miércoles, 4 de noviembre de 2026

Cristina Fernández Cubas, Premio Cervantes

Eso que está ahí, al otro lado, que en ocasiones nos asusta y a lo que no sabemos muy bien qué nombre ponerle o donde encajarlo, pocas veces y de un modo tan sutil, se nos presenta como en los cuentos de Cristina Fernández Cubas. El misterio que se esconde detrás de los días y las noches, de determinados acontecimientos, historias del pasado reciente o lejano, o esas casualidades que nos sorprenden, que nos descolocan, que no encajan, que no coinciden exactamente con lo que esperábamos o con lo que debería ser lo lógico, lo previsible. Ese misterio, en los cuentos de la escritora catalana (sólida y original como pocas dentro de nuestra narrativa) que acaba de recibir el Premio Cervantes, siempre está ahí, presente, flotando en el aire, entre líneas, muy vivo. El desasosiego, como un hilo que se va tensando a medida que avanza la lectura de sus relatos, también.

El misterio, el enigma, lo que no se ve y lo que nos desconcierta: todo está en el discurrir de las vidas cotidianas, de cualquiera de nuestras vidas. O en las suyas (no nos dispersemos), las de sus protagonistas. Que, a veces, parecen encerrados en sus propias brumas, caminando entre extrañas corrientes, inamovibles. En la incertidumbre misma de la propia existencia. Hay cosas que no pueden explicarse, ya se sabe. O que cada uno le otorgue su propia, su justa explicación. No sé qué será mejor. Se suceden los enigmas. Pero ya estamos atrapados (y, a ratos, desconcertados) en la historia. Los enigmas como siluetas inquietantes o como desequilibrios de la mente.
Hay unos versos de José Luis García Martín que dicen: Cuando nieva en un poema, no es necesario abrigarse. / Pero tampoco está de más. Al hilo de estas evocadoras palabras, podría decirse que, tras la lectura de los cuentos de la Cubas, como hacíamos en la niñez después de leer aquellos libros que resistieron el paso del tiempo, no es necesario que busquemos fantasmas debajo de las camas, en los desvanes o dentro de esos viejos armarios con el olor de la humedad impregnado en las sábanas limpias, pero tampoco estaría de más. 
No quiero olvidarme de otros cuentos de la autora, 'Cosas que ya no existen', publicados inicialmente por Lumen (ahora también, como el resto de su obra, en Tusquets), que conforman una especie de autobiografía, una de esas lecturas imprescindibles de las que no debería dejar de hablarse para que no quedasen arrinconados en cualquier esquina.
Volver a leer los cuentos de Cristina Fernández Cubas, con premio o sin él (mejor con él, claro), es adentrarse de nuevo en un fascinante laberinto que nos resistimos a abandonar.

sábado, 31 de octubre de 2026

Muertos, flores, cementerios

Estos días, como en 'Volver' (esa película de Almodóvar que está entre las diez mejores de su filmografía), los cementerios se llenan de gente (mujeres, sobre todo) que limpia y pone flores en las lápidas de sus muertos. Es casi un espectáculo. Es su manera de honrar a sus seres queridos. Yo, de pequeño, iba con mis padres a los cementerios correspondientes. Luego, las abuelas preparaban comidas exquisitas y abundantes. Vino bueno que terminaba derramándose sobre los manteles de los días señalados. Las comidas que corresponden a los tiempos del frio, aunque ahora el frío sea menor. Todo eso me parece bien. Cada uno expresa como puede o como quiere el dolor que siente por esas personas a las que no va a volver a ver nunca más. Nunca más. Qué dos palabras tan terribles cuando se juntan. 


Yo no puedo hacerlo. No puedo ni siquiera acercarme a las puertas del cementerio donde está enterrada mi madre. Saber que sus cenizas (cenizas que ya no son madre) están ahí, detrás de una piedra helada, me descompone por completo. El dolor me desgarra, me hace aullar. No puedo hacerlo. No puedo soportarlo. Posiblemente, si lo hiciera, acabaría en el hospital de un ataque de ansiedad. La tensión por las nubes. Una rabia y una angustia que me comen vivo por dentro. Mi madre no querría verme así. Eso lo tengo claro. 

Yo honro a mi madre todos los días, recordándola constantemente. Escribiendo sobre ella. Pensando en sus risas, en sus consejos, en su bondad, en qué haría ante cada nueva disyuntiva. Pensando en sus manos. Esas manos que yo besaba como las gatas lamen el cuerpo indefenso de sus cachorros. Manos, madre, tierra, mar. Pensando en el olor de esas manos. Olor a limpio, a gel suave, a colonia fresca. A madre buena y sabia. Madre hermosa en todos los sentidos. Madre que ya no está.

Es mi manera de honrarla, cada día. Haciendo que habite en mí, lejos de cementerios, ruidos y flores (las flores, en mi opinión, siempre en vida: las cenizas no pueden tocarlas, sentirlas, olerlas...) que se marchitarán más pronto que tarde. Antes, probablemente, de que llegue el frío del invierno. 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Charo López está de cumpleaños

Cinco minutos. A Charo López, que hoy está de cumpleaños, le bastan cinco minutos en pantalla para demostrar que es una actriz enorme. El mundo en cinco minutos. Toda la vida de su personaje, pasado y presente, en cinco minutos. La tristeza, la picardía, la melancolía, la angustia, el temblor o la carcajada se le sube a los ojos y ya está. Eso hace la Nati, su personaje en 'La colmena' (obra maestra de Mario Camus basada en la novela de Camilo José Cela), cuando se encuentra con Martín, el pobre poeta que interpreta Pepe Sacristán. No necesita más. Y un enorme escalofrío te atraviesa cuando vuelves a verla. Poderosa Charo. Poderosa Nati, a la que la salmantina le pone clase y belleza, palabras y silencios, pasado y presente, futuro incierto y resignación. 

Y ahora tengo que irme, Martín, que me están esperando. 

sábado, 24 de octubre de 2026

Día de las bibliotecas

Cuando era joven, como ya tenía mucha imaginación y unos cuantos libros y películas a cuestas, pensaba que iba a encontrar el amor en una biblioteca. Iba a buscar libros (sigo haciéndolo), evidentemente, pero había algo en mi cabeza que me llevaba a ese pensamiento. ¿Por qué no?, me preguntaba. Quizá a alguien, más allá de los libros y las películas, le haya pasado. No fue mi caso. Ni cuando iba a buscar libros, a estudiar o a escribir. Mi destino estaba en otra parte. 

Más allá de estas fantasías de juventud, toda mi gratitud para todas las personas que trabajan (o han trabajado) en las bibliotecas. Qué triste sería el mundo sin ellas. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Patti Smith, Premio Princesa de Asturias

Veo a Patti Smith, primera artista, preciosísima voz, y veo a Lou Reed, a Bob Dylan, a Robert Mapplethorpe, a Jessica Lange, a Sam Shepard... Recordemos que Patti acompañó al actor y escritor en los últimos tiempos de su tremenda enfermedad. Veo a Patti Smith, digo, y veo a todos esos amigos. Imagino cosas: encuentros, conciertos, charlas, bancos de un parque, tragos compartidos, risas, poesías, lágrimas, fotografías, músicas, reivindicaciones, luchas, palabras, silencios. Días perfectos. Días imperfectos. Imagino cosas que, probablemente, fueron así. La imaginación aquí no se despista. La imaginación aquí sirve para hacer aún más grande al personaje. Veo a Patti Smith en Mieres (¡en Mieres!), uno de los escenarios de mi infancia y juventud, el lugar donde está enterrada mi madre. Y pienso: quién nos lo iba a decir entonces, quién. La veo ahí, en Mieres, y me emociono. Éramos unos niños, titula Patti uno de sus libros fundamentales. Nosotros también lo éramos asomados a aquellos ventanales. El tiempo va y viene. El tiempo es ahora y es entonces. El tiempo se rige por todos esos latidos, por todos esos círculos. Se abren, se cierran. No se olvidan.
Mieres-Nueva York-Mieres. 

Cuántas noches regresan a la memoria viendo a Patti Smith por las calles asturianas. Cuántas amistades, irremediablemente perdidas. Patti, a lo lejos, en aquellos bancos destartalados de un parque de Nueva York, parecía simpática pero inalcanzable. Y Patti, simpática y cercana, está ahora aquí, a la vuelta de una esquina, dispuesta a recoger su flamante premio, riendo y cantando, alzando su voz, solo para nosotros. Casi podemos tocar su brazo, su mano, su rostro, su legendario cabello (suelto o recogido en dos trenzas). Casi podemos acercar nuestras botas a las suyas. No pierde la sonrisa ni la humildad en ningún momento, síntoma inequívoco de inteligencia. Cuánto debería aprender alguna gente de esa sabiduría. El mundo fluiría de un modo más adecuado, más sereno. 

"Tomaos un tiempo para contemplar la luna", les dijo a los alumnos de un colegio de Mieres. Pura poesía. Mieres-Nueva York-Mieres. Por ahí volveremos a encontrarnos.  

lunes, 19 de octubre de 2026

En el Día de las escritoras

Aquellas tardes pasaban lentas, y los dos agradecíamos que así fuese. Las de invierno las pasábamos en la vieja cafetería de un hotel, fumando y tomando un café detrás de otro. Las de verano, más largas aún, en alguna terraza, tomando café con hielo o copas de vino tinto. Hablábamos de todo: de cine, de teatro, de música, de literatura. Lo que más nos interesaba. Preferíamos estar allí que en las clases de la universidad, tan decepcionantes (salvo excepciones). Algunas de aquellas tardes, si la ocasión lo propiciaba, recorríamos las librerías de viejo o íbamos al cine. Luego, ya sentados en la vieja cafetería del hotel o en la terraza de la zona antigua de la ciudad, comentábamos los hallazgos que acabábamos de encontrar o analizábamos al detalle la película que habíamos visto en una de esas salas que ya no existen. Ella era cinco años mayor que yo, pero no importaba: aún éramos muy jóvenes y nuestros mundos e inquietudes eran similares. Juntos descubrimos a los autores norteamericanos: Capote, Shepard, Carver, Cheever… Los viajes de los Bowles, la nueva narrativa española, los entresijos de la buena novela negra y los poéticos desgarros de Marguerite Duras, entre otros muchos descubrimientos. Por citar, una vez más, a la Duras podríamos decir que por allí nada pasaba, nada, excepto eso, la vida. Un buen tramo de vida, aunque entonces no fuésemos plenamente conscientes de ello. Ninguno de los dos, ni mi amiga ni yo. En aquella primera juventud: tan lejos y tan cerca a la vez del hombre en el que me he convertido.

Un día, casualmente, llegó a nuestras manos ‘El bandido doblemente armado’, que ya llevaba un tiempo publicado y que había recibido el premio Sésamo. Otro descubrimiento. Aquella manera de narrar, de trazar a los personajes, de darle forma a una inquietud y a un mundo muy particular. No hace falta decir que nos deslumbró aquella historia, la voz de aquella narración. La voz de Soledad Puértolas, naturalmente. No podría recordar si era invierno o verano, pero sí podría enumerar las intensas sensaciones que compartimos aquella tarde tras la lectura de la primera novela de Soledad.

Por razones que no vienen al caso, mi amiga se fue de esta ciudad y ya nada volvió a ser lo mismo. Nos fuimos perdiendo la pista como la pierden esos amantes que viven un idilio a escondidas en algún hotel de las afueras de la ciudad durante unos meses. No sé si ella continuó leyendo los libros de Soledad Puértolas. Yo sí. Cada uno de ellos, varias veces. Los libros de esa autora siempre pendiente del detalle, del rumbo del personaje, de lo que se intuye, de la percepción de lo que puede llegar a ser (o no). Se convirtió en una de esas autoras imprescindibles y gracias a ella descubrí, por mencionar a una sola escritora, a Alice Munro, mucho antes de que sus libros se encontrasen con facilidad ni de que la canadiense recibiese el Nobel.

Escribí reseñas en revistas y periódicos sobre sus novelas, sus ensayos y sus cuentos (seguiré haciéndolo), estuve en las primeras filas de la Real Academia cuando leyó su discurso de ingreso (emocionante e inolvidable tarde) y desde hace un tiempo confío en que le otorguen alguno de esos premios importantes que tanto se merece, incluido el Cervantes. El afecto de la escritora es uno de esos pequeños regalos que la vida literaria me ha ofrecido.

La obra de Soledad perdurará en el tiempo, en un formato u otro, los años dirán. Y tal vez, algún día, cuando ya no estemos por aquí, un par de jóvenes vuelvan a sentir la emoción que aquella tarde sentimos mi amiga y yo al leer por primera vez uno de sus libros, en una vieja cafetería de hotel o en una de esas terrazas que hoy tampoco existen, delante de un café o de una copa de vino, ya no recuerdo bien.


sábado, 17 de octubre de 2026

El otoño ya está aquí

Suelo pasar habitualmente por esa calle. De regreso a casa, de vuelta del paseo, de camino a la biblioteca del Fontán tras visitar a mi padre. Ayer, a primera hora de la mañana, volvía a estar allí. Destemplado, con ganas de otro café y la intención de desterrar el pantalón corto hasta la próxima temporada. Hace años me gustaba el otoño, ahora empiezo a detestarlo. Necesito sol, cielos despejados, ausencia de frío. Mientras esperaba que cambiase el semáforo, me fijé en uno de los edificios de la calle. Hace unas semanas, finalizando el verano, una mujer se precipitó al vacío. Tenía, según los periódicos, 69 años. Las preguntas, aunque obvias, resultan inevitables: ¿por qué?, ¿cuáles serían las razones? Suele haber bastantes, por desgracia, así que vamos a dejar la duda en el aire.  


En el aire se quedó la duda mientras contemplaba los edificios de esa calle, una vez más. Todos con espléndidas vistas a ese Campo que sirve de refugio para solitarios, melancólicos, paseantes, gente cansada o niños en busca de un columpio, ajenos aún al devenir del tiempo. 
Pocas horas después, a través de los medios digitales, descubro que la policía encontró muerta en uno de esos edificios a otra mujer dentro de su vivienda. Tenía 80 años, causas naturales. 

No hay nada extraño en esta última historia, suelen estar a la orden del día. Nada que añadir, salvo tal vez una reflexión sobre la soledad. La soledad de las personas mayores y de las que no lo son tanto. La soledad, quizá, no deseada. Quién sabe. 
Esa soledad que, en un momento u otro, de una manera u otra, acaba formando parte de cualquier vida. Aunque ahora nos pueda parecer algo lejano. 

Hoy hace frío, llovizna. El otoño ya está aquí. Y los pantalones cortos, definitivamente, en el fondo del armario.