La sensación que uno tiene cuando llega a San Francisco por primera vez y recorre esa parte de la ciudad que va del aeropuerto a alguno de los hoteles del centro es la de haber estado previamente allí. A Nueva York, esa otra ciudad americana con aires europeos, le sucede lo mismo. La influencia del cine, la literatura y las series de televisión es, en este sentido, tan amplia como decisiva, tan importante como inevitable. En realidad, cuando uno es mitómano de verdad y llega a alguna de estas grandes ciudades, una de las primeras cosas que hace es, precisamente, esa: recordarlo, casi de golpe, todo. Aquí se rodó tal o cual película, por ahí caminaba no sé qué actriz, allí moría de forma magistral uno de los alumnos más aventajados de Marlon Brando, un poco más allá tomaba un dry-martini aquel escritor mientas escribía su obra maestra, su cuento o su poema definitivo. Uno de los muchos atractivos de San Francisco es, sin duda alguna, ese. La ciudad está llena de lugares donde se rodaron muchas películas y míticas series de televisión. Esas series que a finales de los 70 y principios de los 80 revolucionaron el medio. Y también de muchos rincones literarios, muy literarios. El café Vesuvio (así, curiosamente, escrito, con v las dos, desafiando con rebeldía a las normas ortográficas), por ejemplo, donde Jack Kerouac y demás componentes de la generación beat, aquella generación de bohemios y grandes vividores, de rebeldes y hedonistas, acudían a menudo. Es un café viejo, pequeño, un poco destartalado, con decoración hippie y las paredes llenas de fotografías antiguas de muchos de aquellos músicos y escritores que lo frecuentaban y de otros que, desde añejas publicaciones colgadas en las paredes, te observan silenciosos y cómplices, como testigos mudos de aquél y de todos los tiempos. Tiene un olor muy peculiar: a vainilla, a humedad, a toda clase de tabacos (aunque, como en el resto de las ciudades americanas a excepción de Las Vegas, ya no se pueda fumar en su interior) y a esas partículas de polvo que están tan incrustadas por todo el local que sólo podrían desaparecer definitivamente con una limpieza a fondo o una reforma absoluta. Esa reforma que, por otro lado, destruiría por completo el encanto del lugar. Hay un rincón, enfrente de la barra, debajo de una fotografía en blanco y negro de Virginia Woolf que ilustra un número viejísimo de la revista Time, ciertamente especial. Desde allí, bajo la tenue luz, se puede contemplar el bar desde varias perspectivas, quién entra y quién sale, y ver cómo algunos escritores o aficionados a la literatura, poseídos por el espíritu de los viejos fantasmas y las abundantes copas, rememoran a sus clásicos. Algo parecido sucede en la librería, The City Lights Books, que está justo al lado. Acogedora, con miles de libros y todos muy apretados en sus estanterías, la librería -muy bien seleccionada- conserva ese halo de misterio que siempre acompaña a los sitios legendarios. Si cierras los ojos, no es difícil imaginar a cualquiera de aquellos beatniks sentado en el suelo o en aquellas escaleras de madera que unen los tres pisos, hojeando libros, manoseándolos, inspirándose, dejando pasar la tarde. En el último piso, el dedicado a la poesía, la luz entra a raudales por un gran ventanal y se detiene sobre los libros abiertos que reposan sobre las mesas, sobre las numerosas fotografías de poetas que decoran la sala, mientras, con sumo cuidado, intentas que la madera bajo tus pies no cruja demasiado para no estropear la sosegada magia del instante. San Francisco es una ciudad llena de fantasmas. Por sus calles, a cualquier hora del día o de la noche, aquí y allá, puedes encontrarte con mendigos pidiendo limosna o recogiendo latas de refrescos en el carrito donde guardan sus pertenencias; locos que hablan solos, que gritan, que discuten consigo mismos; enfermos de mil enfermedades; veteranos de guerra, inconfundibles con los tatuajes y las cicatrices recorriendo sus rudos y ajados rostros, que quedaron trastornados o mutilados; hippies, con lo que queda de sus largas melenas y esas ropas que -de tan pasadas de rosca como están- se han vuelto a poner de moda, cuyos cerebros no sobrevivieron a las sustancias que decidieron probar, a los viajes mentales, a tanta psicodelia; predicadores que, de tanto empeñarse en recitarlo, se creyeron su propio discurso; pobres diablos; simpáticos pícaros. Pero, todos ellos, son pacíficos. A lo sumo, con cierta delicadeza, se acercarán a ti para pedirte un cigarrillo, un dólar, un billete de tranvía, una pieza de fruta. O para contarte cualquier episodio -real o inventado- de sus excesivas vidas. También están los otros fantasmas, los que forman ya parte de la propia historia de la ciudad. El mencionado Kerouac y su grupo, Janis Joplin, Harvey Milk, que, en el barrio gay, el barrio de Castro, es una figura realmente venerada por propios y extraños, quizá aún más ahora tras la reciente película de Gus Van Sant protagonizada por Sean Penn. Su espíritu y sus reivindicaciones, aún tan vigentes y necesarias, están muy presentes en ese barrio y en toda la ciudad. Varias banderas enormes con los alegres colores que dan seña al movimiento homosexual ondean en la calle -según la denominan- más gay de todo el mundo. En la esquina principal, está el emblemático café Twin Peaks. Y en su interior, aún permanecen acodados algunos de los que iniciaron décadas atrás las manifestaciones por la igualdad. Esa zona, que se debate entre la divina decadencia y la modernidad, está llena de locales acogedores donde escuchar música relajante (jazz, chill-out) y tomarte un delicioso (y carísimo) vino californiano, un cabernet de primera clase. En uno de ellos, si lo deseas, entre vino y vino, y por un dólar el minuto, te adivinan el futuro. No es mal negocio, pensamos. Pero San Francisco es también muchas otras cosas: sus calles empinadas, sus tranvías, sus puentes, sus encantadoras y coloristas casas victorianas. Su bahía y sus alrdedores. Las vistas, desde allí, desde cualquier punto de la bahía, son magníficas, impresionantes. Sólo por eso merecería la pena visitar la ciudad. Situado enfrente, está el islote donde se erige Alcatraz, la emblemática cárcel por la que pasaron algunos de los delincuentes más famosos de la historia, con Al Capone a la cabeza, y, en la otra punta, Sausalito, un tranquilo y acogedor apéndice de la ciudad donde el leve rumor del mar es lo único que altera el silencio. Antes de coger el ferry, en el puerto de San Francisco, descubrimos un hermoso mercadillo de frutas, verduras, quesos, pescados, dulces y licores suaves. Todo tiene un color muy vistoso, una pinta estupenda. Las fresas son enormes, de un rojo muy intenso, y, cuando unas de las sonrientes chicas nos ofrece una, descubrimos que tienen un sabor realmente sabroso. Es sábado y la gente camina por allí con total relajación, deteniéndose sin prisa en cada puesto, probando de aquí y de allí, hablando con los vendedores, consultando precios, disfrutando de las horas de ocio. En San Francisco, tenemos continuamente esa sensación: la de que la gente disfruta con plenitud de cada momento. Sin las prisas, el estrés y los vibrantes aceleramientos de Nueva York, sin ir más lejos. El tiempo parece que se ha detenido en el barrio hippie, en esa larga calle -Haight Street- repleta de tiendas de segunda mano donde Janis Joplin compraba anillos, pulseras, sombreros, chalecos, sandalias... Y donde, ahora, si lo deseas, también puedes hacerte con todo tipo de cachivaches. Desde una lámpara hasta una muñeca antigua o uno de esos discos que pensabas que hacía años que estaba descatalogado. Todo es realmente auténtico. Añejo, sí, pero auténtico. Sin ese tono de impostura que últimamente recubre todo aquello que posee reminiscencias hippies. En esa misma calle, se encuentra el café Red Victorian, donde desayunaban aquellos beatniks de entonces después de sus largas noches de farra. Es un café un tanto destartalado, pero con cierto encanto. Desde su enorme ventanal, se puede ver buena parte de la calle, la única librería que hay por allí, las tiendas de ropa usada, los hippies que duermen junto a los escaparates o que tocan canciones famosas por un puñado de céntimos. La respuesta, me temo, sigue estando en el viento. Pero regreso a la zona de Castro, a uno de esos encantadores restaurantes situados en la parte de arriba de algunas de las casas victorianas que conforman el barrio. Se llama Poesía y, durante las cenas, de fondo, proyectan continuamente películas clásicas, normalmente europeas. Buñuel, Fellini, Pasolini... Ese día, entre plato y plato, la Catherine Deneuve de "Tristana" y el Donald Sutherland de "Casanova". La penumbra del local, los camareros que -al descubrir que somos españoles- nos felicitan por la ley de los matrimonios gays, el suave murmullo del resto de los comensales, la noche que va cayendo sobre la ciudad. San Francisco, 2010. Una ciudad tranquila. Un viaje importante.
viernes, 12 de noviembre de 2010
lunes, 8 de noviembre de 2010
Palabras que la escritora Laura Freixas dedica a El extraño viaje
Precisamente te quería escribir, para decirte cuánto me ha gustado tu libro. Hay algo, que no me gusta llamar "sensibilidad" porque la palabra está muy trillada, pero no sé de qué otra manera llamar a esa capacidad que tienes de percibir las cosas, todo lo que pasa, lo que se siente con los sentidos y con las emociones cuando parece que no pasa nada, esas temperaturas, lluvias, olores (palpita Asturias en el fondo), esos momentos detenidos, que están al borde de significar algo (no me extrana que te guste Clarice Lispector)... todos esos retratos de mujeres en las que no reparamos, como la lectora que pide el libro de Benedetti... (Solo hay algo que me ha chirriado en algún momento y es la idealizacion que haces de ciertos personajes, la pareja Bowles p ej.) Y está maravillosamente escrito. Has conseguido lo más importante: escribir un libro precioso.
Laura Freixas
El extraño viaje revisitado
La idea de crear un blog surgió el año pasado, a finales de octubre, en Llanes. Íñigo trabajaba, como de costumbre, en "Llanes al cubo" y yo quería hacer algo más que pasear, contemplar la belleza del paisaje, comer y beber, aunque todas esas cosas se puedan hacer estupendamente en esa localidad. Creamos el blog en esa casa desde la que se oye el mar y el graznido de las gaviotas que lo revolotean, y que tantas veces nos ha servido de refugio. Lo llamé El extraño viaje, como homenaje a la inolvidable película de Fernando Fernán-Gómez y al disco con el que Fangoria, hace unos pocos años, quiso homenajear al genial cineasta. Y, como siempre que emprendo una tarea literaria, sea del tipo que sea, me la tomé muy en serio. Hay alguna gente que desdeña y habla con cierto retintín de la literatura que se escribe en los blogs -es cierto que hay blogs de muchos tipos: no se puede generalizar-, pero, en mi caso, como el de muchos otros colegas, me enfrento a ese espacio en blanco con la misma seriedad, rigurosidad y profesionalidad con la que lo hago para estas páginas, para las otras en las que también escribo o para las que pudiese hacer en un futuro. Es el espacio en blanco en el que nos expresamos todos aquellos que no tenemos el hueco que desearíamos tener en los periódicos. Esos periódicos en los que tan buena literatura se ha escrito y se escribe en este país. Cada cual pondrá aquí los ejemplos que más se acomoden a sus gustos, estilo y preferencias, siempre tan particulares. Yo me quedo hoy con dos: Francisco Umbral y Elvira Lindo.
El extraño viaje -mi blog- se fue llenando, cada mañana, casi antes del amanecer, que es cuando habitualmente escribo, de muchas cosas. Recuerdos, vivencias, libros, mujeres, ciudades, amigos, músicas, películas, obras de teatro, luces de neón, luces de otras ventanas, amor... La memoria hizo también su papel. Y así rememoré todas las ciudades en las que había estado y todos los recuerdos que, caminando por aquellas lejanas calles, parques, librerías, teatros, terrazas, puertos, avenidas, museos, mercados y mercadillos callejeros, recordé. Un callejón decadente de aquel invierno de Buenos Aires me trajo el recuerdo del pozo minero que había enfrente de la casa de mis abuelos maternos, en Mieres, y el de los hombres cansados y sudorosos que salían de él; los gigantescos carteles iluminados de los teatros de Broadway me trajeron el recuerdo de todos los instantes llenos de emoción vividos antes de entrar en un teatro de mi provincia, donde actuaba alguna de mis actrices favoritas y el deseo de encontrarlas luego por la calle como un día me encontré a Charo López y otro, ya tan lejano, a Aitana Sánchez-Gijón cuando, convertida en Maggie la gata, se subía al tejado de zinc caliente de Tennessee Williams; los puentes de San Francisco me devolvieron todos los instantes de la infancia en los que llegaba a casa, después del colegio, y merendaba viendo algunas de las más emblemáticas series de televisión americanas de los años 70 y 80. Son sólo algunos ejemplos. Hay más, claro, porque lo bueno de los recuerdos es que se van hilando con la misma facilidad con la que un gato tira del hilo hasta deshacer por completo toda la madeja. Hablando de gatos, Francesca, nuestra gata, también está ahí, en las páginas de este libro y detrás del ordenador desde donde estoy escribiendo estas otras, mirando a ratos las luces encendidas de las ventanas del edifico de enfrente y otros, guiada por el sonido, los dedos de mi manos tecleando el portátil. Aparte de muchos de los recuerdos, buenos y malos, de los años vividos hasta la fecha y de las ciudades visitadas, el blog se fue llenando de mujeres, de muchas mujeres, siempre tan importantes en mi vida. Mujeres como mi abuela, mi madre o mi hermana, colegas, amigas que están ahí, cómplices, con las que me entiendo sin apenas cruzar dos palabras, y otras que se fueron quedando en el camino porque la vida no siempre es como quisiésemos sino como nos van dejando, ay. También mujeres desconocidas que veo por las calles, en el día y en la noche, y a las que sólo por un mínimo y determinante gesto deseo atrapar con mis palabras. Mujeres detrás de las que hay vidas que merecerían con toda probabilidad ser contadas. Y también, como el buen mitómano que soy, por iniciativa propia y aprendiendo de los gandes mitómanos, de esas mujeres que nos fascinan del mundo del cine, del teatro, de la radio, de la literatura, de la fotografía, de la música... Todas ellas imprescindibles, fundamentales compañeras de viaje. Hay dos constantes en el libro, dos hilos que unen todas las palabas, de principio a fin. Íñigo, la persona con la que comparto mi vida, y Nueva York, esa ciudad que tanto anhelaba conocer durante años y que no sólo no me defraudó sino que en mi mente está muy presente la idea de visitarla una y otra vez, redescubrirla -si es posible- cada año. Todo se andará, sí. Porque cuando uno está a punto ya de cumplir los 40 años, ésa es la lección que la vida te termina enseñando. Todo, tarde o temprano, pese a los cientos de trabas y dificultades, termina por llegar. Las plegarias culminan siendo atendidas. Sólo es cuestión de paciencia y perseverancia. Así, para finalizar, veo mi imagen delante de la máquina de escribir en la casa de mis padres durante muchas noches de muchos años, con el silencio cómplice de mi madre al fondo, y veo mi imagen delante de la casa que Truman Capote tuvo en Brooklyn y pienso en la poderosa presencia del azar y en cómo las cosas a veces están extrañamente unidas. El viaje comenzó en una casa, la de mis padres, y terminó en otra, delante de la casa del genial escritor americano. Y, entre medias, está este viaje, este extraño viaje.
sábado, 23 de octubre de 2010
Palabras que el poeta José Luis Piquero dedica a El extraño viaje
Mi amigo Ovidio Parades (Oviedo, 1971), librero y escritor, acaba de publicar un libro estupendo, El extraño viaje (editorial Trabe), una colección de prosas a caballo entre lo autobiográfico, la columna de opinión, el bosquejo poético y el diario. Semblanzas de actrices y escritoras (la fascinación por las mujeres está muy presente en la obra), crónicas viajeras y microrrelatos también tienen cabida en un libro heterogéneo, conmovedor, elegante y lleno de melancolía y avidez por la vida. Se trata también, en cierto modo, de un retrato generacional, con los ídolos de nuestra infancia, las primeras lecturas, los grandes descubrimientos de la juventud… Y siempre el deseo de vivir intensamente, de saborear cada día -a despecho de la sensación de que el tiempo pasa-, y la afirmación de la propia libertad de elegir.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Septiembre
Me gusta abrir la ventana y sentir el aire fresco de septiembre colándose por el apartamento. Francesca, a mi lado, mueve la cara con susto, con sorpresa, como si no recordara el frío. Atrás queda agosto, con esas tardes tan largas, calurosas y pesadas, con las calles vacías y esa sensación de domingo largamente prolongado. Empieza un nuevo mes, sí, y con él, casi intacta, la ilusión de llevar a cabo nuevos proyectos. La librería se llena de novedades (no todas buenas, todo hay que decirlo, pero esa renovación trae consigo aires diferentes, el trajín de recibir cajas, de abrirlas con curiosidad o con cierto escepticismo, de cambiar escaparates, arriba y abajo, aquí y allá, y eso siempre alegra el espíritu), la gente ya no tiene esa pereza, esa modorra que nos embarga con el calor excesivo y que casi nos inmoviliza, sobretodo aquí, en las ciudades del norte, donde, por muchos días calurosos que tengamos, no terminamos de adaptarnos demasiado bien a ellos. En breve, los colegios empezarán sus clases, y, ya desde bien temprano, las calles se llenarán de ruido, de bullicio, de gentes de todo tipo, de caras de niños adormilados, de niñas que arrastran sus pesadas mochilas de color rosa chillón, de las risas y el alboroto de todos ellos, y del olor a bocadillos, a libros, a gomas, a lápices y a estuches nuevos. ¡Cómo cambia el paisaje, en mis paseos matutinos, cuando los colegios están cerrados! Todo está mucho más silencioso y parece que, aunque ya haga rato que el cielo se despejó por completo, no termina de arrancar la mañana: a vueltas con la inevitable y perezosa sensación de domingo o de día festivo. El uno de septiembre es como si fuera el principio del año, de un nuevo año. Este año, además de todas las novedades editoriales y el espíritu de renovación, septiembre será el mes de la publicación de mi libro, "El extraño viaje", que surgió de aquí, de este blog, aunque ahora sea ya otra cosa, un viaje diferente lleno de historias propias y ajenas. El viaje que va de lo escrito al papel. Hermoso viaje, desde luego. Su estructura es otra, aunque muchos de los que lo habitan sean los mismos que recorrieron este blog conmigo cada mañana. Y las sensaciones, y los sueños, sean también casi idénticos. Es una sensación extraña y fascinante la de entregar un libro a la editorial, el trabajo ya hecho y finalizado, esa instante en el que todas las correcciones están terminadas y sabes que ya no hay marcha atrás. Ahora, en unos días, el libro tendrá su propia vida. Cada lector, de una u otra manera, lo hará suyo: tendrá, viajando conmigo, su propio viaje. Y yo me quedo con la tranquilidad del trabajo realizado, con la satisfacción de que las voces que lo leyeron han dado el visto bueno y con ese bellísimo prólogo que me ha escrito la gran Elvira Lindo (gracias, gracias y más gracias por tu generosidad, por tu talento y por tu calidad humana), que es uno de esos regalos inesperados que a veces te ofrece la vida y que sirven para reconciliarte definitivamente con ella, con la vida, pese a todo. El viaje -no quepa duda alguna- prosigue.
jueves, 12 de agosto de 2010
Una vida inesperada
UNA VIDA INESPERADA
Elvira Lindo.
Lo que me queda por vivir, Seix Barral, Barcelona, 2010
Hay acontecimientos que marcan decisivamente la vida de una persona, de una mujer, Antonia, en este caso: la muerte prematura de la madre, la maternidad siendo aún muy joven, la ruptura de una pareja donde todavía, al menos por una de las partes, la suya, había amor. La vida, que nunca es fácil, menos lo es para una joven, sola, con un niño pequeño, que intenta buscar su lugar en el mundo y que se siente huérfana, con una fragilísima sensación de orfandad y desamparo que se extiende mucho más allá del tiempo en el que se inicia, tras la muerte de la madre. Esa otra mujer, que recuerda a las mujeres del cine y de la música americana, con el corazón herido, tocado por la larga enfermedad, presencia constante pese a la ausencia física. La mujer joven, Antonia, que se busca y que se encuentra muchas veces en esa mujer que ya no está, esa voz que se funde en aquella voz: voces que se encuentran y se confunden, como en un bello rito, en el filo del espejo, en el hilo de la historia, dentro de la memoria, donde más duele. Un desafío constante. Un camino por hacer. Una vida, aparte de la suya, que sacar adelante, la del hijo. Ese hijo avispado, despierto, listísimo, solitario, que es uno de los muchos logros de esta novela (gran novela): crear y dar credibilidad a un niño, sin caer en la cursilería o el tremendismo: no es pequeño logro, desde luego. Un bellísimo baile a dos manos. Un viaje conjunto, sí. Importante y difícil viaje. El de la madre y el hijo. El de tantas madres e hijos que, en este viaje, se pueden ver reflejados. No me cabe duda alguna. Elvira Lindo, narrando esta historia, la suya, la que quería contar, ha contado también, quizá sin pretenderlo, la de una generación de personas, sobretodo de mujeres, mujeres que estaban ahí, a principios de los años 80 (esa época, posteriormente, tan sesgadamente revisada e idealizada hasta el hartazgo), cuando tantas cosas empezaban a cambiar, pero había que cambiarlas, dar el paso, salirse de lo establecido hasta entonces y continuar hacia adelante, vivir la propia vida sin el peso de las enseñanzas antiguas, hacerse un hueco en la sociedad, sobrevivir. Ella, Antonia, nuestra protagonista, lo consiguió. El pasado que arrastraba este país y el presente que se iba conformando y transformando, no sin complicaciones, día a día. Ese tránsito, ese contraste, aparece magistralmente narrado en estas páginas, que, en algunos tramos, alcanza momentos realmente memorables, de esos cuya ternura y ese cruel patetismo que, visto a día de hoy, te anudan la garganta, como te la anudan las interpretaciones de ciertas actrices (Shirley MacLaine, un suponer) cuando interpretan esas escenas que se debaten entre lo cómico, lo trágico y lo absurdo. Hay muchas escenas así en toda la literatura de Elvira Lindo, escenas que constatan y reflejan a la perfección su agudísimo sentido para captar el mundo, la vida, todo lo bueno, lo malo y lo extraño que nos rodea. Como ejemplo (uno de tantos) pondré esas páginas que retratan la boda de la protagonista, con las mujeres de la familia vistiendo al modo más clásico, rancio casi, con sus blusas de lazo y sus abrigos de mutón, asistiendo a un evento -una boda civil, de las primeras que se celebraban aquí- que a ellas, por novedoso, se les escapa completamente. También hay otras mujeres, claro, poderosos personajes secundarios que quedan grabados en la memoria -la tía Celia, la amiga Marisol...-: cada una con un trocito de historia, su historia -historias tristes, terribles: vidas que, de un modo u otro, se quedaron en el camino-, que sirven también para explicar la suya, la de Antonia. Mujeres que luchan hasta el final, que saben querer por encima de todo, que sólo la muerte les arrebatará la fuerza, el tesón, las ganas de vivir. Hay novelas que están ahí, en un rincón de la memoria, esperando a que su autor les otorgue forma definitiva con las palabras, con los recuerdos, con los sentimientos. Es un juego peligroso y hay que ser un verdadero virtuoso de las letras para salir airoso del empeño. Elvira Lindo lo consigue con creces. Cuando la vida se convierte en palabras escritas ya deja de ser vida real para convertirse en otra cosa, en otro tipo de vida, igualmente auténtica, igualmente vibrante, en literatura pura y dura. Deslumbrante, brillantísima literatura, como la que aquí nos ocupa. Elvira Lindo, que cada día que pasa es mejor escritora, se ha lanzado sin red, sin tapujos, con valentía, cara a cara, a un pasado que puede tener mucho que ver con el suyo, sí, y también con el de muchos otros, con el de todas esas personas que están ahí, que ríen, que gozan, que lloran, que sufren, que sueñan, que luchan, que se emocionan, que se desesperan, que se enfrentan a la vida que les tocó en suerte, a una vida, como la suya, como la nuestra, como la de todos, inesperada. No se la pierdan bajo ningún concepto.
Hay acontecimientos que marcan decisivamente la vida de una persona, de una mujer, Antonia, en este caso: la muerte prematura de la madre, la maternidad siendo aún muy joven, la ruptura de una pareja donde todavía, al menos por una de las partes, la suya, había amor. La vida, que nunca es fácil, menos lo es para una joven, sola, con un niño pequeño, que intenta buscar su lugar en el mundo y que se siente huérfana, con una fragilísima sensación de orfandad y desamparo que se extiende mucho más allá del tiempo en el que se inicia, tras la muerte de la madre. Esa otra mujer, que recuerda a las mujeres del cine y de la música americana, con el corazón herido, tocado por la larga enfermedad, presencia constante pese a la ausencia física. La mujer joven, Antonia, que se busca y que se encuentra muchas veces en esa mujer que ya no está, esa voz que se funde en aquella voz: voces que se encuentran y se confunden, como en un bello rito, en el filo del espejo, en el hilo de la historia, dentro de la memoria, donde más duele. Un desafío constante. Un camino por hacer. Una vida, aparte de la suya, que sacar adelante, la del hijo. Ese hijo avispado, despierto, listísimo, solitario, que es uno de los muchos logros de esta novela (gran novela): crear y dar credibilidad a un niño, sin caer en la cursilería o el tremendismo: no es pequeño logro, desde luego. Un bellísimo baile a dos manos. Un viaje conjunto, sí. Importante y difícil viaje. El de la madre y el hijo. El de tantas madres e hijos que, en este viaje, se pueden ver reflejados. No me cabe duda alguna. Elvira Lindo, narrando esta historia, la suya, la que quería contar, ha contado también, quizá sin pretenderlo, la de una generación de personas, sobretodo de mujeres, mujeres que estaban ahí, a principios de los años 80 (esa época, posteriormente, tan sesgadamente revisada e idealizada hasta el hartazgo), cuando tantas cosas empezaban a cambiar, pero había que cambiarlas, dar el paso, salirse de lo establecido hasta entonces y continuar hacia adelante, vivir la propia vida sin el peso de las enseñanzas antiguas, hacerse un hueco en la sociedad, sobrevivir. Ella, Antonia, nuestra protagonista, lo consiguió. El pasado que arrastraba este país y el presente que se iba conformando y transformando, no sin complicaciones, día a día. Ese tránsito, ese contraste, aparece magistralmente narrado en estas páginas, que, en algunos tramos, alcanza momentos realmente memorables, de esos cuya ternura y ese cruel patetismo que, visto a día de hoy, te anudan la garganta, como te la anudan las interpretaciones de ciertas actrices (Shirley MacLaine, un suponer) cuando interpretan esas escenas que se debaten entre lo cómico, lo trágico y lo absurdo. Hay muchas escenas así en toda la literatura de Elvira Lindo, escenas que constatan y reflejan a la perfección su agudísimo sentido para captar el mundo, la vida, todo lo bueno, lo malo y lo extraño que nos rodea. Como ejemplo (uno de tantos) pondré esas páginas que retratan la boda de la protagonista, con las mujeres de la familia vistiendo al modo más clásico, rancio casi, con sus blusas de lazo y sus abrigos de mutón, asistiendo a un evento -una boda civil, de las primeras que se celebraban aquí- que a ellas, por novedoso, se les escapa completamente. También hay otras mujeres, claro, poderosos personajes secundarios que quedan grabados en la memoria -la tía Celia, la amiga Marisol...-: cada una con un trocito de historia, su historia -historias tristes, terribles: vidas que, de un modo u otro, se quedaron en el camino-, que sirven también para explicar la suya, la de Antonia. Mujeres que luchan hasta el final, que saben querer por encima de todo, que sólo la muerte les arrebatará la fuerza, el tesón, las ganas de vivir. Hay novelas que están ahí, en un rincón de la memoria, esperando a que su autor les otorgue forma definitiva con las palabras, con los recuerdos, con los sentimientos. Es un juego peligroso y hay que ser un verdadero virtuoso de las letras para salir airoso del empeño. Elvira Lindo lo consigue con creces. Cuando la vida se convierte en palabras escritas ya deja de ser vida real para convertirse en otra cosa, en otro tipo de vida, igualmente auténtica, igualmente vibrante, en literatura pura y dura. Deslumbrante, brillantísima literatura, como la que aquí nos ocupa. Elvira Lindo, que cada día que pasa es mejor escritora, se ha lanzado sin red, sin tapujos, con valentía, cara a cara, a un pasado que puede tener mucho que ver con el suyo, sí, y también con el de muchos otros, con el de todas esas personas que están ahí, que ríen, que gozan, que lloran, que sufren, que sueñan, que luchan, que se emocionan, que se desesperan, que se enfrentan a la vida que les tocó en suerte, a una vida, como la suya, como la nuestra, como la de todos, inesperada. No se la pierdan bajo ningún concepto.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Corte de pelo
La mujer se despertó y miró al hombre que dormía a su lado. ¿De quién se trataba? ¿Cómo había llegado hasta allí? Las mismas preguntas de todas las mañanas de sábado de los últimos tiempos. Aquella habitación, cuya clásica decoración en nada se parecía a la suya, le daba vueltas y más vueltas. Tenía la garganta seca, un intenso dolor de cabeza y ganas de vomitar. Descubrió su imagen en un horrible espejo situado enfrente de la cama y soltó un pequeño grito. No recordaba que la tarde anterior, después de salir de la oficina, se había ido a la peluquería que acababa de abrir enfrente de su casa y se había cortado toda la melena. Qué estropicio, musitó. Su rostro demacrado tampoco contribuía a ensalzar demasiado aquel extraño y asimétrico corte de pelo. Una mujer con un peinado muy similar al suyo la miraba desde una fotografía en blanco y negro enmarcada en ostentosa plata. A su lado, sonriente, el hombre que estaba ahora a su lado en la cama la rodeaba con sus brazos. Era verano y parecían felices. Qué cabrón, murmuró. Se levantó despacio y se vistió deprisa con aquella ropa que apestaba a noche atrasada. No encontró el cinturón. Aquel pantalón, sin él, sin aquel ancho cinturón que había comprado el verano anterior en Ibiza, le quedaba bastante holgado. Como casi toda la ropa. Desde que su marido se había marchado, seis meses atrás, había perdido casi diez kilos. A ratos, aún seguía buscando las razones por las que se había largado. El sonido de sus altos tacones sobre la madera recién pulida del suelo hizo que el hombre se despertase. Miró, acelerado, el reloj de su mesilla y le dijo, al tiempo que saltaba veloz de la cama y abría las ventanas del cuarto de par en par, que tenía que marcharse ya. Ella lo miró con más cara de pena que de asco y salió de aquella habitación. Recorrió el largo pasillo, esquivando numerosos juguetes, muñecos y libros infantiles, y abandonó el piso. Al llegar a la planta baja y abrir el ascensor, mientras sacaba del bolso sus oscuras gafas de sol, dió los buenos días a la mujer que hablaba con la portera y que mandaba callar a tres niños -dos niños y una niña- repeinados y vestidos iguales que no paraban quietos. Hemos tenido muy buen tiempo, decía alegremente a aquella mujer gordezuela que se empeñaba en sacar todo el brillo al dorado de la puerta. Tampoco a ella le favorece nada este peinado, pensó. Salió a la calle, donde lucía un sol furioso, con la firme promesa de no volver a cortarse el pelo así nunca más.
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