miércoles, 31 de julio de 2019

El arte de admirar

Quitarse el sombrero. Siempre me ha parecido una expresión elegante y significativa. Quitarse el sombrero ante personas a las que admiras, antes personas que han influido de alguna manera sobre tu manera de enfocar la vida cotidiana o el trabajo. Eso es lo que hace Elvira Lindo en su último libro, '30 maneras de quitarse el sombrero' (Seix Barral). Se lo quita 29 veces ante diferentes artistas -mujeres, en su mayoría-, y la última, para completar el número que señala el título, más que quitarse el sombrero, lo que hace es enfrentarse a sí misma -ante el espejo, ante el papel, ante los lectores- en un autorretrato, entre melancólico y humorístico, entre la reflexión, la confidencia y las anécdotas, que se detiene en aspectos importantes de su vida y de su obra. Aspectos como el sentido del humor, la corrección política que a veces conduce al ridículo más absoluto (como es el caso de las traducciones de sus Manolitos en algunos países), la fragilidad de quien se dedica a contar historias y la necesidad, en definitiva, de sentirse querida, comprendida, arropada, respetada. Como esa actriz que, sola en un escenario, ofrece todo su talento y su sabiduría, y necesita finalmente, después de vaciarse, de entregarse por completo, el aplauso del público para compensar la magnitud del esfuerzo. Hay también mucha ternura en este autorretrato. La misma que desprende el dibujito de la propia autora que ilustra sus palabras. Lindo, por arte de magia y del carboncillo, convertida en cómica, aunque el tono se vuelva serio porque la vida, a ratos, también se vuelve así.
Muchas mujeres, como digo. Actrices, historiadoras, escritoras, fotógrafas... Todas ellas primeras figuras en sus respectivos oficios. Y en todas ellas, encuentra Lindo un rasgo que les otorga grandes dosis de humanidad. Ese detalle que revela que, junto al talento y al duro trabajo, hay una mujer que piensa, que siente, que se estremece. Que tiene sus dudas, sus problemas, sus contradicciones, sus anhelos, sus miedos. Mujeres a las que nadie les ha regalado nada, que han tenido que esforzarse mucho para sacar adelante sus proyectos, para no sentirse juzgadas por una vara más severa que la que juzga a sus colegas masculinos realizando el mismo oficio. O esa otra vara, igual de severa, con la que las personas con talento se juzgan a sí mismas. Escritoras enormes como Alice Munro, Margaret Atwood, Patricia Highsmith, Dorothy Parker, Carson McCullers o Edna O`Brien se codean aquí con María Guerrero, Mary Beard, Sally Mann (bellísimo es el retrato de esta fotógrafa) o ese Víctor Erice (también aparecen algunos hombres muy talentosos en el libro) que supo convertir en una obra maestra visual el valioso relato de la que fuera su esposa, Adelaida García Morales.   
"No sé qué sería de mí sin el acto de admirar", escribe Lindo en uno de estos ensayos. El acto de admirar con humildad, podríamos añadir. Y así, escribiendo sobre esas personas admiradas, ha construido también una especie de autobiografía que recorre el trayecto que va desde que era aquella niña que imitaba a Raphael o a Camilo José Cela para agradar a su padre a la gran escritora en la que Elvira Lindo se ha convertido y ante la que, nosotros también, nos quitamos el sombrero con toda la elegancia de la que somos capaces.       

lunes, 29 de julio de 2019

El legado del fotógrafo que nunca existió

Posiblemente lo más impresionante de la exposición de fotografías de José Zamora Montero (1874-1953) que puede verse estos días en el Museo de Bellas Artes de Oviedo no esté en las propias fotografías, sino en nuestra imaginación. No resto con estas palabras mérito alguno al fotógrafo, todo lo contrario: sin él, sin su trabajo, no habría nada que imaginar a este respecto. El poder de esas fotografías reside, precisamente, en todo lo que nos hace pensar, imaginar, debatir, a través de la simple contemplación de un rostro. Un rostro que mira a la cámara con cierto aire de obligación, con cierta desgana, con cierta picardía en algunos casos. Un rostro que es captado para ser identificado en el archivo de su puesto de trabajo (ese era el objetivo fundamental de estas fotografías: fichar personas). No es, desde luego, poca cosa. Observando detenidamente cada uno de esos retratos (más de mil) que reflejan la tristeza y el cansancio, la rutina de los días y el trabajo, uno no puede evitar hacerse unas cuantas preguntas. ¿Qué hay detrás de esos rostros, de esos ojos, de esas manos y la manera de colocarlas? ¿Qué vida les esperaba a esos obreros al llegar a casa? ¿Qué planteamientos vitales, políticos y existenciales se hacían? ¿Estaban enamorados o no lo estaban? ¿Estaría alguno de ellos enamorado silenciosamente de un compañero de trabajo? Quién sabe. El fotógrafo te ofrece la instantánea y tú escribes, aun sin escribirla, la historia. La historia de cada una de esas personas que son hijos de un padre y de una madre, y también, es evidente, de un tiempo. El tiempo que les tocó vivir y que José Zamora Montero, capataz de minas de la Real Compañía Asturiana desde 1903, plasma -junto a los rostros, los ojos, la manera en algunos casos de colocarse las manos y las boinas...- en cada fotografía. 
La verdad desnuda de un rostro, de más de mil rostros que son incapaces de disimular o mentir a la cámara, y de un tiempo. Tan lejano y, a la vez, tan cercano. Pasado y presente. Contraste y memoria. Y todas esas preguntas del principio, aún sin descifrar. 
El legado del fotógrafo que nunca existió. 

sábado, 27 de julio de 2019

Cines y lluvia

A mi amiga Loli, allá donde esté

Ha estado lloviendo durante todo el día. Cielo gris y encapotado. Lluvia furiosa. Hace un rato, en un momento (breve) de tregua, bajamos al supermercado. El más cercano que tenemos es ese que abrieron donde antes estaban los cines Clarín. Me costó años entrar en él, pero hay que reconocer que tiene buenas ofertas. Sé que el de los cines desaparecidos es un tema recurrente en este muro. También sé que la herida sigue abierta, como hablaba el otro día con mi amigo César Inclán, que tanto los añora también. Echo de menos cada día esos cines y el resto de los que había en la ciudad, todos cerrados. Qué mejor manera de pasar un día de lluvia furiosa como el de hoy que en un cine. Si pudiera pedir un deseo, pediría ese, retroceder en el tiempo, pasar una tarde en uno de esos cines. Ver todas las películas en diferentes sesiones. Percibir aquel olor. Sentarme en una de aquellas butacas un poco pasadas de moda (y, por tanto, de moda otra vez). Dejarme llevar por las historias que me contasen desde la pantalla. Olvidarme de todo lo demás. (Todos tenemos cosas que olvidar). Incluso de la lluvia: tan feroz hoy, tan cansina. La lluvia de este verano tan característico de estas tierras.   

martes, 23 de julio de 2019

Recordando a la Gaite

Recuerdo hoy, cuando se cumplen diecinueve años de su desaparición, a Carmen Martín Gaite. En realidad, la recuerdo muy a menudo porque siempre vuelvo a sus novelas, a sus ensayos, a sus poemas, a sus relatos (Siruela acaba de publicar 'Todos los cuentos' en una edición muy cuidada). A rachas, como ella misma diría refiriéndose a su poesía. Sus libros siempre están ahí, al alcance de la mano, desperdigados entre el mueble de la entrada, la mesita de noche y las estanterías del estudio. Siempre hay un orden dentro del aparente desorden de mis libros. Su obra -tan amplia, tan variada, tan compleja- resiste perfectamente el paso del tiempo. La búsqueda del interlocutor, los fragmentos de interior, los cuartos de atrás, las nubosidades variables que nos acechan, lo extraño que sigue siendo vivir, la necesidad de irse (y de volver, posteriormente) de casa, los ritmos lentos y los parentescos. Lo real y lo soñado. Nueva York, Madrid y también esos pueblos castellanos a los que siempre regresaban algunos de sus protagonistas (hombres y mujeres). El día, con su luz o su cielo encapotado y lleno de nubarrones (metáforas de los propios sentimientos y estados de ánimo). Y la noche, con sus fantasmas o la manera de ahuyentarlos. Sus palabras, sus divagaciones, sus retahílas. Todo eso que concentró en sus 'Cuadernos de todo', publicados tras su muerte. El ansia por escribir, por dejar de fumar, por aniquilar los malos momentos. Y la felicidad por encontrar la palabra adecuada, por el humo de un cigarrillo (uno solo), fumado como recompensa después de la contención, por un encuentro inesperado, por una charla compartida... 
Sí, todo eso. Y los sueños, siempre recurrentes, donde el padre y la madre, ya fallecidos, hacen su aparición. (Ahí está ese hermoso texto, 'De su ventana a la mía', donde recuerda, soñando y escribiendo, a la madre). Esos sueños que reflejan esa máxima popular que dice que nadie se va del todo mientras alguien lo recuerde. Así ocurre también con ella, con la Gaite, en este día de julio, tantos años después. 

domingo, 21 de julio de 2019

En el bar

Es sábado, anochece despacio, ha comenzado a caer una lluvia fina, molesta y agradable al mismo tiempo. Íñigo y yo estamos sentados en una terraza, tomando una copa, bajo una sombrilla de color blanco. A veces, la lluvia cae de un modo rasgado y moja nuestros brazos. Es agradable sentir esa sensación en la piel. Bebemos lentamente, charlamos, nos reímos, dejamos a un lado los quebraderos de cabeza. Una mujer, más o menos de mi edad, se acerca a nosotros. Se dirige a mí, hola, Ovidio, dice. No la conozco. Siempre me pongo un poco a la defensiva ante estos casos. Digo: hola, ¿nos conocemos? Ella dice que sí, que me conoce. ¿De las redes sociales? No, no, se apresura a contestar. Te conozco de los tiempos en los que trabajabas en la librería Aldebarán, aunque no entraba mucho porque soy clienta de otra librería, también por los periódicos, te vi en la tele hace poco, leo tus libros, tu blog...  Recuerdo tu amabilidad en aquella librería. Ah, digo yo. ¿Cómo te llamas?, añado. Dice su nombre. Pues encantado, susurro.  Acabo de terminar de leer 'Mujer en el bar', dice, y me ha gustado mucho. Qué bien, digo. Me alegro y te agradezco que hayas comprado el libro. Ella sonríe. Y se despide de nosotros con la mano, como si me conociera de toda la vida. Y puede que sea así, que me conozca más de lo que pienso. Y no sé si es algo bueno o no. Resulta, de eso no hay duda, agradable. Como el sabor de la copa, como esa lluvia que cae rasgada y sigue mojando nuestros brazos, ya oscurecido por completo el cielo. 

(Gracias)

sábado, 20 de julio de 2019

Un nuevo relato

Hace unos meses, Manolo D. Abad me propuso colaborar en un nuevo libro colectivo, cuyo título desvelará él cuando considere oportuno. Le dije que sí. El plazo de entrega termina el 31 de julio. Me puse enseguida a escribir el relato. Lo escribí casi de un tirón. Lo dejé reposar un tiempo. Volví a él y comencé a corregir. Una y otra vez. La historia estaba clara. Había que ser cuidadoso con los matices. El tema central del relato es duro. Tan duro como real, desgraciadamente. Por eso había que medir cada palabra. 
El relato ahora está ahí, sobre la mesa de mi estudio. Con todas las correcciones hechas. Me ha gustado escribir esa historia, pese a su dureza. 
La semana que viene se lo enviaré a Manolo. En septiembre, si todo va bien, llegará a las librerías. 

jueves, 18 de julio de 2019

El regreso de Laura

Y de repente, ella, la mujer, Laura, está en una encrucijada. Está donde no quiere estar. Está donde una serie de circunstancias, acontecimientos, decisiones, la han puesto. Donde ella misma se ha puesto. Pero ella, ya digo, no quiere estar ahí. De hecho, nunca quiso estar ahí, y sin embargo, la vida, con sus amarres y sus disparates, con sus ilusiones y sus equivocaciones, con sus fallos y sus deslumbramientos, la ha arrastrado a ese lugar equivocado (para ella, para su modo de pensar). Y entonces, desde ahí, desde donde no quiere estar, recuerda todo lo vivido anteriormente. Y lo hace aun sabiendo que esos recuerdos van a doler: nunca es fácil contemplar tantas imágenes propias en los espejos. Imágenes propias que, dicho sea de paso, arrastran inevitablemente a quienes la rodean. Pero también sabe que haciéndolo, recordando, hallará las fuerzas necesarias para romper con esa lugar donde no quiere estar. Los seres humanos estamos llenos de contradicciones. Eso ella, Laura, ya lo sabe. Y no le importa asomarse al precipicio para contarnos su experiencia, sus experiencias. Todo eso -circunstancias, acontecimientos, decisiones...- que la llevó hasta ese lugar donde no quiere estar y del que -queda claro desde el principio- planea huir. Lo malo no es equivocarse, lo malo es no rectificar a tiempo. Y ella, Laura, lo hace, se equivoca (según su manera de pensar y posicionarse en el mundo) y rectifica. Mujer sabia, por tanto. Y valiente. De eso tampoco cabe duda alguna.
'A mí no me iba a pasar' es una autobiografía, sí. Pero también podría ser una novela. De hecho, puede leerse como una novela. Laura es Laura, pero podría ser Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta o Irene (¡tantas mujeres pueden hallarse ahora mismo en su situación!), qué sé yo. La historia de una mujer de decide parar, que reflexiona, que no quiere continuar por ese camino. La historia de una mujer que quiere tener su propio cuarto (Virginia Woolf sigue siendo una constante: el poder de los clásicos, de las clásicas; y la siempre medio olvidada Rosa Chacel, también: léanla, reedítenla...), que quiere escribir, que quiere ser madre, pero que eso, ser madre, no anule todo lo demás. Eso ella, Laura, lo tiene claro. Y rompe con esas cadenas que la situaron donde no quería estar. Como puede que estén haciendo ahora Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta o Irene. Mujeres que -la vida es muy caprichosa y está llena de trampas- están donde no quieren estar. Como ella misma, Laura, en aquellos años.
Autobiografía, sí (género que Laura Freixas ya cultivó brillantemente en 'Adolescencia en Barcelona hacia 1970': uno de sus mejores libros, al que ahora, sin lugar a dudas, hay que sumar este que nos ocupa). O autobiografía que puede leerse como una novela. Texto literario, en suma, de gran calidad. Texto literario que se lee de un tirón y al que luego se regresa para analizar la dureza de algunos pasajes, lo complicado que es vivir y tratar de llevar a cabo tus planteamientos vitales, tu compromiso con la sociedad y con tu propio concepto de las cosas. No, no es tarea sencilla. 
Laura, que es Laura, pero que también podría ser Lucía, Inés, Carmen, Ana, Marta, Irene... O Nora, atrapada en aquella casa de muñecas, cuya estrechez, lamentablemente, aún perdura en muchos casos en estos tiempos convulsos, extraños, inquietantes, imprevisibles. Tiempos -¡cuidado!- de descarado retroceso.