Cuando algunos llegamos, cuestión de edad, Luis Antonio ya estaba allí. Sentado en el mismo lugar que ocuparía durante todas las noches de aquella juventud que se prolongó lo suyo. Elegante, sonriente, seductor, un punto sofisticado y otro punto misterioso. ¿Qué malo podría pasar si él estaba allí y Yolanda al principio de la barra? Si alguna voz fuera de lugar nos hacía llegar desde la calle sus improperios, él, ajeno a todo aquello y sin perder la compostura, se encajaba las gafas, bebía un sorbo de la copa y se reía con más fuerza de lo normal, sin perder el aplomo ni la elegancia. La música, que también se elevaba, quizá ante un gesto de la propia Yolanda (movimiento de mano, movimiento del vaso ancho del whisky, movimiento de aquel pañuelo morado que por entonces lucía habitualmente), hacía el resto.
jueves, 13 de agosto de 2026
Luis Antonio Suárez
La risa y la música, como siempre, contra la estupidez y la maldad humanas. Y a otra cosa, que era lo nuestro y para algo estábamos donde estábamos. La Santa, nuestro Studio 54 particular, principios de los 90. Y la noche, entre esto y lo otro, pasaba volando. No había tiempo que perder. Qué ingenuos. El tictac demoledor vendría después, cuando la noche dejó de ser nuestra y los años empezaron a correr a toda velocidad. Y así siguen, imparables. Demos esa batalla por perdida.
Luis Antonio, aparte de su figura en aquellas noches legendarias, dejó un legado cultural importante en esta ciudad. Por todo ello será recordado. Al menos, por quienes estuvimos allí, descubriendo el mundo y descubriéndonos a nosotros mismos.
Que la música, sea la que sea a estas alturas de nuestras cicatrices particulares, no deje de sonar. Creo que eso es lo que a Luis Antonio le gustaría.
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