martes, 6 de octubre de 2026

La película de mi vida. Libro colectivo.

Manolo Abad me pidió un texto para este libro colectivo. Podría haber elegido varias películas españolas (hoy se celebra el día del cine español), pero creo que he escrito mucho sobre la importancia de algunas de ellas en mi vida. Tampoco eso era demasiado importante, ciertamente. Cada uno escribe sobre lo que le gusta, sobre lo que le da la gana, sobre lo que forma parte de su universo particular. Podría haber elegido muchas películas de cualquier país. Todas trazarían un mapa íntimo y muy personal. Un rastro que me definiría como lo hacen mis gestos, mis actitudes o mis lecturas. El cine me ha acompañado desde muy pequeño y lo sigue haciendo: en pantalla grande y en las pantallas caseras. El cine me ha ayudado a sobrellevar momentos muy difíciles de mi vida. Continúa haciéndolo porque la vida no se cansa de poner trabas. 


Escogí 'Opening night', de John Cassavetes porque es una de esas películas. Por el director, por el guion, por la importancia del teatro en la historia, por la impecable composición de todos los personajes, especialmente el de Gena Rowlands, a quien, junto a Bette Davis (37 años se cumplen hoy de su desaparición), elegiría como la mejor actriz de todos los tiempos. Porque, como me ocurre con algunos libros ya leídos (abrirlos al azar y dejarme llevar), puedo poner en mitad de la madrugada algunas escenas de la película y quedarme embobado viéndolas como si fuera la primera vez. No me canso de verlas. Como no me canso de ver a Rowlands, aquí y en cualquiera de sus interpretaciones. Lo que hace en esta película es insuperable. Esa es la palabra. No hay otra que defina mejor su trabajo. Pero eso, entre otras cosas, lo cuento en el texto. 

Aunque yo no podré estar, el libro se presenta el próximo martes en el Club de Prensa. Enhorabuena a mis colegas y, naturalmente, a Manolo. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Recuerdo a Gonzalo Suárez

Recuerdo a Gonzalo Suárez hablando con fascinación de Charo López y a Charo López, a carcajada limpia y con los ojos vidriosos, hablando de Gonzalo Suárez. 


Recuerdo a Gonzalo Suárez dirigiendo a Carmen Maura y a Marisa Paredes en esa disparatada maravilla que es 'La reina anónima', hoy imposible de revisitar. Y también recuerdo cómo Maura y Suárez contaban que le habían ocultado a Paredes hasta el último momento que aquel misterioso papel iba a ser para ella. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez haciendo un tándem inolvidable y un punto surrealista con la inmensa Amparo Soler Leal en '¿Qué he hecho yo para merecer esto?', película que merece estar entre las diez mejores de Almodóvar.

Recuerdo a Gonzalo Suárez presentando 'El portero' y a esos dos actorazos, sensuales y versátiles, que son Maribel Verdú y Carmelo Gómez. 

Recuerdo ver a Ana Belén y a Víctor Manuel en 'Morbo', inclasificable película de Gonzalo Suárez, en aquel "Cine de medianoche" que ideó Pilar Miró, sabiendo bien lo que programaba en aquella sección. También recuerdo a mi padre diciéndome que me fuera para la cama. 

Recuerdo a Victoria Abril y a Charo López en 'Los pazos de Ulloa'. Dos diosas en la misma serie. Dos genios unidos: Emilio Pardo Bazán y Gonzalo Suárez. 

Recuerdo a Paco Rabal, José Sacristán y Charo López en 'Epílogo' como uno de los tríos más potentes de la historia del cine español. Recuerdo que la belleza de Charo en esa película roza la locura. 

Recuerdo que en el estreno de 'Mi nombre es sombra' en el Filarmónica estaba solo en el cine. Un libro de Gonzalo Suárez cogido previamente de la biblioteca y yo. 

Recuerdo a Emma Penella interpretando a Ana Ozores, cuando Aitana Sánchez-Gijón (posterior Ozores) debía de tener unos seis años.

Recuerdo a Javier Bardem desnudo en las playas de Llanes y a una Charo López majestuosa en 'El detective y la muerte'. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez fumando un puro, bebiendo una copa de vino tinto y hablando con su voz pausada como si estuviera recitando un poema de Ángel González, otro genio asturiano. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez recibiendo feliz su Goya de Honor. Y también recuerdo que pensé que Charo López hubiese sido la persona indicada para entregárselo.  

Recuerdo que antes cuando se moría un personaje cinematográfico de gran envergadura la 2 programaba un ciclo con sus películas. 

Recuerdo que la librería Matadero Uno de Oviedo tiene todos los libros de Gonzalo Suárez. 

sábado, 26 de septiembre de 2026

La bola negra

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros", escribe Javier Marías en 'Negra espalda del tiempo'. Todo lo perdemos. Todo lo perdieron quienes tuvieron que ocultar su amor por ser un amor diferente al de la mayoría, siempre aceptado. Todo lo perdieron, pero todo se quedó dentro de sus corazones "porque todo se queda, menos nosotros". Todo se quedó, menos ellos, que ya se fueron. De esto, en gran parte, es de lo que nos hablan Javier Ambrossi y Javier Calvo en su última y rotunda película, 'La bola negra'. Del amor que no se podía nombrar (y que aún sigue sin poder hacerse en numerosos lugares, conviene recordarlo), de la sexualidad que no se podía nombrar (y también continúa así en esos lugares), de la sinrazón, de las bolas negras que golpeaban los pechos y los destinos como repugnante letra escarlata. Y más aún, si cabe, dentro del horror de una guerra, de cualquier guerra.


De tres espacios temporales se sirven los directores para narrar su descomunal historia. Ese tiempo que se mueve con agilidad y sabiduría, del pasado al presente, del presente al pasado, y así sucesivamente. No hay pérdida porque todo, desde el guion, está perfectamente atado. Un guion muy sólido, como debe ser en este tipo de historias. Y, como la nieve que cae, el frío que cala, la palabra que hiere, el sufrimiento que desgarra, las miradas que construyen, la camaradería que ayuda en la supervivencia, las canciones que animan y excitan de una cupletista exuberante (Penélope Cruz, a lo grande, sabiendo morder con garra la manzana cuando es jugosa) a la que se le empañan los ojos cuando recuerda, la voz de Lorca. La voz de Lorca atravesándolo todo. La poesía de Lorca. Su fatal desenlace en el fatal desenlace de quienes sintieron lo mismo que él. Triste historia de España. 

El amor que arrasa, la carne que se eriza, el deseo que se vuelve irrefrenable. Las leyes del amor y del deseo. Y el miedo, los miedos, y la delicadeza en sus variadas formas. Los temblores que surgen de todo eso. Los vaivenes del destino. El capricho del azar. Las palabras que se escriben y se extravían. La mujer que estudia las palabras que quedan (Glenn Close, da igual el idioma que hable, que se come la pantalla con su presencia y la manera de modular la voz: tendría su punto que se llevase el Oscar por este papel). La madre que llora al hijo perdido (impresionante Mona Martínez). La madre que llora y disimula (siempre impecable María Morales: siempre reclamando un protagonista en cine para ella, tan sabia en sus teatros). El hijo que es nieve y la nieve que es refugio y también dificultad, contratiempo, temor. Todo está ahí, en este puzle que revuelve, agita, emociona, conmueve, abrasa, sacude, arrolla. Este puzle que grita sin complejos contra tanta homofobia acumulada. Ayer, hoy. 

La película está llena de bellísimos momentos. El principio y el final. La historia de los personajes de Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau (espléndidos ambos en complicados papeles, sobre todo el del primero). Toda la música de Guitarricadelafuente. Todo el plumerío de Penélope. El homenaje a Almodóvar y a la Marisa Paredes de 'La flor de mi secreto'. A los marineros de Fassbinder. Y a aquel director que, con sus aciertos y sus errores, se acercó en numerosas ocasiones a la guerra civil, Vicente Aranda. He sentido ecos de su mejor cine, y tanto el personaje de Penélope como el de Lola Dueñas (deslumbrante) son herederos de los de la Victoria Abril de aquellas películas. 

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros". 
Aquí, por tanto, 'La bola negra' de Ambrossi y Calvo: las huellas que se quedan. Que se quedarán cuando ni ellos ni nosotros estemos ya por aquí. 



miércoles, 23 de septiembre de 2026

El cumpleaños de Romy

Romy Schneider también aparece en mi último libro publicado, 'Frances Farmer no murió en Seattle'. Una especie de presencia fantasmal (o no tanto) que camina por la Viena de nuestros días. O tan solo por la cabeza de quien la recuerda y piensa en ella. Realidad o deseo. El deseo, casi siempre, es más poderoso que la propia realidad. Quien lea el relato, escogerá la opción que más oportuna le parezca. Ella, en todo caso, realidad o deseo, seguirá allí. Aquí. Dentro y fuera de la pantalla. Dentro y fuera de nuestra memoria.

Romy nacía un día como hoy del año 1938. Lo importante, en todo caso, es amar. Sus ojos decían muchas cosas, pero la principal siempre fue esa.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo

Sol. Temperaturas frescas, otoñales. Café recién hecho y tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga. Lectura de la recientemente desaparecida Annie Dillard, 'La vida en la escritura'.

El sosiego de las primeras horas del domingo. El mundo que se va despertando al otro lado de la ventana, con su propios ritmos y latidos. 20 de septiembre.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Mi madre y Edna

Mi madre no sabía quién era Edna O`Brien. Yo se lo conté. Una gran escritora repudiada en su tierra por pensar y sentir en libertad (nada nuevo, para escritoras y escritores que se salen de la norma), recuperada muchos años después, ya cerca del final. Mi madre me contó una historia de un hombre gay que se tuvo que ir de esta ciudad a finales de los años 70 por eso, por ser gay (me reservo esa historia para un libro o lo que sea, si es). Al grano: Edna tenía un nuevo libro. Lo quieres, ¿no?, preguntó mi madre. Lo quiero, madre, ya lo sabes. Vamos a buscarlo, dijo. Vamos. Fuimos. No recuerdo hoy la librería. Aquella mañana de septiembre, siete años atrás. Edna y mi madre. Mi madre y yo. Una vez más. No es el libro que más me gusta de la escritora irlandesa (La chica, Lumen editorial), pero es un gran libro (os lo recomiendo). Este invento me recuerda hoy todo esto. Este invento. Todo esto. Qué sé yo. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquel 11 de septiembre

Dos hombres regresan a casa después de tomar unos aperitivos por los alrededores. Como uno de los hombres vive solo en esa casa, está acostumbrado a tener la televisión siempre encendida. Y la enciende en un gesto casi automático. Es entonces cuando los dos hombres sienten una punzada en el estómago, un vuelco en el corazón. La presentadora del telediario comenta, entre los nervios y el asombro, las imágenes que están emitiendo. Un avión atraviesa una de las dos Torres Gemelas de Nueva York. Está sucediendo ahora mismo. Ninguno de los dos hombres ha estado en la ciudad, pero los edificios son icónicos: aparecen en numerosas películas, series y publicaciones. No saben qué decir, qué hacer, a quién llamar. Aquello parece una alucinación, una pesadilla, una broma pesada. ¿Qué está sucediendo? ¿Será el tan anunciado fin del mundo?

Las preguntas más idiotas siempre surgen en los momentos de mayor confusión. 
En medio de la perplejidad y la turbación, se abrazan. El sol se va enfriando al otro lado de la ventana. Los mediodías de septiembre siempre arrastran una tristeza inexplicable. ¿Abrimos una botella de vino? Antes de que puedan hacerlo, un nuevo avión ha impactado en la otra Torre. Humo, caos, fuego, pequeños puntos negros en las ventanas de los edificios. Todo parece una maqueta, también el escenario de una película de catástrofes de los 70 o los 80. La entrada del infierno. El infierno, sin duda, como único concepto.

Hoy se cumplen 25 años de aquella escena. Dos hombres contemplando, sin saberlo, el fin de una época. El derrumbe definitivo del sueño americano. Luego, beben vino y bailan sobre aquella alfombra vieja y deshilachada. El baile como reacción inesperada contra el miedo. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Las reacciones humanas siempre son imprevisibles en momentos así. 
¿El futuro? Una incógnita. 

2026. Uno de aquellos hombres lleva diez años muerto. El otro, insomne, escribe esto y piensa que esa incógnita está, como siempre, por despejar.