martes, 29 de octubre de 2013

Un pájaro en la ventana, frente al pozo minero

El mundo de los sábados, por aquella época, era siempre el mismo. Una especie de deliciosa rutina que parecía que nunca se iba a terminar. Que el tiempo, sí, se quedaría detenido allí, en aquella casa, la de los abuelos, para siempre. El viaje -corto- desde Oviedo hasta Mieres. La emoción de ver a los abuelos, de comer lo que la abuela llevaba preparando toda la mañana (todos los platos que más nos gustaban), la tarde en su compañía, los juegos que nos inventábamos, el calor de la cocina de carbón en invierno o las suaves corrientes de aire en el balcón durante los veranos mientras las mujeres cosían y hablaban sin parar. Y el viaje de regreso a la ciudad, al caer el día, ya rendidos, medio dormidos en el coche, acaso con una tableta de chocolate (de leche y almendras, el favorito de mi hermana) en las manos que el abuelo nos había guardado hasta última hora como un regalo inesperado, único. ´La última sorpresa de la jornada. El último regalo -junto a un billete de cien o quinientas pesetas- hasta el sábado siguiente. Hasta el sábado en que la muerte, la de los abuelos, acabó con todo aquello.
La abuela, cuando llegábamos, estaba terminando de cocinar y escuchando a Manolo Escobar, su cantante favorito, que ahora que se ha muerto uno descubre que era el cantante favorito de casi todas las abuelas de la generación de los que andamos sobre los cuarenta años (año arriba, año abajo). La abuela apagaba la televisión o la radio y la cocina se llenaba de besos y de risas y de palabras atropelladas que todos queríamos pronunciar a la vez. Como en esas películas que siempre ponen por Navidad y en las que, al verlas, uno piensa que alguna vez formó parte de ellas. Una verdadera fiesta. Más que eso. La de los sábados de entonces, aún tan presentes en la memoria. En un rincón privilegiado de los recuerdos más reconfortantes. Porque, como dice Paul Auster en "Informe del interior", esa pequeña joya que Anagrama sacará a la venta en unos días (una especie de continuación de "Diario de invierno"), la única prueba que posees de que tus recuerdos no son enteramente engañosos es el hecho de que a veces incurres en la misma forma de pensar. Creo que no se puede expresar mejor.
En aquellas tardes, las de mi infancia, aunque el tiempo pasaba veloz, como siempre pasa cuando estamos disfrutando de él, hacíamos muchas cosas. Para jugar, para merendar, para disfrutar viendo a la abuela entre fogones (en mi caso), para ver la televisión, para cantar con la abuela, para olvidar que el lunes había que volver al colegio... Y para asomarse a la ventana, la que estaba enfrente de aquel pozo minero donde luego se construiría un campus universitario, y ver a los mineros subiendo y bajando en aquella jaula que se distinguía desde la ventana de la casa de los abuelos. Hombres cansados y sudorosos, alegres y cantarines, alegres o cabizbajos, con el rostro manchado de carbón y los monos gastados de tanto lavado, de tanto cepillo y jabón. La camaradería única que une a los trabajadores de los oficios más duros, más peligrosos. A los hombres que se tienen que enfrentar a ellos, a esos trabajos. Los mineros. Aquellos mineros, que estos días -una vez más- han vuelto a mi memoria. Quisiera, en esta ocasión, haber evitado el recuerdo. Que estos hombres, compañeros de aquellos que la abuela y yo veíamos desde la ventana de aquella casa de ladrillos rojos, no hubiesen sido noticia. El destino, como siempre, va a su aire, y ahí está la noticia, los hombres muertos, la crueldad, que siempre parece escrita a golpe de bofetada y mala hostia. La crueldad del destino: eso que aprendemos demasiado pronto, desgraciadamente. Aunque nos parezca lo contrario.
Las tardes del otoño, de los primeros días del otoño, eran mis favoritas. Aún no hacía frío y los pájaros se posaban en el alféizar de aquella ventana, donde nos asomábamos con la abuela. Ella, la abuela, algunos días, nos dejaba ponerles unas migas de pan a aquellos pájaros. Y los pájaros, evidentemente, venían y se posaban y se iban rápidamente, con ese miedo característico de los pájaros a ser atrapados o heridos. Ese miedo que también tienen algunos gatos.
Los pájaros estaban allí, en la ventana, fugazmente, y la abuela, también, y nosotros, ajenos aún a casi todo, a lo que vendría después, a lo que pasaba también de cuando en cuando en aquel pozo (lo que ha pasado este día), que era el mismo pozo por el que había pasado mi abuelo durante un breve tiempo, cuando llegó de su Galicia natal. Estábamos allí, aún puedo verlo, incurriendo, como dice Auster, en la misma manera de pensar.
 

lunes, 28 de octubre de 2013

Las malas luces

La vida da tantas vueltas y pasa por tantas etapas que sólo el hecho de pararte a pensarlo produce un vértigo importante. Sobre todo, si te paras a pensarlo un domingo, uno cualquiera. Hoy mismo, agotándose octubre, cuando el cambio de hora ya hace más que evidente el cambio de estación, pese a los calores y el bochorno y la amenaza constante de lluvia y de viento. Aún no son las ocho de la tarde y la oscuridad se mueve a sus anchas al otro lado de la ventana, dominándolo todo. Como el misterio sigue dominando la noche o la mirada que nos observa. Pocas luces están encendidas en el edificio de enfrente. La gente aprovecha los domingos para pasear por el campo o para pasarse el día en la cama o en el sofá, leyendo, escuchando música, o lo que surja, que siempre surge algo, estés o no acompañado (mejor si lo estás, claro).
No son las ocho de la tarde y la muerte de Lou Reed me sorprende leyendo la última novela de Carlos Castán, "La mala luz", a este lado de la ventana. Creo que tanto a uno como a otro les gustaría la coincidencia. Creo que a Carlos le gustará la coincidencia. Los estados del alma que atraviesan al personaje principal de su novela no combinan mal con algunos de los temas del genial Lou. Estoy hablando, por si aún no quedaba claro, de poesía. En ambos casos. En cualquiera de sus formas. Lou era un genio, simplemente, pasease por el lado de la vida que pasease, que por todos debió de hacerlo. Lou, otro genio que se ha ido, un domingo triste, tal vez como todos los domingos, un día imperfecto, recordándonos un Nueva York, el de los setenta, que -desgraciadamente- no vivimos. Y Castán es un escritor formidable cuyos pasos sigo desde aquel "Museo de la soledad" (un clásico reciente). Ah, la soledad. Y el vacío que dejan algunos amores, el desgarro, la melancolía: todo ese lado salvaje. Casi tan salvaje como aquel por el que se paseaba Lou. La nada, que parece presentarse en todo su esplendor cuando el ser amado desaparece de nuestras vidas, ¿quién no ha conocido ese sentimiento? La novela de Castán, entre otras cosas, va de todo eso. Las heridas, el vómito, las ganas de tirar la toalla, de visitar cementerios, de encerrarse en habitaciones de hotel que nos hagan olvidar lo que nos rodea, de abandonarse... Sea como sea. Sin embargo, una luz -acaso no tan mala como la del título- continúa presente en el camino, por pequeña que sea, por trémula que se sostenga. Esa luz -acaso no tan mala como la del título- que nos hace avanzar como el hombre que maneja las marionetas hace lo propio con los hilos que sabiamente domina desde lo alto. Arriba y abajo. Sin descanso. Con cansancio, quizá. Nadie dijo que los años fuesen a hacerlo más fácil. El amor puede ser maravilloso (y de hecho, lo es: ¿quién se atreve a decir lo contrario?), pero también sabe rodearnos el cuello con sus cuerdas más afiladas cuando le viene en gana. Y dejar en la piel un montón de huellas imborrables. Heridas que el tiempo se encargará de cicatrizar pero cuya sombra nos perseguirá mientras estemos vivos. Mientras estemos vivos, sí. Y riamos, y lloremos. O hagamos las dos cosas al mismo tiempo, reír y llorar, que también puede ser.
Lou Reed ha muerto y, haciendo honor al tópico, podremos decir que nos quedará su música. Y las noches -tantas, tantas- en las que la aguja se ponía una y otra vez sobre aquellos viejos discos hasta que se rayaban y el amanecer nos sorprendía con la garganta reseca por el alcohol y el tabaco, y los ojos rojos (de dolor o de gozo, qué más da: entre las sábanas, a veces, no se alcanzan a diferenciar ambas cosas).
Nos quedará la música de los poetas que amamos y que se están yendo como si alguien los estuviese echando a cajas destempladas de este lugar que a veces recuerda al paraíso y otras, al dichoso infierno. Nos quedará la música, sí. Y la literatura de esos autores a los que seguimos. Autores como Carlos Castán que, en esta magnífica novela suya, la primera, donde la soledad, el desasosiego, las ilusiones, la melancolía y el amor (pese a todo) hacen que comprendamos que la vida, la que merece la pena, reside ahí, en esos conceptos, en el riesgo, un día perfecto o imperfecto, como el de hoy, cuando Lou Reed dejó esta tierra para siempre pero su leyenda permanecerá mientras estemos vivos y tengamos memoria, y podamos decir (o escuchar), como hizo el propio Lou, I love you.    

viernes, 25 de octubre de 2013

Antonio Muñoz Molina


En la antigua cafetería  del hotel de La Reconquista, en una de las mesas del fondo (mesas viejas y sillones desgastados que aún conservaban algunas de las huellas de un pasado glorioso), mi amiga María y yo hablábamos de libros, de cine, de teatro, dos o tres veces por semana. Eran tardes largas que, sin embargo, pasaban en un abrir y cerrar de ojos. Tomábamos mucho café y fumábamos un montón de cigarrillos (ella bastantes más que yo, todo hay que decirlo). Era otra época. Una época sobre la que ya han pasado veinte años o alguno más. Hay un momento en la vida en que, de repente, de todo parece que han pasado ya veinte años. Teníamos ilusiones, proyectos, ganas de hacer muchas cosas y de descubrir otras tantas. Aún poseíamos esa ingenuidad maravillosa de quien no ha cumplido aún los veinte años. De quien, ya desde hacía tiempo, se sabía diferente. Los libros eran esenciales en aquellas tardes. A aquella mesa, siempre la misma, llegaron -junto a muchos otros: de Sam Shepard a Kavafis, de Terenci Moix a Adelaida García Morales, de Juan Marsé a Ángel González, de Clarice Lispector a Paul Bowles- los primeros libros de Antonio Muñoz Molina que leímos. "El invierno en Lisboa", el primero de todos ellos. Ni que decir tiene la fascinación que sentimos por él, por aquel libro, desde el primer momento. Luego, vendrían todos los demás. Nos fascinaba aquella manera de contar historias, siempre con un aliento clásico. Y aquella música de jazz que casi se podía escuchar mientras leías el libro. Se escuchaba, en medio de aquel barullo de tazas y meriendas que tan ajeno nos resultaba. Nosotros la escuchábamos, en aquella mesa, alejados del resto de un mundo que apenas nos interesaba. Soñábamos con salir de esta provincia, con llevar a cabo nuestros planes, aquellos que se fraguaban en aquellas largas tardes que se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos: hasta que mi amiga, que no vivía en la ciudad, debía coger el último autobús que la llevase al pueblo donde vivía con sus padres y hermanos. Los veinte años, o alguno menos, ya digo.
Fueron llegando más libros de Antonio. "El jinete polaco", que creo que es uno de los mejores libros que se han publicado en este país en los últimos veinticinco años, y todos los demás. Las historias más cortas, los artículos, las novelas breves, los ensayos... Todo caía en nuestras manos y cualquiera de aquellas tardes era válida para reflexionar sobre lo leído, para defender un libro sobre otro, para seguir admirando de modo incondicional a aquel autor que nos había deslumbrado con aquella historia que evocaba al jazz y al cine negro y a los amores arrebatados, que eran, por entonces, nuestros amores preferidos. Qué ingenuos. No sé cuánto duró aquel tiempo, el de nuestra amistad, pero un día, ay, la historia terminó como si de la historia de un amor se tratase y cada uno siguió su camino con la misma facilidad con la que había comenzado. No hay nada que una más que dos personas que, en un momento de sus vidas, por los motivos que sean, se sienten diferentes al resto. Y aquel era nuestro momento.
Seguí mi camino y lo hice con cada nuevo libro que iba apareciendo de Muñoz Molina, con aquellos artículos que publicaba semanalmente en aquel periódico -El País- que compraba cada mañana y en el que tantas cosas, de la mano de tan excepcionales maestros, aprendí. Otros tiempos, en todos los sentidos. También para el periódico.
Muñoz Molina se convirtió en uno de mis autores de cabecera, uno de esos autores a cuyos libros siempre vuelves. Creo que "El miedo de los niños", publicado en la recopilación de sus relatos breves hace un par de años, es una obra maestra absoluta. Y "El atrevimiento de mirar", también reciente, es una de esas joyas que todo buen lector debería de tener en sus estanterías. Arte y literatura, tan presentes siempre en la obra del Premio Príncipe de Las Letras de este año. Por citar sólo dos ejemplos en este apresurado repaso por su obra.
Ayer, en la librería Cervantes, hablando con Miguel Barrero (cuya última novela, "La existencia de Dios", aprovecho ahora para recomendar a los que aún no la hayan leído), mientras esperábamos la cola para que Antonio nos dedicase nuestros libros, recordé aquella historia, la de mi amiga y la mía, en aquellas tardes lejanas que, de pronto, regresaron a mi memoria con la fuerza que siempre conserva lo valioso que procede del pasado. Aunque sea de un pasado ya tan lejano. Más de veinte años, que, aunque el tango diga que no son nada, sí lo son. Y muchos.  
Como ayer te dije, Antonio: enhorabuena y gracias. Por aquellas tardes, por las que aún están por venir.

jueves, 24 de octubre de 2013

Bibliotecas

Un viento muy cálido recorre las calles a primera hora de la mañana. El otoño sigue enredado en el verano. O quizá sea al revés: con los desajustes del tiempo, como con los de la política, uno ya no entiende casi nada. Aún no ha amanecido. Todo está oscuro y todo indica que acabará lloviendo. Estoy a las puertas -aún cerradas- de la biblioteca del Fontán. A mi alrededor, hombres mayores charlan entre sí, esperando a que se abran esas puertas para leer los periódicos. Algunos jóvenes, con sus pesadas mochilas al hombro y ensimismados con la música que sale de sus auriculares, aguardan también para entrar en la sala de estudio. Una mujer rubia, muy enjoyada (joyas baratas combinadas con alguna pieza destacable: los restos de un pasado glorioso, esa imagen tantas veces vista en los últimos tiempos), apura un cigarrillo cuyo olor llega hasta a mí, despertándome las ganas de encender uno, el primero del día, pese a que no suelo hacerlo hasta después de comer. El paisaje es un tanto extraño, aunque a mí no me lo resulta del todo porque ya he estado ahí, esperando a que se abran esas puertas, unas cuantas veces. Cientos de veces, sería más acertado decir. De repente, ocurre. Veo en la página web que el libro que quiero está disponible y me dirijo a la biblioteca, a esas horas tempranas, antes del paseo, incluso antes del café, para que nadie me lo arrebate. Creo que la Biblioteca del Fontán es uno de los edificios que más veces he pisado a lo largo de mi vida, a una hora u otra, en una época u otra. Buscando un libro concreto o necesario para algún trabajo o escrito, o dejándome llevar por el azar, pensando en qué puede aparecer en cada nueva visita, que está bien que el destino nos sorprenda de vez en cuando, a ver qué ocurre esta tarde o esta mañana, ahora -además- que no ocurren demasiadas cosas (buenas). No es poca sorpresa, aunque pudiese parecerlo, cuando descubro un libro que llevaba algún tiempo buscando y, de repente, mágicamente, está ahí, en una estantería, bien visible o un poco oculto, como si sólo me estuviese esperando a mí. Podría poner cientos de ejemplos. Y aún así me quedaría corto. La emoción de encontrar lo que andabas buscando. La emoción de hallarlo de un modo inesperado. La emoción, simplemente. Siempre tan poderosa. Hoy no es el caso: voy a tiro fijo. Y sé que, a esas horas, nadie me quitará el libro que tengo entre ceja y ceja. Madrugar, a veces, tiene sus ventajas.
El 24 de octubre se celebra el Día de las Bibliotecas, lo que sin duda está muy bien, pero, como ocurre con todos esos días en los que se celebra algo especial -el Día del Padre, de la Madre, de San Valentín, etcétera-, no se debe centrar sólo en ese día. Es un día que sirve para recordar que están ahí (como los padres, las madres o los enamorados), las bibliotecas, sobreviviendo a estos tiempos duros (también con sus clubes de lectura y sus encuentros literarios: pronto estaré en la biblioteca de Ventanielles hablando de mis libros, donde han tenido la amabilidad de invitarme), pero que el resto del año también están, en el mismo sitio, esperando visita, aguardándonos. Sé que es un tópico decir esto, pero hay veces que uno tiene que escuchar cada conversación... Que pienso que no está mal repetirlo. Este pasado verano, a la entrada de esa misma biblioteca, escuché a una madre decirle a su hijo que qué pesado se ponía con las dichosas visitas a la biblioteca, que a ver si se pensaba que tenía ella toda la mañana para estar allí buscando libros. El mundo, de cuando en cuando, da la vuelta, ya lo sabemos. El mundo al revés, qué pereza. Quizá la mujer en cuestión no tenía tiempo o tenía que ir a trabajar a toda prisa o qué sé yo, pero no me parecieron maneras de indicárselo a un niño de nueve o diez años que deseaba entrar en ese sitio donde a muchos otros les cuesta una barbaridad entrar, por no mencionar el hecho mismo de leer, como tantas veces me contaron otras madres en la librería en la que trabajaba antes de que la crisis terminase con ella. En fin.    
No creo que haya mejor manera de celebrar el Día de las Bibliotecas que entrando en ellas y sacando un libro. A partir de las ocho y media, nos encontremos en la estación del año que nos encontremos, con el tiempo desestabilizado o en su sitio, sus puertas ya estarán abiertas.

martes, 22 de octubre de 2013

Cuatro años escribiendo aquí

Hoy no tenía pensado escribir nada en el blog, pero me he dado cuenta de que hoy, precisamente hoy, veintidós de octubre, se cumplen cuatro años desde que empecé a escribir aquí. Cuatro años en los que he ido llenando este espacio en blanco de todo aquello que me interesa: el cine, el teatro, la literatura, la música, la pintura, la fotografía, el arte, la vida... La propia y la de los que me rodean, y la vida de esas personas ajenas que pasan por nuestro lado, a su aire, distraídamente, mientras paseamos o tomamos una copa de vino tinto en un café y fumamos unos cuantos cigarrillos (que no hay manera de dejarlo), en invierno o en verano. La vida real y la vida imaginada. El cuento de nunca acabar, que diría Martín Gaite en aquel magnífico ensayo. Que ya no sabe uno dónde empieza una y acaba la otra. Hay una canción -preciosa y melancólica- de la gran Marina Rossell titulada "Ha llovido" (escrita por Pedro Guerra) que viene como anillo al dedo para este día. Ha llovido, sí, ¡cuánto ha llovido desde entonces! Cuatro años. ¡Cuántos hilos han ido uniendo estas palabras que suelo escribir a primera hora de la mañana! ¡Cuántas amistades nuevas, cuántos nuevos lectores! (Mi gratitud hacia todos los que siguen este blog, hacia todos los que compran mis libros o van a las bibliotecas públicas en su busca). Cuatro años en los que he publicado otros tantos libros, en los que me he casado, en los que alguna gente se ha quedado en el camino (aligerando el equipaje, que vale más estar solo que mal acompañado y hay traiciones tan tremendas que resulta hasta ridículo explicarlas) y en los que la crisis se ha ido afianzando en nuestras vidas como en la de tantísimas otras personas de todo el mundo. Parecen pocos, pero cuatro años son suficientes años para que pasen muchas cosas. Muchas historias, muchos anhelos, muchos miedos, muchos desvelos, muchos proyectos. Muchas tardes en los cafés, en los cines, en las librerías, en las bibliotecas, en los teatros, en las calles (que callejear sigue siendo uno de nuestros placeres favoritos, incluso bajo el frío o la lluvia). En ciudades de este país y de otros países. Muchas noches en hoteles de esas ciudades a las que esperamos volver pronto como ese viajero que las visita por vez primera. Mucha complicidad. Muchas madrugadas al lado de la ventana, escribiendo. Viendo películas antiguas que tienen mucha más vigencia que muchas de las actuales; leyendo; pensando; planificando; montando y desmontando ideas; peleándose con los vaivenes del destino, con sus caprichos. Observando el movimiento de las sombras que se mueven al otro lado y de las sombras que no lo hacen, que no se mueven. De todo ha habido. Y aquí seguimos. Y aquí sigo. Risas y satisfacciones. Y también algunos momentos donde el reverso de esos conceptos mostró toda su intensidad. El lado menos amable. El más cruel. Ah, la vida. Nadie dijo que las cosas fueran fáciles. Sin embargo, la lucha continúa. Las luchas en las que uno cree siempre deben continuar: hasta el final. No queda otra. Y casi mejor vamos a seguir haciéndolo con una carcajada. La de Charo López, sí, en aquella obra de teatro. La de Samuel Beckett, que tantas veces he recordado aquí mismo: "Riendo salvajemente en medio de la más tremenda aflicción". Eso dice Charo. Eso dice Beckett. Riendo y escribiendo. Leyendo y escribiendo. Viviendo y escribiendo. Haciendo los tramos oscuros más llevaderos. Contando la vida. Intentando explicárnosla a nosotros mismos, qué lío. Aunque, a veces, todo eso suene demasiado complicado. Y volvamos a empezar, atrapando la palabra más sencilla, despojada de todo aderezo, como nos gusta. Llenando espacios. Llenándolos de palabras. Aquí, en este blog, donde llevo cuatro años escribiendo. Y en otros espacios en blanco, donde llevo escribiendo desde que era un niño. Cuentos, novelas, reseñas, artículos, relatos... Y algún poema que no pienso enseñar a nadie. Escribir siempre y en todo lugar, como dijo Marguerite Duras. Escribir. Cuatro años escribiendo aquí. Y parece que fue ayer. Cuatro años escribiendo aquí y aún te siento, silencioso, mirando de reojo las palabras que van surgiendo antes de que nadie alcance a leerlas.

lunes, 21 de octubre de 2013

El paso del tiempo

A veces, de la manera más inesperada, el paso del tiempo se presenta ante nosotros de una forma rotunda, casi feroz. Como una bocanada de aire caliente y espeso que nos dejase medio aturdidos y desconcertados. No hace falta observar nuestro propio rostro en el espejo cada mañana, descubrir nuevas arrugas y dolencias o asistir al progresivo envejecimiento de nuestros padres. Con encontrarnos por la calle con alguien que hacía mucho tiempo que no veíamos es más que suficiente. Este sábado, sin ir más lejos. Íbamos caminando por la calle -contentos tras hacernos con un libro de Antonio Muñoz Molina que no teníamos, "Travesías", una recopilación de artículos que el escritor publicó en el periódico hace algunos años- y nos lo encontramos. Iba con sus padres, a los que también hacía mucho que no veíamos (ya que toda la familia estuvo viviendo algunos años fuera del país). Pablo -ahí estaba, tan cambiado, en una céntrica calle de esta ciudad-, el niño que cuidé durante varios meses cuando era apenas un recién nacido. Han pasado dieciséis años desde entonces. Se dice pronto. El paso del tiempo como una especie de vértigo, de escalofrío que recorriese nuestra espalda hasta alcanzar el cerebro. Como esa bocanada de aire caliente y espeso de la que antes hablaba. Dieciséis años. Pablo está muy delgado y es mucho más alto que yo (lo cual no es muy difícil, por otro lado) y en sus rasgos apenas se reconocen los rasgos de aquel niño gordito con el que iba de paseo por el parque o por los alrededores de su casa y al que le contaba historias mientras le daba la merienda. Ya no recuerdo qué historias le contaba: sólo recuerdo su sonrisa y su manera de comer aquella papilla de frutas y galletas maría (también, de pronto, recordé aquel olor, el de las frutas y las galletas maría), según avanzaba el relato. La sonrisa seguía siendo la misma. Sí, no había lugar a la duda. Era la misma.
Cuando llegamos a casa, me senté, abrí el libro de Muñoz Molina al azar y leí uno de los textos. En él, Antonio evocaba la figura de Raymond Carver tras ver la película de Robert Altman basada en algunos de sus cuentos, "Vidas cruzadas". También la de Edward Hopper. El texto fue escrito en 1994, hace casi veinte años. Otra vez ese vértigo, el del paso del tiempo. Recordé perfectamente la tarde en la que vi aquella película. Casi veinte años atrás y parecía que hubiese sido el mes pasado o el anterior.  
Qué monótonos se hacen algunos días y, sin embargo, qué cantidad de cosas suceden en un puñado de años. Creo que sólo somos verdaderamente conscientes cuando nos ocurren historias así. Reencuentros. Lecturas que nos llevan a otras épocas, que nos evocan aquellos paisajes por los que caminamos. Películas que vimos en una solitaria tarde de cine. El cine de los viernes -siempre los viernes-, los días de los estrenos. En aquellos cines que ya no existen.
La vida y sus etapas. Esas que, de repente, una tarde cualquiera, se presentan en tu vida y te recuerdan lo implacable que es el paso del tiempo y lo efímero y frágil que es todo. Incluidos nosotros mismos.

sábado, 19 de octubre de 2013

Un plato de lentejas

La verdad es que ya empieza uno a estar bastante cansado de todo lo que ocurre alrededor. Empresas y locales cerrados, políticos ineptos o corruptos (o ambas cosas), recortes a destajo, censuras sin disimulo, ausencia de proyectos, de dinero, de vergüenza (esto va, especialmente, por los bancos) y de futuro. El cansancio es generalizado. Hay días en que a uno le cuesta hasta leer los periódicos o encender la radio, por mucho que me gusten ambas cosas. Hay días en que a uno le cuesta hasta levantarse de la cama. No parece haber un final para este largo e interminable túnel. Y sin embargo, los días pasan veloces y no hay vuelta atrás. Si nos dejamos llevar, cada uno de esos días enmarañados por el agobio y la incertidumbre es un día perdido que nadie nos va a devolver. Eso está claro. Así que lo mejor, qué demonios, es darle la vuelta a las cosas, por mucho que cueste, en la medida de lo posible, que no siempre es tanto como uno desearía o le convendría para su salud. Ayer, por varias razones, fue uno de esos días en los que todo se ve de un gris tirando a negro, que es un color que tengo muy asociado a las mañanas de mi infancia cuando el autobús me llevaba a aquella especie de cárcel que era mi colegio. De curas (tan dañinos como Monseñor Camino, que sigue y sigue atacando al matrimonio entre personas del mismo sexo, faltando sin pudor al respeto de tantos hombres y mujeres que hemos luchado para conseguir el nuestro: qué pesadez), como sabéis. Qué absurdos son esos días. Inevitable resulta que aparezcan, de cuando en cuando, por otro lado. Es lo que hay. No es nada nuevo. Saberlo es una ventaja, bien mirado. La edad te enseña a sortear mejor los nubarrones, ya desde el mismo momento en que los ves acercarse, a toda velocidad, con toda su prepotencia y sus ganas de incordiar a cuestas.
¿Qué hacer para anular los malos pensamientos, los agobios, las incertidumbres? Cocinar, por ejemplo. Pensar en uno de esos platos que te apetece cocinar cuando empieza a cambiar el tiempo y el frío se va instalando en la casa. Uno de esos platos que aprendiste a cocinar hace muchos años, en la cocina de tu madre, cuando ese frío ya estaba definitivamente instalado en el otoño. Unas lentejas. Un plato de lentejas sirve para combatir la desolación de estos tiempos furibundos e inhóspitos, para ahuyentar los agobios propios y las situaciones para las que, según el día, parece no haber salida. Un simple plato de lentejas, sí. Qué evocador puede resultar su delicioso  olor mientras se van cocinando a fuego lento y la mañana se va abriendo poco a poco al otro lado de la ventana, dejando atrás las amenazas de lluvia y viento y frío definitivo. ¡Cuántos recuerdos! El primero que me asalta es el rostro de mi hermana -tan hermoso-, negándose en rotundo a comerlas. ¿Otras vez lentejas?, exclamaba. Pero si hace muchos días que no las cocino, se disculpaba mi madre. Y luego el sabor, protegiéndonos del frío del exterior. Qué lejano y qué cercano a la vez ese recuerdo que viene a mi cabeza mientras el olor de las lentejas que están en el fuego se extiende ahora por toda la casa. Nada más sencillo ni más complicado al mismos tiempo.
Entretengo la espera de su cocción con la relectura de un cuento de Alice Munro. Muchas veces, leyéndola, me he imaginado a Munro escribiendo en la cocina de su casa, mientras los hijos -aún pequeños- correteaban inquietos por allí y el guiso terminaba de dorarse en la tartera o en el horno. Ella misma lo contó alguna vez. Había que buscar un hueco para la escritura en cualquier parte, a cualquier hora, en cualquier circunstancia. El otro día, en el periódico, venía una hermosa fotografía suya. Estaba en la cocina de su casa, sentada a la mesa, con la mirada un poco perdida, quizá observando una mota de polvo, el vuelo de una mosca  o una fruta que se estaba quedando demasiado madura en el frutero que presidía la mesa. Imaginando mundos ficticios o reales. Pensé, nada más verla, que aquella fotografía reflejaba a la perfección su escritura. Su modo de entenderla. El pequeño detalle, lo minucioso y lo apacible de la existencia hasta que llega el escalofrío, el zarpazo, el golpe que nos deja mudos, tiritando. Así es la prosa, aparentemente sencilla, de Munro. Y allí, en aquella fotografía del periódico, estaba perfectamente reflejada. Esa prosa que releo en un volumen muy manoseado mientras las lentejas terminan de cocerse. Y que, al igual que el hecho de cocinar, me evade por completo de esos pensamientos que hacen su aparición, de cuando en cuando, con intención de instalarse definitivamente.