Lo leí esta madrugada, de un tirón. `Chicolate espeso´, de Esther Prieto (Ediciones Trabe). Historias cortas que a veces son una caricia, y otras un zarpazo. Caricias y zarpazos. Como la vida misma: la de ahora y la de entonces, cuando fueron escritos para el semanario Les Noticies, ya desaparecido. Sólo perdura la literatura que se escribe para los periódicos si se trata de buena literatura. Es el caso que nos ocupa. Las cosas cotidianas, la política, el asombro por lo que está pasando desde hace años, la protesta, la poesía, los desengaños, y los aires y los paisajes de esta tierra nuestra, Asturias, que, como estas pequeñas historias, nos da una caricia o un zarpazo, según le venga en gana. Pero que sigue siendo, pese a todo, nuestro refugio, nuestro referente, nuestra trinchera. El lugar donde nos reconocemos y donde reconocemos nuestras raíces (ah, aquellos años de juventud). Simplemente. Lo que fuimos y lo que somos. Lo que el tiempo quiso hacer con nosotros, o lo que nosotros le dejamos hacer, que nunca se sabe muy bien. Escribe, Esther, de modo directo y claro, sin retóricas. Con un lenguaje que, acaso, es el lenguaje de una mujer que escribe poesía, que va por la calle distraída (como nos cuenta), a su aire, pensando en versos o en palabras sueltas que ahuyenten los miedos, las injusticias, los temores. Palabras que llegan a convertirse en versos o palabras que el viento se lleva de modo inesperado. De un modo u otro, palabras que habrán servido para unos instantes de evasión, para vencer el insomnio o para dulcificar durante unos minutos los zarpazos que se presentan sin avisar y que nos asaltan a traición. Esos instantes -la literatura, al fin- que, sin temor a exagerar, a ratos nos salvan la vida.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
lunes, 28 de septiembre de 2015
Palabras del periodista Iván Alonso sobre `Corrientes de amor´
"En los autobuses, en medio del otoño, en Navidad o en Londres hay corrientes de amor que de repente unen a las personas desconocidas con su energía haciéndolas inseparables e inolvidables. El nuevo libro de relatos de Ovidio Parades investiga esas corrientes, las pone al descubierto y traza un mapa del amor urbano en estos tiempos."
`Corrientes de amor´, mi nuevo libro (de relatos), estará a la venta los próximos días. Si alguien desea recibirlo por correo (gastos de envío gratuitos durante las primeras semanas), sólo tiene que llamar a Ediciones Trabe (985 208 206) o enviar un correo a samuel@trabe.org
sábado, 26 de septiembre de 2015
Está pasando
Estoy en una librería de segunda mano. Es viernes y son casi las ocho de la tarde. Hay muchos títulos interesantes, bien conservados y a buen precio. Llevo un rato ahí, hojeando, decidiendo qué libros me voy a llevar y cuáles tengo que dejar. El librero está a sus cosas, silencioso. De repente, un padre joven (bastante más joven que yo), atractivo, vestido con ropa informal y cara, entra en la librería con sus tres hijos. Los dos mayores (niño y niña) tendrán ocho o nueve años y el pequeño, subido a los hombros de su altísimo padre, dos o tres. Los mayores se dirigen de inmediato a la sección infantil y juvenil. Se ve que ya la conocen, que ya han estado más veces en esa librería. Hablan entre ellos y disfrutan descubriendo nuevos títulos. Me reconozco de inmediato en esos niños. Yo también era así a su edad. Las librerías empezaron a ser muy pronto una especie de paraíso. El padre apura a la niña: venga, venga, pregúntale al señor por el libro que necesitas para el colegio. La niña dice el título. El librero niega con la cabeza y la niña continúa hojeando los libros de la sección. Tanto ella como su hermano disfrutan con ello. El padre les dice que dejen eso: venga, venga, que hay que ya es tarde, que ya es hora de irse para casa, bañarse y preparar la cena. Los niños protestan: quieren seguir allí, hojeando libros, leyendo las primeras páginas de esos libros que aún no tienen. La niña dice con voz melosa: Papá... Y el padre la interrumpe, sabiendo lo que la niña le va a pedir: un libro. No, dice tajante. Vámonos ya, exclama con seriedad. La niña y su hermano protestan, se enfurruñan. El padre ya está en la calle. Los niños salen de la librería: enfadados, medio llorosos, desencantados. Su único deseo era estar un rato más allí, en la librería, descubriendo libros.
El librero y yo nos miramos. Creo que los dos pensamos lo mismo: ¡Con la cantidad de padres que tienen que forzar a sus hijos en la lectura! Aún recuerdo las historias de muchas madres desesperadas que venían por las librerías en las que trabajé y que no sabían ya qué hacer para que sus hijos cogiesen un libro. El librero y yo no pronunciamos ni una palabra porque hay expresiones que ya lo dicen todo. Tengo la sensación de que no se trata de otra batalla perdida, sino de que, entre unas cosas y otras, estamos empezando a perder la guerra.
miércoles, 23 de septiembre de 2015
La mujer del tren
La mujer está esperando, delante de nosotros, a que el tren se pare para bajarse de él. Tendrá unos sesenta años, un cuerpo menudo y un intenso olor corporal. Viste un abrigo de tonos grisáceos y su pelo está cubierto con un pañuelo negro. Lleva cinco viejas y pesadas maletas: cada una de ellas cerrada con un diminuto candado plateado que contrasta con el tamaño de las propias maletas. Cuando el tren se detiene, mueve todo ese equipaje con dificultad. Sólo una de las maletas tiene ruedas. Pese a que somos varias las personas arremolinadas en torno a la puerta, nadie le echa una mano. Nosotros lo hacemos. En el andén, con un carrito para el equipaje, la está esperando un trabajador de la estación. Es un chico joven, sonriente, que parece contrastar datos en el móvil. A la ciudad están llegando los primeros refugiados. Antes de irse, la mujer busca mi mirada y me dice gracias en francés. Su voz es dulce y cristalina. Tiene los ojos vidriosos. Sólo dice eso: Merci. Y yo -creo que por primera vez en mi vida- no puedo decir nada. De hecho, no decimos nada hasta un buen rato después, cuando dejamos atrás la estación y el sol calienta tibiamente nuestras cabezas como en aquellos septiembres en los que nuestra única preocupación era volver al colegio después de las vacaciones.
martes, 22 de septiembre de 2015
La tan comentada fotografía
La fotografía. La tan comentada fotografía. Mariano Rajoy y su esposa posan con Javier Maroto y su marido, recién casados. Sin ironías, sarcasmos ni rencores: veo positiva esa instantánea. Maroto ha hecho lo que tenía que hacer -vivir libremente su vida, dejar los armarios para la ropa y casarse con quien considera- y a Rajoy no le ha quedado más opción que aceptar su posicionamiento. Veo esa fotografía y pienso que la derecha más retrógrada y los "roucos" de turno tienen que estar rasgándose las vestiduras, y también pienso en Pedro Zerolo, en Zapatero, y en tantas y tantas personas, conocidas y menos conocidas, que llevamos años luchando para que ese señor, Maroto, esté ahí, en esa fotografía, recién casado con su marido, y que ese otro señor, Rajoy, que un día criticó y recurrió la ley del matrimonio homosexual, le acompañe.
lunes, 21 de septiembre de 2015
`Ma ma´: fundido en azul
Una niña rubia de cinco años camina por los parajes helados de Siberia. Ése es el poético e inquietante comienzo de `Ma ma´. Aún no lo sabemos pero esa niña rubia de cinco años, caminando por esos parajes helados o flotando sobre las cálidas aguas de un mar de verano, será la metáfora que atraviese toda la película de Julio Medem. La vida -como aquel dique contra el Pacífico de la novela de Marguerite Duras- contra la muerte. La vida que, a pesar de desarrollarse en un cuerpo brutalmente herido, consigue salir adelante: balbucear, sonreír, mantener muy abiertos los ojos (esos ojos grandes y expresivos que heredará de su madre). Como también lo hacía la protagonista de aquella obra maestra de Krzysztof Kieslowski , `Azul´, única superviviente del accidente automovilístico en el que moría su familia y que le ganaba la partida a la muerte (numerosos fundidos en azul y tintineos musicales que remitían siempre a ese color). O, aunque sólo fuese por unos instantes confusos y extraños, lograba mantener los ojos abiertos -ojos también grandes y expresivos, los ojos de Najwa Nimri- Ana, la novia de Otto, en la que probablemente sea la mejor película de Julio Medem hasta el momento, `Los amantes del Círculo Polar´ (más fundidos en azul, también parajes helados y precisos tintineos musicales).
No desvelamos nada si decimos que a Magda, la protagonista, le diagnostican un cáncer en el pecho. Y tampoco desvelamos nada si decimos que a partir de ahí, de ese diagnóstico, atravesará todos los estados emocionales posibles. La rabia, el dolor, la impotencia, la resignación, el optimismo. Sí, el optimismo. La propia Penélope en una de las entrevistas promocionales ha dicho que el optimismo no es algo superficial y que hay que tener muchos cojones para practicarlo y defenderlo. Y, aparte de estar de acuerdo con esa afirmación, son esas palabras, precisamente, la clave de esta película que, pese a lo terrible del tema que trata, tiende más a la luminosidad que a la tragedia. El optimismo para enfrentarse al dolor. Eso no quita, como es lógico, que la película esté repleta de momentos muy emotivos, dado el viaje que la enfermedad emprende en su cuerpo y las circunstancias que irán rodeando a ese viaje. Para ello, para ese viaje terrible en el que se ha optado a pesar de todo por el optimismo, se necesitaba a una gran actriz. Ahí está, Penélope Cruz. El rostro de la actriz ha cambiado. No ha envejecido: ha cambiado, simplemente. Y con el cambio ha dado un paso adelante como actriz. A través de ese rostro, asistimos a todos los estados de ánimo por los que atraviesa el personaje hasta alcanzar ese optimismo que no es, como la propia actriz ha señalado en esa entrevista, algo superficial sino más bien todo lo contrario. Hay que conocer algunos infiernos para llegar a valorar y asentarse en ese optimismo. Hay que haber aprendido mucho para salir airosa de ese pequeño monólogo que su personaje graba con el móvil. No creo exagerar si digo que la actriz realiza uno de los grandes trabajos de su ya extensa carrera. Todo gira alrededor de ella, sí, pero, para ser justos, también hay que señalar que está muy bien arropada por los trabajos, diferentes y complementarios entre sí, de Luis Tosar y Asier Etxeandia.
La música, esencial en las películas de Medem, vuelve a encontrar en Alberto Iglesias un cómplice excepcional. Esa música que arropa en el dolor, que calibra el optimismo, que acompaña a la niña rubia de cinco años por los parajes helados de Siberia. Esa niña rubia que, atrapada en metáfora y fotografía, es la brújula imprescindible de este hermoso y sereno viaje.
(Este artículo fue publicado en El Huffington Post).
martes, 15 de septiembre de 2015
Amistad
Y de repente, como en tantas otras ocasiones, nos sorprendió la noche. Así viene sucediendo desde hace más de veinte años. Años en los que, como a todo el mundo, nos ha ocurrido de todo. Momentos de risas, como los que se quedan atrapados en las fotografías que conservamos, y momentos de menos risas, que mejor nos los guardamos para nosotros. La complicidad con las personas ni se busca ni se puede inventar: existe o no existe, y punto. Y con ella, Araceli, viene existiendo desde aquel tiempo en que éramos muy jóvenes los dos y buscábamos sin descanso: la diversión, las palabras, los amores, las oportunidades... Todos esos momentos -de risas y de menos risas- que conforman nuestras biografías. Nuestras tardes y amaneceres en común, que no son pocos. Nuestra amistad. Seguiremos haciéndolo, dejando que la noche nos sorprenda, esquivando todas esas trabas que la vida -tan puñetera, tan puñetera- nos impone, bebiendo copas de vino, riéndonos hasta de nuestras propias sombras. Como la otra noche.
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