martes, 6 de enero de 2026

El chándal de la Pantoja

Entiendo que el chándal de Maduro esté dando mucho juego a los articulistas. Entiendo menos que la gente se lo quiera comprar, pero, bueno, yo ya entiendo muy pocas cosas de un mundo que se antoja tan absurdo que hasta hace palidecer a la inmortal obra del pobre Beckett. Godot ni llega ni se le espera, si me apuran. El chándal de Maduro lleva, como las cerezas del cesto, al de Chenoa en el portal de su casa, tras aquella ruptura sentimental. Dolor comprensible, niebla en la mañana, poco glamour. El país posicionado a favor de uno o de la otra. Primera polarización sin necesidad de meterse en políticas o anuncios de embutidos. Sin embargo, el chándal de los chándales (creo que nunca escribí este plural), la apoteosis del chándal, el no va más del arrebato, el sentimiento trágico de la vida representado en una prenda tan cómoda como horrorosa, es aquel de la Pantoja, a las puertas de Cantora, rompiendo cámaras y micrófonos, gritando (casi recitando como en un puro grito lorquiano, de Espert a Paredes) a los periodistas aquello de "no me vas a grabar más". Sentimiento auténtico. Teatro clásico. El escenario de Mérida en un matorral. Memoria de España. Si hubiésemos visto a Anna Magnani en chándal sería algo parecido a aquella imagen. De hecho, me da que la tonadillera llevaba la cajetilla de tabaco en uno de los bolsillos de la prenda. O así la imagino tras aquella gloriosa y entregada representación: tratando de calmar tanta pasión y desgarro con un buen Marlboro. El arte en chándal. Otro nivel.

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