sábado, 13 de junio de 2026

El pañuelo de mi madre

Mi madre tenía muchos pañuelos, bufandas, fulares. Los que se compraba, los que le regalábamos. Eran prendas que, más allá del toque de distinción, le servían de abrigo para el frío que siempre atenazaba sus huesos. Sus últimas semanas de vida, utilizó siempre el mismo, a medio camino entre el pañuelo y la bufanda. Se podía poner por ambos lados. Por uno, de color azul. Por el otro, con un estampado de leopardo. La típica prenda que quedaba bien con todo. Siempre le decía cuando iba a recogerla a casa, te busco otro en el armario si quieres, pero ella quería ese, no importaba que fuéramos al médico, a desayunar o a tomar el vermú. Cuando se murió, me quedé con él. Lo guardé en un cajón y, de vez en cuando, cuando me sentía con fuerza, lo abría y lo tocaba. Aún conservaba el aroma de su colonia fresca. Aún está ahí. 

Mi madre cumpliría hoy 77 años. Los días de su cumpleaños eran días de mucha fiesta porque a ella le encantaba celebrarlos. Salíamos temprano de casa y regresábamos, si el tiempo lo permitía, tarde. Esos días en los que eres consciente de algo parecido a la felicidad. Risas, recuerdos, anécdotas, fotografías. Toda la familia alrededor de aquella nueva cifra. Otra botella de vino, las velas, los regalos, la tarta y el helado. A ella, los regalos no le interesaban demasiado. Lo importante era estar juntos. Vivos y juntos. Todo lo demás era accesorio. Todo lo demás es accesorio. 

Esta madrugada, a vueltas con el insomnio, he sacado el pañuelo del cajón. Y, como si tuviera una tiza invisible, escribí sobre él con los dedos un siete y otro siete. Marcas fantasma. Asideros. Tonterías. Soy consciente. 
"Es tarde, muy tarde; / demasiado tarde para bailar. / Aun así, canta lo que puedas. / Enciende la luz: sigue cantando, / canta: Sigue.", escribe Margaret Atwood en uno de sus últimos poemas. 

Levanto la persiana, entre la luz de un sol madrugador, pero hoy no puedo cantar: continúa siendo todo muy extraño. 


  

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