domingo, 5 de julio de 2026

Frances Farmer is my sister

Hace unos días, deshaciendo todavía las cajas de la mudanza, aparecieron las dos entradas que compramos para entrar en el museo Albertina de Viena. Septiembre de 2021. Pantalones cortos y tiempo fresco y agradable. Sigo echando de menos llegar a un sitio y llamar a mi madre para decirle que estamos bien, que el avión no se ha estrellado. Horas después, leo en el periódico que el museo cumple 250 años. Decido conservar esas entradas, a diferencia de tantas cosas que han terminado en el cubo de la basura. El edificio estampado en un pequeño papel. Detalles sin importancia o con ella, según se mire.

 
Recuerdo a una trabajadora del museo que nos miraba con cara de pocos amigos y también recuerdo las fotografías de Diane Arbus. No importa las veces que haya visto esas fotografías (el catálogo completo sigue en casa, pero la perspectiva nunca es la misma): me siguen impresionando como la primera vez que las vi colgadas en las paredes del MoMA de Nueva York. 
Toda esa gente desamparada y ella misma, la genial Diane, con aquellas facciones tan tristes. Probablemente, el más triste y desamparado de todos sus personajes. Nunca me canso de observarlos, de descifrar esos rostros. 

Al salir del museo vienés, nos sentamos en una terraza cercana. La terraza de uno de esos cafés impresionantes. Estaba atardeciendo y pedimos dos vinos blancos. El camarero, impecablemente vestido con una chaqueta blanca y un pantalón negro, nos trajo las dos copas de vino y dos vasos de agua. En muchas ciudades europeas, con vino o con café, te sirven esos dos vasos de agua sin necesidad de que los reclames, como sucede por aquí, constantemente. 

Allí, mientras bebíamos el vino, anoté en el cuaderno la idea del cuento 'Romy', incluido en 'Frances Farmer no murió en Seattle', aunque tardaría algún tiempo en escribirlo. Ahora, a raíz de la traducción en España de 'Heroínas', descubro que Kate Zambreno abrió el último día de diciembre de 2009 un blog titulado 'Frances Farmer is my sister'. 
Los hilos de la literatura parecen frágiles, pero casi nunca lo son.