Viernes. El último de agosto. Salgo, como cada mañana, sobre las nueve para caminar alrededor de dos horas. Ha refrescado. Ya se va notando por aquí la agonía del verano. Ese sol frío que intenta abrirse paso entre nubes y árboles. El hombre que todos los días está sentado en un banco del parque y que imagino que duerme en un albergue o en un piso que tiene que abandonar temprano, hoy está en la terraza de un bar que todavía permanece cerrado comiendo una lata de sardinas con un pequeño bollo de pan. No tiene bebida, pero no me atrevo a ofrecerle un café porque nunca lo he visto pidiendo. Quizá pueda sentirse ofendido.
Un poco más allá, un hombre le cuenta a una mujer que su esposa no sale de casa desde que está en silla de ruedas. La mujer dice que la vida es un regalo, que se anime. El hombre dice gracias y pone cara de que estamos ante un empeño imposible.
Dos jóvenes juegan al baloncesto (sus playeros están destrozados), tres mujeres mayores caminan a buen ritmo y hablan de sus últimas lecturas, una pareja muy joven arrastra con desgana el carrito de un bebé.
Pronto llegará el alboroto de los autobuses escolares. Los ciclos siempre se repiten.
No ha sido el mejor verano de mi vida, por diversas razones. Pero he escrito un poema que creo que merece la pena (el tiempo dirá), un texto para la contraportada del próximo libro de un amigo y escritor admirado, otro texto para el libro colectivo que organiza otro amigo escritor, y continúo con mis nuevos cuentos. Poco a poco. Ya no hay prisa por nada. He leído unos cuantos libros y visto otras tantas películas. No ha estado mal.
Espero con ganas los nuevos libros de António Lobo Antunes, Javier Marías, Colm Tóibín y Deborah Levy.
Pienso que en menos de dos meses será mi cumpleaños. La ausencia sigue siendo devastadora. Huyo del ruido, busco libros de segunda mano, cuido de mi familia, cocino lo justo (me cansa mucho últimamente), me adapto a la nueva casa. Llega septiembre. Sigo caminando.
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