martes, 16 de febrero de 2010

La gata feliz

Hay gatos muy ariscos, que van a su aire, que no te dejan ni tan siquiera acercarte a ellos. Hay otros, la mayoría, que van y vienen según les convenga, ahora sí, ahora no, según su apetencia. Y hay otros, casi como la mayoría de los perros en este sentido, que quieren todo el día estar a tu lado, que reclaman constantes contemplaciones, mimos, caricias y que les prestes toda la atención del mundo. A este tipo de gatos pertenece la nuestra, Francesca. Es una gata mimosa, muy mimosa. Ya desde bien temprano, cuando pongo los pies en el suelo, viene detrás de mí reclamando su primera ración de mimos. Se estira en el suelo, deseando que pases su mano por el lomo, por la cabeza, que juegues un poco con ella, que le hagas cosquillas en el cuello, en la barriga. Después, ya en la cocina, mientras preparo la cafetera y le pongo agua fresca en su cuenco, ronronea entre mis piernas como diciendo anda, vamos a jugar otro ratito, sólo un poco, qué más te da... Con la taza de café humeante ya en la mano, escribiendo en el ordenador, vuelve a las andadas. Estira las patitas delanteras y las coloca encima de mis piernas, intentando subirse a mi regazo. Cuando lo consigue por sí misma o con un poco de ayuda, observa con detenimiento la pantalla, lo que estoy escribiendo, husmea el café. Sabe (le quedó claro ya desde el primer día) que no puede tocar las teclas del ordenador, y no lo hace. Sólo mira -fijamente- con sus bellísimos ojos marrones la pantalla y me lame los dedos. Detrás, está la ventana y, cuando se cansa de contemplar las letras, da un saltito y se coloca justo detrás del portátil, al lado de los cristales, y de los tres o cuatro libros que estoy leyendo a la vez (Clara Sánchez, Anne Tyler, Margaret Atwood...), y mira las casas de enfrente, la vida que empieza a arrancar, las primeras luces del día. Así parece feliz, sabiendo que estoy ahí, a escasos metros de ella, escribiendo, imaginando que me voy a quedar toda la mañana así, escribiendo y pasándole de cuando en cuando la mano por la cabeza. Qué más quisiera yo, Francesca, descubro que le susurro antes de levantarme para ir a trabajar, qué más quisiera yo...

jueves, 11 de febrero de 2010

Depresiones

Un inesperado día te despiertas y sientes que no puedes levantarte, que algo dentro de tu cuerpo y de tu cabeza te lo impide. No sabes qué ocurre, pero sólo sientes pena, tristeza, melancolía, desazón, ganas de llorar y de desaparecer de este mundo. El trayecto de la cama al sofá se hace interminable. Salir de casa se convierte en la tarea más pesada, más difícil. Tarea casi imposible. Ahí, en la cama y en el sofá, te sientes a salvo. Son los únicos lugares donde quieres estar. No quieres ver a nadie, no puedes. Todo a tu alrededor te causa mucha fatiga, mucho cansancio, mucho hartazgo. Las palabras, todas las palabras, incluso las de consuelo o de apoyo, te suenan mal, falsas, como un eco molesto y desagrable, como un zumbido atosigante que penetra tus oídos con una fuerza única, insospechada. Cualquier cosa te ofende, el más mínimo gesto se convierte en muy costoso de llevar a cabo. La vida carece de sentido por completo. Las constantes taquicardias te obligan a ir al médico. Unas diminutas pastillas de color naranaja aplacan esas taquicardias, ese dolor, esa desazón. La tristeza continúa. Tres pastillas al día, a veces cuatro o cinco. Duermes mejor, duermes muchas horas durante el día, las noches siguen siendo difíciles. Pesadillas, insomnio, angustia, miedo. Te muerdes la lengua, cierras los puños, castañean los dientes. Desde entonces, incluso después de recuperarte, aborreces las noches. Su magia ya pierde todo significado. Incluso ahora, en la mejor etapa de tu vida, aborreces las noches. Las huellas de aquellos dos años. Todo -para bien y para mal- en esta vida deja una huella, una cicatriz, un poso. La fragilidad de nuestros cuerpos y de nuestras mentes es extrema. Desconocemos el significado de esa fragilidad hasta que ocurre algo así. Sólo la presencia de una persona hace más llevadero ese dolor. La madre. Esa mujer que está ahí, que no pregunta, que no juzga, que se desespera por verte así (cuando tu auténtico carácter -alegre, activo, dinámico, un torbellino en acción- es diferente al de ese despojo que arrastra sus pies por la casa), que lucha para que salgas adelante. El poder de las madres es único, no conoce límites. La madre que escucha, que complace, que batalla para sacarte una de aquellas constantes sonrisas de antaño. Nunca llovió que no parara ni hay mal que cien años dure, dice el famoso refrán. Y es cierto. Un buen día, después de todo, las cosas empiezan a cambiar, atrás quedan las pastillas, el miedo, las angustias. La calle, el sol, el cielo, la lluvia y el viento vuelven a ser necesarios. Te enfrentas de nuevo a la vida, le encuentras su significado, recuperas -poco a poco- las risas, ahuyentas todo aquel horror. Quedan las huellas, sí. Pequeños fantasmas que, muy de tarde en tarde, hacen su aparición estelar. Pero avanzas, avanzas, avanzas... Y escribes, y paseas, y sales al cine, y a bailar, y a beber, y a reírte con tus amigos, y a ligar de nuevo... Regresas, sí, a la vida. Vuelves a mirarla cara a cara. A desafiarla. A disfrutarla. A encontrarle su significado. A bebértela a grandes tragos. Todo puede ser posible de nuevo. Y, de hecho, lo es.

miércoles, 10 de febrero de 2010

La idea del viaje

Tengo amigos a los que no les gusta viajar. Sienten una enorme pereza por todo lo que rodea a los viajes. No es mi caso. Pocas cosas me agradan más que preparar la maleta, salir de casa, escapar de la rutina, conocer otros lugares, otras gentes, otras costumbres. Todas esas sensaciones, todas esas experiencias. El misterio que nos aguarda. Me entusiasma ya desde que sólo es una idea, un proyecto aún por definir, por perfilar. Cómo se va fraguando en nuestra cabeza la posibilidad de ir a un lugar o a otro, los motivos, las filias. Cada viaje tiene su motivo, su historia. Siempre -¡menos mal!- nos ponemos de acuerdo enseguida. ¿Tendremos bastantes días libres, nos alcanzará el dinero, nos defraudará tal o cual sitio? Qué más da todo eso. El caso es ir, conocer el lugar, disfrutar de la diferencia, las conclusiones ya se sacarán a la vuelta. Incluso meses más tarde, cuando el viaje ya está reposado y te sientas a escribir un artículo para ésta o aquella revista, aparecen nuevas y maravillosas percepciones. De alguna manera, mágicamente, rebuscando en la memoria, regresas de nuevo allí. Cuando los viajes son muy largos, no sé por qué, se añade un temblor añadido. ¡Trece horas de avión, dos o tres enlaces, varias horas de espera en diferentes aeropuertos, la posibilidad de que pierdan nuestros equipajes! Nada de eso importa: para eso están las pastillas para dormir, las necesarias dosis de paciencia y los tres o cuatro libros correspondientes. Menos mal que los aviones no nos imponen en exceso como a algunos de nuestros amigos viajeros, esos amigos que, precisamente por ese miedo, auténtico pánico en algunos casos, no se atreven a cambiar de continente, a cruzar el Atlántico. Como nosotros ahora, qué emoción, en mayo, rumbo a Nueva York (de nuevo), a San Francisco, a Las Vegas... Ya está cerrado el viaje. Ahora queda estudiar las guías, informarse, tomar notas para no perdernos absolutamente nada. Comienza la segunda parte de los preparativos.

martes, 9 de febrero de 2010

Algunas mujeres

Cuando, en 1995, Jessica Lange recibió su segundo Oscar, descubrimos que el tiempo es inflexible, que los años ciertamente no pasan en balde. Tenía, entonces, 45 años. El rostro de Jessica había cambiado por completo, se había transformado. Seguía siendo una mujer bellísima y muy atractiva, pero los años estaban ahí: en su rostro y en sus manos. El paso del tiempo, las experiencias, las arrugas que demuestran que se ha vivido con plenitud: todo lo poético que queramos decirlo pero el caso es que, quizá porque hacía tiempo que no la veíamos (por entonces, aún viviendo en su rancho de Virginia, se prodigaba poco), la transformación chocaba, llamaba poderosamente la atención. Se iniciaba otra etapa de su carrera de la que Jessica, con la inteligencia que ha demostrado a la hora de escoger sus películas a lo largo de todos estos años y pese a las trabas que ponen a las actrices después de cumplir los cuarenta en Hollywood y en casi todas partes, ha salido airosa, triunfante. La mejor, junto a Susan Sarandon, de su generación por muchas nominaciones que quieran darle a la previsible Meryl Streep. Hace poco me sucedió lo mismo con esa espléndida escritora que es Paula Izquierdo, que ahora, por cierto, publica nuevo libro, "El nombre no importa". Conocí a Paula hace años, en la feria del libro de Oviedo, cuando vino a presentar "El hueco de tu cuerpo", su segunda novela. Una chica abierta, amable, encantadora, que no encajaba demasiado en el acartonamiento -ya por entonces bien palpable- de esta feria. Además, evidentemente, de poseer una belleza que, a su lado, deslumbraba aún más que en las fotos promocionales. Me dedicó el libro y, desde entonces, sigo su interesante carrera literaria con atención. Hace poco descubrí una foto suya reciente y, al igual que le sucedió en 1995 a Jessica, descubrí la transformación de su rostro. Sigue siendo una mujer muy bella, con un punto importante a Jacqueline Bisset, otra mujer que ha ganado con los años en todos los aspectos. Con todo el paso y el poso del tiempo reflejado en su rostro, en su mirada, en sus manos. Lo que la hace, sin duda, aún más interesante. Me gustan esos rostros de mujeres bellas e inteligentes: vividos y bebidos, sin operaciones ni retoques (creo que del de Jessica, en estos momentos, ya no se puede decir lo mismo, pese a que ella declaró por entonces -alentada también por su marido, el escritor Sam Shepard- que nunca se acercaría al bisturí, ay), que demuestran que han pasado por la vida plenamente, que la juventud es una etapa más de nuestra existencia, no necesariamente la mejor, y que las experiencias de los años (casi) siempre nos hacen más sabios. Pienso en todo esto después de ver una reciente foto de mi amiga, la maravillosa fotógrafa e ingeniosa mujer Gloria Rodríguez, a medio camino entre Susan Sarandon y Charlotte Rampling: el pelo revuelto, la mirada intensa y profunda, la serenidad, el aire del cine clásico. Qué mujeres. Algunas de las que más me gustan.

lunes, 8 de febrero de 2010

Ventanas

Acabo de situar mi mesa de trabajo al lado de la ventana, de tal manera que además de la pantalla del ordenador puedo ver el inmenso, abierto y muy luminoso patio que hay entre nuestro edificio y el de enfrente. También tengo al alcance de los ojos todas las ventanas de ese edificio. En cada una de ellas, como es lógico, una historia. La pareja de recién casados que cada día coloca un mueble nuevo en su casa, la joven abogada que recibe cada mañana la visita de alguno de sus clientes, la mujer que se asoma a la ventana para fumar. Ahí me quiero detener ahora, en esa mujer. Casi siempre está en la ventana, fumando, sea la hora del día o de la noche que sea. Ahora mismo, cuando aún no ha amanecido, mientras escribo esto, ahí está, soñolienta, con su eterno cigarrillo entre los dedos. Es una mujer de unos cincuenta y pico años, el pelo rubio y mal teñido, la bata de color rosa entreabierta, las huellas de un pasado físicamente esplendoroso. A veces nuestras miradas se encuentran pero -aún- no nos saludamos. Francesca, desde la esquina de la mesa donde le gusta enroscarse, también la observa. Le encanta ver cómo el humo asciende y se pierde en la oscuridad. (Le fascina el movimiento del humo: a veces trata de atraparlo con su pequeña pata). ¿Qué historia habrá detrás de esa mujer? ¿Qué fracasos, qué logros, qué frustaciones? Quién sabe. Parece que nunca sale de casa. Los sábados por la mañana se cubre el pelo con una redecilla bajo la que se esconden esos diminutos rulos que tanto utilizaban nuestras abuelas cuando no podían ir a la peluquería, pero por la noche -la temible noche de los sábados para los solitarios- se queda contemplando la televisión hasta el amanecer, pasando de un canal a otro, sin importarle mucho (me temo) lo que está viendo. A su lado, siempre hay una botella de whisky. Ahora mismo me está mirando, como si supiera que estoy escribiendo sobre ella. Francesca se ha despertado y la observa ensimismada. El humo que asciende en la oscuridad. La mujer sonríe y se retira de la ventana, envuelta en ese humo. Quizá sea su hora de dormir. Apaga las luces, deja la ventana abierta. Su abultada silueta se pierde en la penumbra. Cerca de la ventana, aún permanecen los rastros de ese humo que Francesca, pese a su persistencia, no consigue atrapar.

jueves, 4 de febrero de 2010

El cine de los sábados

Ayer, en la librería de viejo que hay al lado de casa, me encontré con el proyeccionista, ya jubilado, de los lamentablemente desaparecidos cines Brooklyn. Enseguida me reconoció (esos cines, con dos o con siete salas, como los otros, los Clarín, de la misma cadena, eran como mi segunda casa: durante años, muchos años, solía ir cuatro o cinco veces por semana tanto a ellos como a los otros que aún había en la ciudad: el Ayala, el Principado, el Real Cinema...) y estuvimos hablando un buen rato de lo triste y penoso que nos parecía que hubiesen cerrado todas las salas de la ciudad. Ahora, para ir al cine en Oviedo, hay que soportar una avalancha de gente que -los fines de semana, que es cuando los que trabajamos con el horario de las tiendas tenemos tiempo para ir- se pasa las horas en los centros comerciales y lo mismo se mete en un cine que en una bolera. Aquella cultura del cine era otra cosa. Uno iba a ver una película determinada, la que le apetecía, la que mejor se adecuaba a su estado de ánimo. Un drama, una comedia, un musical, una película de simple entretenimiento... No iba al cine a ver cualquier cosa, el ir por ir, proyecten lo que proyecten, cargados con esos enormes cartones de palomitas de estomagante olor y refrescos con una pajita bien ruidosa, sea la hora que sea. El otro día, en la sesión de las ocho, vimos a una pareja que se comía una hamburguesa con sus patatas y sus aros de cebolla, y se quedaba tan fresca. Por no hablar de la gente que no apaga los móviles o que se pone a hablar a través de ellos con total descaro y pobre de ti si dices algo. Ay, si Terenci Moix (a quien debo el título de este artículo así como tantas lecciones de buen cine, de sabiduría, de exquisito gusto y de amor por el glamour y las estrellas de verdad y no por estas cuatro niñatas que hoy se empeñan en poner de moda y que mañana nadie se acordará de ellas) levantara la cabeza...

martes, 2 de febrero de 2010

Recuerdo neoyorquino

Acababa de anochecer en Nueva York. Caminaba delante de nosotros por la calle 54. Tenía alrededor de sesenta años y un aire a la Sofia Loren de hoy en día. Vestía una especie de camisón de seda rosa y un chal de flecos bastante viejo. Calzaba unas bailarinas muy desgastadas, también de color rosa. Llevaba unas enormes gafas como las de la actriz italiana y un bolso minúsculo, demasiado para su altura. En la cabeza, una peluca de color ceniza. O uno de esos imponentes cardados que parecen pelucas. Caminaba despacio, a pasos muy lentos, como el que no tiene nada que hacer. ¿Hacia dónde se dirigía? Parecía hacerlo sin rumbo alguno. No miraba hacia las tiendas, ni hacia el cielo: sólo de frente, concentrada en algún punto que estaba más en su imaginación que en el mundo real. Fumaba uno de esos cigarrillos muy largos y muy estrechos. Cuando llegó a la altura de Studio 54, se detuvo -pensativa y melancólica- ante sus puertas, terminó allí su cigarrillo y siguió su camino. Ahí le perdimos la pista. ¿Qué pensaría ante las puertas de ese emblemático local, mítica discoteca de los 70, ahora convertida en un teatro? Quizá se pasase, en aquellos tiempos, la noche allí, bailando hasta el amanecer. Quizá fuese una de esas miles de personas con talento que no consiguió triunfar donde deseaba (en Broadway, probablemente). Quizá sólo se tratase de una admiradora más de tanta celebridad -Liza, Andy, Truman, Bianca...- como se agolpaba a sus puertas por entonces. Un personaje típicamente neoyorquino, sin duda. Esta tarde, quizá porque cada vez falta menos para que vuelva a Nueva York, me he acordado de ella, de aquella mujer, de sus pasos -casi etéreos- por la calle 54, aquel inolvidable mes de septiembre.