sábado, 26 de septiembre de 2026

La bola negra

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros", escribe Javier Marías en 'Negra espalda del tiempo'. Todo lo perdemos. Todo lo perdieron quienes tuvieron que ocultar su amor por ser un amor diferente al de la mayoría, siempre aceptado. Todo lo perdieron, pero todo se quedó dentro de sus corazones "porque todo se queda, menos nosotros". Todo se quedó, menos ellos, que ya se fueron. De esto, en gran parte, es de lo que nos hablan Javier Ambrossi y Javier Calvo en su última y rotunda película, 'La bola negra'. Del amor que no se podía nombrar (y que aún sigue sin poder hacerse en numerosos lugares, conviene recordarlo), de la sexualidad que no se podía nombrar (y también continúa así en esos lugares), de la sinrazón, de las bolas negras que golpeaban los pechos y los destinos como repugnante letra escarlata. Y más aún, si cabe, dentro del horror de una guerra, de cualquier guerra.


De tres espacios temporales se sirven los directores para narrar su descomunal historia. Ese tiempo que se mueve con agilidad y sabiduría, del pasado al presente, del presente al pasado, y así sucesivamente. No hay pérdida porque todo, desde el guion, está perfectamente atado. Un guion muy sólido, como debe ser en este tipo de historias. Y, como la nieve que cae, el frío que cala, la palabra que hiere, el sufrimiento que desgarra, las miradas que construyen, la camaradería que ayuda en la supervivencia, las canciones que animan y excitan de una cupletista exuberante (Penélope Cruz, a lo grande, sabiendo morder con garra la manzana cuando es jugosa) a la que se le empañan los ojos cuando recuerda, la voz de Lorca. La voz de Lorca atravesándolo todo. La poesía de Lorca. Su fatal desenlace en el fatal desenlace de quienes sintieron lo mismo que él. Triste historia de España. 

El amor que arrasa, la carne que se eriza, el deseo que se vuelve irrefrenable. Las leyes del amor y del deseo. Y el miedo, los miedos, y la delicadeza en sus variadas formas. Los temblores que surgen de todo eso. Los vaivenes del destino. El capricho del azar. Las palabras que se escriben y se extravían. La mujer que estudia las palabras que quedan (Glenn Close, da igual el idioma que hable, que se come la pantalla con su presencia y la manera de modular la voz: tendría su punto que se llevase el Oscar por este papel). La madre que llora al hijo perdido (impresionante Mona Martínez). La madre que llora y disimula (siempre impecable María Morales: siempre reclamando un protagonista en cine para ella, tan sabia en sus teatros). El hijo que es nieve y la nieve que es refugio y también dificultad, contratiempo, temor. Todo está ahí, en este puzle que revuelve, agita, emociona, conmueve, abrasa, sacude, arrolla. Este puzle que grita sin complejos contra tanta homofobia acumulada. Ayer, hoy. 

La película está llena de bellísimos momentos. El principio y el final. La historia de los personajes de Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau (espléndidos ambos en complicados papeles, sobre todo el del primero). Toda la música de Guitarricadelafuente. Todo el plumerío de Penélope. El homenaje a Almodóvar y a la Marisa Paredes de 'La flor de mi secreto'. A los marineros de Fassbinder. Y a aquel director que, con sus aciertos y sus errores, se acercó en numerosas ocasiones a la guerra civil, Vicente Aranda. He sentido ecos de su mejor cine, y tanto el personaje de Penélope como el de Lola Dueñas (deslumbrante) son herederos de los de la Victoria Abril de aquellas películas. 

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros". 
Aquí, por tanto, 'La bola negra' de Ambrossi y Calvo: las huellas que se quedan. Que se quedarán cuando ni ellos ni nosotros estemos ya por aquí. 



miércoles, 23 de septiembre de 2026

El cumpleaños de Romy

Romy Schneider también aparece en mi último libro publicado, 'Frances Farmer no murió en Seattle'. Una especie de presencia fantasmal (o no tanto) que camina por la Viena de nuestros días. O tan solo por la cabeza de quien la recuerda y piensa en ella. Realidad o deseo. El deseo, casi siempre, es más poderoso que la propia realidad. Quien lea el relato, escogerá la opción que más oportuna le parezca. Ella, en todo caso, realidad o deseo, seguirá allí. Aquí. Dentro y fuera de la pantalla. Dentro y fuera de nuestra memoria.

Romy nacía un día como hoy del año 1938. Lo importante, en todo caso, es amar. Sus ojos decían muchas cosas, pero la principal siempre fue esa.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo

Sol. Temperaturas frescas, otoñales. Café recién hecho y tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga. Lectura de la recientemente desaparecida Annie Dillard, 'La vida en la escritura'.

El sosiego de las primeras horas del domingo. El mundo que se va despertando al otro lado de la ventana, con su propios ritmos y latidos. 20 de septiembre.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Mi madre y Edna

Mi madre no sabía quién era Edna O`Brien. Yo se lo conté. Una gran escritora repudiada en su tierra por pensar y sentir en libertad (nada nuevo, para escritoras y escritores que se salen de la norma), recuperada muchos años después, ya cerca del final. Mi madre me contó una historia de un hombre gay que se tuvo que ir de esta ciudad a finales de los años 70 por eso, por ser gay (me reservo esa historia para un libro o lo que sea, si es). Al grano: Edna tenía un nuevo libro. Lo quieres, ¿no?, preguntó mi madre. Lo quiero, madre, ya lo sabes. Vamos a buscarlo, dijo. Vamos. Fuimos. No recuerdo hoy la librería. Aquella mañana de septiembre, siete años atrás. Edna y mi madre. Mi madre y yo. Una vez más. No es el libro que más me gusta de la escritora irlandesa (La chica, Lumen editorial), pero es un gran libro (os lo recomiendo). Este invento me recuerda hoy todo esto. Este invento. Todo esto. Qué sé yo. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquel 11 de septiembre

Dos hombres regresan a casa después de tomar unos aperitivos por los alrededores. Como uno de los hombres vive solo en esa casa, está acostumbrado a tener la televisión siempre encendida. Y la enciende en un gesto casi automático. Es entonces cuando los dos hombres sienten una punzada en el estómago, un vuelco en el corazón. La presentadora del telediario comenta, entre los nervios y el asombro, las imágenes que están emitiendo. Un avión atraviesa una de las dos Torres Gemelas de Nueva York. Está sucediendo ahora mismo. Ninguno de los dos hombres ha estado en la ciudad, pero los edificios son icónicos: aparecen en numerosas películas, series y publicaciones. No saben qué decir, qué hacer, a quién llamar. Aquello parece una alucinación, una pesadilla, una broma pesada. ¿Qué está sucediendo? ¿Será el tan anunciado fin del mundo?

Las preguntas más idiotas siempre surgen en los momentos de mayor confusión. 
En medio de la perplejidad y la turbación, se abrazan. El sol se va enfriando al otro lado de la ventana. Los mediodías de septiembre siempre arrastran una tristeza inexplicable. ¿Abrimos una botella de vino? Antes de que puedan hacerlo, un nuevo avión ha impactado en la otra Torre. Humo, caos, fuego, pequeños puntos negros en las ventanas de los edificios. Todo parece una maqueta, también el escenario de una película de catástrofes de los 70 o los 80. La entrada del infierno. El infierno, sin duda, como único concepto.

Hoy se cumplen 25 años de aquella escena. Dos hombres contemplando, sin saberlo, el fin de una época. El derrumbe definitivo del sueño americano. Luego, beben vino y bailan sobre aquella alfombra vieja y deshilachada. El baile como reacción inesperada contra el miedo. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Las reacciones humanas siempre son imprevisibles en momentos así. 
¿El futuro? Una incógnita. 

2026. Uno de aquellos hombres lleva diez años muerto. El otro, insomne, escribe esto y piensa que esa incógnita está, como siempre, por despejar. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Último viernes de agosto

Viernes. El último de agosto. Salgo, como cada mañana, sobre las nueve para caminar alrededor de dos horas. Ha refrescado. Ya se va notando por aquí la agonía del verano. Ese sol frío que intenta abrirse paso entre nubes y árboles. El hombre que todos los días está sentado en un banco del parque y que imagino que duerme en un albergue o en un piso que tiene que abandonar temprano, hoy está en la terraza de un bar que todavía permanece cerrado comiendo una lata de sardinas con un pequeño bollo de pan. No tiene bebida, pero no me atrevo a ofrecerle un café porque nunca lo he visto pidiendo. Quizá pueda sentirse ofendido. 

Un poco más allá, un hombre le cuenta a una mujer que su esposa no sale de casa desde que está en silla de ruedas. La mujer dice que la vida es un regalo, que se anime. El hombre dice gracias y pone cara de que estamos ante un empeño imposible. 
Dos jóvenes juegan al baloncesto (sus playeros están destrozados), tres mujeres mayores caminan a buen ritmo y hablan de sus últimas lecturas, una pareja muy joven arrastra con desgana el carrito de un bebé. 
Pronto llegará el alboroto de los autobuses escolares. Los ciclos siempre se repiten.  

No ha sido el mejor verano de mi vida, por diversas razones. Pero he escrito un poema que creo que merece la pena (el tiempo dirá), un texto para la contraportada del próximo libro de un amigo y escritor admirado, otro texto para el libro colectivo que organiza otro amigo escritor, y continúo con mis nuevos cuentos. Poco a poco. Ya no hay prisa por nada. He leído unos cuantos libros y visto otras tantas películas. No ha estado mal. 
Espero con ganas los nuevos libros de António Lobo Antunes, Javier Marías, Colm Tóibín y Deborah Levy. 

Pienso que en menos de dos meses será mi cumpleaños. La ausencia sigue siendo devastadora. Huyo del ruido, busco libros de segunda mano, cuido de mi familia, cocino lo justo (me cansa mucho últimamente), me adapto a la nueva casa. Llega septiembre. Sigo caminando. 


jueves, 27 de agosto de 2026

El ser querido

Me quito el sombrero, una vez más, ante el trabajo de Rodrigo Sorogoyen. Qué talento. Y qué manera tan inteligente de manejar ese talento con el de los demás. Queda claro desde el principio, desde esos veinte minutos iniciales: el director y su guionista habitual, Isabel Peña, van a por todas. Esos veinte minutos iniciales que conmueven, que perturban, que incomodan, que insinúan todo lo que vendrá después. Un famoso y prestigioso director le propone un papel a su hija, actriz en horas bajas y a la que hace mucho tiempo que no ve, en su nueva película. 


Ella, tras descolocar un poco al padre diciéndole que se lo va a pensar, acepta y ahí empiezan a surgir las rencillas, los tormentos, el abismo que los separa, el silencio que los distanció durante todos esos años. Se dicen algunas cosas y quedan difuminadas otras. La relación de ese director con un pasado lleno de grandes sombras y el dolor que la ausencia del padre provocó en la chica, criada y protegida por una madre de la que también se dicen algunas cosas y se callan otras. Quizá sea suficiente así, pero me gustaría que ese personaje hubiese tenido un poco más de recorrido.   

Es imposible apartar la mirada de Javier Bardem ni un solo segundo. Cómo habla, cómo calla, cómo se enfurece, cómo se comporta con el equipo de rodaje (sobrecogedora la escena de su personaje en la habitación de la compañera de rodaje), cómo vigila desde el silencio, cómo observa a su hija. Y ella, la hija, interpretada por Victoria Luengo, mantiene en todo momento el altísimo nivel impuesto por su compañero, ese descomunal Bardem que aquí tanto me ha recordado a su madre. 
Destaco también la breve y sólida interpretación de Raúl Arévalo, actor que siempre merece mayor protagonismo.  

'El ser querido' te conmueve, te remueve, te hace pensar cuando dejas atrás una sala de cine (primera sesión de la tarde en el día de su estreno) que estuvo llena de gente atenta y silenciosa. Siempre a la expectativa. 

Un Sorogoyen -otro- dejando el listón en lo más alto.