lunes, 30 de diciembre de 2013

Adiós, 2013

Cada vez produce más vértigo el paso del tiempo. Termina otro año. El impulso inicial siempre nos lleva a hacer una especie de balance, de inventario sobre lo que han sido los últimos doce meses, pero, en realidad, ¿para qué?, me pregunto en esta mañana -la penúltima del año- en la que no hay ni rastro de sol: sólo nubarrones y frío y cielos grises. Han sucedido cosas buenas y malas, se han cumplido algunas expectativas y otras permanecen ahí, arrinconadas en esa especie de sala de espera donde se ubican algunos de los proyectos que deseamos para el futuro. Casi mejor no desear nada. Dejar que la vida nos vaya sorprendiendo día a día, minuto a minuto. Si le echamos un pulso, sabemos que llevamos las de perder. La experiencia nos avala a este respecto. No hablo de inmovilidad, por supuesto. Eso nunca. Sólo de detenerse, respirar hondo, seguir trabajando y dejar que las cosas vayan viniendo a su manera. Anteponer la calma a todas las demás historias. Estamos vivos. Podemos movernos sin ayuda. Es suficiente. Eso creo.
Es cierto, como comenzaba diciendo, que el vértigo sobre el paso del tiempo se va agudizando con los años. Supongo que es normal. Uno ve una imagen en un periódico, la del vídeo de "Thriller", y lee la noticia de que esta Nochevieja se cumplen treinta años de la primera emisión del legendario trabajo de Michael Jackson, y una especie de nebulosa se apodera de nuestra mente. ¿Treinta años? Sí, ni uno más ni uno menos. Treinta años y aún puedes verte en aquel salón (¿quién no puede hacerlo?), el de la casa de tus padres, el último día de aquel año, el 83, con la abuela Luisa, con el luto por la reciente muerte del abuelo en sus ropas y en su gesto adusto, aún con nosotros. Sentir la conmoción de aquellas imágenes. Sin exagerar podríamos hablar de un momento histórico para la música y para la televisión. Aún no sabías casi nada de la vida -doce años-, pero sí intuías que allí, detrás de aquellas imágenes y aquella música, había algo verdaderamente grande. Un auténtico artista. Un artista, guste más o menos, tan revolucionario como el propio e impactante vídeo. Treinta años de aquella emisión que a nadie dejó indiferente. Treinta.
No sabemos con exactitud qué camino tomará todo esto. No parece que pinten muy bien las cosas. Esa ley del aborto, tan injusta y retrógrada, tan innecesaria e hipócrita, es como una especie de metáfora de todo lo que está ocurriendo. La gran metáfora que explica los tiempos que vivimos. Retrocesos constantes en lugar de avances. Es triste, muy triste, pero resulta sencillo explicarlo. Así están las cosas. Tampoco son días para pensar demasiado en ello, aunque resulta inevitable. Estamos aquí y seguimos leyendo. Afortunadamente.
Y a eso nos agarraremos, como siempre. A las lecturas. A las películas. A las músicas. A las obras de teatro. A los paseos y a las copas de vino compartidas. Y a lo inesperado que nos aguarde. Las mejores maneras que conozco para sobrevivir. Todo ello desde la serenidad (esperemos). La que a veces perdimos en este año, que no fue, precisamente, el mejor de nuestras vidas, pese a alguna que otra buena noticia. Adiós, 2013. Que el viaje te sea propicio. 


 

viernes, 27 de diciembre de 2013

Palabras de amor

Serrat cumple hoy setenta años. Me imagino que como a la mayoría de la gente, sus canciones siempre han estado asociadas a momentos destacados de nuestras vidas. Cuando un amor no nos correspondía; cuando una relación de amor o de amistad se terminaba; cuando un ser querido se iba; cuando estábamos nostálgicos sin un motivo concreto; cuando no nos apetecía ir a clase; cuando las infecciones de garganta volvían a hacerse presentes; cuando viajábamos a otra ciudad -ah, el adolescente solitario- para leer un libro delante del mar, que no era el Mediterráneo de su canción -ése nos tocaba por el verano: el mismo mar de todos los veranos- pero qué importaba. Retazos de un tiempo que nos conforma pero que se ha ido quedando atrás, como tantas otras cosas. Sin embargo, sus canciones permanecen. Y lo hacen porque son clásicos indiscutibles. Canciones que a veces llegaban a nuestros oídos a través de las ventanas abiertas, por las escaleras del edificio donde vivían los abuelos o en nuestra propia habitación desde aquellos vinilos que conservamos como oro en paño. "En bragas leíamos a Colette y al anochecer salíamos a besar a los extraños", dice Blanca Riestra en su último y espléndido libro, "Pregúntale al bosque" (Pre-textos). Si cambiamos esas bragas por cualquier otra prenda y a Colette por Marguerite Duras (por decir), ahí estaba yo. Salíamos a besar a los extraños, sí, y después, al día siguiente, poníamos los discos de Serrat. Aquella voz nos reconfortaba. La melancolía de alguna de sus canciones nos hacía olvidar aquellas otras, las nuestras. Hasta que, como Blanca Riestra, volviésemos de nuevo a besar a los extraños. Hasta que uno de aquellos extraños dejase de serlo.
Si tuviera que escoger una sola de sus canciones, no sabría con cuál quedarme. Su repertorio es tan extenso, tan rico y variado que supondría un verdadero problema. ¿Para qué escoger? Cada una de sus canciones va asociada a un estado de ánimo, a una copa de vino, a una conversación, a un momento, a cientos de momentos. Es lo que tienen los clásicos. Las canciones que permanecen, que le ganan el pulso al tiempo. Me estremece "Mediterráneo" (también la versión que hizo Lolita para la película "Rencor", con esa voz suya tan honda y característica), "Palabras de amor", "Cantares"... Qué sé yo. Son tantas. Cincuenta años de esos setenta dedicado a la música dan para mucho. Para mucha genialidad en su caso. Golpe a golpe, verso a verso. Como vamos todos componiendo toda esta complicación. Lo raro, sí, que es vivir. Que sigue siendo. Y, viendo lo visto, lo que nos espera. Pero no quiero hablar hoy de cosas negativas. Porque hablando de Serrat sólo se puede hablar de poesía. De esa poesía que está en la vida cotidiana y que él ha sabido rescatar tan sabiamente para ponerle música. Para ponerle un poco de sentido a nuestros desbarajustes. Y a la sinrazón de algunos.
Palabras de amor. Son las únicas que se le pueden dedicar a Serrat. No creo que nadie piense lo contrario.

jueves, 26 de diciembre de 2013

En la cocina

Lo mejor de las fiestas, se celebren donde se celebren y se trate de la fiesta que se trate, ocurre en la cocina. Las charlas que acompañan a los preparativos, los vinos que se toman mientras guisas esto o lo otro, las confidencias que se destapan sin pudor. No importa que se trate de la comida de un domingo cualquiera o la de uno de estos días navideños, tan llenos de excesos: aquí no hay tregua que valga. En la cocina se disfruta tanto como en el transcurso del propio almuerzo. Cuando era pequeño siempre quería estar en la cocina de la casa de los abuelos de Mieres. Con mi madre y con la abuela Virginia. Aunque los hombres protestasen: la cocina -como las muñecas- no era cosa de niños, sólo de niñas. Ahí es donde aprendí a cocinar. No he olvidado ni una sola de las recetas de la abuela, ni uno solo de sus movimientos, de un lado a otro de aquella espaciosa cocina, trajinando entre platos y fogones, cocinando deliciosamente a su manera, que era la manera de las mujeres de su familia, aquellas que se habían quedado en Galicia, su tierra natal. Las risas y la algarabía estaban aseguradas. Allí, en la cocina de la abuela, resultaba imposible aburrirse. Los olores, los sabores, los colores de los alimentos. La mezcla. La delicada preparación. El mimo y el cuidado con el que todo se preparaba. A ella, a la abuela, le encantaba cocinar. Era una de sus pasiones. La otra era la costura, a la que se dedicaba desde muy joven. El oficio con el que se ganaba la vida. Tan primorosamente realizado como los platos que elaboraba y que todos degustábamos con deleite.
Aún puedo verla, en ese ajetreo por tenerlo todo a tiempo para la hora de la comida. La luz de la primavera entrando por el balcón o la del invierno, con ese olor a leña quemada que se diluía en el ambiente al abrir la puerta de la calle. No, no abráis la puerta de la calle, decía la abuela, que la corriente de aire puede estropear la empanada que está en el horno. Y no la abríamos, claro. Siempre hacíamos caso a la abuela. Su palabra era sagrada. Porque no era una abuela gruñona o dictatorial. Nada de eso. Y los niños siempre saben eso. Los niños obedecen a quienes no les abruman. Ni les sueltan retahílas o pesados y aburridos discursos. Los niños saben más de lo que los adultos nos imaginamos. Aunque ahora, los adultos, no recordemos eso, ay.
Mi  abuela estaba ahí, en la cocina de su casa de Mieres, todas aquellas navidades, hoy tan recordadas. Las navidades de la infancia son siempre las mejores navidades, aunque, entonces, tampoco lo sepamos. Y nosotros estamos aquí, en la cocina de mi madre, hablando, bebiendo, riendo, preparando la cena, peleándonos por la palabra... Yo soy el que recuerda aquellos momentos en casa de la abuela Virginia, en Mieres,  pero no quiero decirle nada a mi madre para que no se deprima ni se ponga a llorar. Qué ingenuo. No hacen falta palabras. Sé que ella lo está recordando exactamente igual que yo. Aunque, como yo, no diga nada porque no es necesario.

martes, 24 de diciembre de 2013

La última noche

Mi amigo Hilario Barrero va caminando por las calles de Nueva York. Faltan dos días para la Navidad. Dadas las fechas, como en la mayoría de las ciudades, hay un gran movimiento: gentes que van y vienen, con bolsas en las manos, buscando un regalo de última hora, una silla donde tomarse un Martini seco o un whisky doble después de tanto ajetreo. La Navidad resulta agotadora en todas partes. Está atardeciendo y empiezan a caer algunas gotas de lluvia. De repente, Hilario descubre el retrato de un niño apoyado contra un árbol, al lado de dos bolsas repletas de basura, y se queda sorprendido por el hallazgo. Duda, por unos instantes, si recoger la pieza y llevársela a su casa. Es un bonito retrato en tonos anaranjados y sepias. Un retrato antiguo. Un chico, el del retrato, de apenas siete u ocho años, muy guapo. Va vestido con un trajecito marinero y un pequeño gorro a juego. Hilario hace una de sus magníficas fotos y se pregunta qué habrá sido de ese niño, el del retrato. Y de repente, me doy cuenta de que yo lo sé. Sé donde está ese niño.
El niño que ahora se llama Cora y que ya no es ningún niño. Cora sigue siendo tan guapa como el niño del retrato, el niño que fue, pero los años han dejado inevitables huellas en su rostro. No quiere operarse esas arrugas. Ya ha tenido demasiadas operaciones a lo largo de su vida. Eso piensa. Además, todo el mundo dice que está mucho más guapa así, con el paso del tiempo reflejado en el rostro. Cora está a punto de cumplir cuarenta y cinco años. Sirve copas en un local de San Francisco y, en días especiales, el público le reclama que se siente al piano que hay al fondo y tararee con su espléndida voz ronca alguna de las canciones del viejo Broadway, parte del repertorio de Judy Garland incluido. Hoy será uno de esos días. Hace unas horas que recibió la noticia de la muerte de su tía Elaine, que vivía en Nueva York, en la misma calle donde Hilario encontró el retrato y se detuvo a fotografiarlo. Elaine era la única persona de la familia que se hablaba con Cora. Una vez al mes, más o menos, charlaban por teléfono. Se podían pasar hasta media hora haciéndolo. El día de su cuarenta cumpleaños la tía Elaine viajó hasta San Francisco para celebrar el evento y escuchar a su sobrina cantar. La tía Elaine conocía bien su talento. Cuando Cora era un niño y aún se llamaba Arthur -como ese padre que dejó de hablarle tras conocer el cambio de identidad de su hijo-, Elaine fue la primera en enseñarle a tocar el piano. Elaine se ganaba la vida así, impartiendo clases de piano, como Shirley MacLaine en "Madame Sousatzka", aunque con mejor humor que aquella vieja gruñona. En realidad, la tía Elaine se parecía más a Geraldine Page. El niño enseguida se hizo con aquello. Tenía talento suficiente para ello. Cuando los padres de Cora supieron que se había cambiado de sexo, se deshicieron de todas sus cosas. El retrato incluido. La tía Elaine se lo llevó a su apartamento y lo colocó cerca de aquel piano donde Arthur y ella habían pasado tantas tardes. Nueva York, al otro lado del enorme ventanal. En los días largos de primavera resultaba muy agradable escuchar aquella música que se mezclaba con el suave movimiento de las hojas de los árboles. Ese movimiento que muchas veces escuchamos leyendo algunas novelas de Truman Capote.
Ahora la tía Elaine se ha muerto. Con noventa años. Cora no podrá viajar hasta Nueva York. Los vuelos son demasiado caros para ella. Aún tiene algunas cuentas pendientes con sus médicos por pagar. Además, es Navidad y el local estará abarrotado de gente. Cantará algo para su tía esta noche. No elegirá ninguna canción triste. Eso está decidido. No era el estilo de la tía Elaine. Y sabe que, al hacerlo, podrá verla allí sentada, bebiendo su gin-tonic, como aquella otra noche, la de su cuarenta cumpleaños, la última noche que se vieron, ya tan lejana.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad (o casi)

Al llegar a casa de mis padres, avanzada ya la mañana, percibo un intenso olor a manzanas. No es un olor que provenga de un ambientador, de una barra de incienso o de unas velas: es más real que todo eso. Desde la puerta de la entrada, descubro un frutero en la mesa de la cocina con unas cuantas manzanas verdes, mis preferidas. Su olor lo embarga todo. Su olor me remite a la casa de mis abuelos paternos, a aquel comedor de la parte de arriba de la casa que nunca se utilizaba. Mi madre, sentada en el sofá del salón, me está esperando, lista para salir a la calle. Hoy no es una mañana cualquiera. Una de esas mañanas en las que paseamos y tomamos algo -un té, un poleo, un vino: dependiendo de la hora- en un café de los alrededores de su casa. Hoy toca ir al hospital. Hace algún tiempo, ir al médico suponía una extraña mezcla de inquietud y nerviosismo. Ahora, tras los periplos a los que nos condujo la enfermedad de mi madre, todo es distinto. Ir al médico es un incordio, sí, pero es una sensación despojada de miedo. Hoy, sin embargo, la incertidumbre (más que la inquietud y el nerviosismo) revolotea nuestros estómagos. Hoy no le toca a ella visitar a su médico. Me toca a mí. No es una visita cualquiera. Es la visita que determinará si tengo o puedo llegar a tener la enfermedad de mi madre. No es ninguna tontería. Al parecer, un gran porcentaje de los hijos varones llegan a heredar esa enfermedad tan dolorosa y devastadora. Pienso en ello y vuelven aquellos miedos de la infancia cuando había que ir al médico o cuando el médico venía, inyección en mano, al colegio. Vamos, le digo a mi madre, que se levanta con dificultad del sofá (el invierno no es buena época para su enfermedad). Y dejamos atrás ese olor a manzanas que inunda toda la casa, cerrando la puerta con esa sensación que se apodera de uno cuando va a los hospitales, desconociendo si volverá siendo el mismo u otro, dependiendo del diagnóstico.
Una mujer. La doctora es una mujer. Dulce, agradable, correcta. No es una charlatana: va al grano, pero lo hace con tacto, con suavidad. Sabe que no estamos tratando cualquier asunto. El futuro. Buena parte de él. Pero no pienso en él, en el futuro, mientras sus manos recorren mi cuerpo, todas mis articulaciones y movimientos, sino en el pasado. Quiero pensar en ello, en el pasado. Evadirme. Regresar sólo al presente, a esa consulta, para contestar a sus preguntas, para realizar los numerosos movimientos que me indica. Lo hago, muevo todo mi cuerpo según me señala, y pienso en el pasado. Los paseos con mi madre por las tiendas de los alrededores cuando era un niño, las vacaciones en las playas del sur, las ganas de encontrar aquellos libros que ni siquiera habían llegado a mi ciudad, las tardes en los cines, las noches escribiendo, el día que conocí a Íñigo, el día que desayunamos en el Hotel Plaza de Nueva York... Todo eso viene a mi cabeza.
Mi madre está ahí, en la consulta, de espaldas a la camilla donde la doctora examina mi cuerpo. No quiero pensar en todo lo que pasamos con su enfermedad (el dolor, el miedo, la angustia, la impotencia, la falta de movilidad...), pero es inevitable. No quiero que ninguna de las personas que me rodean vuelva a pasar por eso mismo otra vez. Cierro los ojos. Quiero volver al pasado: a la infancia, a Mieres, a la casa de los abuelos... Quiero que se termine este año de una puta vez. Trago saliva. Intento deshacer el nudo que se me pone en la garganta. Hay que bajar a otra sala y hacer más pruebas. El nudo de la garganta me permite decir algo. Supongo que es algo así como "muy bien", "perfecto", "de acuerdo", "gracias". La cabeza empieza a darme algunas vueltas. Trato de mantener la calma. Salimos de la consulta, bajamos en silencio a la sala donde la doctora nos indicó, hago las pruebas pertinentes y regresamos a la misma consulta, como nos indicó la propia doctora. El futuro está en sus manos. Ella ya tiene los resultados. Los avances tecnológicos son así. Los próximos años de mi vida están ahí, en un diagnóstico de su ordenador. Por un momento, sólo por un momento, pienso que no quiero saberlo. Me dejaré llevar por el destino. Que él diga su última palabra, como siempre. Fuera quebraderos de cabeza. Hay que vivir el presente, el día a día. Estoy a punto de levantarme de la silla, de decirle a la doctora de suaves modales que lo deje, que no me importa saber los resultados, que cierre la pantalla de su ordenador, que muchas gracias por todo. Es demasiado tarde para mi propósito. Empieza a hablar. Y yo no puedo hacerlo: el nudo en la garganta. No hay rastro de la dichosa enfermedad en mi cuerpo, ni posibilidades de que aparezca jamás. Ya he pasado de los cuarenta, y nadie, después de esa edad, puede contraerla ya. Me he librado. El nudo de la garganta permanece. Me resulta muy difícil tragar saliva. Necesito agua o un trago de whisky. Mejor, sí, un buen trago, aunque nunca suelo beber whisky antes de comer.
Salimos del hospital. Llueve sin cesar. En las escaleras, de repente, mientras abrimos el paraguas, siento ese mismo olor, el de las manzanas que había en la casa de mis padres y en la casa de mis abuelos paternos, en aquel comedor de la parte de arriba de la casa que jamás se utilizaba. No sé muy bien los motivos, pero ese olor está ahí, en el aire de las primeras horas de la tarde. Y sé que me reconforta. Y sé que es suficiente.

jueves, 19 de diciembre de 2013

La mujer silenciosa

La mujer está siempre sentada en el mismo sitio, en la calle de enfrente del teatro. Lleva la cara pintada como un payaso, un largo vestido blanco, el pelo (una peluca negra que contrasta poderosamente con el blanco ajado del resto del atuendo) como el de una antigua muñeca de porcelana. Parece, sí, toda ella, una especie de muñeca de porcelana robusta, una bailarina entrada en carnes, una novia a la que hubiesen abandonado a las puertas mismas de ese teatro. No sé muy bien en qué consiste su arte, si es que posee alguno. No actúa como un mimo, que podría ser: pero nunca realiza ningún movimiento. Está sentada en un taburete bajo y tiene un cuenco metálico a sus pies para las monedas que la gente le va dejando. Pasas por delante y no sonríe, no se mueve, acaso te dirige una mirada de reojo (grandes ojos, desconfiados) como si te reclamase esas monedas (pocas) que algunas personas van echando en el cuenco metálico. La mujer silenciosa. Llamémosla así. Se coloca la peluca ensortijada y oscura, se viste con ese vestido que parece sacado del baúl de algún desván (¿el de sus padres, el de sus abuelos?) y se sienta en el taburete bajo. Confía -supongo- en la bondad de los desconocidos. Como la heroína de Tennesse Williams. Como una Blanche Dubois sin demasiada fantasía ni misterio. (Quizá, a pesar de ser más joven, ese aspecto un tanto fantasmal recuerde más al de la madre de Bernarda Alba).  Acaso, sí, con un misterio: el que esconde su vestimenta, la vida que está detrás de esos ojos que te miran, que te reclaman unas monedas. En silencio. Sin aspavientos. Sólo una mirada de reojo. Ojos grandes y un tanto desconfiados. ¿Qué vida habrá detrás de todo ello, de esa mujer silenciosa? ¿Una actriz frustrada? Sí, posiblemente. Por eso le gusta estar ahí, enfrente del teatro, observando sus enormes ventanales, las luces que a veces se encienden, los carteles de las primeras figuras que pasan de vez en cuando por esa calle, la de enfrente. Todas esas luces. Las que ocultan, aunque sea por unas horas, las sombras. Las de los propios intérpretes. Las nuestras, las de los transeúntes. Ese ir y venir, cerca del semáforo, enfrente del teatro.
La jornada es larga para ella, así que me imagino que pensará en todas esas grandes figuras (primeras actrices que siguen en activo y otras que ya no están, lamentablemente), las que se subieron a las tablas de ese teatro. Pensará en la vida que la abocó a sentarse en ese taburete y que nosotros sólo podemos imaginar. Como el que imagina lo que hay detrás de cada vida cuando la función termina o las ventanas de las calles se encienden al caer la noche. Las frías noches de invierno. Las eternas noches de estos meses. La nieve que revolotea. El olor que procede, desde lejos, de los puestos de castañas asadas. El rumor del viento agitando las hojas de los árboles. Suelo verla a primera hora de la mañana, bastante temprano. Alguna vez, ya al caer la noche, la vimos levantarse del taburete, plegarlo, recoger el cuenco y las monedas (pocas), y marcharse hacia su casa o quién sabe hacia dónde, bajo el revoloteo de la nieve y las luces de las farolas o de los adornos navideños. Con ese mismo vestido, con el rostro maquillado, la peluca ajustada. Aquellos días perfectos de los que hablaba Lou Reed en su canción son más bien escasos. Ella lo sabe. Todos lo sabemos. Aunque, a ratos, la vida se encargue de regalarnos alguno y nos vayamos a los parques a beber sangría. Quizá ella, la mujer silenciosa, ya no se acuerde de ellos. O quizá sí. Cada noche, preparando la cena o ya en la cama, escuchando la canción de Lou Reed. O cualquier otra de esas canciones de amor que le hagan olvidar la monotonía de la vida, la frustración, el vestido ajado, la cara de payaso, la peluca exagerada... La boca sin palabras, el gesto congelado, el mimo sin movimiento alguno, la actriz sin texto. El teatro cuyo escenario nunca pisará. Los carteles en los que no figurará. Las luces, siempre en la corta distancia que separa una calle de la otra. El olor de las castañas que viene de lejos. El rumor del viento agitando las hojas de los árboles. El rumor imaginado de un éxito que nunca llegó.
La mujer silenciosa. Llamémosla así. El cuenco metálico con tres o cuatro monedas pequeñas: todo calderilla. Bajo el cielo de esta ciudad, enfrente del teatro, la nieve revoloteando, que estamos en la época: ligerísimos copos posándose en el vestido, en la peluca, en la punta de la nariz. Nunca hay aplausos a ese lado de la calle.

martes, 17 de diciembre de 2013

Lo que queda

Cuando de algunas cosas importantes han pasado ya más de veinte años, pese a disponer de buena memoria, a uno se le van tambaleando un poco las fechas en la cabeza. Normal. Demasiados trajines, demasiados vaivenes, demasiados jaleos. Idas y venidas. Subidas y bajadas. Risas y melancolías. Pero no importa. Lo que cuenta es que prevalezca en la memoria el recuerdo de aquel tiempo que vivimos, que es nuestro, que nos pertenece, que lo hará hasta que dejemos esta tierra o la memoria nos nuble por completo el recuerdo, los recuerdos... El destino -o quien sea- no quiera que nada de eso ocurra demasiado pronto, toquemos madera. Pienso en todo esto estos días en los que La Santa, el local más emblemático de la ciudad, celebra sus treinta años de existencia (y de resistencia, me atrevería a decir), en los que, con la disculpa de la Navidad, nos encontramos con algunos de esos amigos que, por las circunstancias de la vida actual de cada uno de nosotros, no nos vemos tan a menudo como desearíamos. Los días pasan veloces, aunque a veces parezca lo contrario, y sobrevivir es el único argumento real de estos tiempos duros que nos están tocando vivir. Y sobrevivimos. Y lo hacemos recordando, que creo que no es mala manera de hacerlo. Recordamos todo aquel tiempo que era tan diferente al actual. Lo hacemos en la sobremesa de una comida, por ejemplo, mientras suenan las músicas que aparecen en las películas de Woody Allen. Inmejorable banda sonora para recordar aquel tiempo y hacerlo sin (demasiada) tristeza. Recordar muchas de aquella etapas incluso con alegría, poniendo en un primer plano las carcajadas y los bailes, el brillo que creíamos presentir en el horizonte, las promesas que nadie nos dijo que fuesen a ser incumplidas. Hemos llegado hasta aquí. Con eso debería ser suficiente (¡cuánta gente se fue quedando en el camino!), y sin embargo...
Una noche en La Santa o en La Real que fueron miles de noches. Una tarde en La Perla tomando vino malo que fueron miles de tardes y miles de vinos malos. Una mañana en los cafés, huyendo de las clases más aburridas (nunca huimos de las clases de Magdalena Cueto, pese a lo intempestivo de aquel horario: hacía tiempo que quería decirlo aquí), que fueron miles de mañanas. Un amanecer que descubrimos en compañía que también fueron miles de amaneceres. Lo que queda, que diría James Salter, ese autor que parece que han descubierto ahora cuando algunos ya teníamos sus libros, en aquel entonces, en ediciones hoy descatalogadas. Así es la vida.
Recordamos y no nos ponemos tristes. O sólo lo justo. Sí, lo justo. Con eso es suficiente. El tiempo ha pasado a la velocidad del rayo, un visto y no visto, como quien dice. Que hasta Jessica Lange declara que se va a retirar. Una serie, una obra de teatro, dos películas más, y adiós muy buenas. Eso dice. Parece que nos pasamos la vida despidiéndonos. Quedarán sus películas, sus series de televisión y aquella mañana, en el Niemeyer, donde demostró que las estrellas, las verdaderas, lo son por algo y que no hay cámara que consiga ocultar una belleza tan arrebatadora como la suya. La mejor actriz de su generación, con permiso de la Sarandon y por muchos acentos que se empeñe en imitar la Streep. Y quedará el trozo de vida que vivimos con aquellas películas, las suyas, y las de tantas otras. Todas aquellas noches. Jessica Lange y Sam Shepard, los dos, bajo el claro de la luna. Como los personajes, Frankie y Johnny, de aquella obra de teatro que vimos en una minúscula sala de Buenos Aires. Queda el talento de toda esa gente a la que admiramos. Eso siempre queda, ahora que a algunos no les queda ni la palabra que te dieron, ay...
No quiero que esto sea un balance, una huida a ninguna parte, ni nada parecido. "No quiero encerrarme de nuevo, quiero estar aquí, donde suceden las cosas que he ido perdiendo", dice un personaje de Soledad Puértolas (¡qué magnífico relato acaba de publicar en el último número de la revista Turia!) al que le ocurren muchas desventuras pero que siempre opta por agarrarse a la vida. Sólo una manera, como cualquier otra, de mirar hacia delante, sabiendo, sí, muy bien lo que queda. Lo que nos quedará. A nosotros, que somos los mismos de entonces y que ya no lo somos.