sábado, 8 de agosto de 2026

El último kiosco

Cerró la semana pasada, por jubilación. Como antes cerraron otros y mañana cerrarán los que queden si es que queda alguno abierto por aquí, que no lo sé. ¡Cuántas revistas y periódicos habré comprado en ese kiosco a lo largo de mi vida! Quedaba cerca de la casa de mis padres y de la que fue nuestra casa durante muchos años hasta hace unas semanas. ¿Ya llegó el Fotogramas? Me veo allí delante haciendo esa pregunta, tiempo atrás, cuando había visto que ese mes salía en la portada alguien que me interesaba muchísimo. No, todavía no ha llegado: pregúntame mañana. Y al día siguiente, insistente, allí estaba de nuevo antes de que los repartidores hicieran su trabajo. Otros tiempos. Aquellos tiempos en los que lo leíamos casi todo y todo en papel.  


Las cosas van cambiando poco a poco o a grandes velocidades, según las circunstancias. El ritmo no para. A veces resulta cansino, avasallador. Agota. Es lo que hay. O te dejas llevar o te quedas como esas personas mayores que son incapaces de arreglarse en el banco con las dichosas maquinitas: meter el DNI, la operación que quieres realizar, estar pendiente de la pantalla con unos números imposibles, etcétera. (Sé de lo que hablo porque a veces acompaño a mi padre al banco con los papeleos y veo a muchas personas octogenarias muy desorientadas, y hacía lo mismo con mi madre en sus numerosas visitas al hospital, donde el sistema es el mismo). 

Dejamos de comprar muchas revistas porque las propias revistas desaparecieron. Y la mayoría de las que quedan ya no son lo que eran. Leemos el periódico por internet porque sale más barato y para los que madrugamos mucho ya lo tenemos disponible a las 6 de la mañana. Y los coleccionables de libros hace tiempo que no merecen la pena (¿os acordáis de aquella colección imponente de RBA con grandes títulos de la narrativa mundial?). Y la rueda sigue. Y todos entramos en ella, qué remedio. 

Aquella vieja escuela, como apuntaba una distinguida anciana y voraz lectora que me visitaba con frecuencia en la primera librería en la que trabajé. 

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