Hace cuatro años, mi madre vino a casa por última vez a ver los Goya. Los premios, como siempre, eran una disculpa. La disculpa de ir por la mañana a la peluquería, prepararse, vestirse, tomar un vino previo debajo de casa, hacer apuestas. Que estuviese entretenida. Crear, una vez más, un dique contra la enfermedad, contra el dolor. Preparar un picoteo casi navideño y comentar la gala. Mi madre nunca era despiadada en sus comentarios, por horrible que fuera el vestido de aquella o excesivo el discurso del otro. Participaba de la fiesta, y eso estaba incluido en el guion. La fiesta, por otro lado, era estar todos juntos. Y eso lo sabíamos. ¿Vais a abrir otra botella de vino? Sí, mamá, que la ceremonia es muy larga, todavía faltan los premios más importantes. Vale, vale. Dame, entonces, otro pincho de esos tan originales que preparó Íñigo.
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