Los 80 (y luego los 90), los pelos cardados, las cazadoras de cuero, los maquillajes abundantes, los pendientes largos, los vaqueros ceñidos, los tacones lejanos, los brillos, la vanguardia como actitud, la actitud como forma de descaro, y el descaro como complemento imprescindible para hacer música. Y allí, y así hasta la otra noche, Bonnie Tyler, con sus modos de rockera, su voz de cazalla, sus corazones rotos, sus variados eclipses y toda la parafernalia de artista cuya música lo mismo servía para una noche más movida que las de Diane Keaton buscando al señor Goodbar, para una tarde melancólica o para el festín de la boda de aquella prima que se casaba con el guapo del pueblo y que escribía poesía a escondidas.
La Tyler era mucha Tyler. Nostalgia de otros tiempos, aunque su figura y su estatus correspondan a una diva de primera fila. No todo el mundo puede decir que deja este mundo con un puñado de clásicos que se seguirán tarareando en momentos de euforia.
Adiós, Bonnie, eterna ya.
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