lunes, 10 de diciembre de 2012

Historias de hombres

De hombres, sí, de eso va la película, "Una pistola en cada mano", de Cesc Gay. De hombres heterosexuales, básicamente. De sus historias, de sus miedos, de sus anhelos, de sus problemas, de sus necesidades, de sus angustias, de sus frustraciones. De sus ganas de hablar y de sus ganas de guardar silencio, según. De sus ganas de escuchar. De traspasar una barrera, la de los cuarenta, y descubrir que nada (o casi nada) es como se había imaginado, planeado o soñado. Hombres que buscan a mujeres, que las cargan de mentiras, que las añoran, que las maltratan, que las desean, que las hacen felices, que no las olvidan, que las engañan, que son engañados por ellas. Unos cuantos hombres que se relacionan entre sí y que, a diferencia de sus mujeres, no se cuentan sus cosas. Hombres que esconden secretos. Secretos que salen a la luz y que dejan, por tanto, de serlo. Secretos y sorpresas. Decepciones. Risas. Lágrimas. Proyectos. Silencios. Esperanzas. Inquietudes. Temores. Amistad. Sexo. Amor. Y desamor. La vida misma. Las cosas de la vida, sí. Con sus grandezas y sus miserias, como siempre. Pequeños detalles, pequeños trozos de vida. Cada historia, una vida. Sí, se trata de una película que cuenta la historia de un puñado de hombres y de algunas mujeres. Varias historias. Vidas que se cruzan. Voces que no se olvidan. Y miradas que tampoco lo hacen. Qué fantásticos están los actores que dan vida a estos hombres, todos. Eduard Fernández, Leonardo Sbaraglia, Javier Cámara, Luis Tosar, Ricardo Darín, Eduardo Noriega, Jordi Mollá, Alberto San Juan... Y ellas, las actrices, también lo están. Qué voces y qué sabiduría las de Candeña Peña, Clara Segura, Leonor Watling y Cayetana Gullén Cuervo. Mujeres que escuchan a los hombres, que los apoyan, que los han olvidado, que les ponen las pilas, que se ríen directamente de ellos a la cara o que les dicen que que ya está bien de tanta tontería. Todos, unos y otras, merecen una nominación para los próximos Goya o para los premios que sean. Cesc Gay ha logrado un retrato perfecto de la imperfección de los hombres, de los seres humanos en general. Unos intérpretes que dan lo mejor de sí mismos. Unos diálogos magníficos. Una película notable.
Pocas cosas me gustan más que recomendar buenas películas. Películas españolas, sobre todo en estos tiempos tan difíciles para todos, incluidos también para los que hacen posible que la propia magia del cine llegue hasta nosotros. Directores, actores, técnicos, productores... Y los propios responsables de las salas de cine, que muchas -según podemos leer casi cada día- parecen estar tambaleando. Salir del cine, un sábado cualquiera, después de ver una buena película como ésta, "Una pistola en cada mano", no tiene precio. Sigue siendo una emoción única, imprescindible. Otra manera de seguir soñando. Sí, de evadirse de la realidad y de seguir soñando. De agarrarse a la vida para continuar. Por imperfectos que seamos nosotros y que sea la vida. De verlo todo de otro color, de otra manera. De la que merece la pena. Aunque sea por un rato. No conviene perdérsela.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Cantar y sonreír

Conviene no perder la calma. Eso le digo a una amiga con la que me encuentro por la calle. Tiene un negocio y hoy toca decorar el escaparate, la tienda en general, con los adornos navideños del año pasado o del anterior. Me dice que es lo último que le apetece hacer, pero que no le queda, como es lógico, otro remedio. No tuvo fuerzas para hacerlo hasta ahora, ya metidos en este largo puente de diciembre. No se vende nada, apenas entra gente, ¿sabes lo que es eso? Por desgracia, lo sé bien. El último año de trabajo en la librería Trabe fue espantoso, demoledor, en este sentido. Conozco bien la sensación de la que me habla mi amiga. El sentimiento de rabia y de impotencia. Cerrar una tienda en la que no entró nadie en toda la tarde e irse para casa con una sensación de tristeza y de miedo, de abatimiento. Sí, lo conozco bien. Y no se lo deseo a nadie. Trato de animar a mi amiga, ¿qué voy a hacer? Utilizo el argumento de la Navidad. Aunque mucha gente se haya quedado sin paga, hay otra que aún la tiene y quizá se anime a gastar un poco de ese dinero en regalos, tratando de hacer como si aquí no pasara nada. Está el miedo, me dice. La gente que aún tiene trabajo, argumenta con sentido, no lo gasta en previsión a lo que pueda ocurrir más tarde o más temprano... Le deseo suerte y me despido de ella. Por un momento, antes de la despedida, me viene a la cabeza la idea de que quizá pueda ayudarla a colocar las cosas navideñas, pero no me siento con fuerza para eso y no digo nada. He tomado la decisión de no pensar demasiado en todas las cosas tremendas que nos rodean durante el mes de diciembre. Estamos aquí, estamos todos, sigamos hacia delante. Intentemos hacerlo de la mejor manera posible.
Hablo con mi amigo Emilio y me dice que hoy toca cantar y sonreír, adornar la casa con su hija, esa niña que conocimos hace unas semanas y en la que descubrí la misma luz que tiene su padre. No queda otra. Cantar y sonreír. Me gusta eso. De eso se trata, precisamente. La decisión que yo había tomado para este mes de diciembre era ésa, cantar y sonreír. Y lo que tenga que venir... Pienso, mientras hablo con Emilio, que esas dos palabras -cantar y sonreír- eran las que siempre aplicaba mi abuela Virginia en los peores momentos, cuando su marido se quedaba sin trabajo y ella tenía que sacar adelante a su familia. Lo hacía así, cantando y sonriendo, mientras cosía hasta que se quedaba sin fuerzas de tanto darle al pedal de aquella vieja máquina o a las agujas de tejer. Pasaron los años y las cosas mejoraron, y ella no dejó de aplicarse esa filosofía hasta el final de sus días. Incluso cuando estaba enferma, muy enferma, cuando apenas podía salir de casa por la fatiga que le proporcionaba su dolencia cardíaca. Siempre tenía una sonrisa en la boca. Siempre. Una sonrisa amplia y luminosa. El cansancio de la enfermedad, tan presente en los últimos años de su vida, se quedaba en un segundo plano. Y prevalecía la sonrisa. Así es como la recuerdo: cada día. Con aquella sonrisa con la que parecía desafiar a todo lo malo, a todo lo negativo, incluida la enfermedad, que siempre es lo peor de todo, contra lo que todas las armas de las que disponemos son pocas. La recuerdo desesperarse durante unos segundos porque no podía bajar las escaleras que separaban su piso del piso de abajo, donde estaba la peluquería a la que, tan presumida como era, acudía todas las semanas. Y luego, de repente, ya la recuerdo cantando y sonriendo, haciendo desaparecer aquel gesto de dolor y de rabia como por arte de magia. Así, cantando y sonriendo, la recuerdo siempre. No he conocido filosofía mejor. Aunque no siempre haya sabido aplicarla en mi propia vida. Este diciembre sí lo haré. De hecho, ya lo estoy haciendo.

martes, 4 de diciembre de 2012

Cuestión de actitud

No quiero ser pesimista (no lo soy), pero -no nos engañemos- no hay demasiados motivos para la alegría, con Navidad a la vuelta de la esquina o sin ella. Antes de todo esto, el mes de diciembre era un mes lleno de celebraciones. Comidas y copas con unos y con otros. Con esas personas que no veías muy a menudo y con las que sí lo hacías. Había que celebrar la Navidad, qué demonios. Estar aquí, un año más. No era poco motivo de celebración, desde luego. La vida es corta y ya que podemos contarlo siempre es mejor hacerlo con una copa de cava o de Rioja en la mano y un brindis. O dos. Este año, no sé yo... En todo esto iba pensando el sábado por la tarde mientras me dirigía al supermercado de ese centro comercial que está al lado de nuestra casa. A Íñigo, que anda estos días acatarrado, le apetecía un turrón de chocolate que han sacado este año con galletas Oreo en el interior y salí a comprárselo. Hacía mucho frío, aún no había oscurecido pero estaba a punto de hacerlo. Para mi sorpresa, el centro comercial estaba lleno de gente, como en sus buenos años, nada que ver con la desolación de los últimos tiempos, vayas a la hora que vayas. Había gente en todas las secciones y en las cajas del supermercado, casi todas abiertas, había largas colas. Bueno, pensé, no todo está perdido. Tuve que esperar un buen rato para pagar mi tableta de turrón (decepcionante, por cierto, por mucha Oreo que venga anunciada en el envoltorio: ya puestos a engordar, vale más hacerlo con las propias galletas Oreo, esas galletas que han aliviado más depresiones y momentos de bajón que el lexatín, directamente). Cada una de aquellas personas, haciendo cola, llevaba un montón de cosas apetecibles en sus carritos: gambas, embutidos, quesos, fiambres, botellas y dulces de todo tipo... Quizá era yo el único que llevaba una sola cosa en la mano. Supongo que estaban recién cobrados y algunos, los más afortunados, con paga extra incluida. Bien. Pese a todo, diciembre no parecía empezar mal. A punto estuve de ir a la sección de vinos y comprarme una botella especial. El consumo lleva al consumo. Y despierta la alegría. Me contuve. A pesar de los pesares, el mes de diciembre siempre lleva implícito muchas celebraciones (y decir celebraciones es decir kilos y colesterol, ácido úrico disparado y todo lo demás, ya lo sabemos), aunque cada vez van quedando menos amigos y los bolsillos están como están. Pagué mi turrón y salí del centro comercial, que estaba aún más abarrotado si cabe. En la calle, ya había anochecido. El frío cortaba la cara. No era, pese a todo, una sensación desagradable después del bullicio y el calor del centro comercial. Camino a casa, me encontré con otra gente que parecía dispuesta a devorarse la noche del sábado como si fuese la última de sus vidas. Recordé esa sensación. Tantos sábados de nuestras vidas, tantos años atrás (bueno, tampoco tantos). En los bares cercanos, había jolgorio, alegría, botellas de vino encima de las mesas, luces y espumillones. Hay que sobrevivir, me dije. Como sea. Otro diciembre. Quizá, para algunos, el peor de nuestras vidas en cierto sentido, pero... qué vamos a hacer... Habrá que disfrazar la realidad, ¿no? Como, posiblemente, estuviese haciendo toda aquella gente que reía y brindaba y bebía en los bares, dispuesta a la diversión y a lo que hiciese falta. Es diciembre y estamos aquí. Es más de lo que algunos pueden decir. Llegué a casa animado. Y sí, tengo que confesarlo, mientras Íñigo se decepcionaba con el turrón de marras, yo me abrí una botella de un vino que me supo a gloria. Y es que la actitud es el todo. A ver si nos convencemos.  

domingo, 2 de diciembre de 2012

Anillos

Lo vi en un reportaje de algún telediario. Una pareja, joven aún, con dos hijos a su cargo, sin trabajo ni prestación ya por desempleo, había tenido que vender su anillo de casados para sacar algo de dinero con el que alimentar a su familia. Nada nuevo en estos tiempos, lo sé. Todos sabemos que las tiendas donde se compra oro llenan las calles con sus grandes carteles y sus letreros horteras. Sin embargo, el hecho me impactó enormemente. Me imaginé a aquella pareja hablando por la noche sobre el tema (mientras los niños, después de hacer sus deberes, dormían ya), tomando finalmente la decisión, sacando los anillos de sus dedos, guardándolos en una cajita o en un monedero, dirigiéndose a una de esas tiendas que siempre tienen un aire de otra época, casi clandestino. A veces, paseando por esta ciudad, he visto a gente entrar en uno de esos locales y mirar, antes de hacerlo, a un lado y a otro, como si fueran a cometer un acto que no estuviese muy bien visto o un acto casi delictivo. (He visto a algunas personas hacer lo mismo al entrar en un sex-shop, qué cosas). Supongo que eso ocurre porque estamos hablando de una pequeña ciudad. El miedo a que algún conocido les vea pesa sobre ellos, sobre su decisión. Como mi cabeza está llena de imágenes cinematográficas que siempre le ayudan a uno a evadirse de esta cruel realidad que estamos viviendo, cuando me encuentro con alguien que entra algo avergonzado en uno de esos sitios pienso en Victoria Abril. En Victoria Abril en una película de Vicente Aranda. Más concretamente, en el personaje de Victoria Abril en "Amantes". En los años cuarenta. En plena posguerra. En ese paisaje que hemos visto en tantas películas y a través de la descripción de nuestros abuelos. La imagino entrando ahí, con sus gafas oscuras y su pañuelo a la cabeza, maquinando algo, trapicheando con lo que sea. No se trata de frivolizar, sino de quitarle un poco de hierro al asunto. Fantasear. Tramar una historia en la cabeza, cualquier historia, con ese personaje, el de Victoria, mientras camino por las calles y no me detengo demasiado a pensar en el futuro más inmediato. ¿Por qué entra ahí? ¿Cuáles son los motivos que le llevan a hacerlo? ¿Es suyo lo que va a empeñar? ¿Qué hará con ese dinero? En eso me entretengo durante un rato: las caminatas son largas. Y la veo así, vestida como hace más de medio siglo, homenajeando a Barbara Stanwyck en "Perdición" con esas gafas negras y a Bette Davis, en cualquiera de las películas donde hace de arpía, con su dura mirada y su gesto implacable, cuando se las quita. Cosas del cine, inevitablemente. La realidad es la que es y, ya digo, mejor no pensar mucho en ella. Mejor inventarse una historia, rodearla de misterio, poner a una gran actriz al frente de ella. Evadirse. Pero no es fácil seguir haciéndolo cuando pasas por delante de alguna iglesia cercana y ves colas de gente esperando por vales para el supermercado o por algo de ropa. No, no es fácil. Aquí ya no hay historia inventada, ni fabulosa actriz que valga. La imagen es poderosa. La larga cola de personas esperando a que venga el responsable y se haga cargo de las numerosas peticiones. La gente mira distraída hacia otro lado o hunde su cara en alguno de esos periódicos gratuitos que regalan por las esquinas. Son cosas con las que uno se encuentra cuando madruga y sale a la calle. El frío de estos días muerde sus rostros, congela sus miradas. Y la mía, que trato de hundir en la bufanda, mientras continúo caminando, ya sin historias medio inventadas pululando por mi cabeza, no se detiene más que en el movimiento de mis botas, cada vez más acelerado.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El amor por los libros

Pocas cosas me gustaban más cuando era un niño que recorrer las pequeñas tiendas del barrio de la mano de mi madre. Eran sábados por la mañana y no importaba que lloviese o hiciese sol: la cita estaba asegurada. La carnicería, la pescadería, la frutería, la ferretería (si algo se necesitaba de allí)... Y la librería, por supuesto. Ahí, los dos lo sabíamos, la parada era obligatoria. Me gustaba el olor que había allí, a papel y a libro nuevo. Me gustaba coger el libro que ese día iba a comprar y hojear los demás, acariciarlos, saber que estaban allí, en aquellas estanterías, y que al sábado siguiente o al otro volveríamos a por ellos. Mi madre nunca escatimó en eso. Siempre me compró los libros que le solicitaba. A día de hoy, dadas mis circunstancias laborales, aún sigue haciéndolo. En menor medida, claro, porque las cosas están tremendas para todo el mundo, incluidos los jubilados que tienen que pagarse las medicinas (abundantes, por desgracia, en el caso de mi madre). La pequeña librería que estaba al lado de nuestra casa, Aldebarán. ¡Quién me iba a decir a mí que años después acabaría trabajando en ella! Pero antes de eso, ya siendo un adolescente, seguía comprando allí, entablando relaciones con aquella librera, Paquita, que el tiempo ha convertido en un referente de esta ciudad. Conozco a mucha gente que la atraviesa, de punta a punta, para comprar sus libros en ella, también ahora que su hija, Patricia, se ha hecho cargo de la librería. Muchas veces, si leía en el periódico que alguno de mis autores favoritos acababa de sacar un libro, corría veloz a la librería a solicitarlo. Ay, no ha llegado todavía, decía Paquita. Mira en esas cajas que están ahí, aún sin abrir, añadía. Me encantaba hacer eso, abrir aquellas cajas, repasar las novedades que habían llegado y que a ella aún no le había dado tiempo de colocar en las estanterías o el escaparate. Pero no, el libro aún no había llegado. Tocaba esperar. Por la tarde, en uno de mis solitarios paseos (ah, el adolescente que se sabe diferente), me solía acercar a la mesa de algunos de los grandes almacenes de la ciudad, y descubría que allí ya había llegado el libro que por la mañana le había solicitado a Paquita. Qué injusticia. Compraba allí el libro, no podía evitarlo. Tal era mi impulso, mi pasión, la necesidad de tener aquel libro. (Todo eso que, hoy, pese a los años transcurridos, sigue intacto, afortunadamente). Lo compraba, lo leía y lo devolvía. Y luego, a los pocos días, me lo compraba en Aldebarán. Me parecía que aquella mujer que no otorgaba ninguna relevancia a su evidente belleza física y que llevaba sola aquella pequeña librería, que se esforzaba (económica y laboralmente) por tener todas las novedades y en ir haciendo un fondo decente, se merecía más el dinero que aquellos grandes centros comerciales que vendían libros sin saber, en algunos casos, muy bien qué título o autor estaban vendiendo y te ponían cara de extrañeza si les preguntabas por algún título que no estaba en la mesa de novedades. Luego, ya digo, yo mismo trabajé en aquella librería durante unos cuantos años. Fueron tiempos felices, sí, intentando sacar adelante aquel pequeño negocio con algunas de las ideas de Paquita y con las mías propias. ¡Cuántas cosas se aprenden trabajando en una librería! Es una de la cosas que más echo de menos en estos tiempos. Pero ésa es otra historia. Aunque siempre he dicho que me considero tanto escritor como librero. Ser librero no es vender libros. No se trata sólamente de eso. Es mucho más. Es sentir el amor por los libros y querer transmitirlo de la mejor manera posible, de la forma más adecuada, según cada caso. Siempre digo que algún día escribiré mis memorias como librero. Uno se encuentra con todo tipo de historias: cualquier librero lo sabe. El día 30 de noviembre se celebra el día de las librerías. Tiene que ser, como el día del libro o los días de Navidad, un día mágico. Las librerías abiertas durante todo el día, los (hoy más que nunca) necesarios descuentos, la alegría (ay) por comprar. Por hacerse con ese libro que llevamos deseando desde hace semanas, arañando presupuestos, para sumergirte luego en él, una vez más, con la ilusión de las primeras veces, de las primeras lecturas. Esas que ya nunca olvidaremos. Que la fiesta, pese a todo, no decaiga. Que eso, los sueños y la fascinanción que siguen provocando en nosotros los libros, no desaparezca nunca. Que sea lo último que nos arrebaten.

martes, 27 de noviembre de 2012

Resistir, después de todo

Es un lunes, cualquier lunes, pero podría ser un día cualquiera de un otoño que se enreda definitivamente ya en el invierno. La barrita de incienso que hace rato has encendido se está consumiendo casi por completo, pero su olor aún se esparce por la habitación. No te percatas demasiado en la música que suena desde Radio Clásica: está ahí, como casi siempre, acompañando lecturas o escritos. O momentos en los que no hay lecturas ni escritos. Sólo instantes en los que, abandonados el libro o el lápiz, te detienes a pensar. O a contemplar algo. Como ahora mismo. Sí, ahora mismo. Miras la lluvia. Al otro lado de la ventana, la lluvia que cae con fuerza, retumbando en el suelo, golpeando los cristales. Miras la lluvia y, de pronto, no piensas en nada. Es una sensación curiosa. Como si te disolvieses en ese paisaje. Todos los estados de ánimo, todos, altos y bajos, se quedan atrás. La mirada sólo se concentra en eso, en las gruesas gotas que, entremezcladas, conforman una extraña danza. Guarecerse de la lluvia, piensas en esa frase. ¿Acaso no sea la lluvia un refugio en sí mismo? Hay cosas que dan más miedo, mucho más miedo que la lluvia. De repente, vienen algunas de esas cosas a la cabeza y tu pensamiento las aparta con la violencia de un manotazo. Pensar que hoy es lunes, que el otoño ya está enredado en el invierno, y de la continuidad del viaje, por espinoso que sea, ya hablaremos cuando se presente. De momento, estamos aquí, al otro lado de la lluvia, contemplándola. Es un momento sosegado. Uno de esos momentos a los que hay que agarrarse y no dejar escapar. Sigues contemplando la lluvia y, deshaciendo el blanco en el que estaba sumida la mente por unos instantes, empiezas a recordar algunos de los poemas que acabas de leer. Apenas un puñado de poemas que reflejan todas las cosas del mundo. Buena parte de ellas al menos, aquellas que más nos importan. Las que van dejando huella. Dejas de mirar la lluvia y coges de nuevo el libro, "El síndrome de Kalashnikov", de Natalia Menéndez. Uno de esos libros, intuyes, que pronto empezará a estar manoseado de tanto recurrir a él. Lees en voz alta, ahora sí. Lees para que te escuche quien te acompaña en el viaje. Y escucha. "Arañar con los ojos en blanco,/ remover la tierra,/ despegar de la piel los granos de arena/ que ya no nos pesan,/ saltar el foso y/ amortiguar la caída con copas y abrazos./ Resistir, después de todo". No sobra ni una palabra, ni se necesitan más. No sólo en este poema: también en el resto del libro. Despojada de todo artificio, esa voz, la de Natalia Menéndez, se ha presentado esta tarde en la casa, entre la resaca feliz de estos últimos días y alguna que otra decepción (es inevitable). Y de repente, esa voz poderosa lo ha llenado todo y le ha dado sentido al sinsentido de los lunes. (Al sinsentido en el que a ratos, sea lunes o cualquier otro día, se convierte todo esto: lo raro que sigue siendo vivir). Como la voz que escucha, que me está escuchando de nuevo, le da sentido al viaje. "Si tuviera que salvar algo del invierno,/ nos salvaría a los dos por estrechos pasillos,/ la ciudad gris y sus parques,/ aquel bar abierto de madrugada,/ el frío industrial y los poemas a medio escribir,/ bajo una luna afilada en cualquier parte". Sigue lloviendo, sí, y no sé si la lluvia querrá o no protegernos de tantas cosas (ni me importa demasiado, para qué engañarnos). Mientras tanto, lo hacen las palabras (palabras que perdurarán en el tiempo y que recomiendo con fervor no perderse) de Natalia Menéndez. Su sencilla y honda manera de dejar rastro.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Sara

Nos citamos en un local de comida rápida. En un Macdonald´s, para ser exactos. Previamente, por teléfono, así me lo había pedido. Ningún inconveniente, le dije. Llegó a la hora acordada. Yo ya la estaba esperando en una de las mesas más discretas, en la parte de arriba. Era la una del mediodía. No había mucha gente aún. Enseguida la reconocí. Me estrechó la mano, me dijo que era aún más guapo que en las fotos que aparecían en los periódicos y en las que tenía colgadas en el perfil de la red social que utilizo (la misma que utiliza ella: a través de ahí se empezó a dirigir a mí y comenzó nuestra amistad, aunque en su perfil no haya -todavía- fotos suyas y su nombre no sea el verdadero). Le agradecí el piropo con una amplia sonrisa. Se quitó el abrigo, dejó el bolso a un lado, y se sentó enfrente de mí. Me explicó que le apetecía comer uno de esos menús de hamburguesas y patatas saladas porque él nunca se lo permitía. Decía que toda esa comida era muy perjudicial para la salud. Él era su marido. Aún lo es. Aunque hacía nueve meses que lo había abandonado, según me había contado en los correos que me enviaba. Desde entonces, pese a las ganas que tenía por uno de aquellos menús, nunca se había atrevido a entrar sola en un Macdonald´s. Como antes tampoco se había atrevido a hacerlo en los de la ciudad en la que vivió durante cuatro años, ni siquiera en los de los centros comerciales. Temía que en cualquier momento, mientras estuviese comiendo uno de aquellos menús, él entrase por la puerta y le montase alguno de sus numeritos. Su marido era un maltratador. Por eso, después de muchos miedos e inseguridades, de algunos intentos previos fallidos, le había abandonado. No sé cómo logré hacerlo, me dijo, aún no lo sé. Coger cuatro cosas y marcharme de casa. Lo hice, como te dije en un correo, mientras él estaba trabajando. Lo tenía todo pensado, la noche anterior apenas pude conciliar el sueño. Sabía que nada más que se marchase a la oficina, yo cogería el primer tren y regresaría al norte, a esta tierra, donde vive mi tía, la única hermana de mi madre, la única pariente cercana que me queda. No te puedes imaginar, señaló, los nervios que pasé en aquellos momentos. Nunca me había sentido así de mal. Nunca. Tenía ganas de ir al baño constantemente, de vomitar. Una especie de electricidad recorría todos los rincones de mi cuerpo. Lo hice todo de un modo automático: ducharme, vestirme, meter aquellos cuatro trapos en una maleta... Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta de aquella casa que habíamos compartido, me hice pis sin darme cuenta y tuve que volver a meterme en la ducha y cambiarme de ropa. Las manos me temblaban, todo el tiempo. Casi tanto como ahora, mira. Y sostuvo su mano en el aire por unos segundos: temblorosa. Fueron muchas palizas. Muchas. Sin venir a cuento. Estando borracho y sin estarlo, que tampoco es que bebiese tanto. No sé cómo aguanté todo aquello. No, no lo sé, susurró. Parecía a punto de echarse a llorar. No quiero llorar, perdóname. Puedes hacerlo libremente, le dije: no hay que avergonzarse por llorar, es una necesidad como otra cualquiera. No, respondió tajante. Esa etapa ya quedó atrás. No quiero decir que soporté todo aquello en nombre del amor. Me avergüenza decir eso, a día de hoy. Porque ahora sé que el amor es otra cosa. "El amor no es la ostia", como dicen por ahí. Y tienen razón. Si las busco, las razones, digo, tampoco las encuentro. Le quería, sí, ¡fíjate qué estúpida!, pero esa tampoco es válida. No quiero pensar mucho en ello tampoco, si te soy sincera, ¿para qué? Quiero mirar hacia delante. Leer tu novela, desdramatizó. Todo lo que escribes me gusta mucho, ya lo sabes, por eso me apetecía, como te dije por correo, conocerte en persona. Gracias, murmuré. La valentía con la que expones algunas cosas de tu vida, me dijo, me ha ayudado mucho, aunque no te lo creas. Gracias, repetí. Trabajo, como te dije, en la tienda de mi tía, en el pueblo. Una de esas tiendas que tienen de todo. Aunque estudié magisterio, no se me van a caer los anillos por vender hilos o lo que haga falta. Todo lo contrario: me sirve para estar entretenida. También leo mucho, como siempre. Ella, mi tía, está a punto de jubilarse y necesita ayuda. En más sentidos de los que imagina: los años no pasan en balde. Vivo con ella, en el piso que tiene justo encima del negocio. A veces, suena el teléfono en mitad de la noche y las dos sabemos que es él, a más de mil kilómetros de distancia, pero, aunque algo se remueve en mi estómago, estoy empezando a sentir ese sonido como si sintiera el de la lluvia que cae por la noche. Menos reconfortante, claro. Saldré de ésta, me digo por lo bajo, tratando de conciliar el sueño de nuevo. Claro que saldré, repite. Cuatro años de matrimonio no se olvidan así como así, y más de un matrimonio así, pero hay que intentarlo. Querer es poder. Tengo cuarenta y cinco años. Hay que mirar hacia delante, siempre, siempre, aunque nos parezca imposible a ratos. Hay que seguir, añade. No queda otra. Oye, ¿pedimos ese menú? Yo creo, prosigue, que me voy a tomar dos... Y se ríe. Tiene una risa hermosa, fresca. Como si no le hubiese pasado nada malo en la vida. Como si la inocencia aún estuviese muy presente en ella. Yo pido, dice cogiendo la cartera del bolso. Y mientras la veo alejarse con paso firme de la mesa -la imagen de una mujer joven, guapa, con ganas de hacer cosas...-, en dirección a la zona de pedidos, sé que esta mujer se ha salvado.