domingo, 11 de noviembre de 2012

Puro teatro

Pocas cosas me gustan más en esta vida que ir al teatro. Los nervios previos, la emoción más o menos contenida, las cosas que se esconden detrás del telón (ahora, afortunadamente, parece que se ha vuelto a recuperar la tradición de tener los telones echados antes de cada función, mientras esperas en el patio de butacas el comienzo: tradición que no debería volver a perderse, como en estos últimos años: el misterio debe prevalecer hasta el último momento, hasta ese instante en que se va alzando lentamente), la magia que se intuye y se adivina al otro lado. Todo empezó cuando tenía quince años, en el Campoamor, donde Lola Herrera volvía a interpretar a la Carmen Sotillo de "Cinco horas con Mario", el ya indiscutible clásico de Miguel Delibes, dirigida de nuevo por Josefina Molina. Aquella mujer, sola en el escenario, delante del ataúd de su marido, vestida de riguroso luto y con el pelo anudado en un moño antiguo, con la cara demacrada y las piernas cansadas, hablando y hablando durante casi dos horas, recordando lo que había sido su vida hasta entonces, me marcó de modo decisivo. Salí de aquel teatro hipnotizado, profundamente impresionado. La interpretación era, como se sabe, soberbia, impecable, magistral. Una de las mejores de todos los tiempos. Lola estaba a la altura del texto y el texto estaba a la altura de ella. Pobre mujer, la Sotillo. ¿Una víctima, una arpía, una pesada? Después, con el paso de los años, vería un par de veces más la función (siempre con Lola en el papel principal) y descubriría que en la obra no había malos ni buenos: todos eran víctimas de un tiempo, de una situación, de un país. Caminaba, al salir de allí, del Campoamor, como si flotase. Esa emoción única del adolescente solitario que está empezando a descubrir todo aquello que desea sobre el arte, la literatura, la interpretación... Aquella extraordinaria actriz había hecho de inmediato que adorase el teatro de por vida. Y en ello estamos. Ni que decir tiene que jamás dejé de ver ninguna de las obras que Lola ha interpretado hasta la fecha, tuviesen mayor o menor enjundia. A partir de ahí, comenzó mi relación de amor con las tablas: una relación de absoluta entrega y fidelidad. Soy capaz de viajar kilómetros y kilómetros, cuando las circunstancias económicas son propicias (y si no lo son, dados los tiempos actuales, la rabia que siento es abundante), sólo por ver una obra o a un actor o a una actriz que me interesan, haciendo algo clásico o contemporáneo, una comedia o un drama o un musical. Rara vez salgo decepcionado de allí. Ya se sabe que en este país hay muy buenos actores, sobre todo actrices. Charo López, Concha Velasco, Amparo Baró, Ana Marzoa, Natalia Dicenta, Núria Espert, Vicky Peña, María Asquerino, Julia Gutiérrez Caba, Aitana Sánchez-Gijón... (Y las que ya no están, como María José Valdés, Queta Claver, Lola Cardona o Irene Gutiérrez Caba, a las que también tuve la oportunidad de ver). Tantas y tantas. A todas tuve la oportunidad de verlas varias veces, en diferentes obras. Y todas esas funciones contribuyeron de un modo decisivo a ser la persona que soy, indiscutiblemente. El teatro como una prolongación de la vida. Como un trozo que vida que se nos cuenta en apenas un par de horas. Se apagan las luces y dejas de lado tu vida para sentir esas otras vidas. Esas vidas que están ahí, a escasos metros de tus manos, de los latidos de tu propio corazón. Pocos placeres hay comparables a ése. La emoción, ya digo, permanece intacta.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Aquel día inolvidable

Unos minutos antes de las doce y media, en una de las decisiones más equivocadas de mi vida, decidí tomarme un café con leche mediano en el bar del hotel donde estábamos hospedados. Poco después, subiendo las escaleras del Ayuntamiento de Gijón acompañado del que en breve se convertiría en mi marido, sentí cómo la cabeza parecía a punto de estallarme. Los nervios propios de la situación y de aquel pedazo de café que acababa de ingerir tenían la culpa. Estuve muy atento a toda la ceremonia -sabiamente conducida por José María Pérez López, que, sin saber que Antonio Muñoz Molina era uno de mis autores favoritos, leyó un hermoso párrafo de "El jinete polaco"-: no quería perderme ningún detalle de aquel momento que representaba una de las decisiones más importantes que había tomado en toda mi vida, casarme. Pese a ello, a estar muy atento, no podía evitar sentir cómo todos aquellos malditos nervios recorrían el interior de mi cabeza, la boca de mi estómago. Sabía que no iba a pasar nada. Estaba seguro. A mi lado, se encontraba un hombre que se había enfrentado a todo por estar allí, haciendo conmigo lo que, libremente, habíamos decidido hacer. No era poca cosa. Todo lo contrario. Sin embargo, en mi cabeza, estaban buena parte de los miedos que siempre acechan al personaje que Woody Allen representa en cualquiera de sus películas. Derrame cerebral, infarto fulminante, continuas taquicardias, el fin de mis días... ¡Sólo a mí se me podría ocurrir tomar un café (no descafeinado ¡y mediano!) antes de aquella celebración! ¡Sólo a mí se me podría ocurrir añadir más adrenalina a la mía propia, que ya era bastante! Así las cosas, todo transcurrió rápidamente, del mejor de los modos. Atrás habían quedado muchos sufrimientos, muchos años de lucha, muchas peleas con un mundo que, durante más tiempo del deseado, no aceptaba que otra gente tuviese una sexualidad diferente a la mayoritaria. En aquellos momentos, todo aquello ya se había quedado atrás. La ley del gobierno socialista nos permitía ser a todos iguales. Y nosotros, estábamos haciendo uso de aquella ley. Sabíamos que el Partido Popular la tenía recurrida, pero eso, en aquellos momentos, no nos importaba lo más mínimo. Fuese cual fuese el fallo del Tribunal, aquel momento, con las neurosis propias de Woody Allen incluidas, no nos lo iba a quitar nadie. Como así fue. Como así es. Hemos recordado muchas veces aquel día de finales de abril, justo al día siguiente de celebrar -un año más- el día del libro. Muchos dias y muchas noches. Y ayer, evidentemente, volvimos a hacerlo, a recordarlo. Ayer, el Tribunal, por aplastante mayoría, votó a favor de la libertad, del sentido común, de la coherencia. Más de veinte mil parejas casadas desde que la ley se hizo efectiva. Más de veinte mil parejas -como todas las parejas que se casan- con sus ilusiones, con sus miedos, con sus ganas de comerse el mundo. Ahí estamos. Si la entrada de la ley fue un momento histórico, éste también lo es. Porque se ha impuesto el civismo, el respeto hacia el otro que no piensa, que no siente como tú. Sé que muchos votantes y muchos miembros del Partido Popular no estaban de acuerdo con recurrir esta ley (y lo agradezco, lo agradecemos), pero también sé que estos ocho años de incertidumbre fueron provocados por ese partido, alentados por esa iglesia que, siempre envalentonada contra las diferencias, en unos actos absolutamente vergonzosos, salió inmediatamente a la calle para manifestarse contra los derechos adquiridos por otras personas. Sé que es mejor no ser rencorosos (y creo que no debemos serlo), pero sé que es importante no olvidar las cosas. No, definitivamente, no es momento de rencores. Es momento de pensar que, a veces, el mundo puede ser mejor.

martes, 6 de noviembre de 2012

Fotografiar la felicidad

Alguien escribió esas palabras -Fotografía la felicidad- en un muro blanco, delante de un solar que lleva años medio abandonado (al parecer, problemas entre varios de los propietarios impiden llegar a un acuerdo para su venta: eso creo oír alguna vez a no sé quién), cerca de la casa de mis padres. ¿Se puede hacer eso? ¿Se puede fotografiar la felicidad? Tal vez sí. Aunque supongo que se puede fotografiar un momento de felicidad, un instante pasajero donde surge una risa espontánea, una carcajada inesperada, y alguien a nuestro lado (el mismo que nos proporcionó los motivos para esa risa o esa carcajada) la capta de inmediato con su cámara. Y ya está ahí, atrapado ese instante para siempre. La cámara por unos segundos ha conseguido que nos olvidáramos de los problemas, de algunas traiciones recientes e inesperadas, y la felicidad fuese, al fin, fotografiada, tal como pidió el autor de esas palabras escritas con un spray en ese muro que, con el paso del tiempo, ya va dejando de ser tan blanco. Es un domingo por la tarde, alrededor de las cinco, aunque, viendo la fotografía, parece mucho más tarde. Es lo que tiene este mes, noviembre, la proximidad del invierno, el cambio horario, la ausencia de luz... Cada vez anochece más temprano. Siempre hay momentos para detenerse, delante de un muro o de donde sea, e intentar conquistar esa felicidad que se va con la misma facilidad con la que apareció, eso es cierto. Seguir hacia delante e intentar conquistar otro de esos momentos: de eso se trata la historia. Este viaje en el que estamos todos embarcados. Es domingo, atardece. Si alguien me hubiese captado con una cámara a primera hora de la mañana, seguramente también hubiese atrapado otro instante de felicidad. Esa felicidad que vamos conociendo en pequeños trozos, por partes, en unos momentos u otros, y que todos juntos, todos los trocitos juntos, conforman lo que ayuda a convivir con esas otras cosas menos amables, que, por desgracia, también están ahí, bien cerca, bien presentes, imperturbables. Era temprano, aún amanecía lentamente al otro lado de la ventana, cuando volvía a ver una de mis películas favoritas de Woody Allen, "Otra mujer". Woody Allen, con sus propias obsesiones, con su estilo inconfundible, acercándose al mundo de su admirado Bergman. Las pausas, los silencios, la música, las calles de Nueva York... Las miradas y la presencia de principio a fin de Gena Rowlands, en sus cincuenta espléndidos años, hacen que la película sea aún más grande. Han pasado más de veinte años desde la primera vez que la vi, y me sigue cautivando como entonces. El tiempo sólo la ha mejorado. Luego, durante todo el día, podía oír la voz de Patricia Kaas cantando a Edith Piaf. Otro instante de felicidad, fotografiado o no. Pero ahora estamos ahí, en la calle donde viven mis padres, delante de ese muro blanco, que cada vez es menos blanco, haciendo caso a la persona que escribió eso en el muro con un spray, fotografiando la felicidad. O intentándolo al menos, sí, mientras la luz, ya en retirada, va desapareciendo poco a poco, convirtiendo la ciudad en una especie de cueva o de túnel, de parque misterioso o de escenario gótico.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Día de difuntos


El frío de estas mañanas cercanas al día de los difuntos me ayuda a trasladarme a otras mañanas, frías y soleadas, de muchos años atrás, cuando el abuelo Pepe ya se había muerto e íbamos todos al cementerio de Udrión, donde está enterrado. Y las flores, claro. Las flores que las vendedoras del Fontán preparan con mimo para que estos días los vivos honren a los muertos. Su olor, el olor de las distintas flores, recorre todo el mercado y me traslada hasta aquellas mañanas. Y ese otro olor, el del café que toman las vendedoras para combatir este frío que se presentó casi de repente, también llega hasta mí. Olor a café humeante y recién hecho, muy reconfortante, que beben en el tiempo libre que les queda entre la preparación de un ramo y de otro. No a todo el mundo le apetece hacerlo, llevarle flores a sus muertos. No todo el mundo lo hace con sentimiento verdadero. Hay, como en otros ritos, mucha tontería y falsedad, según los casos. Pero hay otra mucha gente a la que sí le gusta acercarse a los cementerios y llevarle ramos de flores a sus muertos, estar allí cinco minutos o pasar la mañana. (Las historias de los cementerios no tienen precio, da igual que sean historias del norte o del sur: Almodóvar retrató magistralmente parte de ellas en "Volver", una de sus grandes películas). Es una manera de recordarles, de honrarles. Es cierto que todos los días son buenos y que no hace falta esperar a estas fechas para hacerlo, pero nunca está de más llevar a cabo las cosas que están bien, sea cuando sea. Flores rojas, rosas, blancas, amarillas, anaranjadas, violeta... Da igual. Cada cual escoge las suyas, sus favoritas. O las de las personas que ya no están, como una especie de póstumo homenaje. Las ventas de flores, como todas las demás ventas, según leo en algún sitio y veo en las noticias de la tele, han descendido considerablemente. La gente se tira a las más baratas. Si antes compraba veinte, ahora compra diez. O cinco, que si le ponen mucho ramaje siempre queda un ramo muy apañado. Normal. La crisis puede con todo, ya lo sabemos. La crisis, devastadora como ese huracán que arrasa con todo a su paso por Estados Unidos, que no termina. (Las imágenes de todas esas familias desahuciadas de sus casas parten el alma a cualquiera). Y esto, el descenso de la venta de las flores para los cementerios, no será nada (me temo) comparado con el descenso de las ventas navideñas, que ya están ahí, a la vuelta de la esquina y que nos pillarán a (casi) todos, entre unas cosas y otras, a dos velas. Y lo que es peor aún: cansados ya de esta situación. Buf. Mejor no pensar en ello. Mejor quedarse ahí, en medio de los puestos del Fontán, en el espacio donde el sol alcanza la piel, obervando el trajín de esas mujeres que preparan con arte y desenvoltura los ramos de flores, mientras sorben el café de sus vasitos de plástico y hablan en alto entre ellas y ríen, pese a todo, como si no pasara nada. O como si, ya de vuelta de todo, intuyeran que nada, ni siquiera esta crisis devastadora y sus consecuencias, pudiese con ellas. Faltaría más, parecer decir con sus risas y sus palabras en voz alta, mientras una de ellas, risueña y con el rostro surcado de arrugas y ojeras como el de la gran Melissa Leo en sus mejores interpretaciones, me pregunta: ¿le preparo un ramo, señor?

lunes, 29 de octubre de 2012

Variaciones en domingo

Del piso de arriba, al caer la tarde, llega el sonido de una música agradable. No se trata de una música cualquiera, sino la de un piano. Lo más probable es que alguno de los niños del quinto esté ensayando. A veces, pasa. En cualquier momento, cualquier día de la semana. Sobre todo, los fines de semana, claro, cuando los niños no tienen colegio y disponen de más tiempo libre para ensayar. Llega esa música y dejo de hacer lo que esté haciendo para escucharla. Me siento, cierro los ojos y la escucho. Me dejo llevar por esa belleza que amansa cualquier estado de ánimo que se aleje del sosiego. Aunque sean las seis de la tarde, como se trata del primer día del cambio horario (horario de invierno), parece que son ya las once o las doce de la noche. Estoy tumbado en la cama, leyendo los cuentos de Javier Marías. Esos cuentos (extraordinarios) que me voy dosificando para no terminarlos rápidamente, ya que el propio Marías ha reconocido que lo más probable es que no vuelva a escribir relatos cortos, una pena. Desde ahí, desde la cama, veo las ventanas del edificio de enfrente, casi todas, dado la oscuridad del cielo, con las luces encendidas. Y escucho esa música, la del piano que procede del piso de arriba, que le otorga un punto de melancolía al domingo, ya de por sí, a estas horas, un tanto extraño y melancólico. No ha sido un mal domingo, más bien todo lo contrario. Paseo por los puestos del Fontán, un buen Rioja leyendo el periódico y un cocido en casa de mi madre que estaba exquisito. Sin embargo... Los domingos por la tarde tienen algo inexplicable que nos aboca a ese estado de melancolía, de caminar por una cuerda que va flojeando. Son demasiado los planteamientos con los que se abruma la cabeza. Y llegan todos juntos, así, de sopetón. Por eso es mejor evadirse leyendo un libro, viendo una serie o una película en dvd ("Boston legal", la serie que protagoniza Candice Bergen, es la que me tiene enganchado estos días: me gusta su humor corrosivo, su mala leche, sus historias reales como la vida misma, y verla a ella, a Candice, y a un tremendo -en todos los sentidos- James Spader, siempre supone un buen aliciente) o dejándose llevar por el sonido de esa insperada música de piano interpretada por un niño que aún no tendrá ni diez años. También están esas otras historias que, para alejar los pensamientos menos apetecibles, te puedes inventar. Es fácil hacerlo mirando a través de la ventana, observar los movimientos de esa gente que no sabe que alguien se está fijando en ella. El piso de enfrente, por ejemplo, donde parece que vive un montón de gente. Y una chica, como ahora mismo, se pasa los días tendiendo ropa de cama en el tendal. Grandes sábanas que maneja con absoluta soltura mientras canturrea algo en un idioma que desconozco. Siempre parece alegre, siempre cantarina, siempre sonriente y hablando en voz muy alta. Muy mediterránea. ¿De dónde le vendrá ese buen humor perpetuo? Hoy no canta. Parece sorprendida por esa oscuridad que el cambio horario ha traido consigo. Quizá, como a mí, le llegue la música del piano y se esté dejando llevar por ella. Quizá no. Y se trate sólamente de cierta apatía por tratarse de un domingo por la tarde que parece un domingo por la noche. Quién sabe. Lentamente, como si tuviera ensayados sus pasos, se va alejando de la ventana, que no cierra pese al aire frío que se ha vuelto a levantar. Y se sienta en un sillón cercano y se queda ensimismada, escuchando. Sí, no cabe ninguna duda ya: hasta ella también llega esa música de piano que procede del piso de arriba y que empieza a hacernos olvidar que estamos en domingo, caminando por la cuerda floja.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Café Ayala

He pasado muchas horas de mi vida en los cafés de esta ciudad. Con mi madre, con mi hermana, con mis amigos (con amigas, mayormente: algunas de ellas, ya desaparecidas de mi vida), con mis parejas, con Íñigo... Charlando, riendo, llorando, leyendo el periódico o el libro que llevaba en la bolsa (seguramente, el último que acababa de comprar o de sacar de la biblioteca del Fontán), espiando las vidas de las personas que estaban en las mesas cercanas o el movimiento de los camareros, contando mis historias, mis penas o alegrías, escuchando las de los demás. Ah, los cafés. En invierno y en verano, en cualquier estación. Sobre todo, sí, en invierno, cuando refugiarse en un café de los fríos del exterior era un aliciente más, un añadido al propio placer de disfrutar de aquel ambiente. Parar el ritmo de la vida, el ajetreo cotidiano, y sentarse, solo o acompañado, en un café. No hay mayor placer que ése. Contemplar la vida que pasa al otro lado de los cristales, la gente que camina apurada o tranquilamente, bajo un paraguas, una ráfaga imposible de viento, los primeros copos de nieve o un tórrido sol. Hay cafés de todo tipo. Antes, ay, había más. Muchos más. En Gijón sí que hay cafés bonitos. Aunque el otro día también descubrimos que habían cerrado algunos. Pienso en todo esto mientras espero que se haga el té que acabo de pedir en el Café Ayala, casi recién inaugurado. Al lado del cine con el mismo nombre (desaparecido, lamentablemente, hace ya unos cuantos años), era un café mítico que llevaba algún tiempo cerrado. Parada obligatoria para aquellas tardes de sesión doble de cine. Tomar un café sentado en una de aquellas butacas de skay rojo, ojeando el Fotogramas o el periódico o el libro recién comprado o sacado de la biblioteca del Fontán, era un momento de respiro antes de la proyección de la película en aquel cine con pantalla enorme y butacas de color amarillo. Las tardes del joven solitario. A veces, si se trataba de la segunda sesión de cine a la que (gustosamente) me enfrentaba en el mismo día (viernes, con toda seguridad), acompañaba el café con un sándwich. No estaban mal aquellos sándwiches. Antes, desde la cabina que estaba situada un poco más arriba, había llamado a mi madre para decirle que no se preocupara, que además de la sesión de las cinco (en otro cine), también iba a la de las siete y media. Los estrenos decentes se agolpaban (sobre todo, según qué fechas del año) y las ganas de ver aquellas películas me impedían reservar aquella segunda proyección para otro día, para el día siguiente. No puedo evitar pensar en todo esto mientras me sirvo el té (ya está hecho) y obervo cómo han conservado el mismo suelo que tenía entonces, muy de los setenta. No queda mal, le da un toque retro, tan de moda ahora. No siempre es el dinero lo más importante para que las cosas queden bonitas, sino esa imaginación que siempre hay que dejar volar. Los sofás de skay rojo han sido sustituidos por otros, confortables y de color salmón, desde los que, al lado de los grandes cristales, veo a la gente pasar. Es una sensación agradable, pese al bullicio que a esas horas (sobre las once de la mañana) hay en el interior del café, gente que va y viene, que toma su café y su pincho o su tostada con rapidez, que saluda fugazmente al de al lado, que intenta coger un periódico, el que sea, siempre ocupado. Una sensación agradable que hayan vuelto a abrir este café y estar allí, recordando todas estas cosas y contemplando la gente que pasa por la calle. Esa gente a la que, en ocasiones, se mira sin ver, como ahora mismo, perdido en todas estos recuerdos del pasado. Las historias que hay detrás de tus propios años. Y que quizá sean el síntoma inequívoco del paso del tiempo. La sensación de que algunas cosas de esta época ya empiezan a dejar de pertenecerte.

lunes, 22 de octubre de 2012

La tristeza de Sylvia

La fotografía, escondida en una carpeta o en un cuaderno, corría de mano en mano, de pupitre en pupitre. Un colegio de curas, a principios de los años ochenta. Aquel paisaje, tan gris, al otro lado de las ventanas. Los primeros cigarrillos furtivos, los primeros descubrimientos, las primeras ansiedades. A veces, se trataba de la fotografía de una modelo o de una actriz porno, completamente desnuda, con grandes pechos, labios carnosos y actitud descarada y desafiante, incluso exagerada o decididamente grosera. Otras, en cambio, se trataba de algo más elegante, más sutil, más fino. Como la fotografía de Sylvia Kristel. La famosa fotografía. Pocas tan míticas como esa fotografía. La de la película que la catapultó como indiscutible mito erótico de los setenta, "Emmanuelle". Ella, Sylvia, sentada en una sillón de rejilla, la piel blanquísima, los pechos desnudos, el collar de perlas sobre ellos, la mirada ausente, distraída, elegante, pensativa, acaso un punto melancólica y distante, los ojos pintados de azul y aquel pelo corto, tan corto y tan poco común en actrices o modelos eróticas o pornográficas (tan poco común en casi todas las mujeres jóvenes de la época, a decir verdad), que le sentaba estupendamente. ¿Qué estaría pensando?, podrían pensar aquellos niños de once o doce años. Ah, eso era lo menos importante. Eso no contaba. Lo que contaba eran las risas silenciosas, la excitación, los nervios para que los curas o los profesores no descubrieran el hallazgo que corría, escondido en una carpeta o en un cuaderno, de mano en mano, de pupitre en pupitre. ¿Quién había conseguido aquella fotografía? Acaso uno de los repetidores, pero eso tampoco importaba demasiado. A mí me fascinaba, claro, aquella fotografía. No como a los otros chicos, sino como me fascinaban, ya entonces, las fotografías de Romy Schneider, Lauren Bacall o Grace Kelly. Aquellas fotografías que ya iba recortando y recogiendo en carpetas o álbumes (aún conservo algunos de ellos, en casa de mis padres, cerca de aquellos discos de vinilo que iba comprando y de los que no pienso desprenderme). Pasarían los años y descubriríamos la vida que había detrás de aquel mito erótico que fascinó a tantos ojos como lo observaron, como disfrutaron -seguramente- de su pose, de su desnudo. No hacía falta, en este caso, echar a volar demasiado la imaginación. Lo evidente tenía más fuerza que lo insinuante. La otra cara estaba ahí, sin que por entonces lo supiésemos, como estaba en la vida de (me viene así, a la memoria, pese a ser mejor actriz que Sylvia) Amparo Muñoz. Mujeres expuestas al mundo entero por su belleza, que no supieron o no pudieron encontrar la felicidad. O un atisbo, al menos. Que la vida, siempre tan caprichosa, tan puñetera, no se lo permitió. Veo numerosas imágenes de Sylvia Kristel, muchos años después de aquella mítica fotografía con la que muchos hombres soñaron (y seguirán haciéndolo, me imagino, que ésa es la grandeza de lo clásico, de lo mítico: el sillón de rejilla, los pechos desnudos, el collar de perlas, etc), y en todas ellas, su mirada, tan hermosa, tiene un poso de tristeza casi insoportable. El paso de los años, la suerte, las compañías, la propia vida, aquella enfermedad que de manera tan brutal se cebó en ella... Quién sabe. O quizás, sí, a estas alturas ya lo sabemos. Ya vamos sabiendo, por desgracia, demasiado.