Vivimos en un país un tanto extraño. Todos sabemos que, pese a todo, es un buen país para vivir, donde, por el momento, ciertos derechos y libertades están garantizados. Toquemos madera. Pero resulta muy curioso levantarse una mañana cualquiera y leer los periódicos mientras tomas el primer café del día. Hoy, sin ir más lejos. Hoy, en la primera plana de todos esos diarios, la imagen de esa mujer, a un paso de la imputación por presunto blanqueo, obligada a abandonar su partido (insólitamente el más votado, no lo olvidemos), agarrada a su escaño como el que se agarra a un medicamento cuando está enfermo o a una barra de pan cuando tiene hambre. Curioso. La ley, al parecer, la ampara. ¿Y la decencia? ¿Dónde se queda la decencia? Parece ser que la decencia no concuerda muy bien con la política en algunos casos. En demasiados casos, siendo fieles a la realidad de los acontecimientos que vamos padeciendo cada mañana, al despertarnos. Después de ese primer café, como corresponde, te tomas tu pastilla para la tensión y tratas de que todo este circo no te afecte más de lo normal, que ya no sabe uno muy bien qué es o dejar de ser lo normal en estos casos. Y así, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, hasta la mañana siguiente en que, al levantarte, descubras en los diarios una nueva y vergonzosa historia de nuestros políticos. Pero no pasa nada, aquí nunca pasa nada. Ya estamos acostumbrados y podemos con todo lo que nos echen, tranquilos.
jueves, 15 de septiembre de 2016
martes, 13 de septiembre de 2016
Las sombrías habitaciones de Adelaida García Morales
Este artículo fue publicado en LaEscena
Para mucha gente, el nombre de Adelaida García Morales va asociada a 'El Sur', esa novela breve que su marido, Víctor Erice, adaptó al cine, convirtiéndose así, novela y película, en dos referentes esenciales de nuestra cultura. Para otros, aparte de esa asociación, García Morales es un referente de aquella generación de escritores que surgió a finales de los años setenta y principios de los ochenta en este país. 'El Sur', evidentemente, es un gran texto, lleno de evocaciones y silencios, el reflejo de una época, el retrato de una familia y el de una fascinación. Pero su obra -que, por otro lado, es cierto que se detuvo demasiado pronto, bruscamente- no termina ahí. Novelas como 'El silencio de las sirenas' (Premio Herralde), 'La tía Águeda', 'La señorita Medina', o cuentos como los que se recogen en el volumen 'Mujeres solas', siguen teniendo valía. La muerte, la soledad y el amor son temas universales, y en ellos Adelaida centró toda su obra. La muerte, la soledad y el amor (obsesivo, en ocasiones).
¿Qué ocurrió para que aquella escritora con premios y prestigio acabase sus días, como cuenta Elvira Navarro en su nuevo libro, reclamando cincuenta euros a una delegación de Igualdad para poder visitar a su hijo en Madrid? Quién sabe. La depresión. La oscuridad. La ansiedad. El silencio. La misantropía. La vida en penumbra. Todos esos ecos en la cabeza. Sí, puede que sean algunas de las claves, como apunta Navarro en esta narración, 'Los últimos días de Adelaida García Morales' (Random House), breve y afinada como una exquisita nota de música, trazada con originalidad y diseccionada con la precisión del mejor cirujano.
Queda tras leerla, como también sucede con las historias de la propia Adelaida, una sensación de tristeza, de melancolía, de rabia, de decepción por la vida. Aunque al final la propia vida bulla con fuerza al otro lado del ventanal como una metáfora (algo así) de nuestra paso fugaz por estas tierras. El peso de la vida acecha constantemente, como una amenaza, hasta volverse incontrolable, casi insoportable. Irremediablemente ya hundido, ese peso, en el fatal desenlace y en los tiempos previos que podríamos resumir con esa visita de la autora a una concejala para pedirle cincuenta miserables euros.
Una autora, Adelaida García Morales, a reivindicar. Y un libro magnífico, el de Elvira Navarro, que abre esa puerta, que incita a esa reivindicación. Desde lo sombrío de aquellas últimas habitaciones.
miércoles, 7 de septiembre de 2016
Misantropía
Leo la noticia de esa chica a la que agredieron en una playa francesa por hacer topless y quedo estupefacto. Creo que estamos viviendo unos tiempos realmente insoportables. Tantos años de luchas y reivindicaciones para acabar de este modo. Porque ayer fue en una playa francesa pero hoy puede ser en una de aquí al lado. La intolerancia avanza a pasos agigantados. Y la ignorancia, también. Al parecer, unos energúmenos la increparon y le ¡exigieron! que se cubriera los pechos. No tengo palabras, sinceramente. O mejor dicho: sí las tengo, pero casi mejor no las pongo aquí. Lo más tremendo de todo, para rematar, me parece que el alcalde de la localidad ha publicado una orden que estipula que "el traje de baño es estrictamente necesario para bañarse, incluyendo los niños". Tal cual.
Sinceramente, la misantropía va a ser el paso definitivo.
martes, 30 de agosto de 2016
Escribir
He terminado el cuento que llevaba escribiendo varias semanas. A veces, la escritura se apodera de uno y surge de un modo casi torrencial. Otras, en cambio, a la escritura parece que le cuesta salir de su escondite secreto para transformarse en historia. Así ha ocurrido en esta ocasión. Cada palabra era un logro. Cada frase una ardua tarea. Llenar esos cinco folios ha sido uno de los trabajos más complicados de mi vida. Escribir no es ninguna tontería. Los años te hacen cada vez más exigente contigo mismo. Sé que lo que quería contar está contado, pero ahora mismo desconozco la calidad del relato. Digo más: ahora mismo ya no quiero pensar más en él. Se quedará ahí, en una carpeta, y algún día, cuando corresponda, volverá a salir de ella. Y ya veremos. Escribir es una necesidad, sí, pero, como digo, no es ninguna tontería. O dicho con palabras de la Duras: "Puedo decir lo que quiero, nunca descubriré por qué se escribe ni cómo no se escribe."
domingo, 28 de agosto de 2016
El final del verano
Hay un día en el mes de agosto en el que te das cuenta de que el verano está llegando a su fin. Aunque haga sol en tu ciudad, llegas a la playa y el cielo está completamente encapotado y el viento azota la arena con fuerza. Quizá sea la última instantánea de playa de este verano. Respiras hondo y contemplas el mar durante un buen rato. Tienes la sensación de que se va a poner a llover de un momento a otro. Regresas a la ciudad -donde extrañamente continúa luciendo el sol: así son las cosas aquí, en el norte- con cierta frustración por el viaje perdido. No porque se intuya ya el principio del otoño. Siempre me ha gustado que llegue septiembre. El comienzo de un nuevo curso. Quién sabe lo que puede suceder. Dejemos que la vida siga su periplo, tan suyo y tan caprichoso. Dejemos que nos sorprenda.
Hay un día en el mes de agosto en el que te das cuenta de que el verano está llegando a su fin, sí. Y ese día te apetece comer lentejas, pero no lo haces porque tienes que comer los bocadillos que has preparado para la playa. Esperas al día siguiente y entonces sí, las preparas y, mientras se van haciendo lentamente en la cocina, escribes esto.
viernes, 26 de agosto de 2016
Esos placeres
Verter un poco de miel en la taza de té. Observar cómo se desliza la miel de la cucharilla y, justo en ese preciso instante, el único rayo de sol que acaba de surgir en toda la tarde, en medio de todos esos nubarrones que no nos permiten ser demasiado optimistas, se posa sobre ese hilo de miel que va cayendo suavemente sobre el té caliente, sin más aderezo. En el estudio sigue sonando la Chacona de Bach, en la versión para piano de Busoni, interpretada por Rhodes. El mundo podría detenerse ahora mismo ahí, en este instante, y no pasaría nada.
No me interesan ya los grandes gestos, las palabras rimbombantes que sólo conllevan vacío y no conducen a nada, la parafernalia a destiempo, ni la mentira. Ah, los besos de Judas. Sólo me importa eso, hoy, ahora, en este preciso instante, un hilo de miel derramándose en el té caliente y una música sublime.
Esos placeres. Sin otras preguntas. Sin otro planteamiento.
lunes, 22 de agosto de 2016
Otro día de playa
Las olas se rompen contra nuestros tobillos, en la orilla. Hoy el mar está embravecido. Extrañamente, la furia de ese sonido me reconforta. Respiro hondo y miro al cielo. Está despejado. Hay poca gente en la playa. Mejor así. La caminata es larga. Llegamos hasta la siguiente playa y regresamos. Entre la ida y la vuelta, unos cuantos kilómetros. El agua está helada, pero entro en ella y mojo el cuerpo. Me gusta caminar así, con el cuerpo mojado, sentir cómo el sol, que ya no es tan poderoso como otros días, va secándolo lentamente. También me gusta sentir el cansancio de la caminata en las piernas. Comentamos esto y lo otro, y también guardamos silencio. A lo lejos, casi sobre el mar, hay una casa. Pienso en lo maravilloso que debe resultar levantarte cada mañana y ver ese mar, más o menos embravecido, mientras tomas el primer café de la mañana. Siempre pienso lo mismo cuando vamos a esa playa. Algún día tendremos una casa así, muy cerca del mar. Esa idea también me reconforta. Los silencios serán los mismos que los de este día. Y también como hoy, en medio de esos silencios, pensaré en la historia que esté escribiendo y le contaré a él el rumbo de los personajes, de la historia, como acabo de hacer ahora mismo con el cuento que en estas últimas semanas me traigo entre manos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)