Qué curiosa y perversa es la vida. San Juan, en la infancia, era el día que íbamos a Mieres, a tomar el vermú y comer con los abuelos. Primeros calores del verano, pantalones cortos, propinas jugosas del abuelo, el sabor de las aceitunas y el Bitter Kas. Luego, tarde de feria, atracciones capitaneadas por gitanos guapos -el Winston siempre entre los labios y los dedos, y el flamenco-pop a todo volumen- y rodajas de coco. La vida por delante.
San Juan, en la juventud, eran hogueras que quemaban casi tanto como los cuerpos, noches de bailes, risas, copas y amistad -escribe en un papel todo lo malo que ha ocurrido este año y quémalo, decía aquel amigo, aquella amiga-, y amaneceres imprevisibles repletos de descubrimientos. La vida en toda su plenitud.
San Juan, hasta hace unos años, como a mamá le gustaba la tradición y conservaba en la memoria el recuerdo de aquellos tiempos con sus padres, comidas en familia y largas sobremesas. La vida ya como incógnita, aunque nos resistiésemos a despejarla.
San Juan de 2023. Interior de un hospital. Blanco impecable y profunda amabilidad y humanidad del personal sanitario. Dolor que agarra sin piedad, nublando cada instante. El día que me despedí de mi madre. El día que todos los pájaros desaparecieron de los cables. Y según qué cosas, al igual que ella misma, desaparecieron para siempre.
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