Me levanto. El sol entra en el estudio y clarea buena parte del parqué con su luz. Abro la ventana y no hace frío. Lo primero que hago, antes de poner la cafetera en el fuego, es llamar a mi madre para ver cómo se encuentra. Está bien y animada. Va a salir con mi padre. Me cuenta cosas, le apetece hablar. Le digo que por la tarde vamos a ir al cine y que muchísima gente se ha interesado por su salud. Le alegra escuchar eso, y lo agradece (como también lo hago yo). Cuelgo el teléfono. Entro en la cocina y me dispongo a pelar patatas para una tortilla. Os juro -¡y eso que he hecho cientos de tortillas!- que nunca he sido tan feliz como hoy pelando esas patatas, batiendo esos huevos, picando esa cebolla. Antes de escribirlo aquí, se lo digo a Francesca, pero ella, que conoce nuestros estados de ánimo mejor que nosotros mismos, ya lo sabe.
sábado, 29 de octubre de 2016
Mejores libros
Babelia publica hoy los mejores libros publicados en castellano en los últimos 25 años. Evidentemente, hay muchas opciones donde elegir. Magníficas opciones, sin duda. Aunque siempre es complicado porque nadie ha leído todo lo que se ha publicado, como es lógico. Aún así, mi lista de seis es la siguiente:
-'El jinete polaco'. Antonio Muñoz Molina.
-'Nubosidad variable'. Carmen Martín Gaite.
-'Corazón tan blanco'. Javier Marías.
-'Una vida inesperada'. Soledad Puértolas.
-'Rabos de lagartija'. Juan Marsé.
-'Lo que me queda por vivir'. Elvira Lindo.
viernes, 28 de octubre de 2016
En el hospital (II)
Aunque el hospital donde está ingresada mi madre queda muy lejos de nuestra casa, hago el trayecto caminando. Viene a ser una hora de caminata, a buen paso. Me viene bien para despejar la cabeza y ordenar el caos de estos días. Me gusta sentir esas ráfagas de frío cuando atravieso zonas sombrías y el calor cuando paso por lugares soleados. Agradables contrastes. Ayer regresé a casa con buen ánimo porque mi madre, según los médicos, progresa adecuadamente. Su rostro parecía menos desencajado, más alegre. Sonreía. La vida, que durante dos días fue una especie de cosa ajena a mí, recuperaba poco a poco su sentido. Los niños, ya de regreso del colegio, merendaban en los parques, jugaban en los columpios. Algunas personas conversaban y tomaban cerveza en las terrazas como si aún estuviésemos en verano y no a dos días de comenzar noviembre. Otras, con bolsas de trabajo y bolsas de la compra, entraban en sus casas con el rostro cansado. De una pastelería, aparte del bullicio, salía aquel delicioso olor de las confiterías de nuestra infancia. Estuve a punto de comprar algo dulce, pero luego no lo hice. Parecía como si mis pies se deslizasen solos por la ciudad y yo fuese alguien que lo observaba todo sin ser visto y como si ese todo fuese algo nuevo en mi vida. Una extraña y placentera sensación. Llegue a casa sin rastro de cansancio y con la sensación de que, aunque lentamente, las cosas van regresando a su sitio.
jueves, 27 de octubre de 2016
En el hospital
Mi madre está en el hospital, recuperándose del infarto que sufrió el pasado lunes. Mientras unas amables enfermeras entran de nuevo en la habitación para hacerle no sé qué cosas a su cuerpo, me siento en una de las butacas de la sala de espera más cercana y echo un vistazo al Instagram de Jose Castellano. No puedo leer, no logro concentrarme, aún sigo demasiado conmocionado: sólo la visión de cosas bonitas consigue que me evada un poco. En medio de un montón de fabulosas fotografías que podrían resumir buena parte de mi itinerario (actrices, escritores, películas, escenarios, tejados...), descubro una foto espléndida de Gonzalo Juanes donde una madre camina por un parque con su hijo de unos diez años y me echó a llorar. No sé si son lágrimas de alivio o de furia. Supongo que de ambas cosas. Alguien dijo que la vida era como un día de picnic: Preparas una comida exquisita y cuando llegas al campo el sol desaparece y cuatro pajarracos te cagan encima. Sí, podría ser una buena definición de la vida. Y de toda esa mierda, sólo te salva, a ratos, el arte y ese hombre que posa su mano en tu espalda y que no dice nada porque en realidad no hace ninguna falta.
miércoles, 26 de octubre de 2016
Marianne Faithfull: tan lejos, tan cerca
Este artículo fue publicado en la revista LaEscena
Impresiona ver a Marianne Faithfull, bastón en mano, en el concierto grabado en Bella Bartók National Concert Hall y que ahora, junto al cedé, se publica con el título 'No Exit'. El paso del tiempo y las andanzas por la vida le han sentado bien a su rostro. Me gustan esos rostros, erosionados por los años, ajenos al bisturí. Aunque, a veces, como sabemos, esas andanzas fueron un tanto peligrosas y desmesuradas. Excesivas. Ella misma lo contó en su autobiografía y también en algunas de sus canciones. Sigue siendo una mujer guapa, intensa, atractiva. Una mujer que planta cara al destino, a su lado menos amable. No necesita de adornos y abalorios para destacar. Un sobrio traje negro de pantalón y una blusa blanca son suficientes. Y la melena rubia, como siempre, quizá algo más corta de lo habitual. Pese al bastón, no ofrece una imagen desvalida. Todo lo contrario. Su presencia sigue siendo rotunda, turbadora, fascinante. Como la voz, poderosa y en plena forma, interpretando canciones de su último disco de estudio, 'Give my Love to London', y canciones que ya son clásicos indiscutibles como 'As tears go bye', 'The Ballad of Lucy Jordan' o 'Sister Morphine'.
Viendo este concierto, resulta inevitable recordar aquel otro que ofreció en Gijón, en el teatro Jovellanos, hace ya algún tiempo. A escasos metros de su cuerpo, tenías la sensación de estar delante de una leyenda. Ya sé que son palabras que remiten al tópico, pero es rigurosamente cierto. Ocurre, pese a las palabras que remiten al tópico, pocas veces. Leyendas auténticas, no nos engañemos, van quedando pocas. Ahí estaba la Marianne jovencita, la de los excesos, la mujer madura, la trabajadora incansable, la rubia intensa. Y todo lo vivido detrás de cada una de esas etapas. Ahí, sobre el escenario del Jovellanos, casi al alcance de la mano temblorosa (por la emoción). El mismo atuendo, la misma melena rubia (quizá un poco más larga), la misma voz, casi las mismas canciones. Tan lejos, tan cerca, Marianne.
Como esas personas que el destino o la muerte nos arrebataron y que, al hilo de su voz y sus historias, regresan por unos instantes a nuestro lado convertidas en pálidas, inofensivas sombras fantasmales.
Tan lejos, tan cerca, Marianne, de aquellas primeras noches, de estas últimas. La mano, al escucharla, tan temblorosa como al principio, unas líneas más arriba y antes. Iremos envejeciendo, sí, pero ese temblor de la mano acaso nos indica que las cosas van más despacio de lo que pensamos.
viernes, 21 de octubre de 2016
Días de...
Ayer se celebró el Día de la Espondilitis Anquilosante. Mi madre padece esa enfermedad desde hace nueve años. Es una enfermedad muy dura, dolorosísima, que afecta a los huesos y a las articulaciones. Los periodos de dolor van y vienen a su antojo. Cuando se presentan, lo hacen con toda su intensidad. Las articulaciones dejan de funcionar e inmovilizan partes de su cuerpo. Caminar de una habitación a otra de la casa supone el más terrible de los esfuerzos. Este año, sobre todo de abril a agosto, ha sido tremendo. El tratamiento inicial dejó de funcionar. Había que cambiarlo y hubo que esperar al mes de agosto (colapso en la consulta, imposible adelantar la cita, por mucho que se intentó). A partir de ahí, con una nueva inyección mensual, las cosas mejoraron sustancialmente. No hay dolor. Alguna pequeña molestia, algún día, pero eso es inevitable. Con todo esto quiero decir que los Día de... deben servir para algo más que para ponerse un lacito o recordar con pena a los enfermos (mañana podemos ser cualquiera de nosotros los que padezcamos ésta o cualquier otra enfermedad incurable: no conviene olvidarlo) concienciar a los políticos sobre el dinero empleado a la sanidad y a la investigación. Si no hubiesen existido esos medios, no se habría llegado a esa potente inyección que ahora es el alivio de mi madre (y de tantas otras personas). Concienciar a los políticos y concienciar a la sociedad para que no vote a esos políticos que deciden recortar en cosas tan fundamentales para la dignidad de las personas enfermas y de quienes las rodeamos. Que las palabras, como los lazos de colores que nos ponemos en las solapas, no se las lleve el viento.
sábado, 15 de octubre de 2016
El dardo en la llaga
El otro día, en una librería de segunda mano, me encontré con un excelente libro de poemas de José Infante, 'El dardo en la llaga' (Ediciones Vitruvio). Poemas duros, veraces, críticos, sinceros, desgarradores. Poemas también de amor y de decepción, donde el condenado paso del tiempo marca el sentido de casi todas las palabras que los componen. Aquí, un ejemplo:
Ahora, cuando regresas solo, cada noche,
te miras en el espejo, como siempre.
Sin disfraces, desnudo, desahuciado.
Pero ya no buscas al muchacho que fuiste
al fondo de tus ojos. Tampoco los desastres
que el tiempo ha ido fijando en tus facciones.
Ni siquiera los restos de excesos cometidos
en la desesperanza de las horas perdidas.
No. Ahora tan sólo deseas encontrar una señal,
al menos un aviso, una pista, la prueba,
al menos un indicio seguro de que la muerte
no tardará en llegar a su esperada cita.
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