viernes, 29 de noviembre de 2013

Un librero

En pocos lugares me he sentido más feliz que en una librería, solo o acompañado, como lector o como librero. Aún en tiempos difíciles, con problemas personales importantes (ninguno como aquel tiempo en que le descubrieron a mi madre su enfermedad y la dejaba cada mañana postrada en la cama, prácticamente inmóvil, esperando que las medicinas hicieran su efecto -que tardaron lo suyo, todo hay que decirlo-, para ir a trabajar), la librería era una especie de refugio. Mi refugio. Como lo es para el actor el escenario. Muchas de aquellas mañanas, cuando abría la puerta de la librería y pensaba en el dolor y la impotencia de mi madre por su enfermedad (y la del resto de la familia), pensaba en ellos, en los actores. Algunos de ellos se subían a representar su papel la noche misma en que su madre se había muerto. ¡Cómo podían hacer aquello! Eso sí que es profesionalidad, reflexionaba. Concha Velasco lo tiene contado muchas veces. Pensaba en ella, en Concha, subiendo a un escenario el día de la muerte de su madre, y abría la puerta de aquella librería, Aldebarán, y me ponía a trabajar. El trato con los clientes me salvaba de aquello que machacaba mis pensamientos, que me noqueaba por completo. Incluso, por unos momentos, entre charla y charla, recomendación y recomendación, libro va y libro viene, me olvidaba de mi problema. Nunca desaparecía de mi cabeza, evidentemente, pero la literatura, una vez más, me salvaba. Como lo hacía de niño, escondido en mi habitación con un libro en las manos, ajeno a un mundo -el que estaba al otro lado de la puerta de la casa de mis padres- que no me interesaba en absoluto. Como el teatro salvaba al actor, durante dos horas, cuando se subía a representar su papel. Y sentía el silencio del público, su respiración.  
Ha pasado mucho tiempo de todo aquello. Mucho. El lunes se cumplirán tres años del anuncio del cierre de la última librería en la que trabajé. Nunca olvidaré la tarde de aquel dos de diciembre. Cuando llegué, el dueño me estaba esperando. Su cara era seria, circunspecta. Me señaló que pasara al despacho y allí, sin más, me dijo que había llegado la hora de echar el cierre. Supongo que, a estas alturas de esta insoportable crisis y de toda la pantomima que nos está tocando vivir, muchos sabrán la sensación que pasa por la cabeza de uno al escuchar algo así. No tienes ganas de llorar, ni de gritar, ni de desahogarte (todo eso viene después): sólo de meterte en la cama, de desaparecer por unas horas, por unos días. Desaparecer, sí, ésa es la palabra. Con la (tonta) esperanza de que, al regresar, descubras que todo aquello ha sido una broma de muy mal gusto. Recuerdo el momento de deshacer aquella librería como una de las experiencias más desagradables de mi vida. No hay aliento que valga. No hay palabras de consuelo. No quieres ver tu futuro y el futuro, como una pesada losa, se presenta ante ti sin consideración ni miramientos. Meter en cajas aquellos libros que habías ido seleccionando a lo largo de los meses era tan doloroso como recoger las cosas que uno ha disfrutado con alguien con el que ha compartido su vida, después de que la historia -por los motivos que fuesen- se rompiese. Sí, es algo parecido. La misma rabia, la misma impotencia. Un dolor similar.
Pero hoy no es día de ponerse tristes o melancólicos. Es día de comprar libros (cada uno en la medida de sus posibilidades) para que el resto de las librerías no acaben de igual modo. Es día de pensar en la labor de tantos buenos libreros que se colocan al lado de los lectores como un amigo al que aconsejar, con el que charlar. Es día de hablar de literatura (¿algún día no lo hacemos?). De acercarse a la librería y escoger entre tanta oferta qué libro te vas a llevar a casa. Yo casi lo tengo decidido.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Enriqueta sin olvidos

Hace tres años, la fría tarde de domingo en la que Soledad Puértolas ingresó en la RAE, estaba sentada a mi lado. Era una mujer inquieta y más menuda de lo que parecía en las fotos de sus libros que hablaba con otra escritora, Marina Mayoral, que estaba sentada al otro lado, y que escribía constantemente cosas en un cuaderno. Palabras sueltas, garabatos, alguna frase inacabada, un pequeño dibujo, el esbozo de una idea, un chispazo. Eso era lo que podía ver de reojo, desde mi asiento, sin que se diese cuenta, para no molestar ni parecer indiscreto. Poco antes de que comenzara el acto, le estaba contando a Marina que tenía una nueva novela escrita. Una novela un poco filosófica y complicada, decía. Ahora, añadió, que se ha vuelto tan difícil publicar para algunos... Supongo que esa novela era "Qué escribes, Pamela", publicada por la editorial Menoscuarto el año pasado. Efectivamente, pese a la sencillez de su lenguaje, es una novela que esconde muchas voces dentro, muchas ausencias, muchos vericuetos, muchos secretos. Historias dentro de otras historias. Hay que estar pendiente del hilo, no perder la atención en ningún momento, no despistarse. Una narración extraordinaria de alguien con un importante bagaje literario a sus espaldas. Como siempre me ocurre en esos casos, me entraron unas ganas enormes de leer aquella novela de la que su autora hablaba con entusiasmo, pero no me atreví a decirle nada a Enriqueta. Su imagen, de alguna manera, imponía. No parecía que tuviese aquella tarde ganas de hacer nuevos amigos. Fue la impresión que me causó. Enriqueta Antolín, que murió esta semana el mismo día de su cumpleaños. Tampoco me atreví a decirle que había leído casi toda su obra. Aquellos libros, en su mayoría descatalogados, que había encontrado en anteriores viajes a Madrid, en librerías de segunda mano de Oviedo o de Gijón. No me atreví a hacerlo, no sé por qué. No le dije nada. Y me arrepentí.
Ayer, después del estupendo artículo que Elvira Lindo dedicaba a las librerías, fue la primera noticia que leí. La de su inesperada muerte. Y a mi cabeza vinieron el recuerdo de sus libros: de su lectura y de su búsqueda por las librerías de viejo de Madrid y de mi tierra. "La gata con alas", "Mujer de aire", "Regiones devastadas", "Ayala sin olvidos"... (Todos ellos, al igual que el resto de su obra, a excepción de su última novela, publicados por Alfaguara). A mi cabeza también vino aquella tarde en la RAE, la imagen de aquella mujer que parecía inquieta y menuda esbozando ideas en un cuaderno, hablando con su colega, pendiente de su cuaderno, ajena a mis observaciones. Un poco cansada también, todo hay que decirlo. Cansada, quizá, porque le estaba costando publicar aquella novela, no lo sé. Cansada, quizá, porque los tiempos estaban cambiando de una manera que no era demasiado de su agrado, no lo sé. Pero me atreví a intuirlo, a entreverlo. Y así me sigue pareciendo hoy, tras enterarme de su muerte. Quizá aquella especie de cansancio fue la barrera que me impidió empezar a hablar con ella. Qué importa ya.
Quedan, como siempre, sus libros. Los que están ahí, en mis estanterías. Las charlas de Enriqueta con Ayala. Las historias de aquellas mujeres que habían nacido en la represión y que buscaron, posteriormente, la libertad, los aires renovados de un país que comenzaba a descubrir las ventajas de la democracia. Quedan también sus historias cortas ("Cuentos con Rita") y sus trabajos periodísticos. Y esa última novela. "Qué escribes, Pamela", publicada por Menoscuarto, que merece la pena ser leída por quien aún no lo haya hecho.
Queda, en fin, la literatura. La buena literatura, que es lo que importa.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Todos los caminos son de perdición


 Como es lógico, resulta imposible atrapar el tiempo y detenerlo. Aunque es algo más que evidente, no siempre somos conscientes de ello. Ah, la juventud. Es ahí, en la juventud, en ese tramo de la vida, cuando menos conscientes somos de ello. Por fortuna, me atrevería a decir. Parece que el mundo se va a quedar así, detenido en la dicha o el placer, y nosotros con él. Pero el tiempo avanza: a una velocidad mayor de la deseada o imaginada, probablemente. Y de pronto, estamos ahí, recordando, recapitulando, siendo ya otros, muy diferentes a los que entonces soñábamos o pensábamos o anhelábamos o perseguíamos otras inquietudes. Todas esas cosas que se fueron quedando en el camino: en aquellos días, en aquellas noches. En aquellos caminos que se bifurcaron, donde dejamos amores o amigos (o ambas cosas), donde sólo queda una frágil luz. Una luz muy débil, que ya apenas alumbra, que ya apenas distingue nuestras figuras, nuestras sombras. Ahora, sí, desde nuestro presente, recordamos. Y ese recuerdo, el del camino recorrido, las risas y las sombras trazadas, aún nos hace daño. Y a veces, algunos de nosotros, con el recuerdo, el del camino recorrido, escribimos. Como escribe Ángeles Carbajal en su nuevo y magnífico poemario, "En campu abiertu" (Ediciones Trabe), que recibió el premio "Teodoro Cuesta" 2012 y que se presenta este jueves, a las 19 horas, en el Club de Prensa.
Recordamos, escribimos, sentimos o ya apenas lo hacemos (o nunca de la misma manera), y esperamos, aún esperamos. Y aguardamos que el final, el nuestro propio -tan lejano, tan cercano: quién sabe- sea lo más benévolo posible, lo menos dañino. "Que la muerte nun m´agarre a un goteru,/ que xuegue llimpio,/ que me pille en campu abiertu". Que nos pille en campo abierto, sí. Ahora que la vida ya empieza a hacer con nosotros lo que quiere. Ahora que hemos ido perdiendo cosas por el camino. Ahora que las casas abandonadas y quienes las habitaron están más presentes que nunca. Ahora. Desde este momento, desde este presente, desde donde escribimos. Y arañamos la rabia. O la desidia. O la melancolía que nos puede y no nos puede. O que nos puede pero que no nos vence, ¡faltaría más! No llegamos hasta aquí para eso.  
Conjunto de poemas que, como un largo poema de apariencia ligera que provoca una honda conmoción, parece que fueron escritos desde la casa sosegada. Sosegada, pese a todo: los años, los desengaños, los sueños frustrados, los amores y los compañeros que se quedaron en el camino... Pese a todo ello, se rememora y se escribe. Y en el sosiego de la casa, habita también quien un día vivió aquella vida para hoy, de forma tan gozosa, contarla, recordarla, ofrecérnosla. Ahora, después de todo. Aunque, como apunta uno de los mejores versos, todos los caminos sean de perdición.

martes, 26 de noviembre de 2013

Entre divagaciones y la amenaza de nieve

Sé que es la hora de comer porque las señales horarias de la radio que tengo sintonizada desde hace un rato acaban de anunciar las dos de la tarde y porque hoy los niños del piso de arriba, no sé cuál será el motivo (quizá se han puesto enfermos todos a la vez), no han ido al colegio y se pelean entre ellos y dejan claro que no quieren comer lo que la chica que les cuida les ha puesto en el plato. Macarrones, sí, eso me ha parecido oír. Por eso sé que es la hora de comer. Y no porque tenga hambre. La mañana, entre trabajos y divagaciones, se ha pasado casi volando. No siempre sucede así. Ahora ya no se escucha la radio. Comienzan las noticias y no me apetece saber qué ha pasado en las últimas horas: ya me cansa la misma monotonía, el mismo invariable discurso. Es Nick Cave el que canta. "(I´ll love you) till the end of the world". Es la hora de comer y no tengo hambre. Escucho la voz profunda de Nick, su honda poesía. A pesar de que todo eso -la voz, la poesía- sea más apropiada para la noche, cuando acechan el insomnio y los fantasmas. Cerca de la ventana, revolotea una lluvia que casi parece nieve. Ligerísimos copos de aguanieve que se rompen en el vuelo, antes de rozar las baldosas del patio. No parece que la nieve de verdad ande muy lejos. Apetece abrir la ventana y dejar que esa lluvia incesante, lluvia que parece nieve, empape las manos. Pero no lo hago. La humedad no es buena para mis huesos, aunque siempre lo olvido. Observo cómo la lluvia salpica los cristales de mi ventana, de las ventanas del edificio de enfrente. Vuelvo a poner la misma canción. Nick Cave. Su voz profunda, su honda poesía. Aunque sean las dos de la tarde (cualquier hora es buena para los fantasmas). La amenaza de nieve.
Y pienso que esa música, la de Nick Cave, le sentaría estupendamente a la escena de una película donde estuviese la mujer que veo ahora desde mi ventana: en el edificio de enfrente, dos pisos por debajo del nuestro. Tendrá una edad parecida a la mía, pienso. Se mueve de un lado a otro de la cocina, haciendo mil cosas y ninguna, ajena a la lluvia que está cayendo, a la nieve real que se avecina. Está descalza y lleva una especie de combinación muy ajustada de color azul y el pelo, enmarañado y revuelto, atado en un moño rubio y medio deshecho. Enciende un cigarrillo con otro, pone al fuego la cafetera, parece que tampoco tiene hambre. Es la primera vez que veo a esa mujer y, de repente, siento una especie de pudor por observar sus movimientos. Pero no puedo dejar de hacerlo. No tiene cortinas en la cocina y la persiana está levantada. Supongo que ese pudor es sólo cosa mía. Quizá desde un piso superior alguien me esté ahora mismo observando a mí, mientras yo la observo a ella. La mujer se sirve una taza de café y se sienta, con cierto aire de cansancio y resignación, a la mesa de la cocina. Un desgastado mantel de colores la cubre: como si se tratase de un mantel que hubiese pasado por muchas casas, por muchas mesas. Sobre esa mesa distingo el Babelia de esta semana. Zadie Smith está en la portada. La mujer de la combinación azul lo coge y se pone a leerlo. Sorbe lentamente el café al que no le ha puesto leche ni azúcar, continúa fumando, encendiendo un cigarrillo con el anterior. Y la dejo ahí, al otro lado de la lluvia, de la lluvia que parece fina nieve, de la nieve real que se avecina, leyendo la entrevista a Zadie, pensando -tal vez- en la posibilidad de comprar su nuevo libro, ese que habla de las calles de Londres y de algunos de los personajes que la habitan. Quizá, si llega a leer el libro, en alguno de ellos, se vea reflejada. Quizá ni siquiera conozca a la escritora y hoy la esté descubriendo. Quizá se anime a comprar el libro o a ir a buscarlo a la biblioteca. Sé que, si lo hace, lo descubriré. No parece tener intención de poner cortinas en la cocina, de bajar la persiana. Volveré a poner a Nick Cave y a observar, acaso con cierto pudor (o ya sin él), sus movimientos.
Cualquier día de éstos. Cuando anuncien las dos y no tenga hambre. Antes de que llegue la nieve, probablemente.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Alicia ya no vive aquí

El tren salió con rigurosa puntualidad. El viaje duraría unas cuatro horas. En mi bolsa,  entre libros y periódicos, había lecturas para varias horas más. Era invierno y estaba amaneciendo. No llovía, aunque los pronósticos habían anunciado lluvias y algo de nieve para las primeros momentos de la tarde. No había demasiada gente en el vagón. Más bien al contrario. Mejor así, pensé. Más silencio, más tranquilidad, menos bullicio. El tren avanzaba a bastante velocidad. Recosté la cabeza en el asiento, sin cerrar los ojos, observando el paisaje que íbamos dejando atrás. Casas, tierras, árboles sin hojas, algunos madrugadores que se encaminaban a los huertos -todos ellos tapados con grandes plásticos- que cultivaban a uno de los lados de la casa... El humo salía de las chimeneas de esas casas y se perdía en la oscuridad del cielo. La imagen exacta del invierno. El frío, la amenaza de la nieve, la sensación de que aún faltaban siglos para que llegase la primavera y, con ella, los primeros calores.
Pese a la abundante lectura, no me apetecía leer. Tenía los ojos cansados. Había estado escribiendo hasta tarde y la emoción del viaje, como siempre, me había impedido conciliar bien el sueño. Unas horas más tarde, en la pequeña ciudad a la que me dirigía, me iban a dar un premio por uno de mis relatos. Enfrente de mí, una mujer joven hojeaba una revista. En la portada, los Príncipes de Asturias estaban de viaje por no sé qué países. Quizá se trataba de su viaje de novios, no lo sé. Miraban a la cámara sonrientes. La mujer no parecía muy concentrada en la lectura. Parecía que sólo estuviese mirando las fotografías. Posiblemente, era lo que estaba haciendo. Llevaba unas gafas de sol oscuras, lo que me llamó la atención desde el primer momento. Las manos le temblaban al pasar las hojas de aquella revista que tenía a los Príncipes en la portada. En un momento dado, miró a un lado y al otro y se quitó aquellas oscuras gafas de sol. Descubrí entonces su ojo hinchado. Una enorme mancha morada lo recorría. Apenas podía abrirlo. Acercó una de sus manos al ojo y, al tocarse suavemente la piel, un gesto de dolor transformó su rostro. Dirigió su mirada hacia la mía. Me ruboricé, pero era imposible apartar la vista de allí. Es lo que parece, susurró. No puedo negarlo, añadió. Y me empezó a contar su historia. Estaba huyendo de su marido, el maltratador. No le había dicho nada. Había aprovechado la noche y la borrachera que le hacía dormir profundamente, y había metido apresuradamente en la maleta las cuatro cosas más imprescindibles. Ahora, la maleta estaba a su lado, debajo de su bolso, pequeña y desgastada. No es la primera vez, confesó. Pero es la vez en la que estoy decidida a no volver a verle, añadió. A poner el punto y final a esta historia. Dirás que soy tonta, que esto no se aguanta ni una sola vez, pero yo misma soy la primera en juzgarme severamente. No hay peor condena que esa, la de uno mismo.
No la juzgué, evidentemente. Seguí hablando con ella. Cuando me contó parte de su historia -los insultos, los golpes, las amenazas: el miedo-, parecía más relajada. Las manos habían dejado de temblarle. Y de vez en cuando, a propósito de algún aspecto de la conversación, hasta sonreía. Así llegamos a nuestro destino. El ojo, al tocarlo, seguía provocando en su rostro aquel gesto de dolor.
Mientras recogía sus cosas, le pregunté su nombre. Alicia, me dijo. Pero me dio la sensación de que no se llamaba realmente así. Qué importaba. Nos despedimos. Se bajó del tren y, al hacerlo yo, la vi fundirse en un largo abrazo con una mujer -su madre, probablemente- vestida de negro de la cabeza a los pies, con el pelo muy tirante y canoso agarrado en un moño. Una mujer que se parecía muchísimo a Lola Gaos. Después, abrazadas, las vi alejarse de la estación. Y después, ya no volví a verlas nunca más.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Café Dindurra

Un trajín de risas, voces, palabras y olores. El aroma del café recién hecho, del chocolate, de los churros, del bizcocho más jugoso, de la tortilla de patatas recién hecha o de las croquetas o los calamares que se están friendo en el aceite hirviendo. Todo eso percibías de repente, cuando, en un descanso de la función correspondiente, la vieja puerta que comunicaba el café con el teatro se abría y podías fumarte un cigarrillo (otros tiempos) o tomarte un vino rápidamente en la barra, antes de regresar a la butaca para ver el segundo acto. El café, a esas horas, estaba lleno de gente. No importaba que fuese invierno o verano. Y el público era tan variado como siempre. Acodado en la barra, comentando la interpretación de los actores o el desarrollo de la obra, podías comprobarlo. Señoras mayores -peinadas como si acabaran de salir de la peluquería, vestidas de fiesta y con los labios pintados de vistosos colores, cuyo rastro quedaba siempre marcado en la taza si no lo hacían desaparecer rápidamente con un par de servilletas- merendando con sus amigas; jóvenes con la mesa llena de papeles, apuntes y proyectos que nadie sabe dónde terminarían; estudiantes con pocas ganas de irse para casa, sujetando los libros para que no terminasen estampados en el suelo debido a la estrechez propia de las mesas; poetas tratando de atrapar la inspiración o la visión de las piernas o de los pechos de alguna chica que andaba perdida entre el piso de arriba y el de abajo buscando a su amiga o a su novio (otro poeta, quizá); una pareja de gays que parecían iniciar una relación y que probablemente no habían cumplido aún los dieciocho; hombres y mujeres tomándose un respiro después del trabajo y comentando alguna noticia de ese periódico -El Comercio, mayormente- que no habían podido hojear por la mañana. Incluso en una esquina, cerca de la ventana, podías ver a Paco Marsó -si la que estaba actuando en el Jovellanos era su mujer, Concha Velasco: como solía hacer con cada nueva obra- tomándose una copa y fumándose un puro enorme.
Lo dicho: un trajín de risas, voces, palabras y olores. Y silencios. Y miradas que iban y venían, de una mesa a otra, de un piso a otro, formando parte de esa red natural de cuchicheos y comentarios que tienen lugar en los cafés de siempre, donde todos -más o menos- se conocen. Holas y adioses rápidos, gestos con la mano al descubrir a un conocido cerca, movimientos ligeros con la cabeza y los ojos, acaso un ¿qué tal estás? veloz y un poco forzado, una sonora carcajada.  
Son muchas las visitas que hice a ese café. Podría decir que siempre que iba a Gijón, pasaba por allí, aunque quizá sea exagerar un poco (o no tanto). A los diecinueve años, el que quiere ser escritor quiere escribir de todo, y allí estaba yo, con mi amigo Chus, al que había conocido en la universidad, tratando de escribir un guión que, como tantas otras cosas, no llegó a ninguna parte. Pero no importa: lo que cuentan son aquellas tardes de risas y parecida visión de las cosas, de proyectos que nunca llegarían a cumplirse y de esas ilusiones que siempre te mantienen alerta, con ganas de vivir. A los treinta y ocho, un soleado mediodía de abril, me casé en el Ayuntamiento de Gijón, y, al caer la tarde, allí estábamos, en la terraza del Dindurra, con nuestros gin-tonics, Íñigo, mi hermana y yo, esperando que los amigos que habían actuado de testigos terminaran de prepararse para la cena -qué pesados- y celebrar todos juntos lo que había sido el acontecimiento más importante de los últimos meses. Entre medias, todas las obras de teatro que fui capaz de ver y las visitas al café, antes o después o durante la función. O sin función, ya digo. La última vez que estuve en el Dindurra, en un sábado lluvioso y desapacible, fue hace tan solo unos días. Allí nos citamos con Toni Rodero (uno de esos lujos de persona que uno tiene la suerte de conocer en los alrededores de esta profesión) para realizar una entrevista para la TPA. Y nos reímos, hicimos fotos, y compartimos, de nuevo, complicidades. Nunca imaginé allí sentado, contestando a sus preguntas, la cámara grabando a un lado, que iba a ser la última vez que pisaría el emblemático café. De la misma manera que uno nunca imagina que una triste noticia puede aguardarle a la vuelta de cualquier esquina.
Con el cierre del Dindurra, el tiempo de los cafés va apagándose un poco más. Y el nuestro propio, queramos o no, también.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un cesto de castañas

El cesto está ahí, en un rincón de la terraza, en la casa de mis padres. Una amiga de mi madre las ha traído del pueblo donde vive y se las ha regalado. Un cesto con un montón de castañas. El sol del mediodía apenas puede calentarlas. Es un sol helado que deambula por un cielo inestable y algo triste. Pronto se irá la luz, pese a los esfuerzos de ese sol de noviembre por mantenerse en lo alto.  Nunca me han gustado las castañas: ni crudas, ni asadas, ni cocidas. Sin embargo, el olor cuando están en el horno sí me gusta. Viendo ese cesto, en un rincón de la terraza, puedo sentirlo. El olor de las castañas asándose en el horno, en diferentes épocas de mi vida, en diferentes cocinas. No sé qué acabará haciendo mi madre con ellas (a ella sí le gustan, asadas), no se lo he preguntado. Ahora están ahí, en un cesto, en un rincón de la terraza, levemente acariciadas por ese sol frío. Este sol mentiroso de noviembre.
Pero yo, por unos instantes, ya no estoy en esa terraza, la de la casa de mis padres. Estoy con mi madre en otro pueblo, el de los abuelos paternos, muchos años atrás, paseando por el bosque de castaños que había cerca de aquella casa pintada de amarillo. El abuelo está muy enfermo ya. Y hoy, inesperadamente, pese a lo apacible de su carácter, se ha enfadado. Acaba de ver a aquel niño, su nieto, yo, jugando con la muñeca de su hermana (aquella Nancy rubia que a ella, a mi hermana, no le hacía ninguna gracia y que llevaba a la casa de los abuelos sólo porque yo se lo pedía), y eso le ha puesto de muy mal humor. Ha dicho cosas que no comprendo muy bien. Cosas tremendas. Y lo ha hecho en un tono de voz muy alto, muy diferente al habitual, hasta el cigarrillo que siempre lleva entre los labios se le ha caído al suelo. Los niños no juegan con muñecas, coño. Algo así ha dicho, de muy malos modos. Y el nieto, que siento devoción por él, se ha asustado. Es mi madre la que dice que nos vamos a ir de paseo, que no le haga caso, que son cosas de la enfermedad. Ya se le pasará, dice ella, mi madre, cuando nos vamos alejando de aquella casa pintada de amarillo y nos adentramos en el bosque. Recogemos unas cuantas castañas. Es divertido esquivar las castañas que se amontonan en el suelo para no resbalar y caerse. Luego, si la abuela nos deja, las asaremos en el horno, susurra mi madre. Ya verás, añade, como al abuelo se le ha pasado el enfado. Los niños no juegan con muñecas, coño. Esas palabras, incomprensibles para mí a esa edad, resuenan en mi cabeza y tengo ganas de llorar. La tarde ya no es la misma. Algo -aquellas palabras- la ha enturbiado. El abuelo nunca se había puesto así. Tardaría aún algún tiempo en comprenderlo. Cuando él, desgraciadamente, ya no estaba por aquí. Aquellos cigarrillos, decían, habían acabado con él. Sí, eso decían todos. El abuelo Pepe. El abuelo que siempre llevaba boina y que fumaba a escondidas de la abuela, yo le había visto unas cuantas veces. No le digas a la abuela que me has visto con el cigarrillo, ella no lo entiende, decía, ya  sabes, cosas de mujeres... Tranquilo, abuelo, no diré nada. Y seguíamos recogiendo higos o ciruelas, según la temporada. Aún puedo sentir el olor de aquel tabaco negro y ver aquel paquete de Ducados que sobresalía, si te fijabas un poco, del bolsillo de su pantalón.
Yo entendía al abuelo, pero él no me entendía a mí. ¿Por qué no podía jugar con aquella muñeca? ¿Qué había de malo en ello? Qué extraños eran los adultos, pensé en aquel bosque, aunque no le dije nada a mi madre, que intentaba distraerme con cualquier historia para que me olvidara de las palabras del abuelo, de su reprimenda al verme jugar con aquella muñeca, la Nancy rubia a la que mi hermana no le prestaba la más mínima atención.
Ya no estoy en aquel bosque. He vuelto a la terraza de la casa de mis padres. Pero las palabras del abuelo -los niños no juegan con muñecas, coño- aún están en mi cabeza. Hoy han regresado. Con un cesto de castañas ha sido suficiente para recordarlas. Un puñado de castañas que, como una delicada línea, unen, de repente, aquel año, tan lejano, con éste, que, a velocidad del rayo, ya se está agotando.