viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquel 11 de septiembre

Dos hombres regresan a casa después de tomar unos aperitivos por los alrededores. Como uno de los hombres vive solo en esa casa, está acostumbrado a tener la televisión siempre encendida. Y la enciende en un gesto casi automático. Es entonces cuando los dos hombres sienten una punzada en el estómago, un vuelco en el corazón. La presentadora del telediario comenta, entre los nervios y el asombro, las imágenes que están emitiendo. Un avión atraviesa una de las dos Torres Gemelas de Nueva York. Está sucediendo ahora mismo. Ninguno de los dos hombres ha estado en la ciudad, pero los edificios son icónicos: aparecen en numerosas películas, series y publicaciones. No saben qué decir, qué hacer, a quién llamar. Aquello parece una alucinación, una pesadilla, una broma pesada. ¿Qué está sucediendo? ¿Será el tan anunciado fin del mundo?

Las preguntas más idiotas siempre surgen en los momentos de mayor confusión. 
En medio de la perplejidad y la turbación, se abrazan. El sol se va enfriando al otro lado de la ventana. Los mediodías de septiembre siempre arrastran una tristeza inexplicable. ¿Abrimos una botella de vino? Antes de que puedan hacerlo, un nuevo avión ha impactado en la otra Torre. Humo, caos, fuego, pequeños puntos negros en las ventanas de los edificios. Todo parece una maqueta, también el escenario de una película de catástrofes de los 70 o los 80. La entrada del infierno. El infierno, sin duda, como único concepto.

Hoy se cumplen 25 años de aquella escena. Dos hombres contemplando, sin saberlo, el fin de una época. El derrumbe definitivo del sueño americano. Luego, beben vino y bailan sobre aquella alfombra vieja y deshilachada. El baile como reacción inesperada contra el miedo. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Las reacciones humanas siempre son imprevisibles en momentos así. 
¿El futuro? Una incógnita. 

2026. Uno de aquellos hombres lleva diez años muerto. El otro, insomne, escribe esto y piensa que esa incógnita está, como siempre, por despejar. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Último viernes de agosto

Viernes. El último de agosto. Salgo, como cada mañana, sobre las nueve para caminar alrededor de dos horas. Ha refrescado. Ya se va notando por aquí la agonía del verano. Ese sol frío que intenta abrirse paso entre nubes y árboles. El hombre que todos los días está sentado en un banco del parque y que imagino que duerme en un albergue o en un piso que tiene que abandonar temprano, hoy está en la terraza de un bar que todavía permanece cerrado comiendo una lata de sardinas con un pequeño bollo de pan. No tiene bebida, pero no me atrevo a ofrecerle un café porque nunca lo he visto pidiendo. Quizá pueda sentirse ofendido. 

Un poco más allá, un hombre le cuenta a una mujer que su esposa no sale de casa desde que está en silla de ruedas. La mujer dice que la vida es un regalo, que se anime. El hombre dice gracias y pone cara de que estamos ante un empeño imposible. 
Dos jóvenes juegan al baloncesto (sus playeros están destrozados), tres mujeres mayores caminan a buen ritmo y hablan de sus últimas lecturas, una pareja muy joven arrastra con desgana el carrito de un bebé. 
Pronto llegará el alboroto de los autobuses escolares. Los ciclos siempre se repiten.  

No ha sido el mejor verano de mi vida, por diversas razones. Pero he escrito un poema que creo que merece la pena (el tiempo dirá), un texto para la contraportada del próximo libro de un amigo y escritor admirado, otro texto para el libro colectivo que organiza otro amigo escritor, y continúo con mis nuevos cuentos. Poco a poco. Ya no hay prisa por nada. He leído unos cuantos libros y visto otras tantas películas. No ha estado mal. 
Espero con ganas los nuevos libros de António Lobo Antunes, Javier Marías, Colm Tóibín y Deborah Levy. 

Pienso que en menos de dos meses será mi cumpleaños. La ausencia sigue siendo devastadora. Huyo del ruido, busco libros de segunda mano, cuido de mi familia, cocino lo justo (me cansa mucho últimamente), me adapto a la nueva casa. Llega septiembre. Sigo caminando. 


jueves, 27 de agosto de 2026

El ser querido

Me quito el sombrero, una vez más, ante el trabajo de Rodrigo Sorogoyen. Qué talento. Y qué manera tan inteligente de manejar ese talento con el de los demás. Queda claro desde el principio, desde esos veinte minutos iniciales: el director y su guionista habitual, Isabel Peña, van a por todas. Esos veinte minutos iniciales que conmueven, que perturban, que incomodan, que insinúan todo lo que vendrá después. Un famoso y prestigioso director le propone un papel a su hija, actriz en horas bajas y a la que hace mucho tiempo que no ve, en su nueva película. 


Ella, tras descolocar un poco al padre diciéndole que se lo va a pensar, acepta y ahí empiezan a surgir las rencillas, los tormentos, el abismo que los separa, el silencio que los distanció durante todos esos años. Se dicen algunas cosas y quedan difuminadas otras. La relación de ese director con un pasado lleno de grandes sombras y el dolor que la ausencia del padre provocó en la chica, criada y protegida por una madre de la que también se dicen algunas cosas y se callan otras. Quizá sea suficiente así, pero me gustaría que ese personaje hubiese tenido un poco más de recorrido.   

Es imposible apartar la mirada de Javier Bardem ni un solo segundo. Cómo habla, cómo calla, cómo se enfurece, cómo se comporta con el equipo de rodaje (sobrecogedora la escena de su personaje en la habitación de la compañera de rodaje), cómo vigila desde el silencio, cómo observa a su hija. Y ella, la hija, interpretada por Victoria Luengo, mantiene en todo momento el altísimo nivel impuesto por su compañero, ese descomunal Bardem que aquí tanto me ha recordado a su madre. 
Destaco también la breve y sólida interpretación de Raúl Arévalo, actor que siempre merece mayor protagonismo.  

'El ser querido' te conmueve, te remueve, te hace pensar cuando dejas atrás una sala de cine (primera sesión de la tarde en el día de su estreno) que estuvo llena de gente atenta y silenciosa. Siempre a la expectativa. 

Un Sorogoyen -otro- dejando el listón en lo más alto. 

sábado, 22 de agosto de 2026

La rotundidad de Ana Belén

Decadencia en 'Islas', la nueva película de Marina Seresesky. La decadencia de unos lugares que conocieron tiempos mejores y de unos personajes que ya poca gente recuerda. Esas grandes actrices (también actores) que, por el motivo que fuera (la edad, el retiro, la vejez, determinadas circunstancias...), van quedando perdidos en la memoria del público. Ahí sitúa la directora argentina, a través del personaje de Ana Belén, esta historia. La actriz que se mira en el espejo y su rostro queda congelado en él. En lo que en su momento fue. Una diva, sin duda. Una Blanche Dubois, una Baby Jane, una Gloria Swanson (imposible no recurrir a estos ejemplos). Incluida la emblemática confianza depositada en la bondad de los desconocidos, Tennessee Williams mediante. De hecho, la diva se esfuerza por atrapar ese último tranvía, aunque no sea el del deseo. 


El hotel que fue de lujo y ahora es un pálido reflejo de sus mejores épocas, es también un fiel retrato de la decadencia. Unas escasas presencias fantasmagóricas que más parecen maniquís (incluso figuras de cera de una película de terror: las niñas de 'El resplandor', sin ir más lejos, basadas en las niñas de la fotografía de Diane Arbus) que clientes. Las también escasas personas de servicio. El ascensor y el teléfono averiados. Y ese escenario donde antes actuaban grandes estrellas y ahora un pobre hombre sin suerte canta para que los maniquís echen unos bailes entre copazo y copazo. Bailas, bailad, malditos, hasta que podáis o reventéis. 

Y Ana Belén, claro. La actriz madrileña se agarra a su personaje como si se tratase del último que fuese a interpretar en una película. Lo borda, de principio a fin. La voz más honda de su habitual, los ojos maquillados como Romy Schenider en 'Lo importante es amar', los movimientos del cigarrillo y la copa del Manhattan o del champán, la fragilidad, el miedo, la enfermedad, los recuerdos... Una interpretación de alto nivel. De alguien que conoce de lo que se está hablando y que muerde donde más duele, casi hasta hacer sangre. Ana Belén deja de ser Ana Belén para meterse en la piel -pletórica o abrasada por las derivas de la vida (más bien esto último)- de esta otra niña prodigio, que pudiendo ser ella no lo es. Y ahí está la gracia y la grandeza de su impecable trabajo. 

Nadie dijo que la vida concediese demasiadas treguas. 

martes, 18 de agosto de 2026

El día que reivindicamos a Lorca

Hoy, que tantas bocas se llenan reivindicando a Lorca (algo que me parece muy bien si la reivindicación viene acompañada de la lectura de su obra), leo:

En playa San Juan de Alicante.
Al parecer, un tío (gay) le tira los tejos a otro (hetero) y éste en vez de decirle que no le interesa la propuesta, le da una patada en la cabeza que le hace caer sobre las vías del tranvía y le provoca, horas más tarde, la muerte. El agresor está en la calle con medidas cautelares en un caso de homicidio.
Todavía seguirán saliendo graciosos pidiendo el día del orgullo hetero. Al tiempo.
Y que viva Lorca, claro.

domingo, 16 de agosto de 2026

Mark Rydell

Ha muerto Mark Rydell, director indispensable de aquellos años 80. 'La rosa', 'En el estanque dorado', 'Cuando el río crece' y 'For the boys'. Cuatro historias inolvidables con unos intérpretes siempre en estado de gracia. Para revisar de nuevo en cualquier momento. Como entonces.

jueves, 13 de agosto de 2026

Luis Antonio Suárez

Cuando algunos llegamos, cuestión de edad, Luis Antonio ya estaba allí. Sentado en el mismo lugar que ocuparía durante todas las noches de aquella juventud que se prolongó lo suyo. Elegante, sonriente, seductor, un punto sofisticado y otro punto misterioso. ¿Qué malo podría pasar si él estaba allí y Yolanda al principio de la barra? Si alguna voz fuera de lugar nos hacía llegar desde la calle sus improperios, él, ajeno a todo aquello y sin perder la compostura, se encajaba las gafas, bebía un sorbo de la copa y se reía con más fuerza de lo normal, sin perder el aplomo ni la elegancia. La música, que también se elevaba, quizá ante un gesto de la propia Yolanda (movimiento de mano, movimiento del vaso ancho del whisky, movimiento de aquel pañuelo morado que por entonces lucía habitualmente), hacía el resto. 


La risa y la música, como siempre, contra la estupidez y la maldad humanas. Y a otra cosa, que era lo nuestro y para algo estábamos donde estábamos. La Santa, nuestro Studio 54 particular, principios de los 90. Y la noche, entre esto y lo otro, pasaba volando. No había tiempo que perder. Qué ingenuos. El tictac demoledor vendría después, cuando la noche dejó de ser nuestra y los años empezaron a correr a toda velocidad. Y así siguen, imparables. Demos esa batalla por perdida. 

Luis Antonio, aparte de su figura en aquellas noches legendarias, dejó un legado cultural importante en esta ciudad. Por todo ello será recordado. Al menos, por quienes estuvimos allí, descubriendo el mundo y descubriéndonos a nosotros mismos. 
Que la música, sea la que sea a estas alturas de nuestras cicatrices particulares, no deje de sonar. Creo que eso es lo que a Luis Antonio le gustaría.