Diez relatos memorables
Soledad Puértolas a lo largo de
su larga y fructífera trayectoria ha ido alternando la novela con el relato
(más largo, más corto). También, aunque de manera más distanciada en el tiempo,
ha cultivado el ensayo en títulos como 'La lucha por la vida’, ‘La vida oculta'
(Premio Anagrama), 'Nostalgia de los demás', ‘Lúcida melancolía’ (dentro de la
colección Baroja & Yo) o 'Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre
las palabras', delicioso acercamiento al fascinante mundo del lenguaje.
Recuerdo que hace tiempo alguien le preguntó por la poesía y, de un modo un
tanto huidizo, la escritora no quiso confirmar ni desmentir nada, aunque algo
hacía vislumbrar que podría tener material inédito a este respecto en un cajón.
El tiempo, como siempre, tendrá las respuestas, despejará las incógnitas.
Regresa ahora Soledad al relato
corto, que podríamos emparentar con títulos como 'Una enfermedad moral',
‘Compañeras de viaje’, ‘Chicos y chicas’ o 'El fin', siendo el cuento que da
título a ese volumen uno de los mejores que Puértolas ha escrito. Y decir esto,
como imaginarán, es mucho decir. Un incidente cotidiano servía en aquella
historia para poner negro sobre blanco algunos de los temas preferidos de la
autora: el miedo, el azar, la complejidad de las relaciones humanas (entre
familia, parejas, amigos o desconocidos), lo que se esconde al primer golpe de
vista, lo que se intuye, la cercanía de la muerte...
Temas que vuelven a estar en este
espléndido libro, 'En el camping', compuesto por diez relatos memorables, que
dejan, en cierta manera, como ocurría en 'El fin', un escalofrío y la sensación
de que la vida, siendo algo único y formidable, puede llegar también a pesar
demasiado en numerosas ocasiones.
Así ocurre con relatos
extraordinarios como ‘Amigas’, 'Teléfonos' (que nos remite de inmediato a
Raymond Carver), 'Amores', 'Annemasse' o 'En el camping'. La vida se disfruta.
La vida se complica. La vida tiene su lado inexplicable, incomprensible. La
vida, finalmente, pasa, se escapa. Y con ella, hallazgos y certezas, vaivenes y
deslices, amores (posibles, imposibles) y desamores, momentos un tanto
inquietantes y pequeños momentos de placer aparentemente -y sólo aparentemente-
insignificantes (un paseo, un café o una copa en una terraza, una conversación
con un desconocido, un encuentro inesperado, una lectura a la sombra, un
planteamiento intenso o fugaz, una observación...).
Hay que ser, en todo caso,
pacientes con la vida. No perder la calma. Eso también vienen a decirnos
algunos de los personajes de este nuevo libro, repleto de reflexiones tan
certeras, hermosas y contundentes como esta:
“¡Cuántas partes tiene la vida y
qué inconexas parecen cuando son contempladas desde lejos, mientras se va
reduciendo la distancia que separa lo vivo de lo inerte! Morirás en breve, aun
cuando esa brevedad pueda transcurrir despacio. La mente es atravesada por
ráfagas de pensamientos solemnes, como sacadas de las páginas de un libro
encuadernado en piel o de una obra de teatro. Ya nadie contará tu vida. Tú no
estarás para escucharla. Querida Liliana: estas serán nuestras últimas
palabras”.
Palabras mayores. Como las que
recorren este libro y el resto de la obra de una escritora cuyo nombre ya debería
ir acompañado de los grandes premios de este país. Busquen este nuevo título
que acaba de llegar a las librerías, rastreen los anteriores si no lo han hecho
ya, y luego estoy convencido de que estarán de acuerdo conmigo.
(Este artículo fue publicado en la revista El Cuaderno).