Son muchas las escritoras que llenan las estanterías de mi casa con sus libros, las paredes de mi estudio con sus fotografías, las horas del día y de la noche con sus historias. Mujeres a las que leo y releo constantemente. A las que les debo buena parte de lo que soy como hombre y como escritor. Podría poner aquí sus nombres, españoles y extranjeros, y sería sin duda un bonito homenaje, pero necesitaría diez espacios como éste para no dejar a nadie en el tintero. Sirvan estas breves palabras como recuerdo y agradecimiento a todas ellas. Las mismas palabras que escribiría mañana y pasado mañana y dentro de un mes, de un año o de siete.
lunes, 15 de octubre de 2018
domingo, 7 de octubre de 2018
Aplausos
Sonaban los aplausos. Y yo pensaba que cuando ninguno de nosotros esté ya por aquí, siempre habrá un adolescente encerrado en su habitación sintiendo que Lorca escribió aquellas palabras para él, sólo para él. Y quizá ese adolescente se convierta en un hombre que escribe y se suba una noche a un escenario y sepa que los aplausos que le dedican a su trabajo también le pertenecen a su madre, sentada en la primera fila, porque, entre otras muchas cosas, jamás le negó ninguno de los libros que le pidió, y siendo honestos habría que decir que nunca fueron pocos.
Sonaban los aplausos, en el Club de Prensa, y eso siempre es reconfortante. Lo es porque el aplauso sincero es un reconocimiento al trabajo bien hecho. Y no hay mayor satisfacción después de las horas de preparación, de ensayo, de esos nervios que siempre aparecen aunque todo esté atado y bien atado. Sonaba Lorca y yo no podía pensar más que en ese tiempo en el que tanto disfruté con su obra. Lorca estaba allí, en la calle que ahora lleva su nombre. Lorca en la calle de Lorca. Lorca estaba en las palabras previas que pronuncié, en la voz de Azucena Vence, en la música de Richard García. En el silencio con el que el público escuchaba con entusiasmo y emoción y exquisito respeto las palabras del poeta. Casi como si aquellos hombres y aquellas mujeres descubriesen por primera vez la genialidad de ese escritor que se merece cada calle, cada plaza, cada rincón, que le dediquen en cualquier esquina del planeta.
sábado, 6 de octubre de 2018
La calle de Lorca
Cuando empezó a fraguarse este proyecto, La calle de Lorca, parecía lejanísimo aquel 6 de octubre que señalábamos en los calendarios. Y así, como el que no quiere la cosa, hemos llegado a la fecha en cuestión. Ha sido uno de esos trabajos donde la magia ha estado presente desde el primer momento. Volver a leer buena parte de la obra de Lorca, la selección de los textos (que tenía bastante clara desde el principio, todo hay que decirlo), los ensayos en casa con Azucena Vence y los ensayos posteriores con ella y con Richard García, el hombre del piano. Todo está preparado para esta noche, para que la voz de Lorca se pueda escuchar en esta edición de la Noche Blanca.
En mis agradecimientos, Vence y García están presentes, naturalmente. Y también el Club de Prensa de La Nueva España y sus responsables por abrirnos las puertas de su casa. Y, por supuesto, mi agradecimiento a Jose Castellano, por la confianza y la libertad que me dio desde el principio, desde aquella lejana mañana en la que nos reunimos.
Sólo queda decir lo que ya sabéis: ¡Os esperamos! A las 20 y 21 horas. Dos pases con diferente contenido.
martes, 2 de octubre de 2018
El hombre que se parecía a Charles Aznavour
Era de noche. Bebíamos vino blanco en una terraza de París. A nuestro lado, un hombre y una mujer se besaban apasionadamente. Él era bastante mayor que ella. Los dos eran atractivos. Bueno, él era atractivo y ella era guapa. Muy guapa. Y muy francesa, naturalmente. También bebían vino blanco. Iban por la segunda botella. Estaban borrachos y hablaban sin parar. Nosotros no nos besábamos porque somos bastante tímidos para hacer según qué cosas en público, qué le vamos a hacer, pero escuchábamos aquellas palabras en francés. (Aprender francés: esa asignatura pendiente). Y de pronto, comenzó a sonar la música. Un hombre bajito apareció al fondo, detrás de una especie de escenario que había junto a la barra instalada en la terraza y empezó a cantar. No era Charles Aznavour pero se parecía mucho a Charles Aznavour. Y cantaba sus canciones. Podría parecer una instantánea de una de esas películas donde todo acaba bien, pero el filo de la madrugada le daba un aire inquietante al asunto. Pensé en alguna historia de Claude Chabrol, pero inmediatamente dejé de pensar en esa historia porque las canciones de Aznavour no encajan muy bien en las películas de Chabrol. O eso creo. Seguimos escuchando las canciones de Aznavour en la voz de aquel hombre que no era Aznavour pero que se parecía asombrosamente a él. A pesar de estar en verano, una bruma comenzó a deslizarse a través de aquella instantánea. Aquella pareja seguía besándose, incluso cuando aquel hombre que no era Aznavour se acercó a ellos entonando una canción de su repertorio. ¿Qué vida se escondería detrás de aquel hombrecillo que cantaba en una terraza de madrugada? Me pregunté eso y me pregunté también dónde estaría el auténtico Aznavour en aquellos momentos. Y luego ya no me pregunté nada más. Ayer, cuando me enteré de la muerte de Charles Aznavour, recordé esta historia. Y pensé dónde podría estar aquel hombre que, en medio de la bruma nocturna parisina, le imitaba con tanto acierto y aquel aire de desamparo.
domingo, 30 de septiembre de 2018
Fotografiando cines cerrados
Y ahí, detrás de todo eso, en un tiempo que no resulta tan lejano como parece, se escribieron sueños, se trazaron historias, se acumularon sensaciones. Ahí, detrás de todo eso, en ese tiempo que aún no se ha perdido en la memoria, hombres y mujeres de todas las edades supieron que en la oscuridad de esas salas podían caber otros mundos. Todos los mundos posibles. Y, durante dos horas de una tarde cualquiera de la semana, esos hombres y esas mujeres participaron de un cúmulo de emociones que difícilmente hubieran podido experimentar en otro lugar. Ahí, detrás de todo eso, está trazado un mapa de realidades y ficciones que ni siquiera la demolición del edificio podrá destruir.
A la vista, sólo queda la definición de estos tiempos.
sábado, 29 de septiembre de 2018
Mercadillos de Mieres
Mi infancia también es un mercadillo de Mieres. Flores y libros viejos, quesos y embutidos, frutas y patatas nuevas, legumbres y bacalao, ropa resultona y bisutería de otro tiempo. Y ese cupón que nos va a hacer millonarios, y este sol que ya no es el sol del verano, sino el sol de principios de otoño, a escasos días de un nuevo cumpleaños, y quién sabe lo que trazará el destino.
miércoles, 19 de septiembre de 2018
Gena y las cortinas de la bañera
Hace dos semanas compramos una cortinas para la bañera. Pues bien: ya están rotas. Después de varios días lanzándose (y balanceándose) como Tarzán por ellas, Gena ha conseguido hacerle un hermoso agujero justo en el centro, como si hubiese tomado medidas para ello. Entras en el baño y lo primero que ves es el agujero de la cortina. La riñes, le dices eso no, no es no, Gena, y se va muy digna, con cierta chulería y cara de no sé muy bien de qué me estás hablando. Das media vuelta y ya puedes escuchar cómo vuelve a emular a Tarzán. Entras de nuevo en el baño, no es no, Gena, etcétera, etcétera, etcétera.
Y así vamos haciendo la mañana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)