Lola no era una perra vieja. Aún no había cumplido cinco años. Llegó a nuestra familia cerca del verano de 2021 y no hizo otra cosa que alegrarnos la vida. Inquieta, traviesa, juguetona, disfrutona, presumida (sabía que era guapa y le encantaba que todo el mundo por la calle se lo dijera), muy cariñosa. Intuía todos nuestros estados de ánimo, los altos y los bajos. Y se venía arriba con los primeros y trataba de eliminar los segundos. Quería que nuestra vida, como la suya, fuese una fiesta. Y, aunque fuera por un rato, lo conseguía. La recuerdo sobre las piernas de mi madre, cuando estaba ya muy enferma, en una actitud que venía a decir que ella la iba a proteger de toda enfermedad. Mi madre la adoraba. Todos la adorábamos. Fue un gran consuelo en aquel verano infernal en que perdimos a nuestra madre. El jueves por la mañana, antes de abrir la librería, tomé un café con mi hermana en la terraza de al lado y no quería más que subirse a mis piernas. Lola, que me llenas de pelos y tengo que ir a trabajar, le decía acariciándole la cabeza. Ayer amaneció revuelta. El veterinario le dijo a mi hermana que se trataba de una gastroenteritis muy fuerte. Quién soy yo para dudar de las palabras de alguien que sabe del asunto. Murió esta madrugada, en mis brazos, rodeada del mismo amor que supo darnos. La quiero recordar llena de vida, pero hoy, en medio de esta inmensa tristeza, creo que no es el día. Ay, Lola, Lolita, me dejaste la chaqueta llena de pelos y el corazón un poco más roto.
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