La Nochevieja es la jornada que más me gusta de todo este periodo navideño. La magia que hay en terminar un año (por fortuna, por desgracia) y comenzar otro (las expectativas, las sorpresas). Doce campanadas y doce uvas -si seguimos la tradición- separan un año del otro. Quién sabe lo que vendrá después de ese momento. Empecé el 2015 presentando `La mujer de al lado´ en Madrid (con Laura Freixas y Terele Pávez) y lo termino con una invitación para hablar próximamente de `Corrientes de amor´ en el club de lectura de una biblioteca de esta ciudad. Mucho trabajo hay detrás de todo eso, muchas ilusiones, muchas complicidades, mucho esfuerzo. Seguimos escribiendo. Seguimos en la carretera. Seguimos en la búsqueda. A pesar de que los años -todos los años, por buenos que sean- vayan dejando nuevas cicatrices en nuestros rostros y debajo de ellos. Enfermedades, desengaños, decepciones, cansancios... El año tiene muchos días y en ellos hay cabida para todo. La fragilidad (por fuertes que nos hagan las cicatrices: ¿nos hacen fuertes, realmente?) no disminuye con el paso del tiempo. Eso ya no los contó Marguerite Duras en alguno de sus últimos libros. Pero vamos a respirar hondo (o algo así) y a pensar que el nuevo año va a acercarnos a alguno de los caminos con los que soñamos. ¡Feliz 2016!
jueves, 31 de diciembre de 2015
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Los ojos de Charo López
Este artículo ha sido publicado en El Huffington Post
Charo López tiene los ojos expresivos, la melena inquieta, las manos delicadas. Se mueve de un lado a otro del escenario con la soltura de quien conoce bien el terreno que pisa. Lleva un año recorriendo los teatros de todo el país con `Ojos de agua´, ese monólogo en el que interpreta a una Celestina muy especial. Más luminosa, más cercana, más actual. Menos dramática, menos oscura, menos resentida. La sala se queda en completo silencio cuando suena esa voz que continúa siendo tan honda, tan personal, tan poderosa. Charo habla, ríe, grita, llora, recuerda, se estremece, se vuelve pícara o sensual, se burla de sí misma... Habla, a través de su personaje, del paso del tiempo, de la belleza que va marchitándose, de las cosas perdidas. Lo hace con cierta nostalgia, sí, pero sin dejar atrás la alegría ni las ganas. Esto es lo que hay: hasta aquí he llegado y todo lo anterior lo he vivido plenamente. Eso viene a decirnos la obra, el personaje. La Celestina, en cualquier versión, es mucha Celestina. Y Charo, a ratos escondida detrás de ese delicioso y tremendo personaje, también es mucha Charo.
Vamos a continuar riendo: ése viene a ser el lema. "Riendo salvajemente en medio de la más tremenda aflicción", escribió Samuel Beckett. Y eso ella, Charo, lo hace como nadie. Y no me refiero solo a aquella obra, `Carcajada salvaje´, que interpretó en diferentes épocas de su vida (al lado de Abel Vitón y, casi veinte años después, al lado de Javier Gurruchaga: cada uno en su estilo, los dos magníficos), sino así, en general. Charo ríe y la sonrisa (la carcajada) se le sube a los ojos. A Charo se la puede descifrar por esos ojos (de agua, de acero). Por esa mirada que no necesitaría palabras para explicarse, a pesar de lo mucho que nos gusta esa voz profunda e inconfundible. Charo se llevó el Oso de Plata de Berlín (junto al resto de sus compañeros: inolvidable elenco) por aquella Nati a la que le bastaban cinco minutos de metraje y de honda mirada para no olvidar jamás la historia de su personaje en `La colmena´, la espléndida adaptación de Mario Camus de la obra de Camilo José Cela. Charo López y Pepe Sacristán, frente a frente, en aquella posguerra helada y siempre en penumbra. Y también en otras muchas horas de teatro representando `Una jornada particular´: aquí y en Argentina, donde la propia Charo regresó hace un par de años para interpretar `En el estanque dorado´, en un mano a mano con Pepe Soriano. Nos quedamos con las ganas de verles por aquí.
Muchas horas de teatro a sus espaldas. Muchos personajes inolvidables. También en cine (siempre nos quedará la duda de lo que hubiese hecho con el personaje de `Matador´, ay) y en televisión. Muchos trabajos. Grandes trabajos. De esos que permanecen sin dificultad en la memoria colectiva. Y unos cuantos premios: el Goya, el Premio Nacho Martínez del Festival de cine de Gijón, el de la Unión de Actores, el Ercilla, varios Fotogramas de Plata... Y los que vendrán.
Hace unos tres años, en Oviedo, le dije, casi al oído, que no se podía ir de este mundo sin interpretar `La noche de la iguana´ y `¿Quién teme a Virginia Woolf?´. Creo que son dos trabajos que le faltan (para nuestro deleite) a su carrera. Ella levantó su copa, bebió un sorbo de vino, me miró (ah, esa mirada: de agua, de acero) y volvió a reír. De ese modo en que sólo ella sabe hacerlo. Con ese toque único que contagia sensualidad, sabiduría, experiencia, dureza y fragilidad al mismo tiempo, cierto escepticismo, y muchas ganas de vivir.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Chirbes y la lluvia
Salgo a la calle. Voy a buscar el nuevo libro de Rafael Chirbes que Anagrama me ha enviado a mi editorial. Tiene pocas páginas, parece un texto exquisito. El título me gusta: `Paris-Austerlitz´. Dejo atrás el portal y empieza a llover. No llevo paraguas. No importa. No acelero el paso. No pienso comprar un paraguas de tres euros en ningún chino. Me gusta sentir la lluvia sobre la cara. Primero, llueve poco. Lentamente. Pequeñas gotas que chispean y que dejan diminutos puntitos de plata en mi trenca azul marino. Luego, llueve con intensidad. Camino hacia casa sintiendo esa lluvia tan necesaria en la piel. (El libro va protegido en la bolsa). Lluvia que relaja. Parece que, en cuestión de instantes, todo ha cambiado: el color del cielo, la atmósfera, la temperatura, el ambiente. También huele diferente. Huele a lluvia, simplemente. Ese olor que tanto echábamos de menos por aquí. Esa lluvia que tanto se necesitaba para ahuyentar el fuego, la sequía, las tierras resecas, para rellenar los pantanos. Ya estoy en casa, detrás de la ventana. Escribo esto y siento la lluvia a mis espaldas, ese repicoteo tan reconfortante. Empezaré a leer a Chirbes sintiendo esa lluvia, sintiendo (y mucho) que sea el último libro suyo que vaya a leer por primera vez.
domingo, 27 de diciembre de 2015
Y sigue la Navidad
Es Navidad, vamos a decirlo así. Estamos en el período navideño, realmente. Ahí, en el Parque San Francisco, por donde tantas veces hemos pasado caminado a una hora y a otra, hay barracas para niños, lo que me parece bien, ojo, y hay adultos disfrazados de personajes infantiles. Ahí están Mickey y Minnie Mouse, entre otros. Yo no sé quiénes están debajo de esos disfraces. Una rumana, un ovetense, un madrileño, una joven de Mieres o de Salinas. Y tan felices, pensarán ellos (l...ógico), pese al calor de esta Navidad que parece primavera, por llevarse unos pocos euros (imagino). Es Navidad. Una Navidad que nada tiene que ver con la de hace unos años, la verdad. Subimos, bajamos (caminar, caminar, caminar), pero no hay dinero, y eso es lo determinante. Juguemos al juego que juguemos. La crisis, digan lo que digan, sigue ahí, aquí, muy cerca. Y la Minnie sonríe, y la madre que sube al niño o a la niña a una atracción, también. Y nosotros, también sonreímos, sí, como tantos otros, porque hacer lo contrario no conduce a nada y, por otro lado, para qué vamos a amargar las Navidades a nadie, ¿no?, que bastante tiene cada uno con lo que tiene...
viernes, 25 de diciembre de 2015
La otra cara de la Navidad
Ayer, después de algunas compras de última hora y de nuestros habituales paseos matutinos, mi madre y yo nos encontramos con una vecina cuyo hijo, dos años menor que yo, estudió en mi colegio y murió hace unos años de manera trágica. Mi madre iba agarrada de mi brazo. La mujer nos vio, nos dio un par de besos y se echó a llorar. Lo que daría yo por ir agarrada del brazo de mi hijo, susurró. Buf. Qué revoltijo de sentimientos. Cuánta fragilidad. ¿Qué decir ante eso? Nada, evidentemente. Darle un abrazo y desearle que pasen pronto estos días en los que todo se acentúa, y más aún algo así. Ha transcurrido un día, hemos cenado, brindado y reído con la familia. Y hoy volveremos a hacer lo propio, también en familia. Como (casi) todo el mundo. Pero esa imagen, la de la vecina que perdió a su hijo tan joven, no se me quita de la cabeza. En ningún momento. Ni su imagen, ni sus palabras. "Lo que daría yo por ir agarrada del brazo de mi hijo". La vida, el destino, la fatalidad, qué sé yo. El lado más duro de todo este jolgorio. Las heridas que no cierran. La puñetera suerte.
jueves, 24 de diciembre de 2015
Cuento de Navidad
Este cuento ha sido publicado en El Huffington Post
Hay recuerdos que, con el paso del tiempo, se diluyen en la memoria y no sabemos distinguir muy bien si fueron del todo reales o si estuvieron a punto de serlo. Hay otros, sin embargo, que son tan nítidos que parece que hubiesen sucedido ayer mismo. Mi madre conserva muy vivo uno de estos últimos recuerdos. Esta mañana, cercana ya a una nueva Navidad, me lo vuelve a contar. Tenía unos ocho o nueve años, a finales de la década de los cincuenta. Años de alargadas y silenciosas sombras aún. El precio de la posguerra, tan alto, seguía ahí. Y también era Navidad. Una de aquellas Navidades en las que las montañas, en el norte, solían cubrirse de una nieve densa que parecía rozar el cielo y que destacaba poderosamente entre aquellos paisajes rodeados de minas de carbón donde trabajaban la mayoría de los hombres. A pesar de que era una buena estudiante, le gustaba quedarse en casa aquellos días de vacaciones: cerca de la cocina de carbón, del calor, de la trémula luz que surgía del carbón y de la leña ardiendo. Te vas a quemar las manos, le decía la abuela cuando las acercaba demasiado a la cocina. Mi madre odiaba el frío y, en aquellos años, por estas fechas, hacía muchísimo frío. Aquel frío y una enfermedad mal diagnosticada la llevaron a padecer la enfermedad reumática y degenerativa que hoy padece. Pero ésa es otra historia. La historia que hoy me ha vuelto a contar mi madre es la del pavo. El que toda la familia iba a tomar en la cena de Nochebuena. Había que ir a comprar el pavo al mercado. Por entonces, aquellos pavos se vendían vivos y los compradores debían encargarse de terminar con sus vidas para cocinarlos. La abuela, en el pueblo de Galicia del que procedía, había aprendido a hacerlo. Ahí van: mi madre y la abuela, de casa al mercado, muy abrigadas (gorros, bufandas, guantes, leotardos), contentas, tal vez resguardadas de la lluvia bajo el enorme paraguas del abuelo. Puedo verlas, de la mano, mientras ella, mi madre, me cuenta de nuevo la historia. La abuela era muy alegre y su sonrisa y su sentido del humor lo contagiaban todo. Llegaban al mercado y tenían que hacer una larga cola. Siempre se encontraban con alguna conocida del barrio durante la espera. Todo el mundo quería un pavo para aquella cena. Un buen rato más tarde, algo cansadas, regresaban a casa. Nada más llegar, aquel pavo, tal vez consciente de su inmediato futuro, corría de un lado a otro de la cocina y del balcón. Aquel balcón en el que, cuando llegaba el buen tiempo, las mujeres se sentaban para charlar, realizar sus tareas y sentir los primeros calores en las piernas sin medias. Mi madre recuerda las carcajadas nerviosas de la abuela. Las suyas propias, también nerviosas. La sensación cómica (y un tanto surrealista) del asunto. Llegaba un momento en que, a sus ocho o nueve años, mi madre no quería que la abuela acabase con la vida del animal. Podemos cenar otra cosa, decía tímidamente. Tal vez pescado, aunque mi madre aborrecía limpiarlo. La abuela la miraba con incredulidad y volvía a reírse. El pavo estaba listo para ser cocinado. Sólo faltaba quitarle las plumas. La abuela se las quitaba, una a una, cantando alguna de sus coplas favoritas.
Ahora, a sus ocho o nueve años, mi madre está sentada a la mesa con sus padres y su hermano mayor. El pequeño, medio dormido, aún está en la cuna. Mi madre lleva puesto su vestido nuevo y algún complemento en el pelo hecho con un retal del mismo género del vestido. El último que la abuela, modista de profesión, le ha confeccionado. El pavo está ahí, en la bandeja. Es enorme. El guiso tiene muy buen aspecto (la abuela era una gran cocinera) y huele deliciosamente. Sin embargo, mi madre no quiere comerlo. No puedo, susurra. Se acuerda de cuando estaba vivo. El pavo en el mercado, de camino a casa, corriendo por la cocina y el balcón. Intentando huir de su destino. Mi madre no puede quitarse esas imágenes de la cabeza. Las sonrisas nerviosas de ambas. Los abuelos la miran y le indican, sin decir palabra, que tiene que comérselo. Mi madre va partiendo aquel trozo de carne en pedacitos, desganada. Y se los lleva a la boca lentamente, reprimiendo las lágrimas, pensando en otras cosas. Pensando en los días de calor. En aquella playa, la de Gijón, a la que los abuelos solían llevarla cuando llegaba el verano. En aquella cometa que volaba de un lado a otro y que estuvo a punto de romperse varias veces cuando, al final de uno de aquellos días, se levantó una fuerte e inesperada ráfaga de viento.
Ahora, a sus ocho o nueve años, mi madre está sentada a la mesa con sus padres y su hermano mayor. El pequeño, medio dormido, aún está en la cuna. Mi madre lleva puesto su vestido nuevo y algún complemento en el pelo hecho con un retal del mismo género del vestido. El último que la abuela, modista de profesión, le ha confeccionado. El pavo está ahí, en la bandeja. Es enorme. El guiso tiene muy buen aspecto (la abuela era una gran cocinera) y huele deliciosamente. Sin embargo, mi madre no quiere comerlo. No puedo, susurra. Se acuerda de cuando estaba vivo. El pavo en el mercado, de camino a casa, corriendo por la cocina y el balcón. Intentando huir de su destino. Mi madre no puede quitarse esas imágenes de la cabeza. Las sonrisas nerviosas de ambas. Los abuelos la miran y le indican, sin decir palabra, que tiene que comérselo. Mi madre va partiendo aquel trozo de carne en pedacitos, desganada. Y se los lleva a la boca lentamente, reprimiendo las lágrimas, pensando en otras cosas. Pensando en los días de calor. En aquella playa, la de Gijón, a la que los abuelos solían llevarla cuando llegaba el verano. En aquella cometa que volaba de un lado a otro y que estuvo a punto de romperse varias veces cuando, al final de uno de aquellos días, se levantó una fuerte e inesperada ráfaga de viento.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Veintiún años
Ayer se cumplieron veintiún años de la muerte del abuelo Tomás. Aquel abuelo que siempre le compraba a mi hermana su tableta de chocolate con almendras favorita y que, cuando éramos pequeños, nos daba un billete de cien o de mil pesetas -toda una fortuna por entonces- al despedirnos de ellos hasta la semana siguiente. Aquel abuelo que de joven se parecía a Gary Cooper, que estaba muy enamorado de su mujer y que camina de su brazo en dirección al cine en uno de los relatos de mi último libro, `Corrientes de amor´. Veintiún años, casi la mitad de mi vida. Veintiún años, y aquí seguimos, abuelo, enfrentándonos a todo esto como sabemos, como podemos. Como, seguramente, hiciste tú, en aquel tiempo en el que te parecías a Cary Cooper y en el que vino después, tan presente aún en nuestro recorrido.
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