lunes, 3 de agosto de 2026

Ocho años con Gena

Gena llegaba hace ocho años a nuestras vidas. Alguien la rescató del cubo de un supermercado y la llevó al albergue. Y allí -inquieta, desaliñada y zalamera desde el primer momento- nos conquistó de inmediato. Sigue inquieta y zalamera como entonces. Pero todo este tiempo a nuestro lado transformó aquella bola de desaliño en un pijerío digno de esos perros que llevaba Joan Collins en los brazos en sus días de gloria. 


Me explico. Desde que llegó a esta nueva casa, Gena apenas bebe. La comida húmeda y tres lametazos al cuenco del agua son suficientes para ella. El caso es que, dada nuestra preocupación, ayer al abrir el congelador para hacer unas verduras depurativas, se me ocurrió coger una piedra de hielo y ponérsela en el cuenco del agua. Lo que Candela Peña, sustituyendo agua por vino blanco, denominó hace poco por la tele un blanco París. Oye, pues ahí tienes a la Gena, dándole al agua París como una loca. Cinco minutos se pasó la tía bebiendo. Ni Dorothy Parker en sus mejores mediodías de Martini seco antes de ponerse debajo del anfitrión. Ni Ava Gardner en aquellas legendarias noches de farra, whisky, flamenco y gitanos guapos. Cinco minutos. Alucinante. Así son los felinos. Siempre desconcertantes. Y así hay que aceptarlos. Y más aún: quererlos. 

Luego, se puso a revolver las estanterías. No sé si buscando lectura o comprobando si había algo de polvo. Cosas suyas. 

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