jueves, 11 de junio de 2026

Glenn Close y el Oscar

Hay actrices que, al margen de tener una excelente carrera plagada de gloriosas interpretaciones, serán inicialmente recordadas por una recreación que va más allá de cualquier adjetivo que intentemos otorgarle. En ese selecto grupo de prodigios interpretativos podemos poner a la Bette Davis de "Eva al desnudo", la Shirley MacLaine de "El apartamento", la Romy Schneider de "Lo importante es amar", la Gena Rowlands de "Opening night", la Kathleen Turner de "Fuego en el cuerpo", la Jessica Lange de "Frances", la Susan Sarandon de "Thelma y Louise", la Victoria Abril de 'Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto' o la Carmen Maura de "La ley del deseo". Las actrices dejan de ser actrices para convertirse en esos icónicos personajes. Serán ya para siempre esas mujeres en nuestra cinéfila memoria. A ese selecto grupo (podría recordar más nombres, desde luego), se debe añadir el de Glenn Close y su interpretación en "Las amistades peligrosas". Un año antes de ese milagro (toda la película es en sí misma una obra maestra: se convirtió en un clásico nada más estrenarse), la actriz se había dado a conocer al gran público por su interpretación en "Atracción fatal". Un papel, por cierto, que habían rechazado previamente otras actrices muy famosas. Por entonces, no era demasiado conocida. Había hecho varios papeles secundarios (por los que fue nominada al Oscar) y bastantes obras de teatro en Broadway y en el "off" Broadway. Ella misma reconoció que recogía los papeles que Meryl Streep rechazaba. A partir de entonces, las cosas cambiaron. Tras verla en la piel de aquella malévola marquesa (ese final, con el rostro desmaquillado de Glenn, certera metáfora de la soledad y el ridículo que le aguardaba a su personaje es uno de los más sublimes de la historia del cine), todo el mundo se preguntaba dónde había estado metida durante tantos años aquel pedazo de actriz. Comenzó a hacer papeles importantes en el cine, regresó de cuando en cuando al teatro (al musical y al otro), se refugió en buenos productos televisivos cuando llegó el momento, ganó algunos premios y se quedó siempre a las puertas del Oscar. Ahora, por fin, recibirá el Oscar de honor. Un Oscar es un Oscar es un Oscar, pese a todo. Lo recogerá con su porte elegante, con su atractiva y cercana sonrisa, y rememorará -imagino- todas aquellas veces que se quedó sin un papel, las escaleras que tuvo que subir mientras veía cómo otras con menos talento alcanzaban la gloria, las caras de alegría que puso en cada ceremonia al ver cómo otras actrices le arrebataban una y otra vez la estatuilla más codiciada. Y recordará -estoy seguro- aquella noche en la que ella misma le entregó el Oscar honorífico a Deborah Kerr, y algo hacía intuir que a ella, ya con cinco nominaciones a las espaldas (incluida la interpretación de la célebre marquesa), iba a ocurrirle algo similar. Por ella, como siempre, va nuestro aplauso. 

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