No es tan temprano como otros días, ni hace tanto frío como las pasadas semanas. Luce un sol que, cuando te atrapa sin rastro de sombras o corrientes de aire, calienta la piel, traspasando las gruesas ropas de abrigo. Un sol que, sin llevarte a engaños, te hace estirar la mano hasta el cuello para aflojar el nudo de la bufanda y pensar en la cercanía de la primavera. Todos tenemos ganas ya de que lleguen esos días, los de la primavera. El invierno está siendo demasiado largo e intenso. Es un día por semana, un día cualquiera, cerca de los mercadillos de flores del Fontán. Rosas, claveles, margaritas de todos los colores y mimosas, cientos de mimosas. Su olor, asociado siempre al último tramo del invierno, alcanzando ese espacio que nos separa de ellas. El amarillo de su tacto algodonoso, suavísimo, leve como un copo de nieve o una de aquellas pompas de jabón que hacíamos cuando éramos pequeños y que los niños, hoy, continúan haciendo. Las mujeres de esos puestos hablan entre ellas, se desabrochan los anoraks y se acercan a la gente que pasa y observa sus flores, tan bien colocadas, les preguntan qué flor les apetece hoy, qué flor nos apetece hoy. Nos apetecen todas, desde luego. Un ramo gigante, desmesurado. Necesitamos luz, color. Y ese olor que hace que por un momento -sólo por un momento- nadie dude de la existencia de la magia, de alguien que es capaz de crear cosas así y ponerlas a nuestro alcance. Necesitamos olores que borren ese olor tremendo (a puré, a lejía, a medicina, a jeringuilla, a viejo) de los hospitales, de donde venimos de hacer unos análisis rutinarios. Era temprano, muy temprano entonces. La niebla se iba despejando poco a poco, con dificultad. Ahí, en ese hospital construido hace décadas, en ese mamotreto tan feo y deprimente, las colas son interminables para todo, da igual a la hora que te presentes. Como siempre, hay gente eficaz que te indica las cosas, que se las indica sobre todo a la gente mayor, que siempre anda un poco perdida, un poco asustada y desvalida. Y hay, faltaría más, la típica marisabidilla que no tiene un ápice de sensibilidad con el que está allí, en el hospital, que nunca es por gusto. La historia, esa historia (como casi todas), siempre se repite. Pensamos ahora en ese chico que no sé muy bien qué iba a hacer -análisis, radiografías, un electro...- y que iba esposado. No tendría ni veinte años y allí estaba, alto, guapo, con un futuro por delante y escoltado por dos guardias civiles fornidos y con cara de pocos amigos. Ah, los destinos... En esa pareja de mujeres, hermanas probablemente, que parecían sacadas de "Grey gardens", aquella película donde una madre y una hija (Jessica Lange y Drew Barrymore, soberbias ambas, dando vida a dos personajes reales), primas lejanas de Jackie Kennedy, que vivían en el abandono, la miseria, el síndrome de Diógenes y la decadencia más absoluta, añorando aquel pasado dorado, su improbable regreso a él. Esos dos mujeres, con sus arañados abrigos de piel, sus pañuelos al cuello llenos de pelos de gatos (gatos que quizá ya no vivan en su casa), sus cabellos sucios y despeinados, sin medias ni nada que se le parezca, con los zapatos y los bolsos tan viejos como ellas mismas, que se sentaron a nuestro lado, a esperar. Ese olor a colonia rancia que no podía ocultar el olor de sus cuerpos, el olor de sus camisones (ese olor que ya nunca podrán quitar de sus ropas, de sus pieles), el salvaje zarpazo del tiempo. Todos esos olores están borrados ahora por el olor de estas flores, las de estos mercadillos del Fontán, esta mañana, una mañana como cualquier otra, donde la luz y ese cielo azul, completamente despejado, hacen que pensemos que aún está muy lejos lo verdadermente malo (en todos los sentidos, en cualquier sentido) que esté por venir, aunque a veces lo presintamos tan cerca, justo al lado, ofreciéndonos su pegajoso aliento.
miércoles, 29 de febrero de 2012
martes, 28 de febrero de 2012
"Shame": desde el filo
Sí, en el filo. Ahí se encuentran los dos hermanos de "Shame". Ella, muy vulnerable, busca desesperadamente el amor. Él, no. Él intenta huir del vacío existencial, de los miedos, de lo raro que es vivir, que diría Carmen Martín Gaite, a través del sexo, en directo, en esas malas calles de Nueva York que pueden ser las malas calles de cualquier ciudad del mundo, de día o de noche, qué más da, o por los múltiples y diferentes contactos que puede proporcionar Internet, ese lugar donde todo está al alcance de una mano y una tecla, como sea. Huye del amor, de las más mínima posibilidad de amar o ser amado. Y vuelve a escabullirse gracias al sexo de eso a lo que intentó, sin éxito, darle una oportunidad, por insiginificante que pareciese: el amor, las relaciones que van más allá de un encuentro sexual rápido, de un polvo fugaz, de una helada masturbación mientras al otro lado del ordenador una chica que parece una muñeca asiliconada con voz de robot lascivo activa la libido con la misma facilidad con la que se apodera de los números de la VISA para cobrar por su servicio y dar paso al siguiente solitario o aburrido o desesperado que la está esperando. A veces, esas búsquedas a través del sexo, acarrean peligros, problemas, encrucijadas. No importa. Supone que así su situación es menos patética que la de su hermana, entregándose a cualquier cretino que le dice que la quiere para dejar de decírselo al minuto siguiente. Ella, con la voz y la presencia de Carey Mulligan, se mueve entre el dolor y las heridas del pasado, intenta buscar -a ratos y con dificultad- su sitio pese a todo, a todos los desmoronamientos y frustraciones. Pocas veces una actriz ha mostrado una fragilidad tan hermosa y estremecedora como la que Carey muestra en esta película. Su interpretación, casi en un susurro, del mítico "New York, New York" hace daño, perturba, arrebata, merece todos los premios habidos y por haber. La frialdad de su hermano, interpretada por un Michael Fassbender impresionante (que también se merece casi todos los premios, pese a que la Academia de Hollywood les haya ninguneado a los dos de un modo intolerable), contrastando poderosamente con esa fragilidad, no se queda atrás. Su mirada corta con la precisión con la que toma algunas de las decisiones que lo conducirán al tramo más espinoso del camino. A ese tramo del que, a pesar de los pesares, quizá haya retorno. "A partir de cierto punto no hay retorno posible. Ése es el punto que hay que alcanzar", dijo Franz Kafka. Cada cual, tras ver la película, dirá. Tampoco estoy muy seguro a estas alturas de que ése sea el punto que haya que alcanzar, pero quién soy yo para llevar la contraria a Kafka.
No es una película fácil de ver ni de digerir, ni tampoco es apta para todas las mentes. De hecho, cuando nosotros la vimos, una señora se pasó toda la película diciendo "qué asco, qué asco", a excepción de esos momentos en los que el descomunal miembro de su protagonista inundaba la pantalla en todo su esplendor. Así están las cosas por estos cines. Pero me quedo en la película, en esa atmósfera fría y triste y un tanto desoladora, reconociendo a un personaje y al otro, poniéndome en su piel, huyendo de cualquier juicio que no sea el de calificar a esta película, "Shame", como una película extraordinaria.
viernes, 24 de febrero de 2012
El afilador
Una de estas mañanas de sábado, trajinando por la cocina de mi madre, escuché ese sonido de flauta o de armónica que utilizan los afiladores cuando anuncian su llegada a las calles. Bajé el volumen de la radio, dejé lo que estaba haciendo (picando ajo, cebolla, patatas y pimiento verde) y desvié la vista hacia la calle. Evidentemente, allí estaba, con su boina negra y una especie de mono azul oscuro, en la acera de enfrente, aprovechando los tímidos rayos de sol -cielo despejado, mañana luminosa pero muy fría- que se acodaban en aquella esquina. No era un hombre mayor, pese a que su trabajo parece siempre asociado a otras épocas, las de mi infancia y adolescencia, sin ir más lejos. Entonces, en aquella época, treinta años atrás, jamás fallaba: una vez a la semana, normalmente los sábados, pasaba por allí delante ofreciendo sus servicios. Aquel afilador de entonces parecía tener bastantes más años que éste, aunque ya se sabe que cuando uno tiene diez o doce años todo el mundo parece muy mayor, mucho más de lo que en realidad es. Recuerdo a las mujeres agolpadas delante de él -quejándose, protestando- con sus cuchillos preferidos o con aquellas tijeras que ya no cortaban como al principio, cuando las habían comprado de oferta en la ferretería o en aquel economato al que iban para realizar la compra más importante del mes. Las ofertas ya se sabe lo que tienen, decía alguna... Hablaban entre ellas, claro: eran vecinas o familia y aprovechaban aquel momento, mientras el hombre afilaba sus utensilios de cocina y seguía vociferando para que todo el mundo se enterase de su presencia en aquella calle (¡afiladooooooor!), para ponerse al día de los últimos acontecimientos, de algún cotilleo, de los programas de la tele (en aquellas lejanas mañanas de sábado, "Gente Joven", que tan innovador parece recordándolo ahora, hacía furor), de lo que fuera. Otros tiempos. Hacía mucho que no veía a uno de estos hombres por Oviedo. Quizá la última vez, dos o tres años atrás, fue en las calles de los alrededores de la librería Trabe, donde pasé tres años, también en alguna luminosa mañana de sábado. Eran tristes aquellas mañanas. Apenas entraba nadie en la librería (su ubicación no era la más recomendable, más aún en los tiempos de crisis en los que ya estábamos inmersos) y aquel sonido, el de la flauta o la armónica del afilador y su grito posterior, me ponían algo melancólico. Me transportaban a otras épocas que ya no existen, que sólo conservamos en la memoria y que recordamos con un sabor agridulce. A la inocencia de aquellos tiempos en los que todo parecía posible, a aquellos pensamientos e ilusiones que nada tenían que ver con lo que finalmente la vida tenía previsto para cada uno de nosotros. Lo que éramos y soñábamos y en lo que nos hemos convertido: cada cual puede hablar por sí mismo y analizar los correspondientes ejemplos. El hecho de que apenas entrase gente en aquella librería (pese al amor y las ganas que todos pusimos en ello) e hiciese que se fuese barruntando el final de la misma, contribuían sin duda a aquella melancolía. El afilador, con su bicicleta y su poderoso grito (¡afiladooooooor!), recorría las calles varias veces hasta que su sonido se iba difuminando, casi hasta perderse en la lejanía. Ya no tenía el público de entonces y por eso daba vueltas y más vueltas alrededor de aquellas calles. Lo mismo que este otro afilador que la otra mañana estaba delante de la casa de mis padres, aprovechando los tímidos rayos de sol que no conseguían hacer olvidar lo crudo de este invierno interminable. Acaso un jubilado que le daba más conversación que trabajo o una peluquera que, aburrida y con ganas de cháchara, hacía tiempo hasta que entrase alguna clienta sin hora o alguna otra que se había retrasado con la suya. Subí el volumen de la radio, regresé al presente y escuché la voz de mi madre recordándome que el aceite de la sartén ya estaba caliente y que en el salón todos decían tener mucha hambre. El afilador ya no estaba en la esquina de enfrente. Y aquellos tímidos rayos de sol que alegraban un poco la mañana de febrero, tampoco.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Carnaval
En estos tiempos difíciles y extraños, de recortes e incertidumbres, lo mejor es refugiarse en las cosas pequeñas. No es un tópico. Es un hecho más que evidente. Son las únicas que salvan, aunque sea momentáneamente, de lo complicado que tenemos frente a nosotros, del tiempo que imaginamos que vendrá. La otra tarde, sin ir más lejos, haciendo una merienda para celebrar el carnaval, con chocolate y frixuelos incluidos. En casa de mis padres, por desgracia, no hay niños y de los mayores, mi hermana, como siempre, es la única que siempre quiere disfrazarse, pero dado el éxito de su iniciativa nunca hay disfraz para ella. Creo que un día se va a desquitar y se va a pasar un mes entero disfrazada por todos los disfraces que no pudo ponerse durante estos años. El caso es que allí estábamos, sin disfraz, pero en la cocina de la casa de mis padres, preparando la merienda. Esa cocina donde, tanto mi hermana como yo, tantas tardes pasamos: merendando, discutiendo, riéndonos, haciendo los deberes, recibiendo a amigos, hablando con mi madre de nuestras cosas cuando volvíamos de madrugada y ella siempre se levantaba a ver qué tal nos había ido, si habíamos visto a aquel chico que nos gustaba o si la noche no nos había sido demasiado propicia. Sólo con ver nuestra cara o sentir nuestros pasos antes de abrir la puerta, ya sabía la respuesta. Ah, las madres... Removiendo la pasta para los frixuelos, pensaba en todo esto. Deshaciendo el chocolate, también. Cuarenta años ya van siendo unos cuantos años y hay lugar para toda clase de recuerdos. Con el tiempo, se van dulcificando los amargos (bastante trabajo cuesta con algunos de ellos, no lo vamos a negar) y los otros, los mejores, fueron los que ayudaron a llegar hasta aquí. Hay, pese a todo, pese a todas estas circunstancias que nos rodean, que ser positivos. O intentarlo al menos. Me preguntaba hace poco el estupendo periodista Alberto Piquero para el suplemento cultural de El Comercio que de dónde provenía esta fuerza para, pese a algunas cosas y situaciones, encarar la vida con ese sentido positivo. De una depresión que sufrí durante dos años interminables, le contesté. Ay, suspiró. De la cama al sofá y del sofá a la cama: sólo tenía fuerzas para realizar esos viajes. Y cuando salí de aquello, me dije que nunca más. O que haría todo lo posible, todo, lo que fuera, para no volver a verme en una situación así de lamentable. Y ahí sigo. Creo, sin ánimo de parecer inocente o ingenuo, que en esas cosas pequeñas está la clave. Una charla con amigos, una tarde de cine, un paseo con tu pareja, una merienda con la familia. Son sólo algunos ejemplos. Dejémonos de tonterías, de intentar alcanzar lo imposible (lo bueno que tienen los años es eso: que los pies ya van estando más en la tierra y no intentas alcanzar lo imposible, ni siquiera, si me apuras, lo que parece posible). No me puedo imaginar una tarde más feliz que ésta de la que hablo. Mi madre y yo en la cocina, preparando los frixuelos y el chocolate, celebrando el carnaval a nuestra manera. Y el resto de la familia, en el salón, disfrutando del delicioso olor que llegaba hasta allí, contando los minutos para degustar la merienda. Y mi hermana, claro, de un lado a otro, intentando convencer a algún incauto para ir a comprar algún disfraz de última hora y salir este sábado a las calles vestida de china, de india, de pirata o de payasa, que lo mismo le da.
martes, 21 de febrero de 2012
Los lunes al sol
Están ahí, como nosotros, alrededor de los cuarenta años, unos cuantos chicos y chicas, al sol. Sí, han subido un poco las temperaturas, luce el sol y es lunes, curiosamente, pero podría ser martes o miércoles o jueves o sábado. Lo mismo da. Todos ahí, al sol. Todos los días, para los parados, son el mismo día. Unos están sentados en los bancos de ese parque, leyendo o charlando; otros hacen ejercicio; algunos -como nosotros- caminando a buen paso. Todos, cada uno a su manera, disfrutando de esa tregua que nos brinda hoy el tiempo, sobrellevando la espantosa situación del paro, tratando de dejar la mente en blanco al menos por un rato. Todos mezclados con los mayores, los jubilados, también al sol. También sentados en los bancos o caminando (a menor paso), charlando unos con otros o dejando que el sol caliente un poco sus huesos, sus manos completamente deformadas por el reuma. Vaya cuadro. Uno de tantos. Uno más. Cinco millones de parados. Aquí están -estamos- algunos de ellos. Es lo que hay. Y hay que afrontarlo de la mejor manera posible. No siempre se consigue. Son muchos frentes abiertos. Muchas cosas en las que pensar. ¿Qué pasará después? Mejor no incurrir demasiado en ello, ya digo. No es una película. No es un mal sueño. Es la realidad pura y dura. Pero mejor no enturbiarla hoy con todos esos dolores de cabeza, quebraderos que es imposible aniquilar. Mejor disfrutar del sol, de este sol que llegó hoy, lunes, inesperadamente, después de un domingo de lo más invernal: domingo de frío, lluvias y aguanieve. Caminar en silencio. No pensar tampoco en esas palabras que nos dijo nuestro casero sobre la posiblidad que le sugerimos de bajarnos un poco el alquiler mientras los dos estuviésemos en esta situación. Sólo mientras tanto. Dijo: la dueña de la casa es una mujer que vive en La Moraleja y lo hace ajena a todo lo que está cayendo. Tal cual. Viva la solidaridad, el ponerse en la piel del otro. Bastante es, añadió, que no os suba el recibo. Palabras literales. Y a callar. O a marcharse. Pero miras los anuncios y todos los alquileres se desbordan. Parece que la gente haya perdido el norte. ¿Hacia dónde vamos? Ya no lo sé. Mandas currículums que te imaginas que acabarán en la papelera más cercana, llamas a puertas que te cierran directamente en la cara o a otras que ni siquiera se molestan en abrir. Así las cosas. Y sigues caminando, cada día, por ese parque, el de Invierno, o por cualquier otro, recorriendo la ciudad a buen paso, resistiendo. Inventando planes y risas para que esa persona que está a tu lado tampoco se derrumbe. Resistiendo. Sí, creo que ésa, más que nunca, es la palabra. Como aquella canción del Dúo Dinámico, ya asociada para siempre con el final de esa película de Almodóvar, una de las mejores, "Átame!" (pocas veces estuvo más guapa Victoria Abril: radiante la otra noche, por cierto, en la gala de los Goya, qué triste también que no le ofrezcan más papeles a la altura de su inmenso talento). No queda otra. Y en eso piensas para no pensar en nada, para dejar que el sol de este lunes o martes o miércoles o jueves, qué más da, te caliente un poco los huesos como los de esos jubilados que cuentan los días, conscientes de que para ellos un nuevo día es más un victoria que cualquier otra cosa.
sábado, 18 de febrero de 2012
Los otros son más felices
Dos mundos. El de la gente con dinero y el de la gente con menos posibilidades, la cosmopolita y la gente del pueblo (en el propio pueblo manchego o en la capital, Madrid), los padres y los familiares catalanes: "los Soley", "los primos catalanes". Y en medio, ella, la joven protagonista de esta novela, "Los otros son más felices", la cuarta de Laura Freixas. La joven, Áurea, de catorce años, ya en Cataluña, que es al lugar al que se traslada (como allí se trasladaba también Andrea, la protagonista de la novela de Carmen Laforet, "Nada"), va descubriendo otras voces, otros ámbitos (no cito en vano la novela de Truman Capote -otro clásico, al igual que la de Laforet-, también de iniciación) que marcarán su vida, un mundo alejado del suyo, de los suyos, y por el que siente una especie de admiración y de respeto en todo momento. Ese contraste -contraste de gentes, colores, olores, sabores y paisajes- es un hilo silencioso e importantísimo que recorre la novela, que le da sentido, como ese otro hilo le da sentido a la cometa o el plano se lo otorga al edifico antes de ser construido. Hay un gran trasfondo ahí detrás, siguiendo ese hilo, rememorando. Dos Españas (y no me refiero ahora a cuestiones políticas, o no sólo a ellas) que chocan, que chirrian a ratos, que conforman un mundo que era así, como se plantea, y que sirve para que la protagonista vaya descubriendo las cosas como son o como eran, quién sabe. También, hay que decirlo, dos Españas que avanzan juntas, y no siempre -o no del todo- cada una por su lado (la evolución del personaje de la madre de la protagonista, obligada a adaptarse a algunas circunstancias para las que no fue educada -una separación, por ejemplo-, puede explicar bien esto). Y con ello, con esas dos Españas (¿aún vigentes? quizá sí, aunque de otro modo: o eso queremos imaginar, pese a los tiempos), dos tipos de hombres y de mujeres cuyo recuerdo está aún muy presente en los que vivimos épocas parecidas en la infancia o la juventud, años arriba o abajo, aquí o allá. El mundo de los descubrimientos, de aquellas cosas que los mayores decían en voz alta y aquellas otras que se silenciaban, se susurraban o se insinuaban más o menos veladamente. Los años de formación. Las historias y los secretos que se descubren, que se van descubriendo, con el transcurrir del tiempo. Y los recuerdos -reales o inicialmente edulcorados, suavemente deformados por los años, como corresponde- que, con el paso de ese tiempo, los van arropando. Los recuerdos que tejen esa tela que explica a la perfección lo que fuimos y en lo que nos hemos ido convirtiendo hasta el día de hoy. Ahí es nada.
Aunque de otra manera, ya había tocado Freixas este tema (los familiares de una y otra provincia, ese contraste) en la que, junto a esta que ahora nos ocupa, considero su mejor narración hasta la fecha, "Adolescencia en Barcelona hacia 1970", una especie de memoria personal que adquiría la dimensión de un retrato generacional. La fascinación por observar esas cosas que ocurren más allá de tu cuarto o del círculo cerrado que lo conforma y la galería de personajes que te vas encontrando en ese viaje. Ése, el de los personajes, es otro de los logros de esta narración: su variedad y en ella, de nuevo, el contraste. Ese contraste tan bien explicado, como antes mencioné, en el personaje de la madre de la protagonista: tan llena de contradicciones, tan humana por eso precisamente. Y en cómo, al ir asumiendo esas contradicciones, se va convirtiendo en alguien más cercano para su hija. Pero hay más -sobre todo femeninos-, muchos más, y cada uno a su manera va explicando y dando sentido a la propia vida de la protagonista, Áurea, a la mujer en la que se ha ido convirtiendo. Esa vida que ahora, junto a Claire, su interlocutora silenciosa, rememora. Hilos que, como siempre, van tirando de otros hilos -de la adolescencia a la edad adulta- y que demuestran que eso de que los otros son más felices no es siempre más que una apariencia y un bonito título.
No sé si es la mejor novela publicada el año pasado en este país, pero sí sé que es una de ellas.
Aunque de otra manera, ya había tocado Freixas este tema (los familiares de una y otra provincia, ese contraste) en la que, junto a esta que ahora nos ocupa, considero su mejor narración hasta la fecha, "Adolescencia en Barcelona hacia 1970", una especie de memoria personal que adquiría la dimensión de un retrato generacional. La fascinación por observar esas cosas que ocurren más allá de tu cuarto o del círculo cerrado que lo conforma y la galería de personajes que te vas encontrando en ese viaje. Ése, el de los personajes, es otro de los logros de esta narración: su variedad y en ella, de nuevo, el contraste. Ese contraste tan bien explicado, como antes mencioné, en el personaje de la madre de la protagonista: tan llena de contradicciones, tan humana por eso precisamente. Y en cómo, al ir asumiendo esas contradicciones, se va convirtiendo en alguien más cercano para su hija. Pero hay más -sobre todo femeninos-, muchos más, y cada uno a su manera va explicando y dando sentido a la propia vida de la protagonista, Áurea, a la mujer en la que se ha ido convirtiendo. Esa vida que ahora, junto a Claire, su interlocutora silenciosa, rememora. Hilos que, como siempre, van tirando de otros hilos -de la adolescencia a la edad adulta- y que demuestran que eso de que los otros son más felices no es siempre más que una apariencia y un bonito título.
No sé si es la mejor novela publicada el año pasado en este país, pero sí sé que es una de ellas.
miércoles, 15 de febrero de 2012
Las cosas de la vida
La chica me recordó a ese personaje que aparece en varias obras de Marguerite Duras y que ella denomina la loca, la mendiga, la que perdió los papeles por amor, la que se queda a las puertas de las grandes mansiones, la que grita por las noches, la que observa. Estaba a nuestro lado, esperando a que el semáforo cambiara de color para cruzar de acera. Una tarde revuelta en la que lo mismo salían dos rayos de sol que se encapotaba el cielo y comenzaba a nevar tímidamente o a llover con furia. Cargaba con una bolsa enorme que parecía bastante pesada e iba desaliñada, las ropas viejas, muy viejas, y usadas, grandes zuecos como esos que llevan las enfermeras o la gente que tiene que pasar muchas horas de pie en sus trabajos, y debajo de ellos, de aquellos zuecos sucios y amarronados, unos calcetines llenos de bolas, completamente desgastados, caídos, sin goma alguna que los sujetase a la altura del tobillo. Estaba absorta en sus pensamientos. Por eso aunque la mirases, siempre con disimulo, no parecía que se diese mucha cuenta. Tenía un aire a Clara Sanchís, la actriz, la hija de esa otra importante actriz, Magüi Mira. Pero no era ella, Clara Sanchís, porque había leído semanas atrás que la actriz estaba en Madrid, cosechando un gran éxito con "Agosto", esa estupenda obra de teatro que descubrimos hace casi tres años en Buenos Aires con Norma Aleandro en el papel que ahora hace aquí Amparo Baró (la vi varias veces en teatro: siempre deslumbrante: por su genio, por su naturalidad, por la capacidad que tiene para apoderarse de cada personaje, de hacerlo suyo, al lado de las hermanas Gutiérrez Caba, de María Fernanda D´Ocón, o de quien fuese). Siempre que veo a alguien así, perdida, desorientada, caminando por las calles con sus pertenencias en una pesada bolsa, con la mirada triste y el aspecto de quien no espera ya demasiado de la vida, me pregunto los motivos que la habrán llevado a esa situación. Casi siempre son los mismos (creo): desarraigo, desamor, falta de oportunidades y de entendimiento con sus familias... Y ausencia de dinero, claro, por las razones que sean. Hoy no hace falta mucho para llegar a una situación así. Hace pocos días, en una de las calles del centro, me encontré con un chico más o menos de mi edad con el que años atrás coincidía muchas noches en los locales de moda de esta ciudad: estaba en el suelo, delante de una pastelería, muy avejentado (entonces resultaba atractivo: los ojos verdes, el pelo negro, la actitud de quien, rodeado de amigos, se lo estaba pasando bien y de quien pensaba que aquello no iba a tener fin), con un cartel a sus pies, pidiendo unas monedas, algo para comer. Por un momento, nuestras miradas se encontraron (me imagino que me habría reconocido de igual modo que yo a él) y sentí el vértigo de quien sabe que allí, donde ahora estaba sentado, en el suelo de una céntrica calle de una ciudad que cada día cierra dos o tres negocios, podemos -a este paso- estar en cualquier momento cualquiera de nosotros, más pronto que tarde viendo todo lo visto, escuchando las noticias, leyendo los periódicos, imaginando el panorma más cercano. Seguimos caminando y ella, la chica que se parecía a Clara Sanchís pero que no era Clara Sanchís, se quedó atrás, ensimismada, pensativa, moviendo lentamente los pies (pies pequeños dentro de zuecos grandes) como el que no tiene prisa por llegar a ninguna parte, como el que sabe que lo mismo le dan las doce de la mañana que las ocho de la tarde, como el que ya ha traspasado la línea y no tiene demasiado en lo que creer.
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