Después de la comida y la posterior sobremesa, cuando ya estamos a punto de marcharnos, los niños se acercan al abuelo y éste, con aire despistado y una sonrisa de medio lado, como si nunca antes hubiese hecho ese gesto, revuelve en los bolsillos de su pantalón gris y les da unas monedas, cincuenta céntimos, un euro, acaso dos, que los niños reciben con alborozo, pensando ya en qué van a invertirlas nada más salir de casa. Ah, los abuelos. Ese gesto, el de ese abuelo de aspecto serio pero tan entrañable como la mayoría de los abuelos, me recordó a los gestos de mis abuelos, de los dos. Al final de nuestras visitas, las tardes de los sábados o de los domingos, los dos hacían lo mismo que hizo este abuelo el pasado domingo. Qué alegría nos producía recibir aquellas monedas, aquel billete, nuevo o arrugado, de un color u otro, en el mejor de los casos. Una moneda de veinticinco o de cincuenta pesetas, un billete de cien o de quinientas. De mil o de cinco mil, si el santo, el cumpleaños o la Navidad estaban cerca. Todo un tesoro. Aquello daba para varios helados, un nuevo "Zipi y Zape", un puñado de golosinas, otra aventura de "Los Cinco", una entrada para el cine o para el circo, si estaba en la ciudad... Una de las mejores cosas de aquellas visitas consistía, precisamente, en ese momento que sabíamos que, tarde o temprano, antes de irnos, se produciría. Y entonces les dabas un beso, no hacía falta que nadie nos hiciese una señal para indicárnoslo. La textura de la barba cerrada, pese a estar casi recién afeitado, del abuelo Tomás; el olor a tabaco del abuelo Pepe, siempre con aquel Ducados prendido de los labios. La colonia antigua de ambos (quizá era la misma: regalo de las últimas Navidades de alguno de nosotros). Olores y sensaciones que no se borran de la memoria, aunque ya hayan pasado tantos años. Siempre había una voz por detrás que decía "hale, para la hucha", pero aquellas monedas o aquellos billetes, en mi caso, jamás terminaban en la hucha. Hay personas que sí, que saben guardar dinero en las huchas (suerte que tienen en estos tiempos y los que se avecinan, según dicen), y otras que, no nos engañemos, hace mucho tiempo que dimos por perdida esa batalla y a mucha honra. Así es la vida. No todos los niños poseen, con el paso del tiempo, estos recuerdos. Una pena. Pero vuelvo al principio, al abuelo de esta historia, a esos nietos, inquietos y espabilados, que algún día lejano recordarán ese momento, el del pasado domingo, el olor y el cariño de su abuelo, la alegría de recibir unas monedas, la ilusión de ir a gastarlas de inmediato al quiosco o al puesto de helados más cercano, y descubrirán que en ello está buena parte de lo que los definirá como hombres.
martes, 11 de octubre de 2011
domingo, 9 de octubre de 2011
Historia de un abrigo
El tejido del abrigo era una especie de ante marrón con borreguillo por dentro. Volvió a ponerse de moda hace unos años, después de estarlo por primera vez en la década de los setenta. Era un abrigo muy setentero, sí. Lo había visto, en su momento, en alguna película o serie de televisión cuya acción transcurría en el Nueva York de aquellos años, los 70. Quizá alguno de los chicos de la mítica serie "Fama" lo llevara puesto en alguna ocasión. El caso es que hace unos años, con ese ir y venir que siempre traen consigo las modas, volvió a ponerse de actualidad. Y me compré uno con el dinero que gané por un relato en no sé qué concurso literario. Pesaba y abrigaba muchísimo. En pleno invierno, podías llevar sólo una camiseta debajo sin pasar nada de frío. Con un gorro y una bufanda de colores que me había regalado mi hermana combinaba estupendamente. Lo estrené un viernes para salir a cenar y a bailar. A mis amigos no les gustó mucho (son más bien clásicos a la hora de vestir, qué le vamos a hacer). Uno de ellos dijo que María Jiménez tenía uno muy parecido y desde entonces el abrigo pasó a llamarse "el-maría-jiménez". Fue testigo de lo mejor de aquellos años. Noches, risas, fiestas, bailes, ausencia de preocupaciones, ganas de hacer cosas, de descubrirlas todas. Si te caías, te levantabas: y eso, caerse y levantarse, por entonces, no costaba apenas esfuerzo. Recorrió las mejores barras de la ciudad (hoy muchas de ellas ya están cerradas, y otras en seria decadencia), los locales donde se tocaba música en directo y también alguna que otra pista de baile que cerraba al amanecer, también ya clausurada. ¿Dónde vas? Al ropero, a dejar "el-maría-jiménez". Siempre ha habido mucha mano larga en la noche, ya se sabe. Mi hermana que, como le había encantado el abrigo, se compró uno muy parecido semanas después: se lo robaron una noche para aparecer a los pocos días en uno de los puestos del Fontán, perdido entre montañas de otras prendas (seguramente, también robadas). Recuerdo muchas de aquellas noches, de regreso a casa, solo o acompañado, con el humo del tabaco adherido al abrigo, con los primeros roces ya inmortalizados en su tejido, el eco de las risas y las músicas, el sabor del whisky y el de ciertos besos, como la gloria y el fin de una época (con sus múltiples luces y también alguna que otra sombra), aunque entonces no lo viésemos así. En ese abrigo, "el-maría-jiménez", está reflejado un paso, el de la juventud a la madurez. O algo así podríamos decir, si toca ponerse serios, aún más serios, que verdaderamente es lo que corresponde con la que está cayendo por todas partes: recortes y más recortes, cerrar el grifo, apretarse el cinturón, qué cansancio. La otra tarde, en casa de mis padres, encontré el abrigo en el fondo de un armario. Su olor, su tacto, las huellas y el recuerdo de todas aquellas noches... Lo metí en una bolsa y lo traje para esta casa. Ahí está, esperando, como casi todos, la calle o el fondo de un armario, que no sé si traerá consigo el olvido. O casi.
viernes, 7 de octubre de 2011
Fotografía desde Nueva York
Es un día soledado del mes de septiembre. Es nuestra primera visita a Nueva York. Aún faltan unos días para nuestros cumpleaños, pero esos días, los de los cumpleaños, ya no estaremos aquí, en esta ciudad que nos ha seducido desde el primer momento. Decidimos que es un día tan bueno como cualquier otro para celebrarlos, sólo una semana separa ambas fechas. Tiraremos la casa por la ventana. Aún falta mucho tiempo para la llegada de este año. Aún no sabemos que cuando llegue este año que ahora nos ocupa, el 2011, me pondrán de patitas en la calle y que con tu trabajo quién sabe lo que pasará. Por eso, nos sentamos en una terraza del Village y pedimos una botella de vino blanco. Una de las más caras. Las baratas que se las beban Bukowski y su mujer allá donde estén tirados escribiendo versos, meando por las calles o peleándose. (Cuando hablo de vino barato, siempre me acuerdo de la cantidad de botellas que mi amiga Araceli y yo nos bebimos, cuando éramos mucho más jóvenes, por las calles de nuestra ciudad: y también éramos felices, no voy a negarlo, con nuestras ilusiones y aquellas ganas de comernos el mundo teníamos y que seguimos temiendo, pese al sosiego -¡bendito sosiego!- que otorga el paso del tiempo, que no sólo va a servir para acumular arrugas). No es día para escatimar. No queremos un vino dulce, le decimos al dueño del local (parece sacado de una de las cintas de "El Padrino": la corbata ancha, el traje negro, el anillazo en el dedo, la barba cerrada y la mirada turbia), que al poco rato nos trae una botella con su cubitera y una cuenta con un importe con el que hoy haríamos la compra de media semana, que esa nevera, por mucho que la llenemos, siempre vuelve a estar vacía. Qué importa. Estamos ahí, en Nueva York, y estamos celebrando nuestros cumpleaños. Quizá mañana estemos muertos, quién sabe. Quizá no podamos celebrarlo así nunca más. Brindamos y hacemos planes (iremos a cenar al Odeón, en la zona de Tribeca, como nos recomendó Elvira Lindo) y vemos pasar a la gente a nuestro alrededor, una de nuestras actividades favoritas. Cuando queremos fumar, pese a estar en una terraza, tenemos que salir del recinto y hacerlo en la calle, a unos metros de la misma. Creemos que una chica que pasa y nos dedica una sonrisa un poco torcida es Ellen Barkin, pero no decimos nada porque en Nueva York siempre hay una chica que se parece a Ellen Barkin buscando a un tipo que se parece a Al Pacino: como Frankie y Johnny bajo el claro de la luna, esa obra de teatro que hemos visto ya varias veces, en diferentes ciudades del mundo y con distintos actores. Si pudiese deternese la vida, ese día estaría en un lugar destacado. Ha llovido mucho desde entonces, desde aquella tarde cercana al otoño del 2008. Han ocurrido cosas buenas y menos buenas. Estas últimas siempre ajenas a nosotros, aunque seamos nosotros los que suframos la repercusión. Unos rompen los platos y otros tenemos que pagarlos. Un lema más viejo que el mundo. Pero hoy, 7 de octubre, nada de eso importa: es tu cumpleaños. Y lo celebraremos de la mejor manera posible. El vino no será como el de aquella tarde en el Village. Tampoco pienso beber uno de los bricks de Bukowski (a este paso, todo se andará). Lo importante es estar aquí y ahora. Y sentir cómo me pones la mano en el hombro mientras termino de escribir esto, y saber, con ese roce, que estoy vivo. Feliz cumpleaños, Íñigo.
jueves, 6 de octubre de 2011
La Duquesa
Saber envejecer consiste en acumular experiencias, aprender de ellas, de los inevitables errores que siempre las acompañan. No somos perfectos, por fortuna. Nos caemos y nos levantamos. Y al hacerlo, al levantarnos, lo más lógico sería no volver a recorrer ese camino que nos llevó de cabeza al suelo. No siempre se consigue, claro. Somos humanos: y muchas veces tropezamos más de dos veces con la misma piedra. Es lo que hay. Me gustaría llegar ahí, a la vejez, sin perder la cabeza y con sosiego. Eso es lo que más valoro, hoy por hoy, el sosiego. Así que, si llego a viejo, espero valorarlo doblemente. Entiendo que tiene que ser difícil, muy difícil. No olvidemos que, entre otras cosas, la vejez es el paso anterior a la muerte y siempre, incomprensiblemente, ha estado muy mal vista. Y eso conlleva un vértigo añadido. El sosiego del que hablo no quiere decir quedarse amodorrado en casa, ni mucho menos, sino acoplarse a las circunstancias, a esos muchos años encima del cuerpo, y disfrutar de las cosas, de todas las cosas, sí, pero seguramente que de otra manera. En mis largos paseos por los parques de la ciudad, me encuentro cada día con muchas mujeres mayores que, en grupos de dos o tres, con sus zapatillas de deporte y sus camisetas de vivos colores, caminan a un paso casi tan rápido como el mío. Van charlando, riéndose, comentando algún concurso de la tele o el último libro que han leído. Otras, con sus auricales puestos, caminan solas de un lado a otro del parque, al mismo ritmo, escuchando a Bisbal o a Bach. Son mujeres activas, que hacen ejercicio, que leen, que asisten a clubs de lectura, que hacen teatro en sus centros sociales, que van a clases de baile o a otras para ejercitar la memoria, que están al tanto de la actualidad más allá de los cotilleos, que acuden al cine una vez por semana, que cuidan de sus nietos, que aceptan que las cosas de hoy no son como las de antes. Son, algunas, mujeres que van a misa los domingos, que rezan, y eso no les impide querer y aceptar a sus nietos homosexuales (por poner un ejemplo cercano), por mucho que diga el señor Rouco Varela, o a los amigos de sus hijos o de sus nietos que lo son. Muchas de ellas, ya viudas, quizá tengan un compañero (tal vez, en algunos casos, una compañera) con el que salen a pasear por la tarde (distinto paseo que el de por la mañana), a cenar, a tomar una copa, al cine, qué sé yo... Lo cual siempre es estupendo. Nadie dijo que el amor tuviera edad, sino diferentes maneras de sentirlo. Pienso en todo esto después de ver a la Duquesa (esa señora a la que todo le ha sido regalado y que nunca sabrá, como esas otras mujeres que me encuentro en mis largos paseos matutinos, lo que es adaptarse con una pensión de 450 euros al mes), a la salida de su boda, con sus lazos y su vestido rosa, intentando bailar sevillanas como cincuenta años atrás. Es una imagen cruel y patética. Una imagen que demuestra que no ha sabido en absoluto asimilar el paso del tiempo, esa tarea tan difícil (de lo cual está en todo su derecho, ojo). Pero lo que tiene sentido en el cine ("¿Qué fue de Baby Jane?"), en la vida real me temo que ya no lo tiene tanto.
miércoles, 5 de octubre de 2011
El corredor vacío
Cuando hace unos pocos días, Marta Magadán, un tanto acelerada, me llamó para decirme si me apetecía presentar este libro de Carmen Menéndez, le dije que sí de inmediato. Es lo que tiene la amistad y las personas que no sabemos decir que no a los amigos cuando están en apuros. Al parecer, el libro, este libro, iba a presentarlo otro escritor pero, a última hora, un inesperado viaje se lo impidió. Cosas del destino, ya saben. Recogí el libro en el café donde Marta me lo había dejado, me impactó su portada -las piernas cansadas de esa mujer, sus pies derrotados, su actitud vencida: todo lo que había detrás de esa imagen- aunque ya la había visto colgada en el blog de la editorial días atrás, di un largo paseo por la ciudad, como acostumbro a hacer todas las tardes, llegué a casa, dejé el libro sobre la mesa de trabajo, abrí una botella de vino, me serví una copa, me senté en mi sillón preferido y me dejé llevar por la lectura. La noche fue poco a poco apareciendo al otro lado de la ventana sin que me diese cuenta. El primero de los relatos, “El corredor vacío”, que da título al volumen, me dejó impactado. En apenas unas pocas páginas, asistimos al drama de una mujer y comprendemos los motivos de esas piernas cansadas, de esos pies derrotados, de esa actitud completamente vencida. La protagonista es la misma mujer de la portada del libro. Y su tremenda historia, tan tremenda como la de muchas otras mujeres anónimas, que están ahí, en cualquier rincón, a la vuelta de la esquina, aunque no lo sepamos, está tan bien contada que no puedes hacer otra cosa que identificarte con ella, con su vida, con sus miserias, con su problema. Comprenderla. Ponerte en su piel. Eso es lo que tiene la buena literatura, la capacidad de vivir otras vidas, de hacerlas tuyas, de entenderlas. Un gran relato, sin duda. Seguí leyendo. Y me encontré con muchas historias de mujeres, sí, también de hombres y de mujeres, de parejas. Las luces y las sombras de las parejas: sus alegrías y sus desgastes, sus miedos, sus anhelos, sus esperanzas. El discurso de la vida. Y esas preguntas que flotan en el aire y que, en su respuesta, está parte del destino que nos aguarda, que aguarda a este mosaico de personajes. Y también aquello que tan bien resumió la gran Dorothy Parker, hablando de parejas, en una frase ya mítica: “Te odio, amor mío”.
La voz de las mujeres es, sin embargo, la que lleva la voz cantante. Su voz se impone, aunque a veces sea la actitud de los hombres que las acompañan en la historia la que quiera imponerse. Mujeres con un pasado, con un presente, con un futuro. Mujeres que quieren vivir y otras que no lo quieren tanto. Cada una tiene sus motivos, sus razones, sus porqués. Ah, el misterio de la existencia. Ese que tan bien reflejado queda en este puñado de páginas, las que ha escrito Carmen Menéndez con sabia sencillez y que hoy presentamos. Más mujeres: con sus temores, con sus inseguridades, con sus ganas de demostrar que están aquí, en el mundo. O que ya no quieren estar. Mujeres de ayer y de hoy. Mujeres. Porque los relatos de Carmen van y vienen en el tiempo y en el espacio, pero siempre, detrás de ellos, o al final, hay un giro inesperado que nos sorprende, como ocurre en la vida misma. Un giro inesperado que nos retuerce, que nos conmueve, que nos sorprende, que nos paraliza. La muerte siempre al fondo. Sus relatos están llenos de vida, pese a ese fantasma, el de la muerte, que acecha sin piedad. De vidas que quedan atrapadas en unas pocas páginas y que nos dejan una sonrisa, una tristeza, una melancolía, una desazón, una inquietud, un vértigo. Ganas de seguir y seguir leyendo. La noche, ya digo, se instaló al otro lado de mi ventana mientras lo hacía. Por eso, hoy, además de presentarles este libro, me permito recomendarles su lectura muy vivamente. Gracias.
La voz de las mujeres es, sin embargo, la que lleva la voz cantante. Su voz se impone, aunque a veces sea la actitud de los hombres que las acompañan en la historia la que quiera imponerse. Mujeres con un pasado, con un presente, con un futuro. Mujeres que quieren vivir y otras que no lo quieren tanto. Cada una tiene sus motivos, sus razones, sus porqués. Ah, el misterio de la existencia. Ese que tan bien reflejado queda en este puñado de páginas, las que ha escrito Carmen Menéndez con sabia sencillez y que hoy presentamos. Más mujeres: con sus temores, con sus inseguridades, con sus ganas de demostrar que están aquí, en el mundo. O que ya no quieren estar. Mujeres de ayer y de hoy. Mujeres. Porque los relatos de Carmen van y vienen en el tiempo y en el espacio, pero siempre, detrás de ellos, o al final, hay un giro inesperado que nos sorprende, como ocurre en la vida misma. Un giro inesperado que nos retuerce, que nos conmueve, que nos sorprende, que nos paraliza. La muerte siempre al fondo. Sus relatos están llenos de vida, pese a ese fantasma, el de la muerte, que acecha sin piedad. De vidas que quedan atrapadas en unas pocas páginas y que nos dejan una sonrisa, una tristeza, una melancolía, una desazón, una inquietud, un vértigo. Ganas de seguir y seguir leyendo. La noche, ya digo, se instaló al otro lado de mi ventana mientras lo hacía. Por eso, hoy, además de presentarles este libro, me permito recomendarles su lectura muy vivamente. Gracias.
(Texto leído en la presentación del libro "El corredor vacío y otros relatos", de Carmen Menéndez).
lunes, 3 de octubre de 2011
No hay dinero, no hay libros
Las estanterías de novedades de la biblioteca pública del Fontán están vacías. Llevan así varias semanas, desde principios de septiembre, cuando comienza el curso y se reanudan las actividades. Y me dice una de las chicas que trabaja allí que ese servicio, el de las novedades, está cortado hasta nueva orden. No hay dinero, no hay libros. Es una ecuación que, lamentablemente, nunca falla. Como aquella otra de que, por muchas ganas y optimismo que le pongamos, siempre terminamos perdiendo los mismos. Parte de mi formación se la debo a esa biblioteca: acogedora, bien repleta de toda clase de libros, con su aire vetusto (pese a las reformas) y su inconfundible encanto. Por ese motivo, entre otros, ver así algunas de sus estanterías produce mucha tristeza, mucha rabia y mucho dolor. Los mismos sentimientos que se apoderan de mí al ver un supermercado Día construido en el local de aquellos cines, los Clarín, unos de mis favoritos. Uno no se acostumbra a esa decadencia tan espantosa aunque pasen los años, muchos años. Cada domingo, cuando subo a comer a casa de mis padres y lo veo, no puedo evitar esa tristeza, ese dolor y esa rabia. Tres salas tenían aquellos cines. Cada una con sus paredes y sus butacas de un color. Marrón, verde y granate. No eran demasiado grandes. La sala uno era la más espaciosa. La tres, la más pequeña. En esa sala, la tres, muchos años atrás, se exhibían películas X. Con el paso del tiempo, se convirtió en la preferida de los más cinéfilos, aquella donde se estrenaban películas minoritarias y en versión original. Recuerdo la emoción de aquellas tardes de viernes, las de los estrenos. También las de los lunes, cuando la entrada era un poco más barata (como todas las noches, a las diez y media, entre semana: creo que pasé más noches allí que en el salón de mi casa). Apenas un puñado de personas, casi siempre las mismas, con EL PAÍS y el Fotogramas bajo el brazo, ansiosas por descubrir aquella rareza de la que habíamos oído hablar en el periódico, en la radio y en la 2. (Ángel Fernández-Santos, Antonio Gasset, Núria Vidal o Carlos Pumares, cada uno con su marcado e inconfundible estilo, nunca fallaban en sus críticas). La misma emoción que sentía cuando bajaba a la biblioteca, dos o tres veces por semana, a la caza de aquel libro del que acababa de oír hablar a no sé quién o de un nuevo hallazgo. Siempre estaba allí. Y si no estaba, podías pedirlo. Ahora todo eso se ha terminado, como hace unos años se terminaron los cines en la ciudad. Y sólo se puede sentir algo parecido a la decepción más brutal. Todo resulta muy extraño. Una inquietante mezcla de desolación y de camino sin retorno. La misma que uno experimenta cuando se encuentra por la calle con una persona que hace mucho tiempo que no ve y que, de entrada, cuesta trabajo reconocer en su rostro y su cuerpo transformados por la erosión del tiempo las huellas de aquella persona que habita en tu recuerdo. Como un salvaje y despiadado antes y después del que nosotros, aunque no seamos demasiado conscientes, también formamos parte.
domingo, 2 de octubre de 2011
El peluquero
Había luz en el interior (una luz de fluorescente blanco), pero la puerta estaba cerrada. En el escaparate, aparte de los típicos productos de una peluquería masculina de toda la vida, había recuerdos de alguna boda y varios recortes de prensa en los que se hablaba de ese oficio, el de peluquero. Al separarme de la puerta, sentí el sonido del claxon de un coche viejo y la voz de un hombre que salía de la ventanilla del mismo coche: ¿A quién estás buscando? Al peluquero, contesté. Soy yo, espérame tres minutos ahí, que estoy buscando sitio para aparcar y vuelvo, esto hoy está imposible, chico... Ya voy, ya voy, les decía a los conductores de los coches de atrás, que ya le estaban dando sonoros y prolongados bocinazos. Esperé. No sé por qué lo hice, pero esperé, que es justo lo que no quiero hacer cuando voy a arreglarme el pelo o la barba. Me fijé con más detenimiento. En la puerta había un cartel que decía: Vuelvo en 0,001 segundos. Y la decoración me recordaba a algún local del Buenos Aires más pintoresco y al taxi de Guillermo Montesinos en "Mujeres al borde de un ataque de nervios". Una mezcla de estilos y excesos. Ya estoy aquí, sentí a mis espaldas. Abrió la puerta y entramos. Una música salsera sonaba a todo volumen. La bajó. Tenía un montón de libros (pude atisbar a Millás, Vargas Llosa y una recopilación de artículos de Pérez Reverte) apilados al lado de varios Interviús atrasados, el MARCA, dos periódicos gratuitos y numerosas revistas de coches. ¿Qué quieres hacer? Arreglar la barba, respondí. Y ahí comenzó una cháchara que no cesó hasta que, veinte minutos más tarde, abandoné el local. Que si las barbas muy recortadas son una moda pasajera y una horterada, que si la influencia de la televisión, que si lo que de verdad tiene estilo es la naturalidad, que si tú pareces un tío muy natural, que si estoy haciendo una dieta que me recomendó el médico, que si es la mejor dieta del mundo, que si descubrieron que tenía el colesterol y el azúcar altos, que lo mejor para bajar kilos es no mezclar unos alimentos con otros y beber mucha agua, que si caminar es sanísimo, que si tuve que dejar por completo la sidra, que si ni te imaginas lo que es eso para un sidrero de los de verdad, que si es ver una botellina (de sidra) y ponerme malo, que si los políticos son todos iguales, que si las elecciones, que si tu cara me suena, que si parabas en ese bar de la esquina, que si los bares ya no son lo que eran, que vaya precios, que no sé dónde vamos a ir a parar, que si esto y que si lo otro y lo de más allá... Apenas me dejaba asentir o sonreír en señal de que tenía razón en lo que decía. Mira que tengo visitado peluquerías a lo largo de mi vida y conocido peluqueros (del gay más gay al machirulo más machirulo), pero nunca me había tropezado con un peluquero que, tres minutos después de verle por primera vez, me pusiese al corriente de los últimos treinta años de la suya, incluido el sitio donde vivía, donde había hecho la mili y los niveles de colesterol y azúcar en sangre. No me pareció un mal tipo, ni siquiera, pese al torrente de información, me puse de peor humor del que llevaba. Casi al contrario: todo me parecía tan surrealista que le encontré hasta el punto simpático, que es el punto que hay que encontrar en estos tiempos. Berlanguiano, almodovariano, costumbrista y hasta neorrealista, pero simpático, después de todo, el buen hombre. Pero lo mejor aún estaba por venir. Cuando me levanté y, sacando la cartera de la bolsa, le pregunté lo que le debía, va y me dice que dos euros. ¡Dos euros!, exclamé. Sí, hombre sí, dame dos euros, que bastante paciencia has tenido con aguantar todo el rollo que te solté. Que lo que te digo: que tu cara me suena y no sé de qué: anda, ya me acordaré para la próxima. Dos calles más abajo, si me apuras, aún se escuchaba aquella música salsera cuyo volumen volvió a subir nada más que salí de allí.
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