Si cierro los ojos en estas madrugadas frías y sobrecogedoras, aún puedo escuchar la voz de mi madre. Mi madre tenía una voz alegre que ni la enfermedad logró arrebatarle. Esa es la voz que yo escucho cuando todo está en silencio y dejo de leer o escribir por unos instantes. Y que, en días como hoy, decía qué bien huele en la cocina, qué música es esa, qué mantel tan bonito... Esa es la voz que escucho cuando cierro los ojos y que es la voz de mi madre cuando entraba por la puerta de esta casa la última noche del año, mi preferida de todo este agotador periplo navideño. Hace dos años que escuché esa voz por última vez en Nochevieja. No sabíamos que iba a ser la última Nochevieja juntos, pero lo celebramos como si lo hubiésemos sabido porque con mi madre, y la enfermedad siempre vigilando, aprendí a hacerlo todo de esa manera. Otra lección aprendida, aunque ella no era dada a dar lecciones ni monsergas de ningún tipo. Era una mujer práctica y cariñosa, generosa y vital, que agradecía cada día en este mundo como si en realidad también fuese el último. Todo ha dejado de tener un poco de sentido desde que ella no está, pero sé que tengo una familia que me necesita tanto como yo a ella. Por lo tanto, debo avanzar en mi camino. Y eso es lo que hago: avanzar. Unas veces con más facilidad que otras, pero los superhéroes sólo existen en las películas. Y, a diferencia de aquella maravillosa película de Woody Allen, nadie sale de ellas (desgraciadamente).
martes, 31 de diciembre de 2024
La voz de mi madre
domingo, 29 de diciembre de 2024
Sigrid Nunez
He leído muchos libros este año. He escrito artículos sobre ellos en El Cuaderno o los he mencionado de alguna u otra manera por aquí. Todavía no he podido leer los libros que compré en las semanas anteriores y posteriores a la muerte de mi madre (y, entre ellos, hay varios de amigos a los que aprecio y valoro). Así son las cosas que se nos escapan. Les llegará su turno en cualquier momento, no lo dudo. He leído libros buenos, muy buenos en ocasiones, pero si tuviese que señalar un descubrimiento total, uno de esos similares a los deslumbramientos de la juventud, señalaría los libros de Sigrid Nunez, a quien no había leído previamente. Puede que no sean lecturas fáciles. Puede que sea una de esas autoras a las que amas o te dejan frío e indiferente, sin términos medios. Pertenezco, como digo, al primer grupo. Y me muero de ganas de leer sus nuevas publicaciones.
miércoles, 25 de diciembre de 2024
El abuelo Tomás, treinta años después
"Tengo cinco años y voy con mi madre a ver a mi abuelo al centro de rehabilitación donde está ingresado. Las visitas están permitidas un día a la semana, supongo que serán los sábados o domingos, aunque esto no lo recuerdo con exactitud. El abuelo dice que está bien. Tiene buen aspecto, sigue siendo un hombre muy atractivo. Tiene un aire importante a Gary Cooper, aquel actor de aspecto muy masculino nacido en Montana en 1901. Hace bromas. Ríe. Me pregunta por el colegio. Nos dejan pasear por los jardines, sentarnos en los bancos, jugar en los columpios y beber refrescos de cola con una piedra de hielo y una rodaja de limón puesta con desgana."
domingo, 22 de diciembre de 2024
Los propósitos y la música
Podría pedir muchas cosas, pero sé que la única que deseo con todas mis fuerzas no me va a ser concedida ni en el más desmedido de los propósitos. La realidad siempre se impone, nos pongamos como nos pongamos, eso que vamos aprendiendo. Así que no me molesto y no pido nada. Que la vida -si puede, si sabe- me sorprenda. Hay que aprender a relativizarlo todo y dejar el mundo correr: todo eso que vas aprendiendo con los años. Tengo salud (con sus pequeñas y llevaderas historias), amor y ganas de seguir escribiendo (y gentes que desean leer eso que estoy escribiendo: no es poca cosa). Toco madera. Días duros para nuestras familias. Las sillas vacías. Pero habrá que hacer todo lo posible por seguir adelante. Y pienso hacerlo, lejos o cerca. Seguir adelante con dignidad y serenidad, también eso os deseo a quienes pasáis habitualmente por este muro. Queda, como siempre, la música.
miércoles, 18 de diciembre de 2024
Marisa Paredes, la hija de la portera
La vida se puede romper de un momento a otro. Un dolor inesperado y se baja precipitadamente el telón. Sucede todos los días, en todas las partes del mundo, a cualquier hora del día o de la noche. Todos estamos sobre esa cuerda floja, que nadie se engañe. Ayer, cuando ya estaban anunciadas las fechas para su próximo espectáculo teatral (un monólogo, 'Cargada de futuro', de la mano de su amigo Lluís Pasqual), le tocó a Marisa Paredes. 78 años. La hija de la portera, decía con orgullo. La hija de la portera, convertida ya en diosa, seguía siendo la hija de la portera. Siempre tenía el agradecimiento a su madre en la boca, en aquellos labios casi siempre pintados de rojo. Lo que viene a explicar muchas cosas, y todas ellas buenas. De jovencísima actriz hasta ese vídeo que colgó en las redes el festival de Cannes a modo de homenaje al enterarse de la noticia de su muerte. Ahí es nada. Marisa, en la interpretación, podía ser pobre o rica, feliz o desgraciada, transparente o misteriosa. Modular aquella maravillosa voz a su antojo. O al antojo de directores y poetas. Marisa, en la vida real, como le dijo Carmen Maura, podía ser la duquesa de Alba con un vestido de tres pesetas. Hay cosas -la elegancia, el porte, la actitud, la integridad...- que, afortunadamente, no hacen diferencias entre las clases sociales. Marisa era mucha Marisa, y complicado es quedarse con uno de sus papeles. Ella sostenía que 'Tras el cristal' y 'La flor de mi secreto' eran sus mejores interpretaciones. Y aquí hoy no vamos a contradecirla. Aunque pudiese ser las divas de 'Tacones lejanos', 'Sonata de otoño' y 'Todo sobre mi madre' o las mujeres de la tierra de 'El olivar de Atocha', 'Las bicicletas son para el verano' o 'El cojo de Inishmaan'. El abanico podía ser infinito. Como el talento y la capacidad de comprender a quien se tiene enfrente. "Dame una copa y yo haré que sea Nochevieja", le decía a Juan Echanove al final de 'La flor de mi secreto'. Esa era su magia (la magia de las grandes): hacer que fuese Nochevieja aunque estuviésemos en lo más tórrido del verano.
lunes, 16 de diciembre de 2024
Lo mejor que me ha pasado este año
Lo mejor que me ha pasado este año (literariamente hablando): publicar Mi madre y yo, el trato de las librerías (mención especial para Leticia Sánchez Ruiz, que, en la presentación de Oviedo, dada la temática y el parecer de la escritora, colocó mi libro al lado de los de Ricardo Menéndez Salmón, Umbral, Joan Didion o Sergio del Molino), la poderosa reseña de Ernesto Calabuig García y la buena acogida que tuvo entre todas las personas que me hicieron llegar a través de diversos medios su opinión. Gracias y que los próximos días os sean propicios.
domingo, 8 de diciembre de 2024
John Lennon, cuarenta y cuatro años después
La primera vez que uno visita Nueva York se siente tan impresionado y tan insignificante que, después del primer contacto (siempre un poco atolondrado y a la deriva), lo más sensato es sentarse en un banco, respirar hondo, ver a la gente pasar como si estuvieras en una de esas películas que conforman nuestra memoria y empezar de nuevo. Trazar líneas, emborronar mapas, y ser consciente de que tendrás que volver muchas veces para comprender la verdadera dimensión de una ciudad casi inabarcable. También tienes que ser consciente de que no te vas a encontrar a Lauren Bacall (entonces, en aquella primera visita, aún vivía) paseando a su perro por Central Park. Ni siquiera, por mucho que lo desees, vas a verla saliendo del Dakota cuando tú pases por allí. Si acaso, y serás ya un afortunado, te encontrarás con una mendiga arrastrando un carrito con sus pertenencias que tiene un aire lejano a la diva y que, con suerte, tuvo alguna vez un minúsculo papel en una obra de Broadway muchos años atrás, cuando todavía era rubia y estaba lúcida y sobria. Pero estás ahí (ahora estoy ahí de nuevo), delante del Dakota con el agradable aire de principios de septiembre y la cara de pocos amigos del portero del edificio. Ese portero que mide dos metros y te mira como si fueras a sacar una pistola del bolso en cualquier momento y hacer una imitación de Travis Bickle como los adolescentes de los 80 las hacían de Michael Jackson. Estás ahí porque es el domicilio de la Bacall, porque es el escenario de 'La semilla del diablo' y porque es el lugar donde mataron a John Lennon. Qué más puede pedir un mitómano. ¿En qué punto aquel tipo acabó con su vida? Ni se te ocurra preguntarle al portero. En realidad, la pregunta es un poco morbosa. Sin embargo, sabes que en ese trágico momento comenzó la leyenda, si es que no había empezado ya algunos años atrás. Los Beatles, la disolución del grupo, la paz, el amor, Yoko Ono, un puñado de buenas canciones y todo eso que nadie ha olvidado. Han transcurrido cuarenta y cuatro años. Y ahí sigue, en camisetas y memorias colectivas, convertido en icono indiscutible, casi arrollador. Un mito más fuerte que el márketing que le rodea, aunque alguna gente pueda pensar lo contrario. En tardes melancólicas o en noches de insomnio, escuchando ese puñado de brillantes canciones, permanece lo que nos importa: la música.
miércoles, 4 de diciembre de 2024
La madre de Íñigo
Me despedí de ella el lunes, en el hospital, noche cerrada de invierno en el norte. Le cogí la mano, tibia aún, y le deseé un buen viaje. Ya no podía oírme. La madre de Íñigo. Era elegante, divertida, comunicativa, inquieta, habladora, cariñosa, alegre, vasca por los cuatro costados, gran anfitriona. Una de esas mujeres que siempre se traen entre manos muchas cosas, muchos proyectos, muchos planteamientos, muchas ideas. Como si la vida nunca tuviese fin. Lecturas, cines, óperas, viajes, presentaciones (nunca se perdía las de mis libros), cafés con las amigas, comidas con antiguas compañeras del colegio o de la universidad, largas sobremesas con la familia... Todo era un gran acontecimiento para ella. Todo le hacía disfrutar. Se modernizaba con los tiempos, nunca quedaba atrás. Muchas veces le decía que si tuviese una cámara, la iba a convertir en una estrella (que ya lo era a su modo). Pero nunca tuve una cámara y ahora el tiempo se ha agotado. Algo que, en su caso, parecía imposible. Como si la vida.
domingo, 1 de diciembre de 2024
Los años nuevos
No habla del amor, sino de su destrucción. O eso imagino tras ver el quinto y apabullante capítulo de la serie: tan triste, tan demoledor. Y aquí (atención personas sensibles: pequeño spoiler) es necesario hacer alusión a ese momento de sexo (la chica masturbando a su pareja): no se sabe si hace más frío en las calles sombrías y nevadas o dentro de la habitación de ese hotel de Berlín. Ese momento puede resumir perfectamente todo lo que no vimos desde la Nochevieja anterior. 365 días que cada uno debe imaginar para ajustar el puzle, para completarlo. Me imagino que los cinco capítulos que quedan se centrarán en esa destrucción. Del amor, que también lo hay evidentemente, más que hablar se expresa a través de las miradas y las pieles, capítulo dos (aunque es el menos interesante, resulta necesario para la narración) y capítulo tres respectivamente. El amor y también el caos que siempre supone vivir (todo lo que rodea a los enamorados). El capítulo cuatro, centrado en la cena del último día del año con la familia, es antológico. Y qué bien recuperar el talento de Ana Labordeta para este medio. En realidad, empezando por los protagonistas, todo el reparto está espléndido. Sobre todo, ellos, claro, los protagonistas, Iria del Río y Francesco Carril: cómo evolucionan sus personajes, cómo se afianzan, cómo miran y dejan de mirar. Otro gran Sorogoyen. El más intenso me atrevería a decir, dado el tema que trata y con esa segunda parte aún por ver.