viernes, 11 de enero de 2013

Fotografía de abuela

Es una fotografía que lo dice todo. La mano de la nieta está sobre la mano de la abuela. Como si, de algún modo, quisiera protegerla de todos los males, de todos los peligros, de todas las enfermedades. De lo que esté por venir, sea lo que sea. Como si la nieta quisiera decirle: abuela, no te preocupes, deja la mano ahí, bajo la mía, y nada terrible o desagradable sucederá. El tiempo no se agotará mientras tu mano esté bajo la mía, parece añadir. Es ya en ese momento en que los jóvenes tenemos que prestar atención a los mayores, la misma que ellos nos prestaron a nosotros. Ellos nos cuidaron, se hicieron cargo de nuestros problemas y necesidades, y ahora nos toca a nosotros hacer el trabajo sucio: protegerles del mundo, de la hostilidad, de lo inhóspito que siempre acecha. De los sustos, del viento. La nieta sabe que, en el instante en que fue tomada la fotografía, ese momento ya ha hecho su aparición. No le importa. Es más: le encanta. Quiere proteger a su abuela. De los sustos, del viento, ya lo he dicho. Las dos mujeres llevan las uñas pintadas del mismo color, de un rojo anaranjado. O de un naranja que tiende a rojo, qué más da. Un color de moda, muy actual. No conozco la historia, pero apostaría algo a que esa tarde, la tarde en que fue tomada la fotografía, la nieta llegó con ese esmalte de uñas de esas tiendas nuevas que tienen cosas baratas y muy resultonas y que están frecuentadas por jovencitas y por ancianas que se resisten a serlo con una dignidad apabullante, y la abuela le dijo que era precioso, y ella, la nieta, le respondió pintándole las uñas del mismo color que el suyo. Ese rojo anaranjado, o ese naranja que tiende a rojo, qué más da. La nieta le pintaba las uñas y la abuela sonreía. Tarde de chicas. He participado en unas cuantas. Tarde de chicas en las cocinas de las abuelas, las mejores tardes, qué duda cabe. Las abuelas son felices en esas tardes, cuando las nietas les dedican su tiempo y les pintan las uñas con sus esmaltes baratos y resultones. ¿No será un poco exagerado ese color para mí?, se atreve a preguntar la abuela, sin olvidar aquel rastro de coquetería que aún, pese a los años, conserva casi intacto. Qué va, abuela, ¿no ves que te queda mejor que a mí? Y ahí está el vistoso color, en sus uñas de mujer mayor, de mujer que se conoce todos los trucos de la vida y que, en esos momentos, se comporta casi como una niña. Con esa manera deliciosa que tienen los mayores de parecer niños. Sobre todo, ellas, las mujeres, de parecer niñas. Toda esa fragilidad. Ahí está Ana María Matute, sin ir más lejos, con su fantasía y su alma de niña, sus palabras certeras y su libertad, ahora que la acabo de ver en un estupendo programa de televisión y que no me canso de leerla una y otra vez. Es sólo un ejemplo. Uno más de tantas abuelas como hay. Abuelas que no se olvidan, que no se olvidarán. La que muestra su mano en esta fotografía ya no está en este mundo, desgraciadamente. Se fue, un día de enero, recién terminadas las navidades. Como si no quisiera haberse ido antes para no molestar a nadie en esas fechas tan señaladas. Se fue, sí. Pero la fotografía de la nieta cubriendo su mano está ahí, luminosa y hermosísima. Casi con la luminosidad de esos cuadros que son, simplemente, obras maestras. Como el recuerdo de la mujer a la que pertenecía esa mano está en el corazón de la nieta, en quienes la amaron. Así será -estoy convencido- hasta que todos seamos polvo. Polvo o nada. O el recuerdo que conserven de nosotros quienes nos amaron, quienes una tarde cualquiera pusieron su mano sobre las nuestras, dejando ese rastro de luminosidad que no es otra cosa que el rastro de la vida.

3 comentarios:

  1. Las abuelas son el mejor regufio de complicidad que podemos tener.

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  2. Desgraciadamente, mis abuelas se fueron cuando era todavía muy niña, pero de todos modos guardo recuerdos entrañables de algunos de los momentos vividos con ellas. Hermoso lo que has escrito y cómo has descrito el sentido de esas manos, una sobre la otra.

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  3. Yo perdí a una cuando apenas tenía 6 años, fue doloroso porque doloroso fue ver llorar a mi padre por primera vez. Luego a la otra, hace apenas un año, está fue cómplice, sí, de muchas cosas, sufrió conmigo y yo con ella. Recuerdo momentos que compartimos: vimos a Manolo Escobar en el Campoamor, las películas de Isabel Pantoja en el Cine Filarmónica y alguna tarde de Zarzuela... cosas que se hacen con las abuelas... dicen mis amigas que la esencia de ella vive en mi... me siento orgullosa de ello... recuerdo la belleza de sus manos durante la enfermedad, manos que alcanzaron el descanso que se merecían después de tantos años de trabajo

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