sábado, 3 de febrero de 2018

Fumar es (era) un placer

Llevo dos meses sin fumar. Y (aparte de las ganas constantes de comprar una cajetilla y devorarla, el hambre voraz, la ansiedad y demás historias para no dormir, no dormir incluido) lo que más me molesta es esa amiga que te encuentras y que te dice, qué bien, qué bien, qué bien, yo llevo cuatro años sin fumar y fenomenal... ¿Fenomenal? Anda, guapina, eso no te lo crees ni tú. Será muy bueno para la salud, que no digo yo que no, sólo faltaba, pero aquel placer... No hay sustituto alguno para aquel placer. No nos andemos con pamplinas ni por las ramas. Fumar es (era) un placer. Lo mío no era vicio: era placer, como bien dijo Saritísima. Y, como tantas otras cosas, se ha quedado en el camino (espero que definitivamente). Ay. 

jueves, 1 de febrero de 2018

La mujer que come pipas

Es uno de esos barrios asolados por la crisis, en Mieres. Hace frío y luce el sol. Es un día triste de enero. La mujer, entre los 60 y los 70 años, aprovecha que esos rayos de sol alcanzan su ventana y está asomada a ella. Es un piso muy bajo. Si estirase la mano, podría tocar el marco de la ventana en el que ella está apoyada. Está comiendo pipas. Quizá estaba viendo la televisión (falta media hora para las cinco de la tarde) y, cansada de tanta tontería, se asomó a la ventana para despejar la cabeza y comer pipas. Tal vez las pipas sean el sustituto de ese café que tanto le apetece tomar y que, debido a sus problemas con la tensión, ya no puede. Tal vez sea una manera de engañar al estómago hasta la hora de la cena. Nos acercamos a ella y le preguntamos por la iglesia donde despediremos al padre de nuestra amiga. Nos indica el lugar con amabilidad. Como si eso, hablar con dos desconocidos, fuese lo más emocionante que le pudiese ocurrir en esta triste tarde de invierno. Seguimos nuestro camino y escuchamos el sonido de las pipas al romperse entre los dientes. Es el único sonido que rompe ese silencio que es parte esencial del paisaje. 
Somos ese tipo de personas que siempre llega con tiempo a los sitios. Cada uno tiene sus costumbres y ésta es una de las nuestras. Hacerlo así te permite atrapar en la memoria esta clase de instantes, fantasear con otras vidas, retratar silencios que definen escenarios y situaciones cotidianas. 

martes, 30 de enero de 2018

Otro adiós

Se va, casi en silencio, el padre una amiga. Se están yendo los padres de gente próxima. Y el miedo pespunta nuestros alrededores. ¿Quién sabe enfrentarse a todo eso? Uno se va reponiendo (a ratos) de algunos derrotas, de algunos desengaños, de algunas enfermedades cercanas. Pero la muerte es otra historia. La muerte es la nada, el vacío más absoluto. La muerte es la orfandad. La muerte es ese silencio que recorre paisajes desolados por la crisis, en una tarde fría y soleada de finales de enero. Ni siquiera donde luce el sol hay un poco de calor. Ni siquiera ahí, donde la sombra no alcanza. 
Después de acompañar a mi amiga, llego a casa y no tengo ganas de hacer nada. Ni de leer, escribir, ver una película o preparar la cena. Sólo quiero huir. Refugiarme en aquel tiempo donde todo esto no tenía cabida en nuestros pensamientos. Donde, incluso en el lado sombrío de la calle, siempre hacía un poco de calor. 
Recordaré, eso sí, al padre de mi amiga como lo que fue: un buen hombre. Y esto, sabiendo lo que uno sabe a los 46 años, es decir mucho. Es decirlo todo, creo. 

sábado, 27 de enero de 2018

Literatura española

Hay gente que dice que no ve películas españolas, que no lee literatura española (o que no lee literatura española actual), y se queda tan ancha. Allá cada cual con sus gustos, creencias o pareceres. Ellos se lo pierden, qué duda cabe. Llevamos 27 días de este año y he leído tres libros de autores españoles que son, cada uno en su estilo, deslumbrantes, rebosantes de talento, plenos de sabiduría y aciertos. La nueva novela de Gustavo Martín Garzo (podéis leer mi opinión en El Huffington Post), el nuevo libro de Antonio Muñoz Molina (también tendrá su reseña) y el de Manuel Vilas (tampoco es novela: qué manía esa otra gente que dice que solo lee novelas). 'La ofrenda', 'Un andar solitario entre la gente'  y 'Ordesa', respectivamente. Tres ejemplos de altísima calidad, tres autores en plena forma. 
Verdaderamente, me quito el sombrero ante tanto talento. 

sábado, 20 de enero de 2018

San Sebastián

Café recién hecho y pan tostado. A eso huele ahora mismo la casa. Los fines de semana, como soy el único que madruga por aquí, desayuno solo. Varios amigos me recuerdan que hoy es el día de San Sebastián. Y de repente estoy en esa ciudad, probablemente una de las más bonitas del mundo. La última vez que estuvimos allí fue en 2008, viendo a Liza en el Kursaal. Experiencias inolvidables. Refugios que atesora la memoria para mañanas de invierno como esta. Tengo mucho trabajo por delante (lecturas que se acumulan, varias reseñas, darle los últimos toques a mi nuevo libro de cuentos...), pero me detengo en ese recuerdo mientras desayuno tranquilamente. Estoy allí, en San Sebastián, y estoy aquí, en mi cocina. Imágenes de aquel viaje se enredan con palabras que vienen a mi cabeza para utilizar en esos espacios que aún están en blanco. De repente, Íñigo y la gata aparecen por la puerta de la cocina. La misma cara de sueño. Ella maúlla. Y él me pregunta:
-¿Desde qué hora estás despierto?
-Creo que desde el 2008 -le respondo. 
Y lo digo con tal convencimiento que la respuesta no me parece ninguna ironía o exageración. 

sábado, 13 de enero de 2018

Palabra sobre palabra

Hay libros que te acompañan buena parte de la vida. Hay libros que te transforman y que, en cierto modo, también ellos se van transformando según nuestras circunstancias. Hay libros a los que dedicas tardes enteras y otros que, muy manoseados ya, abres un par de minutos, entre un quehacer y otro, para leer un fragmento, para atrapar un par de versos que sabes que te aliviarán de muchas cosas. 'Palabra sobre palabra', de Ángel González, es uno de esos libros. 
Tendría unos veintipocos años, había quedado con mi amiga Lidia, que por entonces trabajaba en la librería Ojanguren, para ir al teatro. Vimos la obra, luego cenamos y, como era habitual en aquellos tiempos, terminamos tomando una copa (supongo que alguna más) en La Santa. Allí, acodados en aquella barra (seguro que Yolanda vigilaba al fondo con su eterno cigarrillo y su pañuelo de colores), mi amiga, que siempre ha sido una mujer tan generosa como divertida, sacó del bolso un ejemplar del libro de Ángel González y me lo regaló. No era nuevo, dijo que se trataba del que ella había leído, pero que sabía que aquel libro iba a ser imprescindible para mí. Al día siguiente, cuando me puse a leerlo, descubrí una foto de mi amiga en el interior del libro. Estaba en un tren, la cara apoyada en la ventanilla, la mañana luminosa, los ojos muy azules y muy inquietos (siguen siendo así). Ella seguro que no sabía que aquella foto estaba allí. El libro se hizo imprescindible para mí, como ella había apuntado. Nunca le devolví la fotografía. La tengo ahí, con el libro. Y siempre que la veo recuerdo aquella noche. Nuestra juventud. La piel antes de las heridas. La vida antes del vértigo y la brecha. Todas esas palabras que se han ido transformando según he ido cumpliendo años. Palabra sobre palabra: cada mañana, cada noche. 

jueves, 11 de enero de 2018

Dos mujeres

Dos mujeres. Venían detrás de mí, esta mañana, finalizando ya el largo paseo. Por sus voces, se podría decir que rondaban los 50. Luego, disimuladamente, comprobé que así era. También pude comprobar que eran dos de esas personas, tan habituales en estos tiempos, que llevaban ropa (cara) que tuvo su momento de gloria hace diez o quince años.  
Le decía una a la otra, con voz triste pero enérgica: 
-Desengáñate, mujer, si estás enferma o necesitas dinero no puedes contar con casi nadie. Por no decir con nadie. 
-Ya lo sé, ya lo sé...- murmuró la otra, más apagada. 
Y se callaron. Después, entré en una panadería y sus abrigos desgastados se perdieron entre el barullo de paraguas que se formó cuando empezó a llover con fuerza, calle abajo.