus vidas. Atrás queda el ruido. 
La extraordinaria música de Alberto Iglesias, los homenajes a James Joyce y a John Huston (tan bien introducidos), el núcleo de la novela ('Cuál es tu tormento´) de Sigrid Nunez en la que se basa la película y esa casa que arde y que es una metáfora de tantas cosas, de tantas realidades: todo ello contribuye a hacer de esta obra una obra mayor dentro de la filmografía de Pedro Almodóvar. Un poema visual repleto de serenidad al que nada le sobra y nada le falta. Y regresa la nieve y el silencio definitivo. 

jueves, 17 de octubre de 2024

Aitana Sánchez-Gijón, Goya de Honor 2025

Estaba esperando a que cambiase la luz del semáforo, miré a mi izquierda y allí estaba ella, Aitana Sánchez-Gijón, a la que vería un poco más tarde en el teatro Campoamor, convertida en Maggie, la gata de Tennesse Williams, aquel escritor que ahogaba sus penas en abundantes copas de vino blanco y ensoñaciones sureñas. Iba con el pelo (media melena corta) alborotado, la cara lavada, unos sencillos vaqueros y una americana beis y algo arrugada. Parecía una chica normal, pero no lo era. No lo era en absoluto. Hay muchas chicas esperando a que se cambie la luz de los semáforos: todos los días, a todas las horas, en todas las ciudades. Pero aquella era diferente. Deslumbraba. Destacaba de un modo especial. Sí, pese a la sencillez de su ropa y de su pelo, lo hacía. No pasaba inadvertida. Llamaba la atención poderosamente. Por su evidente belleza y por esa otra cosa que se tiene o no se tiene: podríamos llamarlo magnetismo, encanto, o algo así. Aquella chica a la que había visto en el mismo teatro unos años atrás representando 'El hombre deshabitado', de Alberti, estaba allí, esperando que se cambiase la luz del semáforo. Cuando lo hizo, del rojo al verde, ella desapareció. Entró en el teatro por la puerta de atrás. Ya faltaba menos para verla sobre el escenario, reprochándole a su marido ese estado ausente en el que se encuentra durante toda la obra. Reprochándole que no piense en ella, Maggie, la gata sobre el tejado de zinc caliente, como un marido piensa en su mujer.

Volvería a verla muchas veces más en diferentes teatros, en diferentes ciudades, con obras donde ella siempre marcaba la pauta, desplegada su talento, demostraba todo lo que había aprendido desde sus comienzos en el mundo de la interpretación siendo apenas una niña. Destacaría cuatro especialmente: 'Un Dios salvaje', 'Medea', 'La chunga' y 'Juana'. Dificilísimos papeles todos ellos.
Pero hoy le han concedido el Goya de Honor por sus trabajos en el cine. Tiene unas cuantas interpretaciones para recordar ('Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando', 'Celos', 'Volaverunt', 'La puta y la ballena', 'La camarera del Titanic', 'Madres paralelas'...), aunque pienso que todavía le falta un gran papel protagonista alcanzada ya esa espléndida madurez que hoy posee. Aún es largo el camino.
Entretanto, mientras rememoro aquella lejanísima tarde esperando el cambio de color del semáforo -del rojo al verde- y aquella chica que destacaba sobre todo lo demás, aplaudo este merecido reconocimiento.

domingo, 13 de octubre de 2024

Los destellos

[Este texto no es una crítica. Se trata tan sólo de las impresiones que me produjo 'Los destellos', extraordinaria película de Pilar Palomero que está a la altura de la historia de Eider Rodríguez en la que se basa, y contiene algún spoiler, aviso por si acaso]


Hay silencios, hay miradas, hay gestos, hay pocas palabras. Hay amor y hay dolor. Hay vida y hay muerte. Hay bondad, hay ética, esas palabras. Hay personas que saben ponerse en los zapatos del otro. No hay preguntas, no hay reproches, no hay demasiadas explicaciones (no hacen falta). Hay intérpretes de primer orden (los cuatro personajes lo son, con una Patricia López Arnaiz superlativa). Hay paseos al atardecer que estremecen por todo lo que significan. Hay una piedra con forma de foca y un perro tan enorme como cariñoso. Hay una cena, previa a la despedida, donde se ríe, se cena tortilla de patatas y vino y se canta 'A tu vera' por debajo de la voz de Lola Flores. Hay, finalmente, serenidad. Y una hermosa luz que envuelve la serenidad y el rostro de Patricia López Arnaiz, Concha de Plata a la mejor interpretación en el pasado festival de San Sebastián. 

sábado, 12 de octubre de 2024

A día de hoy

No tengo madre. Tengo un marido que por decir que es mi marido me ha impedido acceder a trabajos en esta ciudad. Somos todos muy modernos hasta que. Hasta que lo dices en voz alta (un día os contaré, si acaso). Yo siempre lo he dicho en voz alta, así me va. Soy así, tómame o déjame, ahora es tarde, señora. Tengo un marido con los ojos azules y un corazón más grande que la propia ciudad. Está aquí, a mi lado. Está aquí, a mi lado, desde hace casi dieciocho años. Está aquí, a mi lado, ahora que no tengo madre. Antes, también. Y yo sigo diciendo que es mi marido. Porque lo es, que se joda quien se tenga que joder, sorry. Y porque lo demuestra, sí, cada día. Aunque yo no tenga trabajo (de la escritura no se vive, amigas, gracias de todas formas por comprar mis libros) y, lo que es peor, mucho peor, muchísimo peor, no tenga madre. Escribo, qué ingenuo, hasta dejar las pestañas, el corazón, las visceras y el hígado. Vale. No tengo madre. Tengo un buen marido. Escribo. Con eso no es suficiente. Cuento todo esto, así a lo tonto, porque él, mi marido, cumplió 49 años el otro día. Lo conocí cuando tenía 31 y desde entonces no nos hemos separado, que se jodan los que piensan que no existe el amor entre dos hombres (o dos mujeres). Que se jodan bien jodidos. Sé que teníamos que habernos ido a otra ciudad. Lo sé, lo sé muy bien. Pero aquí estaba mi madre, y por eso no nos fuimos. Mi madre, que hoy está muerta. Mi marido, que respira a mi lado, vivo, con 49 años recién cumplidos. No es motivo de poca celebración. Vivo. A mi lado. 49 años. Respiro. Respiramos. Aunque yo ya no tenga madre.

domingo, 6 de octubre de 2024

La voz de Emma Prieto

He ido leyendo los nuevos cuentos de Emma Prieto poco a poco. Me gustaba leer una de sus historias y luego pensar en ella mientras hacía otras cosas (pasear, cocinar, ordenar la casa, hacer la compra...). Son historias muy bien trazadas y narradas, llenas de esa crueldad propia de la vida cotidiana de la que a veces no podemos escapar y también de una ternura que hace un poco más llevadera esa mencionada (¿inevitable? me temo que sí, inevitable) crueldad. Pienso ahora, por ejemplo, en el cuento 'Brad'. Aunque ya conocíamos la historia por los periódicos, Prieto, metiéndose en la piel de una pobre incauta (ah, la soledad no deseada: otro de los grandes problemas de nuestro tiempo de continua conexión a las máquinas), consigue emocionarnos con su manera de contarla. Las trampas del mundo y las trampas que nos inventamos para hacer más llevadero lo más áspero del propio mundo. Algo de eso hay en ese relato y podría decirse que también en el resto de las historias. Hay también, en ocasiones, misterio. Ese misterio, alejado del género, que nos preguntarnos los porqués, los cuándos, los cómo, y que para tratar de desvelarlo (o no, finalmente) está la persona que tiene el libro entre las manos (pienso en 'El mar, que todo lo invade').

'Días de luces y cactus' (publicado por EOLAS), la voz muy personal de Emma Prieto. Un libro que cautiva, emociona, estremece.