miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un cesto de castañas

El cesto está ahí, en un rincón de la terraza, en la casa de mis padres. Una amiga de mi madre las ha traído del pueblo donde vive y se las ha regalado. Un cesto con un montón de castañas. El sol del mediodía apenas puede calentarlas. Es un sol helado que deambula por un cielo inestable y algo triste. Pronto se irá la luz, pese a los esfuerzos de ese sol de noviembre por mantenerse en lo alto.  Nunca me han gustado las castañas: ni crudas, ni asadas, ni cocidas. Sin embargo, el olor cuando están en el horno sí me gusta. Viendo ese cesto, en un rincón de la terraza, puedo sentirlo. El olor de las castañas asándose en el horno, en diferentes épocas de mi vida, en diferentes cocinas. No sé qué acabará haciendo mi madre con ellas (a ella sí le gustan, asadas), no se lo he preguntado. Ahora están ahí, en un cesto, en un rincón de la terraza, levemente acariciadas por ese sol frío. Este sol mentiroso de noviembre.
Pero yo, por unos instantes, ya no estoy en esa terraza, la de la casa de mis padres. Estoy con mi madre en otro pueblo, el de los abuelos paternos, muchos años atrás, paseando por el bosque de castaños que había cerca de aquella casa pintada de amarillo. El abuelo está muy enfermo ya. Y hoy, inesperadamente, pese a lo apacible de su carácter, se ha enfadado. Acaba de ver a aquel niño, su nieto, yo, jugando con la muñeca de su hermana (aquella Nancy rubia que a ella, a mi hermana, no le hacía ninguna gracia y que llevaba a la casa de los abuelos sólo porque yo se lo pedía), y eso le ha puesto de muy mal humor. Ha dicho cosas que no comprendo muy bien. Cosas tremendas. Y lo ha hecho en un tono de voz muy alto, muy diferente al habitual, hasta el cigarrillo que siempre lleva entre los labios se le ha caído al suelo. Los niños no juegan con muñecas, coño. Algo así ha dicho, de muy malos modos. Y el nieto, que siento devoción por él, se ha asustado. Es mi madre la que dice que nos vamos a ir de paseo, que no le haga caso, que son cosas de la enfermedad. Ya se le pasará, dice ella, mi madre, cuando nos vamos alejando de aquella casa pintada de amarillo y nos adentramos en el bosque. Recogemos unas cuantas castañas. Es divertido esquivar las castañas que se amontonan en el suelo para no resbalar y caerse. Luego, si la abuela nos deja, las asaremos en el horno, susurra mi madre. Ya verás, añade, como al abuelo se le ha pasado el enfado. Los niños no juegan con muñecas, coño. Esas palabras, incomprensibles para mí a esa edad, resuenan en mi cabeza y tengo ganas de llorar. La tarde ya no es la misma. Algo -aquellas palabras- la ha enturbiado. El abuelo nunca se había puesto así. Tardaría aún algún tiempo en comprenderlo. Cuando él, desgraciadamente, ya no estaba por aquí. Aquellos cigarrillos, decían, habían acabado con él. Sí, eso decían todos. El abuelo Pepe. El abuelo que siempre llevaba boina y que fumaba a escondidas de la abuela, yo le había visto unas cuantas veces. No le digas a la abuela que me has visto con el cigarrillo, ella no lo entiende, decía, ya  sabes, cosas de mujeres... Tranquilo, abuelo, no diré nada. Y seguíamos recogiendo higos o ciruelas, según la temporada. Aún puedo sentir el olor de aquel tabaco negro y ver aquel paquete de Ducados que sobresalía, si te fijabas un poco, del bolsillo de su pantalón.
Yo entendía al abuelo, pero él no me entendía a mí. ¿Por qué no podía jugar con aquella muñeca? ¿Qué había de malo en ello? Qué extraños eran los adultos, pensé en aquel bosque, aunque no le dije nada a mi madre, que intentaba distraerme con cualquier historia para que me olvidara de las palabras del abuelo, de su reprimenda al verme jugar con aquella muñeca, la Nancy rubia a la que mi hermana no le prestaba la más mínima atención.
Ya no estoy en aquel bosque. He vuelto a la terraza de la casa de mis padres. Pero las palabras del abuelo -los niños no juegan con muñecas, coño- aún están en mi cabeza. Hoy han regresado. Con un cesto de castañas ha sido suficiente para recordarlas. Un puñado de castañas que, como una delicada línea, unen, de repente, aquel año, tan lejano, con éste, que, a velocidad del rayo, ya se está agotando.
 

3 comentarios:

  1. Me encantan las castañas, crudas, asadas o como sean, y también tengo bastantes recuerdos asociados a ellas. Afortunadamente somos muchos a los que no nos importaría que nuestros nietos o nuestros hijos jugaran con muñecos, lo malo es que todavía creo que son más quienes opinan como tu abuelo, y lo peor de todo es que ellos, no están enfermos ¿o quizás sí? Buenos días!

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  2. Si hay un olor fantástico que me traslade a otro tiempo es el de las castañas asadas. También podría decir el de las manzanas asadas, pero ese es menos típico del otoño. En casa de mis padres, que siempre será mi casa por otras muchas casas que tenga o en las que viva, mi madre y nosotros, mi hermano y yo, asábamos castañas encima de la cocina de carbón y aquella lumbre, impensable ahora para nuestros niños, o bueno, impensable para la mayoría, pues cada vez quedan menos cocinas de carbón en los pisos, ambientaba nuestras tardes a la vuelta del cole. Los deberes, la merienda, aquel pan con chocolate de hacer (que nunca entendí porque nos lo daban para comer con pan si era para beber), mi madre cosiendo y la radio encendida ¿Cómo podíamos estudiar en la cocina y con ruido? Pues lo hacíamos y nosotros dos no lo hacíamos nada mal. A mi me encantan las castañas, tan abundantes en nuestros montes y como bien decía alguien hoy en Facebook "que tanta hambre quitaron" me importa muy poco que engorden, una vez al año o dos, tampoco será lo peor que comemos, ni lo que más engorde... Mi abuela Elena las tenía muchas veces, ella las cocía y las comía con leche.
    Benditas castañas, fruto humilde y abundante de nuestros bosques, y benditos recuerdos, ¡por Dios, qué nadie nos los robe!

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  3. Ahhhh y de lo otro, siento tu dolor cuando cuentas esas experiencias ya lejanas, nos queda mucha lucha. Lo malo es la falta de respeto al diferente. Pero a seguir luchando. Un beso

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