El plato favorito de mi madre era el pescado. Fresco, congelado, frito, guisado, a la plancha. Que estuviera bien hecho. Mi madre era exquisita al respecto. Mi madre era exquisita con todo. Yo manejaba bien eso. Las mañanas, a primera hora, en las pescaderías del Fontán o en las que hay por los alrededores de casa. El jolgorio, allí, de quienes madrugan mucho y tienen que llevar con alegría el asunto. Las recetas de las abuelas, que ella tenía en sus cuadernos. Yo me guío mejor por la memoria y la intuición. Los avisos por internet de que esto era mejor que lo otro. Algún apunte de última hora, alguna novedad, vamos a probar, mejor la receta clásica. Y así. Calidad, precio, olor, sabor. La maestría de aquellas chicas del Fontán cortando el pescado como lo solicitabas. Limpio, sin espinas, en rodajas, abierto por la mitad... Mi madre confiaba en mí.
domingo, 12 de abril de 2026
El plato favorito de mi madre
Vamos a lo nuestro: pescado fresco. Ayer preparé calamares guisados en salsa americana, acompañados de arroz blanco, y recordé todo esto. Y todas las variaciones de la célebre magdalena proustiana, de repente. Los tiempos del esplendor, que diría Lidia Jorge en su magnífico libro de relatos. La vida que pasa y la memoria que duele. La vida que duele y la memoria que permanece.
Luego, llamé a mi padre para que viniese a buscar un tupper o táper, según recomienda la RAE.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario