martes, 29 de noviembre de 2011

Habitaciones propias

Fue una mujer la que escribió la frase. "Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción". Virginia Woolf, naturalmente. El tiempo se encargó de convertir esas palabras en una especie de filosofía de vida, de necesidad imprescindible e incuestionable. ¿Qué se necesita para escribir? Un lápiz, un papel y una habitación propia, por supuesto. La necesidad de tener esa habitación propia, el trabajo que permita poseer las monedas necesarias para pagarla. La esencia de la frase se extiende también al resto de las mujeres, aunque no se dediquen al oficio de la escritura. La importancia de esa habitación propia para todo: para leer, para escribir, para pensar, para coser, para descansar, para contemplar el mundo desde su ventana, para dejar pasar las horas en silencio, para el sexo, solitario o compartido, con unos o con otras. Otra mujer, Simone de Beauvoir, algunos años más tarde, nos habló de ello en ese otro ensayo imprescindible, "El segundo sexo", donde, con sus lógicas particularidades, se sitúa a la mujer de igual a igual con el hombre. La postura es clara: la mujer (sin tener que renunciar a ello) es algo más que madre, hija y esposa. Y el recorrido es amplio: la infancia, la edad adulta, la vejez. Y la iniciación sexual de la mujer y la sexualidad en sí misma, casi siempre tan silenciada. Los tiempos han cambiado, por fortuna, pero conviene, como siempre, no olvidarlo. "No se nace mujer, se llega a serlo". No tenemos más que echar un vistazo a la literatura española para comprender esa mítica frase de la Beauvoir y los riquísimos matices que encierra. En 1989, la escritora Almudena Grandes ganó el Premio La Sonrisa Vertical y se dio a conocer con una novela, "Las edades de Lulú", donde la protagonista hacía con su cuerpo lo que le daba la gana sin ser juzgada por ello, cosa impensable unos pocos años atrás. Hoy, ese premio ya no existe. Y pienso que una de las lecturas que se pueden hacer sobre ello, sobre la desaparición de aquella colección de libros de tapas de color rosa que según el maestro Luis García Berlanga deberían leerse con una sola mano, es -precisamente- el hecho de que la represión que envolvió este país durante tantos y tantos años de dictadura ya ha empezado a remitir. Y que la posición de la mujer, por tanto, va adquiriendo -lentamente: eso sí- el lugar que le corresponde, más allá del objeto sexual, la caricatura o la imagen arquetípica. Muchas mujeres (y algunos hombres) contribuyeron a ello. La mujer que entra y que sale, que tiene una pareja y otra, que no depende económicamente de nadie, que practica sexo cuando y con quien le viene en gana, ya no se ve como algo extraño o negativo, ni se considera que esa mujer se trate de una degenerada, de una perdida o de una prostituta. Ah, esa palabra. A los que ya vamos teniendo unos años, nos basta con echar una vista atrás, a algunas de las escenas vividas a lo largo de la infancia o de la adolescencia, para comprobar la marginación que podían llegar a padecer las mujeres que no seguían la norma establecida, los cánones de la época. Los cuchicheos, las sonrisillas burlonas, la manera en que se juzgaban o reprobaban comportamientos que no se correspondían con los de la mayoría, con la figura de aquella mujer enclaustrada en una casa, con un marido (del que, en numerosas ocasiones, ni siquiera estaban enamoradas) y unos hijos. Han sido, como digo, muchas mujeres y hombres luchadores los que ayudaron a cambiar la perspectiva de las cosas. Y la evolución de los propios tiempos, evidentemente. La literatura, el cine, los medios de comunicación o, más cercano en el tiempo, la revolución que supuso Internet contribuyeron de forma decisiva a ello.
Recuerdo ahora, cuando Almodóvar, cuyo cine está repleto de toda clase de figuras femeninas, empezaba a salir a otros países con sus películas, las palabras de elogio por parte de profesionales de aquellos lugares sobre cómo quedaba plasmada en sus películas la evolución de la mujer española. Carmen Maura fue durante un tiempo la imagen de ese cambio, la mujer moderna, entendiéndose siempre la palabra moderna como algo positivo. La mujer reía o lloraba, sufría o gozaba, pero era ella misma, con todas las consecuencias que, por otro lado, eso lleva consigo. En una de las más gloriosas colaboraciones de Almodóvar con Maura, “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (una de las cintas más redondas del manchego: ni le falta ni le sobra ni un solo minuto), el personaje de Carmen, Pepa Marcos, al final de la película, decide asumir la maternidad en solitario, otro de los temas tabús de nuestra sociedad durante años. El cambio había sido brutal, desde luego. La mujer estaba en el mundo y era visible. Era algo más que una mera comparsa o acompañamiento de los personajes masculinos. O la figura, casi siempre desnuda sin venir a cuento y más bien muda, de las tremendas películas del llamado cine del destape.
Y, hablando de cine, no quiero olvidarme de las películas, tan reflexivas y literarias, de Pilar Miró, ni de la imagen de mujeres independientes que sus protagonistas (casi siempre en la piel de la fabulosa Mercedes Sampietro, álter ego de la propia Pilar) ofrecían. “El pájaro de la felicidad”, con guión de Mario Camus, alcanza, en este sentido, importantes cotas.
La generación literaria que surgió en los años ochenta del siglo pasado, un poco antes de que Almodóvar comenzase a pasear su cine por medio mundo, también veía las cosas de esa manera. La propia Almudena Grandes, Soledad Puértolas, Laura Freixas, Núria Amat, Enriqueta Antolín... Y no debemos olvidar a importantes escritoras de la generación anterior, como Josefina Aldecoa o Carmen Martín Gaite, cuyas protagonistas femeninas intentaban buscar nuevos aires, ya no se conformaban con la rigidez de aquellas normas establecidas. Martín Gaite, cuya obra se engrandece con el paso de los años, ganó el premio Nadal con una novela, "Entre visillos", que criticaba, precisamente, el ambiente cerrado y opresivo que se vivía entonces en los lugares pequeños, pueblos o ciudades de provincias, esas miradas que observaban y que juzgaban a través de los visillos. Esas miradas que tanto contribuían a hacer mucho más lento el avance de las mujeres, el verdadero avance que las situase en un lugar en el mundo, el suyo propio, con lápiz y papel y aquella habitación propia de la que hablaba Virginia Woolf incluida.
Y ya termino. Y lo hago con la imagen de una mujer frente a un espejo, la de la escritora y académica Soledad Puértolas. O la de uno de los personajes de su último libro de relatos, “Compañeras de viaje”. Una mujer se contempla en ese espejo y reflexiona sobre la vida, sobre el paso del tiempo, sobre el peso que supone vivir, sobre la vejez y sobre sí misma. Los fantasmas, los parecidos con la madre, la mujer que fue, que quiso ser, que es. Una mujer dentro de la que hay numerosas mujeres. Todas necesarias, todas imprescindibles. Es un relato magistral que demuestra, por otro lado, que el espíritu de Virginia Woolf, en una habitación propia, delante de un espejo, sigue, afortunadamente, muy vivo.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Compartiendo mesa con Antonio Masip

A veces, en este ir y venir en el que andamos los escritores, nos encontramos con colegas con los que empatizamos de inmediato. Así, la otra tarde, en el Rastrillo de Nuevo Futuro (donde Marta Polledo y Mar Eguidazu siempre tienen la gentileza de invitarme), con Antonio Masip, alcalde que fue de Oviedo y que acaba de publicar "Con vistas al Naranco", publicado por Septem Ediciones (la editorial que dirige Marta Magadán, generosa y siempre detallista amiga), que aguarda desde ya en mi mesita junto a la nueva recopilación de artículos del gran Javier Marías (me adelanto un poco en esto de los balances anuales y digo que su novela, "Los enamoramientos" es una de las mejores de este año, el 2011, que se va agotando). Ahí estamos, los dos, Antonio y yo, compartiendo mesa, recibiendo flashes, firmando de cuando en cuando a los que se acercan a comprar nuestros libros, charlando sobre nuestros gustos literarios, recordando anécdotas de mujeres estupendas, dejando pasar la tarde entre unas cosas y otras. Abre, Antonio, uno de mis libros al azar y trae de ellos el nombre de alguno de los escritores que los habitan. Los Aldecoa, los Bowles, los escritores norteamericanos con Truman Capote a la cabeza... Coincidimos en todos ellos. No podía ser de otra manera. En las dos Marguerite, Duras y Yourcenar. Y en Ángel González, claro, tan grande poeta como era, como es. Palabra sobre palabra. Hablamos, de pasada, de su enfermedad, de ese ictus que le dio hace un tiempo y cuyas secuelas intenta neutralizar haciendo un montón de tareas: el ordenador, las lecturas, la escritura, los artículos del periódicos, los viajes a Bruselas... Y de cómo eso, la enfermedad, lo relativiza todo. Las enfermedades siempre separan las cosas importantes de las que no lo son. Bien lo sabemos los que, de un modo u otro, pasamos por ellas. Mirar hacia delante, siempre, no queda otra. Nos despedimos, Antonio y yo, después del encuentro con los lectores y de nuestra charla. Y al llegar a casa, abro su libro y leo: "El camino es mi patria, mi esfuerzo, mi vida, mi inexcusable razón de ser". No puedo estar más de acuerdo con esas palabras, don Antonio. Y espero que ese camino por el que transitamos haga que nos volvamos a encontrar pronto, compartiendo de nuevo alguna mesa como la de la otra tarde.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Alguien tendría que decírselo (a Rouco Varela)

Un día, uno solo, después de que el Partido Popular ganara las elecciones, ha tardado en salir de nuevo el cardenal Rouco Varela a arremeter contra el matrimonio gay, una de sus prioridades y actividades favoritas. Qué falta de respeto. Sí, digo falta de respeto, con todas las palabras, y digo bien. No sólo por los gays (que ya estamos muy hartos, por cierto, pese a la costumbre de escucharle cada vez que puede arremeter contra nosotros en radios, periódicos y televisiones), sino por todos esos padres y madres, heterosexuales y creyentes la mayoría de ellos, que tienen hijos homosexuales, casados o no, y que los quieren, los aceptan y los respetan. Ya está bien. Siempre con la misma perorata, con la misma cantinela, con las mismas diatribas. Alguien tendría que decirle al cardenal que debería de respetar con las mismas dosis de respeto que reclama para sí mismo y para los suyos cuando alguien intenta arrebatarles medio milímetro de su confortable territorio. Y que debería empezar a salir en radios, periódicos y televisiones cambiando un poco su discurso, aunque sólo fuera un poco y, más que nada, por renovar, que, de cuando en cuando, no viene nada mal. Ese discurso tan rancio y obsoleto que cada vez lo está alejando más de la gente con criterio y sentido común. Ha sido largo el camino, largo y duro, hasta llegar aquí, hasta conseguir nuestros derechos, con la palabra matrimonio al frente de ellos (qué manía con la susodicha palabra, aunque me temo que la palabra, para ellos, es sólo la excusa perfecta para poner sobre la mesa eso que tanto detestan, las relaciones amorosas y sexuales entre dos personas del mismo sexo), así que debería de abandonar la cizaña y dejar de arrimar el ascua a su sardina, que sólo un día, uno solo, le ha bastado para salir a la palestra con el mismo runrún de siempre. Qué obsesión. Alguien, insisto, tendría que decírselo. Y de paso, ya puestos, que le diga también que el gobierno bastante tiene con arreglar la situación económica y con encontrar trabajo para esos cinco millones de parados que pululamos por España en estos momentos como para andarse por las ramas que a este señor, qué pesado, le interesan. No voy a decirle a ese alguien que le recuerde al cardenal que nuestras familias son tan respetables como las demás porque eso no hace falta recordárselo a nadie, salta a la vista por sí solo, le pese a quien le pese, que es a él y a sus seguidores, primordialmente, a quien les pesa. Y a todos esos seguidores del cardenal les digo lo mismo sobre la homosexualidad que sobre el paro: el que no lo tenga en su casa, que lo espere. Y luego ya me cuentan.

martes, 22 de noviembre de 2011

¿Quién teme a Yasmina Reza?

Un niño golpea con un palo a otro niño. Y sus padres, los de ambos niños, se reúnen en la casa de unos de ellos, los del niño agredido, para hablar sobre el tema. Las causas, las palabras de perdón y arrepentimiento, los posibles motivos, la educación de los hijos, etcétera, etcétera, etcétera. Ahí empieza todo. "Un dios salvaje". Lo que inicialmente, pese al asunto que los reúne, se trata de un encuentro amable, la cosa, según avanzan los minutos, se convierte en un encuentro terrible, casi en una pesadilla. Los miedos, las inseguridades, las frustraciones, las complicaciones que conlleva el hecho de ser padre y el hecho mismo de vivir... Todo, sin contemplaciones, dobles caras o disfraces, se va poniendo sobre la mesa. El alcohol, entre medias, ayuda. Poco a poco, vamos descubriendo el verdadero carácter de cada uno de los personajes, sus inesperadas reacciones, sus lados más vulnerables, ese lado salvaje que todos guardamos dentro y que tratamos de disimular en el día a día, en medio de la convivencia: qué remedio. El texto es sencillamente brutal. En el teatro, cara a cara con los personajes, resulta apoteósico, descarnado, divertido, humano, patético, terrible, casi grotesco en ocasiones. La representación que se hizo aquí hace dos o tres años con Aitana Sánchez-Gijón, Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero, dirigidos por Tawmin Townsend, era absolutamente perfecta. Una de esas mágicas ocasiones en las que el puzzle que conforman los actores con el texto y los actores entre sí, era redondo: todo encajaba de una manera natural, sin que nada sobrase o faltase. La adaptación al cine que acaba de hacer el gran Roman Polanski (suyas son un puñado de películas que pasarán a la historia del cine: desde la inquietante "La semilla del diablo" a la brutal "La muerte y la doncella", que adapta, por cierto, otra obra de teatro que ya se ha convertido en un clásico), siendo buena, pierde algo de la fuerza del original. Supongo que resulta inevitable. O al menos lo resulta para los que vimos la obra en el teatro. No obstante, conserva muchos de los puntos álgidos que están sobre el papel, muchas de las situaciones más hilarantes o descarnadas. Y un principio y un final de película muy acertados. Todos los intérpretes están bien, destaco a Jodie Foster porque creo que le imprime a su repelente personaje todo lo que éste le reclama para ser eso, repelente. La complicidad entre los actores, al igual que ocurría en la versión teatral española, está presente. No puede ser de otro modo para la representación de un texto así. Un texto en el que se pasa velozmente de la educación y el entendimiento a las peleas más atroces, a decir todo aquello que se le pasa a uno por la cabeza. Y que refleja a la perfección la doble cara del ser humano. Sus temores y sus contradicciones. Lo peligroso y fascinante que es vivir: desde el lado sosegado o desde el lado salvaje. Y desde ese lado que está entre uno y otro, y en el que no siempre resulta sencillo mantenerse.

domingo, 20 de noviembre de 2011

El padre del escritor

Ahí está, sobre las tablas de ese teatro, el Filarmónica, donde tantas tardes pasé disfrutando de las actuaciones de algunos de mis intérpretes favoritos cuando venían por esta ciudad. Lola Herrera, Miguel Rellán, Núria Espert, Verónica Forqué, Lola Cardona, Amparo Baró, Esperanza Roy, José Sacristán, Ana Marzoa, las hermanas Gutiérrez Caba... Y tantos otros. Ahí está, vestido de cura, con una de esas sotanas negras que siempre dan un poco de repelús a los que hemos conocido la cara siniestra de los colegios religiosos, representando un pequeño papel en una obra sobre la vida de Jovellanos. Ahí está, es él, mi padre, en su estreno en la capital. Desde que se jubiló, hace unos cuantos años ya, encontró en el teatro una manera estupenda de encauzar tanto tiempo libre, que siempre resulta un peligro para gente tan activa como él. Al principio, la cosa no era como ahora. Actuar no es sólo recitar un papel bien aprendido: hay que interpretar ese papel, darle vida a un personaje, crearlo desde el propio texto donde está escrito. Fue complicado, seguramente más de lo que él esperaba. Sin embargo, no desistió y siguió haciendo unas obras y otras. El año pasado, en Mieres, estrenó una obra de Woody Allen, "Adulterios", donde estaba espléndido, otorgando al personaje todos los difíciles matices que estaban sobre el papel. Le veía allí, sobre aquel teatro, y no le reconocía: nada tenía que ver aquella estupenda interpretación con la de sus comienzos en esto del teatro. El esfuerzo y el trabajo (casi) siempre tienen recompensa. Y allí, en aquel trasunto de Woody Allen, estaba la prueba. Mi padre y Woody, dos de los hombres de mi vida. Cuántas tardes me pasé viendo películas del genio neoyorquino. Todas sus películas: las obras maestras y las menores. Cuántas al lado de mi padre. No siempre nuestras relaciones fueron fáciles. Una generación de diferencia siempre es una generación de diferencia: mucho tiempo. Demasiado. Y más, cuando los mundos, las inquietudes, las maneras de ver las cosas, la suya y la mía, eran tan diferentes. No hay obstáculos que el verdadero cariño no pueda vencer. Podría quedarme con muchas imágenes de mi padre. Las de su época joven, las de su época de maduro, las de ahora cuando está a punto de cumplir setenta años. Las conservo todas. Pero me quedaré con una: la del día de nuestra boda, en Gijón. Los hombres de su generación no fueron educados para ver cómo sus hijos se casaban con personas de su mismo sexo. Pero mi padre, aquel día, inolvidable día, estaba allí, con nosotros, con Íñigo y conmigo. Y ese gesto borró de un solo golpe todas nuestras diferencias anteriores. Era su hijo, y era feliz, y eso era lo que contaba. Ahora, en estos tiempos tan difíciles en los que nadie sabe si cobrarás a fin de mes, mi padre (y mi madre, claro) es el único que pregunta si necesitamos dinero, si hay comida en la nevera, si queda algún recibo por pagar. Vive la angustia del que no tiene trabajo (yo) y del que siente cómo su trabajo se tambalea irremediablemente (Íñigo). Ah, los padres. Los únicos que ahora llaman por teléfono para interesarse. Así es la vida. Mi padre está ahí, encima de las tablas del Filarmónica, vestido con esa sotana que tanto repelús me da (recuerdo a aquel cura, vestido con una sotana idéntica, que nos pegaba con todas sus fuerzas con una gruesa regla de madera en los dedos si fallábamos alguna respuesta), y sobre su imagen se superponen esos otros cientos de imágenes: la de nuestras vacaciones en el Sur, la de su regreso del trabajo, la de las cenas que compartimos, los cumpleaños, las Navidades, la enfermedad de mi madre... Y tantas, y tantas otras. Y aplaudo al actor, sí. Y aplaudo, sobre todo, al padre. El padre del escritor. Mi padre.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Melancolía, de Lars Von Trier

La vida es cruel en la tierra. Eso lo sabemos todos y eso es lo que dice en un momento dado la protagonista de esta película, la última de Lars Von Trier, "Melancolía". Asistimos, de entrada, casi a trompicones, a una ceremonia, la de la boda del personaje interpretado por Kirsten Dunst, rodeada de esa panda de idiotas donde la más cuerda parece ser la madre, curiosamente el personaje más antipático de la función (¡cómo se va pareciendo físicamente la siempre soberbia Charlotte Rampling, tantos años después de aquella mítica imagen de "Portero de medianoche" con la que se dió a conocer, a Bette Davis cuando tenía sus mismos años: y demuestra, una vez más, Charlotte, a las claras, que no hay intérprete pequeño -cuando el talento es inmenso- pese a la brevedad del papel). A veces, esa parte, irrita, cansa, agota, va y viene, tarda en situarse, en situarnos. Pero lo hace, finalmente: nos sitúa. Y ahí, cuando empieza la segunda parte, ya situados, viene lo mejor de la película, un Lars Von Trier excepcional. Los planteamientos filosóficos, las dudas existenciales, los temores, las angustias, el mundo que se puede escapar en cualquier momento... El personaje de Kirsten -su melancolía, su miedo, su tristeza, su dolor, sus problemas para enfrentarse a la vida, sus altibajos- ya está plenamente ubicado y el de su hermana, la fascinante Charlotte Gainsbourg, adquiere una relevancia y un desarrollo que en la primera parte reclamaba casi desesperadamente. El planeta que se va a destruir -o no-, que va a ser devorado por otro planeta -o no-: sólo al final lo sabremos, aunque lo vayamos intuyendo desde el principio, en las imágenes previas a las de la boda, con los novios, la madre de ella y la panda de idiotas. Los temores, las incertidumbres, la existencia que pasa por delante casi a la misma velocidad con la que ese otro planeta planea devorar a la Tierra. Todo eso está ahí: en el ritmo, en los rostros de las dos hermanas, en el de Kiefer Sutherland (espléndido), en el caballo que se detiene y que no quiere seguir su carrera, en la imagen de Kirsten, reproduciendo otra imagen, río abajo, el vestido de novia arrastrado por la corriente, despojado de todo su esplendor inicial... Ya no hay sonrisas en la boca de la novia: sólo desolación: ésa es la palabra. El fin del mundo, la hecatombe, las reflexiones entre medias, antes de todo eso. Lars Von Trier que recuerda ahí, a ratos, al de su mejor obra, "Rompiendo las olas". Y Kirsten y Charlotte, la Gainsbourg, en constante estado de gracia. La primera se llevó el premio en el último festival de Cannes, pero la otra no se queda atrás en ningún momento. Las miradas, la complicidad, la compasión de una hacia la otra y de la otra hacia la una, finalmente. Un trabajo, sostenido en dos voces, dos miradas, perfecto, soberbio. De los que más vale no perderse. Una película desigual, impactante y recomendable. Y que, durante su proyección, hace que nos olvidemos de las sandeces filonazis (provocación barata y peligrosa) que su director dijo en el pasado festival de Cannes. Lo que, bien mirado, no es poco.

martes, 15 de noviembre de 2011

Las fotos de Terelu

Cuando ayer vi las fotos de Terelu, recordé de repente a Umbral y pensé en el artículo que el maestro hubiese escrito sobre el asunto. Una pieza -quiero imaginar- a medio camino entre lo poético y lo irónico, sin olvidar las alabanzas al cuerpo femenino: esos cuerpos gloriosos que tantas veces retrató en sus libros y columnas y que siguen siendo un referente importante. Luego pensé que yo mismo escribiría algo sobre lo que acababa de ver. Algo relacionado con lo poco que me habían gustado esas fotos, con que se necesitan algo más que unas pieles y unas joyas falsas para homenajear a José María Castellví (el fotógrafo de las estrellas de los 70: de Bárbara Rey a Victoria Abril), con que si te desnudas te desnudas y déjate de pamplinas (ah, el miedo que sigue dando el desnudo en este país), que el Interviú es lo que es y los desnudos artísticos son para otro tipo de publicaciones. Más aún si lo que pretendes, como reconoce la propia Terelu en la entrevista que acompaña al reportaje fotográfico, es convertirte en el póster de la cabina de más de un camionero y en lo que ello conlleva consigo. Sin embargo, a medida que pasaba el día, en radios, televisiones, redes sociales y periódicos digitales, casi todo el mundo se centraba y se ensañaba con lo mismo: los kilos de más de Terelu. No lo decían así, claro. Lo decían, en la mayoría de los casos, del modo más despectivo posible. Una periodista llegó a exclamar que cómo se atrevía Terelu a posar así cuando sus brazos eran como piernas. Hombre, no. Seamos un poco serios. Si estamos luchando contra la anorexia, contra las tallas 34 en las chicas, contra los peligros que puede acarrear al respecto de la publicidad todo este tema en mujeres jóvenes (y no tan jóvenes), venir ahora con esto me parece, como poco, de juzgado de guardia. No todo el mundo tiene que estar como Kate Moss para desnudarse. El desnudo, el desnudo. Cuántos temores y complejos. Cuánta tontería. ¿Será que, como apuntaba antes, sigue poniendo nervioso a más de uno y se tira por el camino del medio? Lo siento, pero no es disculpa. Es un tema peligroso y hay que tener cuidado. Hay desnudos valientes y maravillosos sin necesidad de tener el cuerpo de Sharon Stone. Recuerdo ahora el que hizo la gran Kathy Bates en aquella película, "About Schmidt", entrando en el jacuzzi donde estaba Jack Nicholson (bien tapadito por las aguas, por cierto). Tan poderoso como su talento. Y punto. Terelu ha hecho el reportaje que le ha dado la gana y tenemos todo el derecho del mundo a criticarlo. Las fotos son ordinarias (¡esa camisa blanca!), no ha sido valiente, es un quiero y no puedo constante: lo que te venga en gana... Pero cuidado con ciertos temas. Y no se trata de ser políticamente correcto, ¡ni mucho menos!, sino de tener un poco de sentido común, que cada vez (me temo) nos va quedando menos.