miércoles, 4 de noviembre de 2026

Cristina Fernández Cubas, Premio Cervantes

Eso que está ahí, al otro lado, que en ocasiones nos asusta y a lo que no sabemos muy bien qué nombre ponerle o donde encajarlo, pocas veces y de un modo tan sutil, se nos presenta como en los cuentos de Cristina Fernández Cubas. El misterio que se esconde detrás de los días y las noches, de determinados acontecimientos, historias del pasado reciente o lejano, o esas casualidades que nos sorprenden, que nos descolocan, que no encajan, que no coinciden exactamente con lo que esperábamos o con lo que debería ser lo lógico, lo previsible. Ese misterio, en los cuentos de la escritora catalana (sólida y original como pocas dentro de nuestra narrativa) que acaba de recibir el Premio Cervantes, siempre está ahí, presente, flotando en el aire, entre líneas, muy vivo. El desasosiego, como un hilo que se va tensando a medida que avanza la lectura de sus relatos, también.

El misterio, el enigma, lo que no se ve y lo que nos desconcierta: todo está en el discurrir de las vidas cotidianas, de cualquiera de nuestras vidas. O en las suyas (no nos dispersemos), las de sus protagonistas. Que, a veces, parecen encerrados en sus propias brumas, caminando entre extrañas corrientes, inamovibles. En la incertidumbre misma de la propia existencia. Hay cosas que no pueden explicarse, ya se sabe. O que cada uno le otorgue su propia, su justa explicación. No sé qué será mejor. Se suceden los enigmas. Pero ya estamos atrapados (y, a ratos, desconcertados) en la historia. Los enigmas como siluetas inquietantes o como desequilibrios de la mente.
Hay unos versos de José Luis García Martín que dicen: Cuando nieva en un poema, no es necesario abrigarse. / Pero tampoco está de más. Al hilo de estas evocadoras palabras, podría decirse que, tras la lectura de los cuentos de la Cubas, como hacíamos en la niñez después de leer aquellos libros que resistieron el paso del tiempo, no es necesario que busquemos fantasmas debajo de las camas, en los desvanes o dentro de esos viejos armarios con el olor de la humedad impregnado en las sábanas limpias, pero tampoco estaría de más. 
No quiero olvidarme de otros cuentos de la autora, 'Cosas que ya no existen', publicados inicialmente por Lumen (ahora también, como el resto de su obra, en Tusquets), que conforman una especie de autobiografía, una de esas lecturas imprescindibles de las que no debería dejar de hablarse para que no quedasen arrinconados en cualquier esquina.
Volver a leer los cuentos de Cristina Fernández Cubas, con premio o sin él (mejor con él, claro), es adentrarse de nuevo en un fascinante laberinto que nos resistimos a abandonar.

sábado, 31 de octubre de 2026

Muertos, flores, cementerios

Estos días, como en 'Volver' (esa película de Almodóvar que está entre las diez mejores de su filmografía), los cementerios se llenan de gente (mujeres, sobre todo) que limpia y pone flores en las lápidas de sus muertos. Es casi un espectáculo. Es su manera de honrar a sus seres queridos. Yo, de pequeño, iba con mis padres a los cementerios correspondientes. Luego, las abuelas preparaban comidas exquisitas y abundantes. Vino bueno que terminaba derramándose sobre los manteles de los días señalados. Las comidas que corresponden a los tiempos del frio, aunque ahora el frío sea menor. Todo eso me parece bien. Cada uno expresa como puede o como quiere el dolor que siente por esas personas a las que no va a volver a ver nunca más. Nunca más. Qué dos palabras tan terribles cuando se juntan. 


Yo no puedo hacerlo. No puedo ni siquiera acercarme a las puertas del cementerio donde está enterrada mi madre. Saber que sus cenizas (cenizas que ya no son madre) están ahí, detrás de una piedra helada, me descompone por completo. El dolor me desgarra, me hace aullar. No puedo hacerlo. No puedo soportarlo. Posiblemente, si lo hiciera, acabaría en el hospital de un ataque de ansiedad. La tensión por las nubes. Una rabia y una angustia que me comen vivo por dentro. Mi madre no querría verme así. Eso lo tengo claro. 

Yo honro a mi madre todos los días, recordándola constantemente. Escribiendo sobre ella. Pensando en sus risas, en sus consejos, en su bondad, en qué haría ante cada nueva disyuntiva. Pensando en sus manos. Esas manos que yo besaba como las gatas lamen el cuerpo indefenso de sus cachorros. Manos, madre, tierra, mar. Pensando en el olor de esas manos. Olor a limpio, a gel suave, a colonia fresca. A madre buena y sabia. Madre hermosa en todos los sentidos. Madre que ya no está.

Es mi manera de honrarla, cada día. Haciendo que habite en mí, lejos de cementerios, ruidos y flores (las flores, en mi opinión, siempre en vida: las cenizas no pueden tocarlas, sentirlas, olerlas...) que se marchitarán más pronto que tarde. Antes, probablemente, de que llegue el frío del invierno. 

miércoles, 28 de octubre de 2026

Charo López está de cumpleaños

Cinco minutos. A Charo López, que hoy está de cumpleaños, le bastan cinco minutos en pantalla para demostrar que es una actriz enorme. El mundo en cinco minutos. Toda la vida de su personaje, pasado y presente, en cinco minutos. La tristeza, la picardía, la melancolía, la angustia, el temblor o la carcajada se le sube a los ojos y ya está. Eso hace la Nati, su personaje en 'La colmena' (obra maestra de Mario Camus basada en la novela de Camilo José Cela), cuando se encuentra con Martín, el pobre poeta que interpreta Pepe Sacristán. No necesita más. Y un enorme escalofrío te atraviesa cuando vuelves a verla. Poderosa Charo. Poderosa Nati, a la que la salmantina le pone clase y belleza, palabras y silencios, pasado y presente, futuro incierto y resignación. 

Y ahora tengo que irme, Martín, que me están esperando. 

sábado, 24 de octubre de 2026

Día de las bibliotecas

Cuando era joven, como ya tenía mucha imaginación y unos cuantos libros y películas a cuestas, pensaba que iba a encontrar el amor en una biblioteca. Iba a buscar libros (sigo haciéndolo), evidentemente, pero había algo en mi cabeza que me llevaba a ese pensamiento. ¿Por qué no?, me preguntaba. Quizá a alguien, más allá de los libros y las películas, le haya pasado. No fue mi caso. Ni cuando iba a buscar libros, a estudiar o a escribir. Mi destino estaba en otra parte. 

Más allá de estas fantasías de juventud, toda mi gratitud para todas las personas que trabajan (o han trabajado) en las bibliotecas. Qué triste sería el mundo sin ellas. 

miércoles, 21 de octubre de 2026

Patti Smith, Premio Princesa de Asturias

Veo a Patti Smith, primera artista, preciosísima voz, y veo a Lou Reed, a Bob Dylan, a Robert Mapplethorpe, a Jessica Lange, a Sam Shepard... Recordemos que Patti acompañó al actor y escritor en los últimos tiempos de su tremenda enfermedad. Veo a Patti Smith, digo, y veo a todos esos amigos. Imagino cosas: encuentros, conciertos, charlas, bancos de un parque, tragos compartidos, risas, poesías, lágrimas, fotografías, músicas, reivindicaciones, luchas, palabras, silencios. Días perfectos. Días imperfectos. Imagino cosas que, probablemente, fueron así. La imaginación aquí no se despista. La imaginación aquí sirve para hacer aún más grande al personaje. Veo a Patti Smith en Mieres (¡en Mieres!), uno de los escenarios de mi infancia y juventud, el lugar donde está enterrada mi madre. Y pienso: quién nos lo iba a decir entonces, quién. La veo ahí, en Mieres, y me emociono. Éramos unos niños, titula Patti uno de sus libros fundamentales. Nosotros también lo éramos asomados a aquellos ventanales. El tiempo va y viene. El tiempo es ahora y es entonces. El tiempo se rige por todos esos latidos, por todos esos círculos. Se abren, se cierran. No se olvidan.
Mieres-Nueva York-Mieres. 

Cuántas noches regresan a la memoria viendo a Patti Smith por las calles asturianas. Cuántas amistades, irremediablemente perdidas. Patti, a lo lejos, en aquellos bancos destartalados de un parque de Nueva York, parecía simpática pero inalcanzable. Y Patti, simpática y cercana, está ahora aquí, a la vuelta de una esquina, dispuesta a recoger su flamante premio, riendo y cantando, alzando su voz, solo para nosotros. Casi podemos tocar su brazo, su mano, su rostro, su legendario cabello (suelto o recogido en dos trenzas). Casi podemos acercar nuestras botas a las suyas. No pierde la sonrisa ni la humildad en ningún momento, síntoma inequívoco de inteligencia. Cuánto debería aprender alguna gente de esa sabiduría. El mundo fluiría de un modo más adecuado, más sereno. 

"Tomaos un tiempo para contemplar la luna", les dijo a los alumnos de un colegio de Mieres. Pura poesía. Mieres-Nueva York-Mieres. Por ahí volveremos a encontrarnos.  

lunes, 19 de octubre de 2026

En el Día de las escritoras

Aquellas tardes pasaban lentas, y los dos agradecíamos que así fuese. Las de invierno las pasábamos en la vieja cafetería de un hotel, fumando y tomando un café detrás de otro. Las de verano, más largas aún, en alguna terraza, tomando café con hielo o copas de vino tinto. Hablábamos de todo: de cine, de teatro, de música, de literatura. Lo que más nos interesaba. Preferíamos estar allí que en las clases de la universidad, tan decepcionantes (salvo excepciones). Algunas de aquellas tardes, si la ocasión lo propiciaba, recorríamos las librerías de viejo o íbamos al cine. Luego, ya sentados en la vieja cafetería del hotel o en la terraza de la zona antigua de la ciudad, comentábamos los hallazgos que acabábamos de encontrar o analizábamos al detalle la película que habíamos visto en una de esas salas que ya no existen. Ella era cinco años mayor que yo, pero no importaba: aún éramos muy jóvenes y nuestros mundos e inquietudes eran similares. Juntos descubrimos a los autores norteamericanos: Capote, Shepard, Carver, Cheever… Los viajes de los Bowles, la nueva narrativa española, los entresijos de la buena novela negra y los poéticos desgarros de Marguerite Duras, entre otros muchos descubrimientos. Por citar, una vez más, a la Duras podríamos decir que por allí nada pasaba, nada, excepto eso, la vida. Un buen tramo de vida, aunque entonces no fuésemos plenamente conscientes de ello. Ninguno de los dos, ni mi amiga ni yo. En aquella primera juventud: tan lejos y tan cerca a la vez del hombre en el que me he convertido.

Un día, casualmente, llegó a nuestras manos ‘El bandido doblemente armado’, que ya llevaba un tiempo publicado y que había recibido el premio Sésamo. Otro descubrimiento. Aquella manera de narrar, de trazar a los personajes, de darle forma a una inquietud y a un mundo muy particular. No hace falta decir que nos deslumbró aquella historia, la voz de aquella narración. La voz de Soledad Puértolas, naturalmente. No podría recordar si era invierno o verano, pero sí podría enumerar las intensas sensaciones que compartimos aquella tarde tras la lectura de la primera novela de Soledad.

Por razones que no vienen al caso, mi amiga se fue de esta ciudad y ya nada volvió a ser lo mismo. Nos fuimos perdiendo la pista como la pierden esos amantes que viven un idilio a escondidas en algún hotel de las afueras de la ciudad durante unos meses. No sé si ella continuó leyendo los libros de Soledad Puértolas. Yo sí. Cada uno de ellos, varias veces. Los libros de esa autora siempre pendiente del detalle, del rumbo del personaje, de lo que se intuye, de la percepción de lo que puede llegar a ser (o no). Se convirtió en una de esas autoras imprescindibles y gracias a ella descubrí, por mencionar a una sola escritora, a Alice Munro, mucho antes de que sus libros se encontrasen con facilidad ni de que la canadiense recibiese el Nobel.

Escribí reseñas en revistas y periódicos sobre sus novelas, sus ensayos y sus cuentos (seguiré haciéndolo), estuve en las primeras filas de la Real Academia cuando leyó su discurso de ingreso (emocionante e inolvidable tarde) y desde hace un tiempo confío en que le otorguen alguno de esos premios importantes que tanto se merece, incluido el Cervantes. El afecto de la escritora es uno de esos pequeños regalos que la vida literaria me ha ofrecido.

La obra de Soledad perdurará en el tiempo, en un formato u otro, los años dirán. Y tal vez, algún día, cuando ya no estemos por aquí, un par de jóvenes vuelvan a sentir la emoción que aquella tarde sentimos mi amiga y yo al leer por primera vez uno de sus libros, en una vieja cafetería de hotel o en una de esas terrazas que hoy tampoco existen, delante de un café o de una copa de vino, ya no recuerdo bien.


sábado, 17 de octubre de 2026

El otoño ya está aquí

Suelo pasar habitualmente por esa calle. De regreso a casa, de vuelta del paseo, de camino a la biblioteca del Fontán tras visitar a mi padre. Ayer, a primera hora de la mañana, volvía a estar allí. Destemplado, con ganas de otro café y la intención de desterrar el pantalón corto hasta la próxima temporada. Hace años me gustaba el otoño, ahora empiezo a detestarlo. Necesito sol, cielos despejados, ausencia de frío. Mientras esperaba que cambiase el semáforo, me fijé en uno de los edificios de la calle. Hace unas semanas, finalizando el verano, una mujer se precipitó al vacío. Tenía, según los periódicos, 69 años. Las preguntas, aunque obvias, resultan inevitables: ¿por qué?, ¿cuáles serían las razones? Suele haber bastantes, por desgracia, así que vamos a dejar la duda en el aire.  


En el aire se quedó la duda mientras contemplaba los edificios de esa calle, una vez más. Todos con espléndidas vistas a ese Campo que sirve de refugio para solitarios, melancólicos, paseantes, gente cansada o niños en busca de un columpio, ajenos aún al devenir del tiempo. 
Pocas horas después, a través de los medios digitales, descubro que la policía encontró muerta en uno de esos edificios a otra mujer dentro de su vivienda. Tenía 80 años, causas naturales. 

No hay nada extraño en esta última historia, suelen estar a la orden del día. Nada que añadir, salvo tal vez una reflexión sobre la soledad. La soledad de las personas mayores y de las que no lo son tanto. La soledad, quizá, no deseada. Quién sabe. 
Esa soledad que, en un momento u otro, de una manera u otra, acaba formando parte de cualquier vida. Aunque ahora nos pueda parecer algo lejano. 

Hoy hace frío, llovizna. El otoño ya está aquí. Y los pantalones cortos, definitivamente, en el fondo del armario. 

martes, 6 de octubre de 2026

La película de mi vida. Libro colectivo.

Manolo Abad me pidió un texto para este libro colectivo. Podría haber elegido varias películas españolas (hoy se celebra el día del cine español), pero creo que he escrito mucho sobre la importancia de algunas de ellas en mi vida. Tampoco eso era demasiado importante, ciertamente. Cada uno escribe sobre lo que le gusta, sobre lo que le da la gana, sobre lo que forma parte de su universo particular. Podría haber elegido muchas películas de cualquier país. Todas trazarían un mapa íntimo y muy personal. Un rastro que me definiría como lo hacen mis gestos, mis actitudes o mis lecturas. El cine me ha acompañado desde muy pequeño y lo sigue haciendo: en pantalla grande y en las pantallas caseras. El cine me ha ayudado a sobrellevar momentos muy difíciles de mi vida. Continúa haciéndolo porque la vida no se cansa de poner trabas. 


Escogí 'Opening night', de John Cassavetes porque es una de esas películas. Por el director, por el guion, por la importancia del teatro en la historia, por la impecable composición de todos los personajes, especialmente el de Gena Rowlands, a quien, junto a Bette Davis (37 años se cumplen hoy de su desaparición), elegiría como la mejor actriz de todos los tiempos. Porque, como me ocurre con algunos libros ya leídos (abrirlos al azar y dejarme llevar), puedo poner en mitad de la madrugada algunas escenas de la película y quedarme embobado viéndolas como si fuera la primera vez. No me canso de verlas. Como no me canso de ver a Rowlands, aquí y en cualquiera de sus interpretaciones. Lo que hace en esta película es insuperable. Esa es la palabra. No hay otra que defina mejor su trabajo. Pero eso, entre otras cosas, lo cuento en el texto. 

Aunque yo no podré estar, el libro se presenta el próximo martes en el Club de Prensa. Enhorabuena a mis colegas y, naturalmente, a Manolo. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Recuerdo a Gonzalo Suárez

Recuerdo a Gonzalo Suárez hablando con fascinación de Charo López y a Charo López, a carcajada limpia y con los ojos vidriosos, hablando de Gonzalo Suárez. 


Recuerdo a Gonzalo Suárez dirigiendo a Carmen Maura y a Marisa Paredes en esa disparatada maravilla que es 'La reina anónima', hoy imposible de revisitar. Y también recuerdo cómo Maura y Suárez contaban que le habían ocultado a Paredes hasta el último momento que aquel misterioso papel iba a ser para ella. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez haciendo un tándem inolvidable y un punto surrealista con la inmensa Amparo Soler Leal en '¿Qué he hecho yo para merecer esto?', película que merece estar entre las diez mejores de Almodóvar.

Recuerdo a Gonzalo Suárez presentando 'El portero' y a esos dos actorazos, sensuales y versátiles, que son Maribel Verdú y Carmelo Gómez. 

Recuerdo ver a Ana Belén y a Víctor Manuel en 'Morbo', inclasificable película de Gonzalo Suárez, en aquel "Cine de medianoche" que ideó Pilar Miró, sabiendo bien lo que programaba en aquella sección. También recuerdo a mi padre diciéndome que me fuera para la cama. 

Recuerdo a Victoria Abril y a Charo López en 'Los pazos de Ulloa'. Dos diosas en la misma serie. Dos genios unidos: Emilio Pardo Bazán y Gonzalo Suárez. 

Recuerdo a Paco Rabal, José Sacristán y Charo López en 'Epílogo' como uno de los tríos más potentes de la historia del cine español. Recuerdo que la belleza de Charo en esa película roza la locura. 

Recuerdo que en el estreno de 'Mi nombre es sombra' en el Filarmónica estaba solo en el cine. Un libro de Gonzalo Suárez cogido previamente de la biblioteca y yo. 

Recuerdo a Emma Penella interpretando a Ana Ozores, cuando Aitana Sánchez-Gijón (posterior Ozores) debía de tener unos seis años.

Recuerdo a Javier Bardem desnudo en las playas de Llanes y a una Charo López majestuosa en 'El detective y la muerte'. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez fumando un puro, bebiendo una copa de vino tinto y hablando con su voz pausada como si estuviera recitando un poema de Ángel González, otro genio asturiano. 

Recuerdo a Gonzalo Suárez recibiendo feliz su Goya de Honor. Y también recuerdo que pensé que Charo López hubiese sido la persona indicada para entregárselo.  

Recuerdo que antes cuando se moría un personaje cinematográfico de gran envergadura la 2 programaba un ciclo con sus películas. 

Recuerdo que la librería Matadero Uno de Oviedo tiene todos los libros de Gonzalo Suárez. 

sábado, 26 de septiembre de 2026

La bola negra

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros", escribe Javier Marías en 'Negra espalda del tiempo'. Todo lo perdemos. Todo lo perdieron quienes tuvieron que ocultar su amor por ser un amor diferente al de la mayoría, siempre aceptado. Todo lo perdieron, pero todo se quedó dentro de sus corazones "porque todo se queda, menos nosotros". Todo se quedó, menos ellos, que ya se fueron. De esto, en gran parte, es de lo que nos hablan Javier Ambrossi y Javier Calvo en su última y rotunda película, 'La bola negra'. Del amor que no se podía nombrar (y que aún sigue sin poder hacerse en numerosos lugares, conviene recordarlo), de la sexualidad que no se podía nombrar (y también continúa así en esos lugares), de la sinrazón, de las bolas negras que golpeaban los pechos y los destinos como repugnante letra escarlata. Y más aún, si cabe, dentro del horror de una guerra, de cualquier guerra.


De tres espacios temporales se sirven los directores para narrar su descomunal historia. Ese tiempo que se mueve con agilidad y sabiduría, del pasado al presente, del presente al pasado, y así sucesivamente. No hay pérdida porque todo, desde el guion, está perfectamente atado. Un guion muy sólido, como debe ser en este tipo de historias. Y, como la nieve que cae, el frío que cala, la palabra que hiere, el sufrimiento que desgarra, las miradas que construyen, la camaradería que ayuda en la supervivencia, las canciones que animan y excitan de una cupletista exuberante (Penélope Cruz, a lo grande, sabiendo morder con garra la manzana cuando es jugosa) a la que se le empañan los ojos cuando recuerda, la voz de Lorca. La voz de Lorca atravesándolo todo. La poesía de Lorca. Su fatal desenlace en el fatal desenlace de quienes sintieron lo mismo que él. Triste historia de España. 

El amor que arrasa, la carne que se eriza, el deseo que se vuelve irrefrenable. Las leyes del amor y del deseo. Y el miedo, los miedos, y la delicadeza en sus variadas formas. Los temblores que surgen de todo eso. Los vaivenes del destino. El capricho del azar. Las palabras que se escriben y se extravían. La mujer que estudia las palabras que quedan (Glenn Close, da igual el idioma que hable, que se come la pantalla con su presencia y la manera de modular la voz: tendría su punto que se llevase el Oscar por este papel). La madre que llora al hijo perdido (impresionante Mona Martínez). La madre que llora y disimula (siempre impecable María Morales: siempre reclamando un protagonista en cine para ella, tan sabia en sus teatros). El hijo que es nieve y la nieve que es refugio y también dificultad, contratiempo, temor. Todo está ahí, en este puzle que revuelve, agita, emociona, conmueve, abrasa, sacude, arrolla. Este puzle que grita sin complejos contra tanta homofobia acumulada. Ayer, hoy. 

La película está llena de bellísimos momentos. El principio y el final. La historia de los personajes de Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau (espléndidos ambos en complicados papeles, sobre todo el del primero). Toda la música de Guitarricadelafuente. Todo el plumerío de Penélope. El homenaje a Almodóvar y a la Marisa Paredes de 'La flor de mi secreto'. A los marineros de Fassbinder. Y a aquel director que, con sus aciertos y sus errores, se acercó en numerosas ocasiones a la guerra civil, Vicente Aranda. He sentido ecos de su mejor cine, y tanto el personaje de Penélope como el de Lola Dueñas (deslumbrante) son herederos de los de la Victoria Abril de aquellas películas. 

"Todo lo perdemos porque todo se queda, menos nosotros". 
Aquí, por tanto, 'La bola negra' de Ambrossi y Calvo: las huellas que se quedan. Que se quedarán cuando ni ellos ni nosotros estemos ya por aquí. 



miércoles, 23 de septiembre de 2026

El cumpleaños de Romy

Romy Schneider también aparece en mi último libro publicado, 'Frances Farmer no murió en Seattle'. Una especie de presencia fantasmal (o no tanto) que camina por la Viena de nuestros días. O tan solo por la cabeza de quien la recuerda y piensa en ella. Realidad o deseo. El deseo, casi siempre, es más poderoso que la propia realidad. Quien lea el relato, escogerá la opción que más oportuna le parezca. Ella, en todo caso, realidad o deseo, seguirá allí. Aquí. Dentro y fuera de la pantalla. Dentro y fuera de nuestra memoria.

Romy nacía un día como hoy del año 1938. Lo importante, en todo caso, es amar. Sus ojos decían muchas cosas, pero la principal siempre fue esa.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Domingo

Sol. Temperaturas frescas, otoñales. Café recién hecho y tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga. Lectura de la recientemente desaparecida Annie Dillard, 'La vida en la escritura'.

El sosiego de las primeras horas del domingo. El mundo que se va despertando al otro lado de la ventana, con su propios ritmos y latidos. 20 de septiembre.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Mi madre y Edna

Mi madre no sabía quién era Edna O`Brien. Yo se lo conté. Una gran escritora repudiada en su tierra por pensar y sentir en libertad (nada nuevo, para escritoras y escritores que se salen de la norma), recuperada muchos años después, ya cerca del final. Mi madre me contó una historia de un hombre gay que se tuvo que ir de esta ciudad a finales de los años 70 por eso, por ser gay (me reservo esa historia para un libro o lo que sea, si es). Al grano: Edna tenía un nuevo libro. Lo quieres, ¿no?, preguntó mi madre. Lo quiero, madre, ya lo sabes. Vamos a buscarlo, dijo. Vamos. Fuimos. No recuerdo hoy la librería. Aquella mañana de septiembre, siete años atrás. Edna y mi madre. Mi madre y yo. Una vez más. No es el libro que más me gusta de la escritora irlandesa (La chica, Lumen editorial), pero es un gran libro (os lo recomiendo). Este invento me recuerda hoy todo esto. Este invento. Todo esto. Qué sé yo. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquel 11 de septiembre

Dos hombres regresan a casa después de tomar unos aperitivos por los alrededores. Como uno de los hombres vive solo en esa casa, está acostumbrado a tener la televisión siempre encendida. Y la enciende en un gesto casi automático. Es entonces cuando los dos hombres sienten una punzada en el estómago, un vuelco en el corazón. La presentadora del telediario comenta, entre los nervios y el asombro, las imágenes que están emitiendo. Un avión atraviesa una de las dos Torres Gemelas de Nueva York. Está sucediendo ahora mismo. Ninguno de los dos hombres ha estado en la ciudad, pero los edificios son icónicos: aparecen en numerosas películas, series y publicaciones. No saben qué decir, qué hacer, a quién llamar. Aquello parece una alucinación, una pesadilla, una broma pesada. ¿Qué está sucediendo? ¿Será el tan anunciado fin del mundo?

Las preguntas más idiotas siempre surgen en los momentos de mayor confusión. 
En medio de la perplejidad y la turbación, se abrazan. El sol se va enfriando al otro lado de la ventana. Los mediodías de septiembre siempre arrastran una tristeza inexplicable. ¿Abrimos una botella de vino? Antes de que puedan hacerlo, un nuevo avión ha impactado en la otra Torre. Humo, caos, fuego, pequeños puntos negros en las ventanas de los edificios. Todo parece una maqueta, también el escenario de una película de catástrofes de los 70 o los 80. La entrada del infierno. El infierno, sin duda, como único concepto.

Hoy se cumplen 25 años de aquella escena. Dos hombres contemplando, sin saberlo, el fin de una época. El derrumbe definitivo del sueño americano. Luego, beben vino y bailan sobre aquella alfombra vieja y deshilachada. El baile como reacción inesperada contra el miedo. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Las reacciones humanas siempre son imprevisibles en momentos así. 
¿El futuro? Una incógnita. 

2026. Uno de aquellos hombres lleva diez años muerto. El otro, insomne, escribe esto y piensa que esa incógnita está, como siempre, por despejar. 

domingo, 30 de agosto de 2026

Último viernes de agosto

Viernes. El último de agosto. Salgo, como cada mañana, sobre las nueve para caminar alrededor de dos horas. Ha refrescado. Ya se va notando por aquí la agonía del verano. Ese sol frío que intenta abrirse paso entre nubes y árboles. El hombre que todos los días está sentado en un banco del parque y que imagino que duerme en un albergue o en un piso que tiene que abandonar temprano, hoy está en la terraza de un bar que todavía permanece cerrado comiendo una lata de sardinas con un pequeño bollo de pan. No tiene bebida, pero no me atrevo a ofrecerle un café porque nunca lo he visto pidiendo. Quizá pueda sentirse ofendido. 

Un poco más allá, un hombre le cuenta a una mujer que su esposa no sale de casa desde que está en silla de ruedas. La mujer dice que la vida es un regalo, que se anime. El hombre dice gracias y pone cara de que estamos ante un empeño imposible. 
Dos jóvenes juegan al baloncesto (sus playeros están destrozados), tres mujeres mayores caminan a buen ritmo y hablan de sus últimas lecturas, una pareja muy joven arrastra con desgana el carrito de un bebé. 
Pronto llegará el alboroto de los autobuses escolares. Los ciclos siempre se repiten.  

No ha sido el mejor verano de mi vida, por diversas razones. Pero he escrito un poema que creo que merece la pena (el tiempo dirá), un texto para la contraportada del próximo libro de un amigo y escritor admirado, otro texto para el libro colectivo que organiza otro amigo escritor, y continúo con mis nuevos cuentos. Poco a poco. Ya no hay prisa por nada. He leído unos cuantos libros y visto otras tantas películas. No ha estado mal. 
Espero con ganas los nuevos libros de António Lobo Antunes, Javier Marías, Colm Tóibín y Deborah Levy. 

Pienso que en menos de dos meses será mi cumpleaños. La ausencia sigue siendo devastadora. Huyo del ruido, busco libros de segunda mano, cuido de mi familia, cocino lo justo (me cansa mucho últimamente), me adapto a la nueva casa. Llega septiembre. Sigo caminando. 


jueves, 27 de agosto de 2026

El ser querido

Me quito el sombrero, una vez más, ante el trabajo de Rodrigo Sorogoyen. Qué talento. Y qué manera tan inteligente de manejar ese talento con el de los demás. Queda claro desde el principio, desde esos veinte minutos iniciales: el director y su guionista habitual, Isabel Peña, van a por todas. Esos veinte minutos iniciales que conmueven, que perturban, que incomodan, que insinúan todo lo que vendrá después. Un famoso y prestigioso director le propone un papel a su hija, actriz en horas bajas y a la que hace mucho tiempo que no ve, en su nueva película. 


Ella, tras descolocar un poco al padre diciéndole que se lo va a pensar, acepta y ahí empiezan a surgir las rencillas, los tormentos, el abismo que los separa, el silencio que los distanció durante todos esos años. Se dicen algunas cosas y quedan difuminadas otras. La relación de ese director con un pasado lleno de grandes sombras y el dolor que la ausencia del padre provocó en la chica, criada y protegida por una madre de la que también se dicen algunas cosas y se callan otras. Quizá sea suficiente así, pero me gustaría que ese personaje hubiese tenido un poco más de recorrido.   

Es imposible apartar la mirada de Javier Bardem ni un solo segundo. Cómo habla, cómo calla, cómo se enfurece, cómo se comporta con el equipo de rodaje (sobrecogedora la escena de su personaje en la habitación de la compañera de rodaje), cómo vigila desde el silencio, cómo observa a su hija. Y ella, la hija, interpretada por Victoria Luengo, mantiene en todo momento el altísimo nivel impuesto por su compañero, ese descomunal Bardem que aquí tanto me ha recordado a su madre. 
Destaco también la breve y sólida interpretación de Raúl Arévalo, actor que siempre merece mayor protagonismo.  

'El ser querido' te conmueve, te remueve, te hace pensar cuando dejas atrás una sala de cine (primera sesión de la tarde en el día de su estreno) que estuvo llena de gente atenta y silenciosa. Siempre a la expectativa. 

Un Sorogoyen -otro- dejando el listón en lo más alto. 

sábado, 22 de agosto de 2026

La rotundidad de Ana Belén

Decadencia en 'Islas', la nueva película de Marina Seresesky. La decadencia de unos lugares que conocieron tiempos mejores y de unos personajes que ya poca gente recuerda. Esas grandes actrices (también actores) que, por el motivo que fuera (la edad, el retiro, la vejez, determinadas circunstancias...), van quedando perdidos en la memoria del público. Ahí sitúa la directora argentina, a través del personaje de Ana Belén, esta historia. La actriz que se mira en el espejo y su rostro queda congelado en él. En lo que en su momento fue. Una diva, sin duda. Una Blanche Dubois, una Baby Jane, una Gloria Swanson (imposible no recurrir a estos ejemplos). Incluida la emblemática confianza depositada en la bondad de los desconocidos, Tennessee Williams mediante. De hecho, la diva se esfuerza por atrapar ese último tranvía, aunque no sea el del deseo. 


El hotel que fue de lujo y ahora es un pálido reflejo de sus mejores épocas, es también un fiel retrato de la decadencia. Unas escasas presencias fantasmagóricas que más parecen maniquís (incluso figuras de cera de una película de terror: las niñas de 'El resplandor', sin ir más lejos, basadas en las niñas de la fotografía de Diane Arbus) que clientes. Las también escasas personas de servicio. El ascensor y el teléfono averiados. Y ese escenario donde antes actuaban grandes estrellas y ahora un pobre hombre sin suerte canta para que los maniquís echen unos bailes entre copazo y copazo. Bailas, bailad, malditos, hasta que podáis o reventéis. 

Y Ana Belén, claro. La actriz madrileña se agarra a su personaje como si se tratase del último que fuese a interpretar en una película. Lo borda, de principio a fin. La voz más honda de su habitual, los ojos maquillados como Romy Schenider en 'Lo importante es amar', los movimientos del cigarrillo y la copa del Manhattan o del champán, la fragilidad, el miedo, la enfermedad, los recuerdos... Una interpretación de alto nivel. De alguien que conoce de lo que se está hablando y que muerde donde más duele, casi hasta hacer sangre. Ana Belén deja de ser Ana Belén para meterse en la piel -pletórica o abrasada por las derivas de la vida (más bien esto último)- de esta otra niña prodigio, que pudiendo ser ella no lo es. Y ahí está la gracia y la grandeza de su impecable trabajo. 

Nadie dijo que la vida concediese demasiadas treguas. 

martes, 18 de agosto de 2026

El día que reivindicamos a Lorca

Hoy, que tantas bocas se llenan reivindicando a Lorca (algo que me parece muy bien si la reivindicación viene acompañada de la lectura de su obra), leo:

En playa San Juan de Alicante.
Al parecer, un tío (gay) le tira los tejos a otro (hetero) y éste en vez de decirle que no le interesa la propuesta, le da una patada en la cabeza que le hace caer sobre las vías del tranvía y le provoca, horas más tarde, la muerte. El agresor está en la calle con medidas cautelares en un caso de homicidio.
Todavía seguirán saliendo graciosos pidiendo el día del orgullo hetero. Al tiempo.
Y que viva Lorca, claro.

domingo, 16 de agosto de 2026

Mark Rydell

Ha muerto Mark Rydell, director indispensable de aquellos años 80. 'La rosa', 'En el estanque dorado', 'Cuando el río crece' y 'For the boys'. Cuatro historias inolvidables con unos intérpretes siempre en estado de gracia. Para revisar de nuevo en cualquier momento. Como entonces.

jueves, 13 de agosto de 2026

Luis Antonio Suárez

Cuando algunos llegamos, cuestión de edad, Luis Antonio ya estaba allí. Sentado en el mismo lugar que ocuparía durante todas las noches de aquella juventud que se prolongó lo suyo. Elegante, sonriente, seductor, un punto sofisticado y otro punto misterioso. ¿Qué malo podría pasar si él estaba allí y Yolanda al principio de la barra? Si alguna voz fuera de lugar nos hacía llegar desde la calle sus improperios, él, ajeno a todo aquello y sin perder la compostura, se encajaba las gafas, bebía un sorbo de la copa y se reía con más fuerza de lo normal, sin perder el aplomo ni la elegancia. La música, que también se elevaba, quizá ante un gesto de la propia Yolanda (movimiento de mano, movimiento del vaso ancho del whisky, movimiento de aquel pañuelo morado que por entonces lucía habitualmente), hacía el resto. 


La risa y la música, como siempre, contra la estupidez y la maldad humanas. Y a otra cosa, que era lo nuestro y para algo estábamos donde estábamos. La Santa, nuestro Studio 54 particular, principios de los 90. Y la noche, entre esto y lo otro, pasaba volando. No había tiempo que perder. Qué ingenuos. El tictac demoledor vendría después, cuando la noche dejó de ser nuestra y los años empezaron a correr a toda velocidad. Y así siguen, imparables. Demos esa batalla por perdida. 

Luis Antonio, aparte de su figura en aquellas noches legendarias, dejó un legado cultural importante en esta ciudad. Por todo ello será recordado. Al menos, por quienes estuvimos allí, descubriendo el mundo y descubriéndonos a nosotros mismos. 
Que la música, sea la que sea a estas alturas de nuestras cicatrices particulares, no deje de sonar. Creo que eso es lo que a Luis Antonio le gustaría.  

sábado, 8 de agosto de 2026

El último kiosco

Cerró la semana pasada, por jubilación. Como antes cerraron otros y mañana cerrarán los que queden si es que queda alguno abierto por aquí, que no lo sé. ¡Cuántas revistas y periódicos habré comprado en ese kiosco a lo largo de mi vida! Quedaba cerca de la casa de mis padres y de la que fue nuestra casa durante muchos años hasta hace unas semanas. ¿Ya llegó el Fotogramas? Me veo allí delante haciendo esa pregunta, tiempo atrás, cuando había visto que ese mes salía en la portada alguien que me interesaba muchísimo. No, todavía no ha llegado: pregúntame mañana. Y al día siguiente, insistente, allí estaba de nuevo antes de que los repartidores hicieran su trabajo. Otros tiempos. Aquellos tiempos en los que lo leíamos casi todo y todo en papel.  


Las cosas van cambiando poco a poco o a grandes velocidades, según las circunstancias. El ritmo no para. A veces resulta cansino, avasallador. Agota. Es lo que hay. O te dejas llevar o te quedas como esas personas mayores que son incapaces de arreglarse en el banco con las dichosas maquinitas: meter el DNI, la operación que quieres realizar, estar pendiente de la pantalla con unos números imposibles, etcétera. (Sé de lo que hablo porque a veces acompaño a mi padre al banco con los papeleos y veo a muchas personas octogenarias muy desorientadas, y hacía lo mismo con mi madre en sus numerosas visitas al hospital, donde el sistema es el mismo). 

Dejamos de comprar muchas revistas porque las propias revistas desaparecieron. Y la mayoría de las que quedan ya no son lo que eran. Leemos el periódico por internet porque sale más barato y para los que madrugamos mucho ya lo tenemos disponible a las 6 de la mañana. Y los coleccionables de libros hace tiempo que no merecen la pena (¿os acordáis de aquella colección imponente de RBA con grandes títulos de la narrativa mundial?). Y la rueda sigue. Y todos entramos en ella, qué remedio. 

Aquella vieja escuela, como apuntaba una distinguida anciana y voraz lectora que me visitaba con frecuencia en la primera librería en la que trabajé. 

lunes, 3 de agosto de 2026

Ocho años con Gena

Gena llegaba hace ocho años a nuestras vidas. Alguien la rescató del cubo de un supermercado y la llevó al albergue. Y allí -inquieta, desaliñada y zalamera desde el primer momento- nos conquistó de inmediato. Sigue inquieta y zalamera como entonces. Pero todo este tiempo a nuestro lado transformó aquella bola de desaliño en un pijerío digno de esos perros que llevaba Joan Collins en los brazos en sus días de gloria. 


Me explico. Desde que llegó a esta nueva casa, Gena apenas bebe. La comida húmeda y tres lametazos al cuenco del agua son suficientes para ella. El caso es que, dada nuestra preocupación, ayer al abrir el congelador para hacer unas verduras depurativas, se me ocurrió coger una piedra de hielo y ponérsela en el cuenco del agua. Lo que Candela Peña, sustituyendo agua por vino blanco, denominó hace poco por la tele un blanco París. Oye, pues ahí tienes a la Gena, dándole al agua París como una loca. Cinco minutos se pasó la tía bebiendo. Ni Dorothy Parker en sus mejores mediodías de Martini seco antes de ponerse debajo del anfitrión. Ni Ava Gardner en aquellas legendarias noches de farra, whisky, flamenco y gitanos guapos. Cinco minutos. Alucinante. Así son los felinos. Siempre desconcertantes. Y así hay que aceptarlos. Y más aún: quererlos. 

Luego, se puso a revolver las estanterías. No sé si buscando lectura o comprobando si había algo de polvo. Cosas suyas. 

sábado, 1 de agosto de 2026

Frances Farmer no murió en Seattle

No, Frances Farmer no murió en Seattle, donde nació en 1913. Lo hizo el 1 de agosto de 1970, en Indianápolis. O sea, que hoy se cumplen 56 años de su muerte, los mismos con los que dejó este mundo. 


Como ya escribí en 'Mi madre y yo', ese mismo día, 1 de agosto de 1970, a este lado del Atlántico, en Mieres, se casaban mis padres. Desde que tengo memoria, ese día era un día de gran celebración. En un restaurante, normalmente. A mi madre, ya lo he dicho más veces, le gustaba celebrarlo todo. Si hacía buen tiempo, mejor. Y si llovía, no pasaba nada, estamos en el norte: lo importante era la celebración. Estar juntos. Prolongar las sobremesas. Hacer planes, deshacerlos, contarlos, escribirlos, borrarlos. 
Estar juntos. Estar vivos. Estar. 

Lo bueno de la tecnología es que nos permite conservar muchos de esos momentos. De aquella foto de mis padres recién casados en un álbum que no he podido mirar desde que mi madre no está en este mundo, hasta las últimas celebraciones. Estar (ahora) también es recordar. Sentarse en la penumbra de una habitación, o caminar por algún parque o jardín solitario, y recordar. Sin más drama que la propia ausencia impone. 
Estar. Seguir estando. Dejarse llevar por el tiempo. 
Recordar a una madre y a una actriz que no murió en Seattle. En este húmedo y caluroso primero de agosto. 

domingo, 26 de julio de 2026

Vida privada

Tiene mucho de varias películas de Woody Allen, sobre todo de 'Misterioso asesinato en Manhattan'. Aunque no sea tan divertida. Tiene, eso sí, una trama que te engancha en todo momento. Tiene esos restaurantes parisinos donde te gustaría volver a beber vino tinto y comer pasta con tu pareja. Tiene a Daniel Auteuil, tan fascinante como siempre. Tiene -aunque brevemente, por desgracia: ¿por qué no le dan más papeles a esta mujer?- a Irène Jacob. Y tiene, claro, a Jodie Foster, que da gusto escucharla en francés y contemplar su inteligente madurez. O sea, tiene muchas cosas positivas para una de estas interminables tardes de verano en la ciudad.  

sábado, 25 de julio de 2026

Nacho Martínez, treinta años después

Éramos muy jóvenes, mi mejor amigo y yo, y teníamos ganas de hacer cosas diferentes y creativas. Ser escritores, locutores de radio, directores de cine, actores, guionistas... O todo eso a la vez, ya puestos, con esa maravillosa inocencia a cuestas de los jóvenes que están seguros de que se van a comer el mundo de inmediato con su talento y sus ganas infinitas. Acabábamos de dejar atrás el colegio. En los últimos meses, habíamos ganado un concurso literario con la historia de una mujer alcohólica, "Elisa siempre llega tarde" (¿dónde andará ese relato?), el jurado había dictaminado que se trataba de un texto muy maduro para nuestra edad (se trataba de un concurso para estudiantes de C.O.U.). Ahora estábamos en verano y habíamos decidido escribir un guion de cine. ¿Cómo lo hacíamos? Lo mejor era llamar a alguien a quien admirásemos y decirle que nos dejase uno, así podríamos ver la estructura, los espacios en blanco y todo lo demás. Se barajaron varios nombres, que ya no recuerdo. De repente, al ser asturiano, surgió el suyo, Nacho Martínez. Hacía poco que habíamos visto la serie "El olivar de Atocha" y teníamos, evidentemente, muy cercano el recuerdo de "Matador", aquella película que Almodóvar, pensando en Ava Gardner, escribió para Charo López y que ella no quiso hacer, y donde él, como acostumbraba, estaba magnífico. Busqué su nombre en la guía de teléfonos y le llamé a su casa de Madrid. Contestó él mismo. Aquella poderosa voz que escuchábamos en sus trabajos, lo era aún más en directo. Le conté nuestra propuesta. Me dijo que lo llamase de nuevo a la semana siguiente a otro número, el de la casa de Oviedo, donde iba a pasar unos días con la familia, y que sí, que nos traía el guion y que ya nos veríamos. Así lo hice: a los ocho días justos volví a llamarle y quedamos con él. Nos encontraríamos en el bar Sevilla, a las cinco de la tarde. Allí estaba él, Nacho Martínez, puntual, educadísimo, con el guion bajo el brazo, muy caballero. Le hablamos de nuestro proyecto, de nuestras aficiones, de nuestras inquietudes, de nuestras ganas de viajar, de ir a Madrid, de hacer miles de cosas. Él nos contó algunas historias sobre cine, sobre Madrid, y nos dijo que había venido a descansar, que lo necesitaba tras duros meses de trabajo. Nos entregó el guion de una película que, por problemas de financiación, no había llegado a realizarse. Le dimos las gracias repetidas veces y quedamos en volver a vernos. No lo hicimos, claro. Pero nunca olvidaremos ese gesto, el de quedar con dos principiantes para entregarles el guion que le habían pedido: ese gesto que define tan positivamente a la persona que lo hizo. Y nunca olvidaremos su imagen, tan delgada, tan alta, con sus sandalias de tiras marrones, sus ropas blancas y su cigarrillo siempre entre los dedos, alejándose por la calle Cimadevilla, tras despedirse de nosotros, pensando -seguramente- en todos los palos que les esperaban a aquel par de ingenuos que había dejado atrás, respirando el calor húmedo de la tarde de verano, descansando por estas tierras, las suyas. Nacho Martínez, aquel hombre del que ayer se cumplieron treinta años de su muerte. ¿Nuestro guion? Como nuestra amistad: lo mejor de todo ello está en el recuerdo, sin duda.

martes, 21 de julio de 2026

De la escopeta a la caza

Quería escribir algo sobre lo que une la versión teatral de 'La escopeta nacional' y la película 'Día de caza', que no son pocas cosas. Pero aquí hay poco espacio y no sé si interesará mucho todo esto en días de verano. Por otra parte, no hay anunciada gira de la obra de teatro y las representaciones acaban el 26 de este mes con todo vendido, creo. Quienes pudimos verla en el escenario del Español, nos quedamos con esa acertadísima revisión y con su excelente reparto. Dos horas de risas, canciones y sonrisas congeladas ante tantos despropósitos y ambiciones. La revisión de la película de Saura parece que sigue en cartel, así que todavía cabe recomendación. 


Tres mujeres sin escrúpulos. Tres buenas arpías bebiendo en exceso, comiendo paella y cazando conejos con sus relucientes escopetas. Y todo lo que hay detrás: la ambición desatada, la ridícula apariencia, la falta de escrúpulos más desmedida. Tarda un poco en arrancar, pero cuando lo hace el estallido es tan tremendo que ahí se mantiene hasta su sobrecogedor final.  

Tres poderosas actrices, dirigidas por Pedro Aguilera, contribuyen a que la fiesta no decaiga en ningún momento. Blanca Portillo: intensa, soberbia y desesperada por hacer realidad su plan (suya es una de las frases más terribles de la película, dirigiéndose a un empleado: y aquí entra en escena directamente 'Los santos inocentes', de Delibes y Camus). Carmen Machi: muy divertida en su patetismo regado de abundante alcohol desde primera hora de la mañana (la escena de la comida que, en otras manos, resultaría una grosería digna de Torrente, aquí funciona a la perfección gracias al talento de la actriz). Y una Rossy de Palma impresionante, en el probablemente sea el mejor papel de su carrera (confío en los premios de la próxima temporada para ella, injusto sería olvidarlos). 

Y Saura y Berlanga, sobrevolando por todo ello con sus criaturas originales y los guiños de Aguilera y Echanove en sus formidables adaptaciones. 

jueves, 9 de julio de 2026

Adiós, Bonnie Tyler

Los 80 (y luego los 90), los pelos cardados, las cazadoras de cuero, los maquillajes abundantes, los pendientes largos, los vaqueros ceñidos, los tacones lejanos, los brillos, la vanguardia como actitud, la actitud como forma de descaro, y el descaro como complemento imprescindible para hacer música. Y allí, y así hasta la otra noche, Bonnie Tyler, con sus modos de rockera, su voz de cazalla, sus corazones rotos, sus variados eclipses y toda la parafernalia de artista cuya música lo mismo servía para una noche más movida que las de Diane Keaton buscando al señor Goodbar, para una tarde melancólica o para el festín de la boda de aquella prima que se casaba con el guapo del pueblo y que escribía poesía a escondidas.

La Tyler era mucha Tyler. Nostalgia de otros tiempos, aunque su figura y su estatus correspondan a una diva de primera fila. No todo el mundo puede decir que deja este mundo con un puñado de clásicos que se seguirán tarareando en momentos de euforia. 
Adiós, Bonnie, eterna ya. 

domingo, 5 de julio de 2026

Frances Farmer is my sister

Hace unos días, deshaciendo todavía las cajas de la mudanza, aparecieron las dos entradas que compramos para entrar en el museo Albertina de Viena. Septiembre de 2021. Pantalones cortos y tiempo fresco y agradable. Sigo echando de menos llegar a un sitio y llamar a mi madre para decirle que estamos bien, que el avión no se ha estrellado. Horas después, leo en el periódico que el museo cumple 250 años. Decido conservar esas entradas, a diferencia de tantas cosas que han terminado en el cubo de la basura. El edificio estampado en un pequeño papel. Detalles sin importancia o con ella, según se mire.

 
Recuerdo a una trabajadora del museo que nos miraba con cara de pocos amigos y también recuerdo las fotografías de Diane Arbus. No importa las veces que haya visto esas fotografías (el catálogo completo sigue en casa, pero la perspectiva nunca es la misma): me siguen impresionando como la primera vez que las vi colgadas en las paredes del MoMA de Nueva York. 
Toda esa gente desamparada y ella misma, la genial Diane, con aquellas facciones tan tristes. Probablemente, el más triste y desamparado de todos sus personajes. Nunca me canso de observarlos, de descifrar esos rostros. 

Al salir del museo vienés, nos sentamos en una terraza cercana. La terraza de uno de esos cafés impresionantes. Estaba atardeciendo y pedimos dos vinos blancos. El camarero, impecablemente vestido con una chaqueta blanca y un pantalón negro, nos trajo las dos copas de vino y dos vasos de agua. En muchas ciudades europeas, con vino o con café, te sirven esos dos vasos de agua sin necesidad de que los reclames, como sucede por aquí, constantemente. 

Allí, mientras bebíamos el vino, anoté en el cuaderno la idea del cuento 'Romy', incluido en 'Frances Farmer no murió en Seattle', aunque tardaría algún tiempo en escribirlo. Ahora, a raíz de la traducción en España de 'Heroínas', descubro que Kate Zambreno abrió el último día de diciembre de 2009 un blog titulado 'Frances Farmer is my sister'. 
Los hilos de la literatura parecen frágiles, pero casi nunca lo son.  

lunes, 29 de junio de 2026

La falta de amor en Pillion

Todas las historias de amor tienen sus códigos, sus particularidades, sus secretos. 'Pillion' no es una película de amor, como nos están vendiendo algunas críticas y titulares. Hay muchas clases de amor, evidentemente. Pero... ¿Dónde está el amor aquí? No aparece por ningún lado. Yo, al menos, no lo he visto. A no ser que consideremos amor a consentir sexo violento sin ganas, dejar a la parte más débil de la pareja durmiendo en el suelo o que ésta le chupe las botas al otro cuando se le antoje, por poner solo tres ejemplos. Esto es una historia desgarradora de dependencia, masoquismo, brutalidad, humillación y huidas. Y vuelta a empezar. Si dos personas adultas están de acuerdo en entrar en este juego, perfecto. No hay ningún problema. Pero no llamemos amor a lo que no lo es. Amor, en última instancia y cogido por los pelos, tóxico. Muy tóxico. Ni siquiera es una historia sobre dos solitarios que buscan sexo. Eso sería otra cosa.

Con todo, no es una mala película. Está bien dirigida y bien interpretada.

Una película para un mundo cada vez más extraño, complejo y desolador. Esto sí.

miércoles, 24 de junio de 2026

San Juan

Qué curiosa y perversa es la vida. San Juan, en la infancia, era el día que íbamos a Mieres, a tomar el vermú y comer con los abuelos. Primeros calores del verano, pantalones cortos, propinas jugosas del abuelo, el sabor de las aceitunas y el Bitter Kas. Luego, tarde de feria, atracciones capitaneadas por gitanos guapos -el Winston siempre entre los labios y los dedos, y el flamenco-pop a todo volumen- y rodajas de coco. La vida por delante.


San Juan, en la juventud, eran hogueras que quemaban casi tanto como los cuerpos, noches de bailes, risas, copas y amistad -escribe en un papel todo lo malo que ha ocurrido este año y quémalo, decía aquel amigo, aquella amiga-, y amaneceres imprevisibles repletos de descubrimientos. La vida en toda su plenitud.

San Juan, hasta hace unos años, como a mamá le gustaba la tradición y conservaba en la memoria el recuerdo de aquellos tiempos con sus padres, comidas en familia y largas sobremesas. La vida ya como incógnita, aunque nos resistiésemos a despejarla.

San Juan de 2023. Interior de un hospital. Blanco impecable y profunda amabilidad y humanidad del personal sanitario. Dolor que agarra sin piedad, nublando cada instante. El día que me despedí de mi madre. El día que todos los pájaros desaparecieron de los cables. Y según qué cosas, al igual que ella misma, desaparecieron para siempre.

sábado, 13 de junio de 2026

El pañuelo de mi madre

Mi madre tenía muchos pañuelos, bufandas, fulares. Los que se compraba, los que le regalábamos. Eran prendas que, más allá del toque de distinción, le servían de abrigo para el frío que siempre atenazaba sus huesos. Sus últimas semanas de vida, utilizó siempre el mismo, a medio camino entre el pañuelo y la bufanda. Se podía poner por ambos lados. Por uno, de color azul. Por el otro, con un estampado de leopardo. La típica prenda que quedaba bien con todo. Siempre le decía cuando iba a recogerla a casa, te busco otro en el armario si quieres, pero ella quería ese, no importaba que fuéramos al médico, a desayunar o a tomar el vermú. Cuando se murió, me quedé con él. Lo guardé en un cajón y, de vez en cuando, cuando me sentía con fuerza, lo abría y lo tocaba. Aún conservaba el aroma de su colonia fresca. Aún está ahí. 

Mi madre cumpliría hoy 77 años. Los días de su cumpleaños eran días de mucha fiesta porque a ella le encantaba celebrarlos. Salíamos temprano de casa y regresábamos, si el tiempo lo permitía, tarde. Esos días en los que eres consciente de algo parecido a la felicidad. Risas, recuerdos, anécdotas, fotografías. Toda la familia alrededor de aquella nueva cifra. Otra botella de vino, las velas, los regalos, la tarta y el helado. A ella, los regalos no le interesaban demasiado. Lo importante era estar juntos. Vivos y juntos. Todo lo demás era accesorio. Todo lo demás es accesorio. 

Esta madrugada, a vueltas con el insomnio, he sacado el pañuelo del cajón. Y, como si tuviera una tiza invisible, escribí sobre él con los dedos un siete y otro siete. Marcas fantasma. Asideros. Tonterías. Soy consciente. 
"Es tarde, muy tarde; / demasiado tarde para bailar. / Aun así, canta lo que puedas. / Enciende la luz: sigue cantando, / canta: Sigue.", escribe Margaret Atwood en uno de sus últimos poemas. 

Levanto la persiana, entre la luz de un sol madrugador, pero hoy no puedo cantar: continúa siendo todo muy extraño. 


  

jueves, 11 de junio de 2026

Glenn Close y el Oscar

Hay actrices que, al margen de tener una excelente carrera plagada de gloriosas interpretaciones, serán inicialmente recordadas por una recreación que va más allá de cualquier adjetivo que intentemos otorgarle. En ese selecto grupo de prodigios interpretativos podemos poner a la Bette Davis de "Eva al desnudo", la Shirley MacLaine de "El apartamento", la Romy Schneider de "Lo importante es amar", la Gena Rowlands de "Opening night", la Kathleen Turner de "Fuego en el cuerpo", la Jessica Lange de "Frances", la Susan Sarandon de "Thelma y Louise", la Victoria Abril de 'Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto' o la Carmen Maura de "La ley del deseo". Las actrices dejan de ser actrices para convertirse en esos icónicos personajes. Serán ya para siempre esas mujeres en nuestra cinéfila memoria. A ese selecto grupo (podría recordar más nombres, desde luego), se debe añadir el de Glenn Close y su interpretación en "Las amistades peligrosas". Un año antes de ese milagro (toda la película es en sí misma una obra maestra: se convirtió en un clásico nada más estrenarse), la actriz se había dado a conocer al gran público por su interpretación en "Atracción fatal". Un papel, por cierto, que habían rechazado previamente otras actrices muy famosas. Por entonces, no era demasiado conocida. Había hecho varios papeles secundarios (por los que fue nominada al Oscar) y bastantes obras de teatro en Broadway y en el "off" Broadway. Ella misma reconoció que recogía los papeles que Meryl Streep rechazaba. A partir de entonces, las cosas cambiaron. Tras verla en la piel de aquella malévola marquesa (ese final, con el rostro desmaquillado de Glenn, certera metáfora de la soledad y el ridículo que le aguardaba a su personaje es uno de los más sublimes de la historia del cine), todo el mundo se preguntaba dónde había estado metida durante tantos años aquel pedazo de actriz. Comenzó a hacer papeles importantes en el cine, regresó de cuando en cuando al teatro (al musical y al otro), se refugió en buenos productos televisivos cuando llegó el momento, ganó algunos premios y se quedó siempre a las puertas del Oscar. Ahora, por fin, recibirá el Oscar de honor. Un Oscar es un Oscar es un Oscar, pese a todo. Lo recogerá con su porte elegante, con su atractiva y cercana sonrisa, y rememorará -imagino- todas aquellas veces que se quedó sin un papel, las escaleras que tuvo que subir mientras veía cómo otras con menos talento alcanzaban la gloria, las caras de alegría que puso en cada ceremonia al ver cómo otras actrices le arrebataban una y otra vez la estatuilla más codiciada. Y recordará -estoy seguro- aquella noche en la que ella misma le entregó el Oscar honorífico a Deborah Kerr, y algo hacía intuir que a ella, ya con cinco nominaciones a las espaldas (incluida la interpretación de la célebre marquesa), iba a ocurrirle algo similar. Por ella, como siempre, va nuestro aplauso. 

domingo, 7 de junio de 2026

Espejos Nº3

Hay algo muy poderoso en esta nueva película de Christian Petzold. El drama que contiene y que no conoceremos casi hasta el final. Mientras tanto, entre miradas y silencios, secretos y misterios, el estruendo de un lavavajillas y la música de un piano (clave en la historia), iremos descubriendo la vida de unos personajes que sobreviven como pueden a lo que les ha tocado vivir. Todo parece suave, excepto el primer impacto inicial, pero la aspereza va por dentro, rasgando sin piedad. El personaje de Barbara Auer (impecable su interpretación llena de matices) lleva buena parte del peso en este sentido. De hecho, el buen hacer de Auer -entre la suavidad y la aspereza que rasga su interior- es de esos que no se olvidan con facilidad. Hay que señalar que la actriz alemana está bien acompañada por el resto del reparto. 

Otro notable drama de Petzold que ya se puede ver en Filmin. 

lunes, 1 de junio de 2026

Marilyn: el mito que nunca desaparecerá

Cien años del nacimiento de Marilyn Monroe. Pocas cosas se pueden añadir a estas alturas sobre la actriz, más aún después del genial retrato que Truman Capote escribió sobre ella. (Recordemos la adoración del escritor por la actriz, a quien propuso desde el primer momento como protagonista de la adaptación cinematográfica de su novela 'Desayuno en Tiffany´s': hoy resulta difícil imaginar a otra Holly Golightly que no tenga el rostro, la voz, la elegancia y la sofisticación de Audrey Hepburn). Pero uno puede hablar desde su condición de cinéfilo y de mitómano, claro está.

Aquellas inolvidables madrugadas viendo los ciclos de la 2. Allí, en aquellas madrugadas frente al televisor, fumando nuestros primeros cigarrillos y disfrutando de aquellas películas que era del todo imposible ver en pantalla grande, muchos jóvenes aprendimos unas cuantas lecciones. Lecciones de cine y de vida. Todas las Marilyns posibles estaban allí, en aquellas películas, y a todas, de principio a fin, las adorábamos. La rubia lista, la rubia que parecía tonta, la rubia indómita, la rubia insegura, la rubia sensual, la rubia provocativa, la rubia torbellino, la rubia derrotada, la rubia perdida entre víboras como George Sanders y Bette Davis, la rubia que no fue Holly Golightly en la película de Blake Edwards, la rubia que quería bailar y ser feliz, la rubia que no ganó un Oscar, la rubia que susurraba, la rubia indefensa frente a multitud de cosas, la rubia en la encrucijada, la rubia de vida rebelde, la rubia herida, la rubia frágil... Sobre todo, esa: la rubia frágil.
Sí, siempre he pensado que esa es la mejor manera de definirla. Más allá del mito sexual, de ser uno de los iconos cinematográficos por excelencia, de la mujer atormentada y de las excesivas turbulencias para una vida demasiado corta. Más allá de todo eso, como una condena o una glorificación, como la doble cara de una misma moneda que el destino lanza al aire, la fragilidad. Esa fragilidad que no podían ocultar ni el rímel, ni el pintalabios, ni las espesas capas de maquillaje, ni los vestidos bonitos y ajustados a la piel, ni los tacones de vértigo, ni los tragos de ginebra, ni las pastillas, ni el rubio más rubio de todos. Marilyn, frágil y enamoradiza, frágil y única, frágil e insegura, frágil e irrepetible. Decir su nombre, a estas alturas, en voz alta o en voz baja, sigue siendo todo eso. También en este día en el que se cumplen cien años de su nacimiento.
Entonces, en aquellas madrugadas de juventud, lo intuíamos, y ahora lo sabemos con rotundidad: el mito nunca desaparecerá

viernes, 29 de mayo de 2026

Mis libros en la Feria del Libro de Madrid

Mis tres últimos libros estarán presentes en la caseta 294 de la Feria del Libro de Madrid, la de Tres Hermanas, por si a alguien le apetecen.

¡Mucha suerte a todo el mundo!

martes, 19 de mayo de 2026

Mudanza

Mañana será miércoles. Mañana será el último día que vamos a estar aquí, en la casa que fue nuestra en los últimos once años. La dueña, dice, necesita la vivienda para un hijo. Aquí vivimos momentos felices y momentos de incertidumbre (la pandemia). Aquí pasamos muchas navidades con mi madre, con mi padre y con mi hermana. Yo cocinaba y le decía a ella, venga, mamá, ayúdame, aunque sólo fuera para que se sintiera que la necesitábamos en todas partes, que yo la necesitaba en todas partes (la sigo necesitando, cada puto día), pelando ese último ajo. Se acabó la navidad con su muerte y se acaba esta casa que tantos recuerdos tiene de ella, de todos nosotros. Cerraremos esa puerta y nos iremos a esa otra casa, carísima para nuestro presupuesto (todo es carísimo, incluso en una ciudad pequeña y provinciana como esta, llena de pisos turísticos), que tanto nos ha costado encontrar. Esa casa que nos obliga a pagar un extra importante por tener una gata (adopta, adopta). Gena será nuestra última gata. Sin ella, jamás nos hubiéramos ido a ninguna parte. Pero no habrá más mascotas con esta sociedad tan hipócrita. Adopta, adopta, pero no se admiten mascotas en ninguna parte. Hemos cumplido. Aunque nuestro deseo sea otro. Lo sentimos. Somos viejos y estamos cansados. Nos vamos a esa otra casa, luminosa, con mucha pena, con mucho dolor. A la otra punta de la ciudad. Sobreviviremos, como hemos hecho siempre. Que nadie lo dude.

sábado, 16 de mayo de 2026

Mátate, amor

Coincidiendo con la escritura de un texto que me han pedido sobre Gena Rowlands, veo 'Mátate, amor', dirigida por Lynne Ramsay, basada en la novela de la argentina Ariana Harwicz, y protagonizada por Jennifer Lawrence, Robert Pattinson, Nick Nolte y Sissy Spacek (por esa larga y ejemplar carrera, aunque esto sea otra historia, se merecía mucho antes un Donostia que Lawrence). Es evidente que Lawrence revisó la filmografía de Rowlands antes de rodar esta complicada película. Muy especialmente, el papel de Rowlands en 'Una mujer bajo la influencia'. Hay que reconocer que digirió bien el aprendizaje, teniendo en cuenta que la actriz recientemente desaparecida está por encima del bien y del mal, y ofrece la mejor interpretación de su carrera hasta la fecha. Desinhibida física y emocionalmente, rozando todos los infiernos posibles, desamparada y perdida, toda la actuación de Lawrence abrasa desde el primer momento.

La maternidad, la fragilidad, la vulnerabilidad, el miedo, el fracaso, la página en blanco, la locura. Ese cuchillo que roza la hierba del bosque donde viven y también las pieles de los seres a los que ama. Ese cuchillo borra de golpe todo rastro de sensiblería. Ramsay, decididamente, opta por el lado salvaje. No tiene piedad con sus personajes: marca de la casa, por otro lado. Los arrastra hasta el límite de sus posibilidades, donde se enroscan y confunden ya todos los términos. Es evidente que ella también ha revisado las películas de Cassavetes.
Y queda también, junto a todo lo mencionado y una constante sensación de desasosiego (el cuchillo, el cuchillo), las buenas interpretaciones de Pattinson y Nolte. Y, naturalmente, la de esa inmensa Spacek de rostro arrugado, ojos vidriosos, larga melena, fuerte carácter y esa escopeta -siempre hay que estar alerta- que no abandona ni cuando duerme.

lunes, 27 de abril de 2026

Diez relatos memorables

 

Diez relatos memorables

 

Soledad Puértolas a lo largo de su larga y fructífera trayectoria ha ido alternando la novela con el relato (más largo, más corto). También, aunque de manera más distanciada en el tiempo, ha cultivado el ensayo en títulos como 'La lucha por la vida’, ‘La vida oculta' (Premio Anagrama), 'Nostalgia de los demás', ‘Lúcida melancolía’ (dentro de la colección Baroja & Yo) o 'Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre las palabras', delicioso acercamiento al fascinante mundo del lenguaje. Recuerdo que hace tiempo alguien le preguntó por la poesía y, de un modo un tanto huidizo, la escritora no quiso confirmar ni desmentir nada, aunque algo hacía vislumbrar que podría tener material inédito a este respecto en un cajón. El tiempo, como siempre, tendrá las respuestas, despejará las incógnitas. 

Regresa ahora Soledad al relato corto, que podríamos emparentar con títulos como 'Una enfermedad moral', ‘Compañeras de viaje’, ‘Chicos y chicas’ o 'El fin', siendo el cuento que da título a ese volumen uno de los mejores que Puértolas ha escrito. Y decir esto, como imaginarán, es mucho decir. Un incidente cotidiano servía en aquella historia para poner negro sobre blanco algunos de los temas preferidos de la autora: el miedo, el azar, la complejidad de las relaciones humanas (entre familia, parejas, amigos o desconocidos), lo que se esconde al primer golpe de vista, lo que se intuye, la cercanía de la muerte... 

Temas que vuelven a estar en este espléndido libro, 'En el camping', compuesto por diez relatos memorables, que dejan, en cierta manera, como ocurría en 'El fin', un escalofrío y la sensación de que la vida, siendo algo único y formidable, puede llegar también a pesar demasiado en numerosas ocasiones.  

Así ocurre con relatos extraordinarios como ‘Amigas’, 'Teléfonos' (que nos remite de inmediato a Raymond Carver), 'Amores', 'Annemasse' o 'En el camping'. La vida se disfruta. La vida se complica. La vida tiene su lado inexplicable, incomprensible. La vida, finalmente, pasa, se escapa. Y con ella, hallazgos y certezas, vaivenes y deslices, amores (posibles, imposibles) y desamores, momentos un tanto inquietantes y pequeños momentos de placer aparentemente -y sólo aparentemente- insignificantes (un paseo, un café o una copa en una terraza, una conversación con un desconocido, un encuentro inesperado, una lectura a la sombra, un planteamiento intenso o fugaz, una observación...). 

Hay que ser, en todo caso, pacientes con la vida. No perder la calma. Eso también vienen a decirnos algunos de los personajes de este nuevo libro, repleto de reflexiones tan certeras, hermosas y contundentes como esta:

 

“¡Cuántas partes tiene la vida y qué inconexas parecen cuando son contempladas desde lejos, mientras se va reduciendo la distancia que separa lo vivo de lo inerte! Morirás en breve, aun cuando esa brevedad pueda transcurrir despacio. La mente es atravesada por ráfagas de pensamientos solemnes, como sacadas de las páginas de un libro encuadernado en piel o de una obra de teatro. Ya nadie contará tu vida. Tú no estarás para escucharla. Querida Liliana: estas serán nuestras últimas palabras”.

Palabras mayores. Como las que recorren este libro y el resto de la obra de una escritora cuyo nombre ya debería ir acompañado de los grandes premios de este país. Busquen este nuevo título que acaba de llegar a las librerías, rastreen los anteriores si no lo han hecho ya, y luego estoy convencido de que estarán de acuerdo conmigo.

 

(Este artículo fue publicado en la revista El Cuaderno).