La Nochevieja es el olor a cordero dorándose en el horno de la cocina de carbón de mis abuelos paternos. La Nochevieja es la tierra mojada y es el frío que corta la cara al abrir la puerta de aquella casa de pueblo a la que un día espero volver y es ese mismo frío, muchos años después, pensando que sí, que esa podía ser otra gran noche. La Nochevieja es la celebración de la amistad en la casa del único amigo que, por entonces, tenía independencia económica y casa propia. La Nochevieja son aquellas risas y aquellas músicas. La Nochevieja es la ilusión de comprarte unos zapatos carísimos y una camiseta nueva para estrenar con el año que empieza luminosamente cosido en la parte delantera con tela muy brillante. La Nochevieja es una fiesta continua en La Santa, pensando que esta ciudad, por esa noche, es Nueva York y que los colores del arco iris son los colores de todos. La Nochevieja es aquella noche, arropado bajo el edredón y no queriendo ver a nadie. La Nochevieja es un libro, un whisky y una película de alguna de mis chicas favoritas. La Nochevieja es Shirley MacLaine corriendo por las calles en busca de Jack Lemmon. La Nochevieja es siempre el comienzo de algo. La Nochevieja es un día importante, sin duda. La Nochevieja, hoy, es una cena en casa de mis padres, con María y con Iñigo. Feliz Año Nuevo para todos.
jueves, 31 de diciembre de 2009
miércoles, 30 de diciembre de 2009
Familias
Qué cansino el rancio discurso de la familia por parte del sector más reaccionario de la Iglesia. Todos los años, por estas fechas, erre que erre con la misma y anticuada perorata. Y qué equivocados están. Qué necesidad tienen de descender de sus altares y bajar a la calle, al día a día, donde las cosas no son como ellos quieren que sean. La familia de sangre es un núcleo muy importante para la formación y el desarrollo de las personas, y un cálido y confortable refugio en la vida adulta, qué duda cabe, pero no conviene olvidar que hay gente (he conocido algunos casos verdaderamente escalofriantes a lo largo de mi vida) que no ha tenido suerte con ella. Y todo el mundo tiene el derecho -el mismo derecho, quede claro desde ya- a formar la familia que le dé la real gana. Un hombre y una mujer, dos hombres o dos mujeres: todo es válido y respetable. O dos amigos, sean del sexo que sean, que decidan formar una familia, arroparse y apoyarse, reírse y llorar juntos: eso también es un núcleo familiar si ellos así lo deciden. ¿Quiénes son estos tipos para inmiscuirse en los derechos de los demás, erigiéndose, como siempre, en estandartes de la verdad absoluta? ¡Por favor, que estamos en pleno siglo XXI! Un respeto. Que el discurso de Jesucristo no excluía a nadie. Las personas nos necesitamos unas a otras. Y lo que cuenta es el cariño, el respeto, el amor, la comprensión, la complicidad y la buena fe de la gente de bien. Y dejar a cada cual que sea como es y no como algunos quieren que sea, basándose en los modelos que mejor les conviene. Las familias, las verdaderas familias, las buenas familias, creyentes o no (cada cual cree en lo que le parece más conveniente), aceptan a sus hijos como son: altos o bajos, rubios o morenos, feos o guapos, listos o tontos, albañiles o presidentes de gobierno, homosexuales o heterosexuales. Y lo demás son tonterías. Peligrosísimas tonterías, eso sí, con las que no se debería jugar. Y con las que no deberíamos consentir que, a estas alturas, nadie jugase.
martes, 29 de diciembre de 2009
Cuento de Navidad
La mujer estaba ahí, delante de la papelera que hay al lado del portal de la casa de mis padres, revolviendo con ahínco en una bolsa de basura que había en su interior. Tendría unos cincuenta años e iba vestida y peinada con sencillez y pulcritud. En su rostro, de piel muy blanca y poblada de numerosas y diminutas arrugas, había cansancio y en su actitud, abundante ansiedad. Esa ansiedad que se apodera de nosotros, alrededor del mediodía, tras una de esas mañanas muy agitadas en las que no hemos tenido tiempo de parar ni para tomar un café, y al llegar a casa abrimos la nevera y nos comemos lo primero que encontramos en ella, sea dulce o salado, no importa. La nevera de aquella mujer era, seguramente, aquella papelera y todas las que se encontraría de camino a casa, ¿a qué casa? Aquella tarde, precisamente, la de Nochebuena, cuando de las cocinas de todos los edificios de la calle salían exquisitos olores de diferentes y suculentos guisos: carnes y pescados y sopas y dulces de todo tipo. Esa noche en la que en todas las casas, de manera abrumadora, cenamos dos o tres platos, como si se fuera a terminar el mundo y nuestras ansias de devorar masivamente con él. Como en una especie de aquella gran comilona que ideara Marco Ferreri allá por los setenta.
Nochebuena de 2009, ya digo, en un país europeo, moderno y avanzado, en la ciudad donde las entradas de cine son las más caras de ese país (pese a que ya no hay más cines que los de los centros comerciales de las afueras, con su pestazo a palomitas), en una calle de la zona alta de esa ciudad. Cuando (casi) todos estamos deseando que pasen estos días para retomar la dieta y, si acaso, apuntarnos a un gimnasio o retornar a las caminatas recomendadas para después de comer. ¿No se nos debería caer la cara de vergüenza? Lo peor es eso, que miramos alegremente hacia otro lado y no se nos cae, descuida. ¿Otro mazapán?
lunes, 28 de diciembre de 2009
Cenas navideñas
La Navidad, seas creyente o no, siempre es tiempo de alegría, de celebración, de botellas descorchadas y de múltiples festejos y variados excesos. Con crisis o sin ella, todos tiramos un poco la casa por la ventana. Otra cosa será la mítica cuesta de enero, que este año se antoja -me temo- más peliaguda que la de noviembre pero no importa. Estamos aquí y ahora. Y hay que brindar por ello. Como brindamos el sábado, en la cena en el Club de Tenis, como todos los años por estas fechas. El sitio tiene un cierto aire antiguo y una posición política muy clara (en la mesa de los periódicos: El Mundo, Abc, La Razón y La Nueva España), pero posee su encanto. Sin duda, Agatha Christie idearía una buena novela policíaca entre sus paredes y la señorita Fletcher uno de los mejores capítulos de la serie "Se ha escrito un crimen". Luces navideñas, ambiente agradable y varias señoras de esas que me encantan: mujeres en torno a los sesenta años, vestidas a la última, apretados y generosos escotes y cabellos despuntados, alzando sus voces aguardentosas sobre la conversación, como queriendo hacer saber que aún están ahí, dando cuerda al mundo y por mucho tiempo, faltaría más. Hablando de chicas, ahí estaban ellas, cada una en su estilo, todas estupendas: Teresa (fiel seguidora de este blog), Laura, Marina, Cristina y Belén. Faltaba Mónica (un beso desde aquí, chica), a puntito de ser madre -¡qué nervios!- por partida doble. Charlas, risas y algún que otro cotilleo, como debe ser. Celebrando eso, que estamos aquí y que ya está a punto de terminar el año. Uno más. Una década más. Qué vértigo.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
La maleta
La maleta estaba encima del armario de la habitación pequeña de la casa de los abuelos. Era una maleta grande, oscura, sencilla, que evidenciaba los vaivenes del tiempo. Era la maleta del tío Serafín, que, después de jubilarse, se instaló allí, en la casa de su hermana y su cuñado, hasta que se murió. ¿Qué contenía aquella maleta?, me preguntaba entonces, con seis o siete años, mientras leía tumbado sobre la cama alguna nueva andanza de Zipi y Zape. Muchas veces sentí la tentación de subirme a una silla y abrirla. Pero el tío Serafín casi nunca salía de casa y podía descubrirme en cualquier momento. ¿Cartas, dinero, fotografías, una pistola? Un halo de misterio rodeaba aquel enigma que se me planteaba cada sábado, cuando íbamos a visitarlos. Intuía que algún secreto escondía la vida de aquel hombre menudo, discreto y reservado, al que le gustaba más leer el periódico en la cocina mientras las mujeres hablaban que salir con los hombres a tomar un vino por los bares de los alrededores. De su Galicia natal se había trasladado a Barcelona, donde trabajó como conserje en un colegio hasta la jubilación. ¿Por qué se había quedado soltero?, me preguntaba entonces. A veces planteaba esa misma cuestión a los mayores, pero nadie decía nada que sonara demasiado convincente. Así es la vida, susurraba la abuela, mientras le daba al pedal de su máquina de coser y las telas se deslizaban rítmicamente. Sabía que aquella frase era la que siempre utilizaban los mayores cuando no tenían respuesta para las cosas o no querían dar demasiadas explicaciones. Ya entonces, dejando a un lado las historietas de aquellos dos traviesos hermanos, me gustaba dejar volar la imaginación, fantasear con lo que podía haber dentro de aquella maleta, hilvanar numerosas historias, sin saber aún que en eso, precisamente, consiste la literatura.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Ferias de libros
El domingo por la mañana, por razones laborales, nos vamos al II Salón del Libro Asturiano que se celebra estos días en Grado. Luce un sol tímido y hace muchísimo frío. Me gustan, como ya he dicho en alguna ocasión, estas ferias de los pueblos. Durante los días que tienen lugar, suponen todo un acontecimiento para estos sitios pequeños y para sus habitantes. La gente celebra la llegada de los libros y se acerca a la carpa con la emoción propia de ese acontecimiento extraordinario que tiene lugar una vez al año. Me agrada hablar con las libreras -casi siempre son mujeres- de cada lugar. Además, al ser domingo, están colocados los puestos del mercado y todo parece más festivo. A un lado, quesos, morcillas, jamones, chorizos, verduras, frutas, hortalizas, bizcochos, mermeladas, miel y demás delicias culinarias; al otro, bolsos de imitación, gafas de sol, gorras, pañuelos, calcetines, calzoncillos, películas, cedés piratas y un sinfin de variados complementos. Después de la presentación del libro de la editorial Septem, paseamos entre los puestos, deteniéndonos aquí y allá, hojeando esto y lo otro. Donde no luce el raquítico sol, el frío es espantoso, pero no importa. Me acuerdo entonces de esos mismos paseos, hace más de veinte años, con mi tío Jose, cuando, por los veranos, venía de Bruselas, donde vivía, y me llevaba en su fabuloso coche de color naranja a tomar allí el aperitivo. Aquello me hacía realmente feliz: mi tío -mucho más cosmopolita que el resto de los hombres que había por aquí entonces- me dejaba tomar varias Coca-Colas, bolsas de patatas, aceitunas y hasta calamares, mientras me hablaba de lo maravillosa que era París, ciudad a la que iba muy a menudo. Algún día la conocerás y te encantará, señalaba. No hay nada comparable a París, repetía con cierta nostalgia mientras se tomaba su segundo vermú y se fumaba su décimo Winston americano. Ese recuerdo me emociona especialmente en esta mañana de domingo.
Después del paseo, nos vamos a comer con Marta Magadán, que de un modo tan brillante y efectivo preside el Gremio de Editores Asturianos (aparte de su editorial, Septem), y con Jesús, su marido. La charla es animada, ingeniosa y muy entretenida, y la sobremesa se prolonga hasta bien entrada la tarde, como deben ser las sobremesas después de una magnífica comida y una conversación cómplice. Alrededor de las seis, dejamos atrás Grado, que a esas horas debe estar a menos cero grados. Y en mi cabeza siguen fluyendo los recuerdos agradables -¡tantos recuerdos!- con la misma naturalidad con la que el humo de las chimeneas que vamos dejando atrás se pierde en el aire, en ese cielo que ya ha empezado a cambiar de color.
domingo, 20 de diciembre de 2009
La mujer sin memoria
La mujer tiene en torno a los setenta años. Lleva las uñas impecablemente pintadas de rosa suave y el pelo rubio, alto, siempre muy arreglado. Las ropas y los complementos fueron, en su momento, valiosos: ahora está todo bastante arrasado por el paso del tiempo. El pelo del abrigo de visón se fue cayendo y se pueden ver claramente muchas zonas en blanco, completamente desgastadas. Y los zapatos de piel, con un leve tacón grueso, están por completo dados de sí. Hace unos días, con su tranquilo perro de lanas negro, entró en la librería para pedirme un calendario muy grande, donde se pudieran ver bien las fechas. Le dije que no lo tenía, pero que intentaría localizarle alguno. Antes de que llegaran los calendarios, ella volvió. Me lo pidió de nuevo. Le dije que no los había recibido y que no sabía muy bien decirle cuándo llegarían, ya se sabe cómo son estas cosas de las distribuidoras. Me rogó encarecidamente que le consiguiese uno porque sin él no podía vivir. No tengo memoria, confesó, echándose a llorar con ese llanto terrible que siempre produce la impotencia más absoluta. Me conmovió extremadamente. Qué difícil debe ser vivir así: sin memoria. La mujer confesó sus múltiples problemas al respecto, pese a los ejercicios que hacía para ralentizar la devastación: desde saber el día que tenía que ir al médico o a la peluquería hasta qué día era el de Navidad o la víspera de Reyes. En fin, lo que, a los demás, nos parece de lo más normal, rutina a la que nuestro cuerpo y nuestra mente están acostumbrados, para ella se trataba del mayor esfuerzo. De repente, recordé que el Ayuntamiento de Gijón nos había regalado días atrás unos cuantos calendarios de diversas formas y tamaños y le regalé uno de los más grandes. 2010: Añu Internacional de la diversidá biolóxica: así decía sobre los meses del año. Un calendario muy vistoso y simpático, con algunos dibujitos y las fechas bien recalcadas. La mujer, aún con aquellas lágrimas en los ojos, no sabía cómo agradecerme el detalle. No se preocupe, cuídese, le dije. Y así se fue, con aquel calendario bajo el brazo y el paso lento de aquel pequeño perro negro a sus pies, dejando en la tarde del sábado un rastro de dignidad y de angustia difícil de superar. Y con esa pregunta: ¿qué será de ella, de esa mujer, en el próximo año? ¿Qué será de todos nosotros?
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