viernes, 13 de noviembre de 2015

Día de las Librerías (2)

Todos los días son buenos para comprar libros, qué duda cabe. En esta jornada en la que se celebra el Día de las Librerías y donde está presente ese significativo descuento que a todo el mundo nos viene muy bien, no hay disculpa. Como librero, como escritor y como lector apasionado, desde este pequeño rincón desde el que continúo soñando, os dejo algunos títulos que he leído (o estoy terminando de leer) últimamente y que, a mi juicio, merece la pena no perderse.

-`Pedigrí´. George Simenon. Acantilado.
-`La camisa del marido´. Nélida Piñón. Alfaguara.
-`Un día cualquiera´. Hebe Uhart. Alfaguara.
-`Beethoven tenía algo de negro´. Nadine Gordimer. Bruguera.
-`Seré un anciano hermoso en un gran país´. Manuel Astur. Silex.
- `Suicidios ejemplares´. Enrique Vila-Matas. Debolsillo.
-`Los amores equivocados´. Cristina Peri Rossi. Menoscuarto.
-`La mujer helada´. Annie Ernaux. Cabaret Voltaire.
- `La ley del menor´. Ian McEwan. Anagrama.

Son sólo algunos ejemplos. Hay miles de posibilidades. Libros que se acaban de publicar o libros que están ahí, en una esquina de las buenas librerías, esperando la llegada de alguien que se fije en ellos y que se los lleve para su casa. También señalo que la editorial Comba acaba de reeditar `La sinrazón´ y `De mar a mar´, de la inclasificable, olvidada y fascinante Rosa Chacel.
No hay disculpa, como veis. Disfrutad de los libros (los que queráis). Y sobre todo, comprad en las librerías. Siento ser reincidente, pero -creédme- no hay nada más triste que el cierre de esos espacios donde uno sólo puede encontrar libertad y belleza.

Día de las Librerías (1)

Hoy es el Día de las Librerías. Un día agridulce para mí, ya me entendéis. No obstante, os deseo a todos los libreros y libreras (libreros y libreras, recalco el término: no hace falta decir nada más) que sois y estáis una estupenda jornada (mucho ajetreo, mucho movimiento, muchas ventas, entre otras cosas, porque las circunstancias así lo reclaman, bien lo sabemos). Y aprovecho para solicitar desde aquí y a quien corresponda en esta ciudad un premio para Paquita Laguna, librera que fue durante más de treinta años, que un día puso su librería (Aldebarán) en mis manos y me hizo uno de los hombres más felices de la tierra.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Libros y teatro

Desde que, a los 14 años, vi a la gran Lola Herrera en `Cinco horas con Mario´ no dejé nunca de ir al teatro. En mi ciudad y en todas las ciudades a las que pude (y puedo) ir. Yo era ese chico solitario de dieciocho o veinte años que cogía un tren o un autobús para ver las obras que se representaban en Gijón o Avilés. (Luego, vendrían otras ciudades más alejadas de la mía: Bilbao, Madrid, Barcelona...). La emoción por ver aquellas obras era inmensa. Sigue siéndolo. Yo tengo cuatro duros y me voy a Madrid a ver a Natalia Dicenta, a Charo López, a Terele Pávez, a Concha Velasco o a Aitana Sánchez-Gijón...  (Por citar sólo algunas de mis favoritas). Me voy a Madrid (nos vamos a Madrid) por verlas a ellas, exclusivamente. Ah, los cuatro duros. Si los hay, allí estamos. En Avilés, justo al lado del teatro Palacio Valdés, hay un café emblemático: el Café Lord Byron : "El sabor del teatro", estupendamente llevado por Agustín Gutiérrez González. Yo era aquel joven que iba al teatro, siempre con mucho tiempo por delante, y me paraba en aquel café: a hacer tiempo, hojear un periódico, leer un libro, tomar algo. Me paraba allí para aposentar el nerviosismo que me suponía ver una función anhelada. Hace unos meses, la tertulia literaria de ese café me invitó a hablar de mi última novela (gracias, Cristina Muñiz), `La mujer de al lado´. Fue una tarde maravillosa. Les conté que estaba ultimando los cuentos que conformarían mi siguiente trabajo y les prometí que presentaría allí ese nuevo libro, `Corrientes de amor´ (Ediciones Trabe). Hoy es ese día. Os espero a todos los que os apetezca acompañarme. Con esa magia, la de los libros y la del teatro. Con tantos recuerdos. Los que conforman lo que soy y lo que escribo.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Los placeres sencillos

Me gusta caminar. Solo o acompañado, depende del momento. Me gusta caminar solo y pensar en mis cosas: en lo que estoy escribiendo, en lo que voy a escribir. Me gusta caminar solo y observar a la gente que pasa por mi lado. Siempre encuentro argumentos ahí, en la mayoría de esas vidas. Me gusta caminar acompañado (con Íñigo, como tantas veces) y hablar de todo. Hoy, entre otros asuntos, del espléndido artículo que acaba de publicar Antonio Muñoz Molina, Elogio del conocimiento, sobre la importancia de la escuela pública, sobre la constante necesidad de aprender. Me reconozco en esas palabras. Me gusta caminar, solo o acompañado, en este otoño que remite a los último días del verano. Los paseos siempre consiguen ahuyentar cualquier tipo de ansiedad. Los placeres sencillos -como el de ahora mismo, a primera hora de la tarde- me devuelven esa serenidad que a ratos, ay, se desvanece. El paisaje no puede estar más acorde.  

sábado, 7 de noviembre de 2015

Carme Riera

Cuando menos te lo esperas, sucede. Caminas por la calle, en dirección a casa de unos amigos con los que vas a comer y pasar la tarde rememorando anécdotas y tratando de olvidar algunas cosas de este presente incierto, y la descubres. Una tienda que vende muebles antiguos y libros de segunda mano. Todo entremezclado: los libros sobre esas mesas bajas de salón que había en todas las casas a principios de los años ochenta o al lado de esas lámparas de aquella misma época que hoy parecen de rabiosa actualidad. Cosas del vintage, ya sabemos. En medio de ese barullo de cosas antiguas, descubres un libro de Carme Riera bastante hecho polvo y al precio de un euro. `Cuestión de amor propio´, editado por Tusquets hace casi treinta años. Lo compras, evidentemente. Y te vas tan contento con el hallazgo al encuentro con tus amigos.  
Semanas más tarde, comenzado ya el mes de noviembre, le otorgan a Carme Riera el Premio Nacional de las Letras. Y te alegras, claro. Te alegras mucho. Porque has leído casi todos los libros de esa escritora, porque has seguido su trayectoria con interés, porque consideras que se merece el premio. Porque su última novela publicada `Tiempo de inocencia´ es una maravilla y `La mitad del alma´, otra. Por citar dos de las obras de la escritora mallorquina que más te gustan (ambas publicadas por Alfaguara). Y porque sus libros, en los tiempos en los que trabajabas de librero, siempre estaban ahí, como fondo, aunque ya no fuesen novedad, para recomendar a quien te pidiese opinión sobre buena literatura. Carme Riera, escritora de amplio y diverso recorrido.
Ese mismo día, el de la concesión del premio a la escritora, te acercas a la estantería donde están colocados sus libros y cada uno de ellos, como esa nueva adquisición, te transporta a una época concreta de tu vida. Uno de ellos, `Contra el amor en compañía y otros relatos´ (Destino), te lleva a una habitación de hotel, en Buenos Aires, con el cuerpo cansado por las largas caminatas y la felicidad de encontrar ese otro hallazgo en una de las librerías de la calle Corrientes. Es lo que tiene la memoria. Lo que tiene la literatura que te va acompañando a lo largo de todos estos años. La visión de ese libro te lleva de nuevo a aquella habitación de hotel, a aquel viaje, a aquella lectura tras el cansancio acumulado. Tiempos felices que conservas, al amparo imprescindible de los libros, como preciados tesoros.
Abres otro de sus libros -`Te entrego, amor, la mar, como una ofrenda´- y lees algo que está subrayado: "Porque en el fondo, pese a mi fracaso, tú me compensas de todo cuando apareces de nuevo ante mí y dejas que te mire como entonces. Tu belleza me devuelve la serenidad que tanto necesito y mi memoria deja por unos instantes su acuciante labor."
Recuerdos de otros tiempos. Tiempos que, al hilo de un más que merecido premio, se enroscan de nuevo en este tiempo y te devuelven, por duplicado, instantes imborrables de tu biografía.
Felicidades, señora Riera.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Un Oscar para Gena Rowlands

Este artículo fue publicado en El Huffington Post.

Hay mujeres que, aunque se lo propusiesen, jamás podrían pasar desapercibidas. Por su talento, por su inteligencia, por su belleza, por su clase, por su estilo. O por todo ello junto. También por su manera de ponerse un pañuelo o unas gafas, de sujetar un cigarrillo o una copa entre los dedos, o de leer un poema en voz alta. Gena Rowlands es una de esas mujeres. Cumplidos ya los ochenta y cinco años, manteniendo intactas la lucidez y la elegancia, la Academia de Hollywood le entregará el catorce de noviembre un Oscar Honorífico. ¿Llega tarde? Por supuesto. Como tarde le llegó a Lauren Bacall y a tantas otras actrices irrepetibles. Por `A woman under the influence´, su primera nominación a los Oscar, ya se lo merecía. Y aún más, si cabe, por `Opening night´, por la que ni tan siquiera fue nominada (aunque se llevó el Oso de Plata de Berlín por su interpretación). Ya conocemos las injusticias de esos premios. De todos los premios, en realidad. Creo que si se hiciera una lista con las cincuenta mejores interpretaciones femeninas de la historia del cine, la de Rowlands en `Opening night´ merecería un puesto destacado. Es imposible no emocionarse con esa interpretación en cada nueva revisión de la película (¿la mejor de John Cassavetes?). Seamos claros: Gena alcanza la genialidad. Insuperable en ese permanente estado entre la borrachera y ese enmarañado estado mental en el que se encuentra durante toda la película. Ah, la mirada. Esa mirada que bordea la desesperación, el vacío, la falta de comunicación, la incomprensión y la impotencia por el velocísimo paso del tiempo y sí, digámoslo abiertamente, esa frágil línea que separa la cordura de la locura. Estremece su fragilidad y cómo durante las más de dos horas que dura la película esa fragilidad no se desvanece en ningún momento. Esa fragilidad que, junto a las abundantes copas de alcohol, parece que la derrumbará de un momento a otro. Pero no: Gena y la actriz a la que da vida, Myrtle Gordon, se mantienen en pie. Ambas sobreviven y se llevan los aplausos.
¡Lo que nos hubiese gustado a más de uno asistir al rodaje de aquella película! Y más aún, después de escuchar las palabras que la propia actriz pronunció sobre aquellos años, los compartidos (en los rodajes y en la vida) con John Cassavetes, su marido: "Vivíamos para el cine. Fueron años intensos y apasionantes. Los mejores de mi vida".   
Pero no fue en las películas de Cassavetes donde descubrí a Gena, sino en una pequeña joya -otra- de Woody Allen, `Another woman´. Tenía diecisiete años y en esta ciudad desde la que escribo, Oviedo, aún había cines más allá de los centros comerciales. Woody homenajeaba a su admirado Bergman, y Rowlands estaba soberbia. Por aquella época, la actriz hizo muchas películas para la televisión. Productos dignos donde las actrices que ya no encontraban buenos papeles en el cine se refugiaban. Como también lo hacían en el teatro. Por ejemplo, Bette Davis, con la que Rowlands compartió protagonismo en una de aquellas cintas televisivas, desarrolló la última parte de su admirable carrera en este medio. Alguien debería reeditar en deuvedé lo mejor de aquellos trabajos.
Pese a lo que ha tardado en llegar este premio, todos sus admiradores aplaudiremos como la aplaudieron a ella, y a Myrtle Gordon, en aquella memorable noche de estreno.
  

domingo, 1 de noviembre de 2015

Pongamos que se llamaba Martha

Esta madrugada, leyendo un cuento de Vila-Matas, me he acordado de ti, Martha. De aquellas lejanas y solitarias noches en las que yo estaba ahí, en la penumbra de otra habitación, escribiendo, y tú no sé muy bien en qué lugares andabas perdida (o sí lo sé). En aquel tiempo, escribía y pensaba en ti. No podía evitarlo. Así eran las cosas entonces. Han pasado casi cuarenta años, como en la canción de Tom Waits. Yo sigo aquí, escribiendo, y a ratos soy feliz (muy feliz, aunque esté mal decirlo: que les den a los envidiosos), pero ya no pienso casi nunca en ti, Martha, ni en qué lugares andarás (perdida, imagino, como siempre). De hecho, hacía mucho tiempo que no pensaba en ti. Vamos a echarle hoy la culpa a Vila-Matas y a su cuento. Que es lo bueno que tiene la literatura