sábado, 22 de agosto de 2026

La rotundidad de Ana Belén

Decadencia en 'Islas', la nueva película de Marina Seresesky. La decadencia de unos lugares que conocieron tiempos mejores y de unos personajes que ya poca gente recuerda. Esas grandes actrices (también actores) que, por el motivo que fuera (la edad, el retiro, la vejez, determinadas circunstancias...), van quedando perdidos en la memoria del público. Ahí sitúa la directora argentina, a través del personaje de Ana Belén, esta historia. La actriz que se mira en el espejo y su rostro queda congelado en él. En lo que en su momento fue. Una diva, sin duda. Una Blanche Dubois, una Baby Jane, una Gloria Swanson (imposible no recurrir a estos ejemplos). Incluida la emblemática confianza depositada en la bondad de los desconocidos, Tennessee Williams mediante. De hecho, la diva se esfuerza por atrapar ese último tranvía, aunque no sea el del deseo. 


El hotel que fue de lujo y ahora es un pálido reflejo de sus mejores épocas, es también un fiel retrato de la decadencia. Unas escasas presencias fantasmagóricas que más parecen maniquís (incluso figuras de cera de una película de terror: las niñas de 'El resplandor', sin ir más lejos, basadas en las niñas de la fotografía de Diane Arbus) que clientes. Las también escasas personas de servicio. El ascensor y el teléfono averiados. Y ese escenario donde antes actuaban grandes estrellas y ahora un pobre hombre sin suerte canta para que los maniquís echen unos bailes entre copazo y copazo. Bailas, bailad, malditos, hasta que podáis o reventéis. 

Y Ana Belén, claro. La actriz madrileña se agarra a su personaje como si se tratase del último que fuese a interpretar en una película. Lo borda, de principio a fin. La voz más honda de su habitual, los ojos maquillados como Romy Schenider en 'Lo importante es amar', los movimientos del cigarrillo y la copa del Manhattan o del champán, la fragilidad, el miedo, la enfermedad, los recuerdos... Una interpretación de alto nivel. De alguien que conoce de lo que se está hablando y que muerde donde más duele, casi hasta hacer sangre. Ana Belén deja de ser Ana Belén para meterse en la piel -pletórica o abrasada por las derivas de la vida (más bien esto último)- de esta otra niña prodigio, que pudiendo ser ella no lo es. Y ahí está la gracia y la grandeza de su impecable trabajo. 

Nadie dijo que la vida concediese demasiadas treguas. 

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