lunes, 31 de octubre de 2011

20-N

Faltan algo más de quince días. Esa mañana, la del día veinte de noviembre, nos levantaremos, nos vestiremos y, antes de nuestro paseo habitual por los mercadillos del Fontán y de tomarnos un vino después en alguna de esas terrazas que afortunadamente se resisten a desaparecer pese a la llegada del otoño, haga sol o llueva torrencialmente, haga frío o no lo haga, iremos a nuestro colegio electoral a votar. En ese colegio al lado de casa que ahora me toca o en otros, no he dejado de hacerlo ni una sola vez desde que cumplí los dieciocho años. No ejercer ese derecho, no votar, más que un acto reivindicativo o subversivo, como quieren hacernos ver algunos, me parece una postura completamente estúpida, fuera de lugar y, hasta cierto punto, irresponsable. ¿Qué pasaría si todos hiciésemos lo mismo? Puedes no estar de acuerdo al cien por cien con todo el programa del partido que más se asemeja a tu manera de pensar, pero ¿acaso estamos de acuerdo al cien por cien con todo lo que nos rodea? Lo que habrá que hacer es acercarse y mejorarlo, o intentarlo al menos, no quedarse en la cama durmiendo la resaca del día anterior o yendo de excursión como si no estuviese pasando nada y aprovechando el sol, si lo hay. Están ocurriendo, por desgracia, muchas cosas muy negativas, demasiadas, e intentar hacer algo por cambiarlas es nuestra obligación. Mirando para otro lado, no se solucionan los problemas, que yo sepa. La democracia es eso: una persona, un voto. Y ella, la democracia, nos pongamos como nos pongamos, sigue siendo la mejor de las maneras posibles de convivir. Elegir a quienes queremos que nos gobiernen, exigirles que cumplan lo que prometen y respetar a los ganadores, si no pertenecen al partido al que nosotros votamos. Durante cuarenta años en este país no se podía ejercer ese derecho, el de votar libremente, parece que algunos lo han olvidado por completo. Y otros, más jóvenes, a los que parece que nadie se lo ha explicado muy bien. Qué peligrosa es, a veces, la memoria. Qué caprichosa. Todavía, a día de hoy, en algunos aspectos y comportamientos, se están pagando las consecuencias de aquellos cuarenta años de cerrazón, de pensamiento único, de miedo, de oscurantismo. No se borran de un plumazo tantos desperfectos sociales y culturales, tan arraigados como estaban. Por eso cada nuevo día electoral es un paso adelante para borrar todo aquel tiempo. Y por eso creo que sería positivo, como ocurre en algunos países, que el ir a votar fuese algo obligatorio. Iremos a votar, sí, el veinte de noviembre, con sol o con lluvia, y después aprovecharemos el día, y nos pondremos de mal humor si no ganan los que nosotros votamos (como, seguramente, ocurrirá), pero estaremos ahí, desde ya, preparados para salir a la calle a manifestarnos como intenten dar marcha atrás, arrebatarnos los derechos que tantos años y a tantos de nosotros nos han costado conseguir. Que no lo olviden. Somos muchos y cada uno de nosotros tiene un voto en las manos.

domingo, 30 de octubre de 2011

La televisión

A veces, cuando subimos los sábados a cenar a casa de mis padres, me acuerdo de aquellos otros sábados, tan lejanos ya en el tiempo, en los que mi madre y yo, en ese mismo salón donde ahora cenamos, veíamos las películas que se emitían en aquel clásico de la televisión pública, "Sábado Cine". En aquellos años, los viernes eran los días de ver aquel otro legendario programa, el "Un, dos, tres", y los sábados, a partir de las diez de la noche, la sesión de cine. Ahí vimos películas que forman parte indiscutible de los mejores títulos del séptimo arte como "Bonnie and Clyde", "Eva al desnudo", "Adivina quién viene a cenar esta noche", "La tentación vive arriba" o "La aventura del Poseidón". Y en este plan. Qué reconfortante era estar allí, en aquel salón, con mi madre, descubriendo aquellas películas. Los gestos de los actores, los movimientos de las actrices, las historias tan bien construidas, las ciudades -tan lejanas y diferentes a la nuestra- en las que se desarrollaban esas historias, la magia y la fantasía que lo envolvía todo... Lo mejor de la semana estaba en los sábados. Mis diez u once años. Acostarse tarde, sabiendo que hasta el lunes no había que volver al colegio, disfrutar de las primeras películas para adultos, dormirse pensando en lo que acababas de ver, acariciando la idea de que tú, cual la protagonista de "La rosa púrpura de El Cairo", podías llegar a formar parte de todo aquello algún día. Aquellas películas donde salían hombres y mujeres de carne y hueso, no como en aquellas otras, de dibujos animados, que mis padres, pocos años atrás, me llevaban a ver al cine. Ah, el cine Roxy, el primero de todos en desaparecer de esta ciudad, situado una calle más abajo de la casa de mis padres, con su letrero de neón apagándose y encendiéndose como en una película americana, iluminando con ese parpadeo intermitente el resto de la calle y de los edificios, donde vi mis primeras películas infantiles. Sensaciones únicas que he vuelto a recordar estos días en los que Televisión Española celebra sus cincuenta y cinco años de emisión. No son pocos años. Años en los que se hicieron series y programas -musicales, culturales, infantiles, vanguardistas, informativos, de debate, de entretenimiento... ¡hasta un programa dedicado exclusivamente al teatro conducido por la maravillosa Natalia Dicenta!- que nadie podrá arrebatarle a la historia de la televisión. Ahora, apenas veo televisión. Quizá alguna serie, algún programa de libros, algún informativo... Las cosas, en todos los sentidos, han cambiado. Sin embargo, me queda el recuerdo, sí, el de aquellas noches de sábado, en el salón de la casa de mis padres, con mi madre al lado, los dos en silencio, las luces apagadas, disfrutando de aquellos clásicos. Algunos de mis mejores recuerdos están ahí, en esas instantáneas que contribuyeron decisivamente a ser quien hoy soy.

jueves, 27 de octubre de 2011

La Santa

Si una cámara hubiese grabado nuestros rostros y nuestros cuerpos hace cinco o diez o quince o veinte años en una de aquellas míticas y decididamente gloriosas noches de La Santa, nos devolvería hoy nuestra propia imagen con algunas canas y algunas arrugas menos, con aquellas ganas, las de comernos el mundo, y la certeza de que estábamos en el sitio idóneo para hacerlo. Esta ciudad, Oviedo, podía ser por una noche, la del viernes o la que tocase, que siempre tocaba más de una a la semana, Nueva York y entrar en La Santa, ya lo escribí otras veces, podía ser entrar en el Studio 54, sin ir más lejos o yendo, precisamente, tan lejos. Aquel Nueva York de los 70, con toda aquella revolución sexual y cultural, que no tuvimos la suerte de conocer, podíamos recrearlo aquí en un abrir y cerrar de ojos, semana tras semana, que para eso teníamos la fuerza de la juventud e íbamos superando las trabas de los que nos veían diferentes y nos querían hacer pagar un alto precio por ello. (Señor Rajoy, desde aquí se lo digo: si gana las próximas elecciones, deje en paz esa ley, la del matrimonio homosexual, que tanto esfuerzo nos ha costado a tantos). Hay tiempos en los que todo es posible. Una noche, al principio de la barra, podías encontrarte con Montsita, la hija de Montserrat Caballé, que esa noche había venido a cantar al Campoamor y luego decidió acercarse con sus amigos a aquel local del que, seguramente, había oído hablar desde la distancia. A la noche siguiente, Alaska, aún con el pelo rojo y dejando atrás etapas, pinchaba en la cabina y repartía sonrisas y besos con la sabiduría que tienen las divas de verdad sabiendo corresponder a ese público que, en definitiva, es el que les da de comer y para el que realizan sus trabajos (más de una debería aprender de ella). Y la otra, antes de la madrugada, por sorpresa, allí estaban los chicos de Amaral cuando acababan de sacar su primer disco y -me atrevería a decir, sin modestia alguna- que aquí no los conocía nadie más que Alberto Toyos y un servidor, que se había comprado aquella joya semanas atrás después de escucharlos en alguna radio de madrugada y que incitaba a todo el mundo a hacerlo. ¿Te acuerdas, Yolanda, de aquella noche? ¡Como para olvidarla! Cuatro gatos (aún era temprano), un día inesperado, el whisky con un poco de hielo y la voz de Eva, que más que deslumbrarnos a todos, nos apabulló. Tan tremenda es esa voz en directo y en acústico, tan seductora. A los pies de Eva, estábamos mi hermana y yo, y Alberto Toyos, por supuesto, un poco más allá, con su pelo de bohemio, su cigarrillo (eran otros tiempos) y su copa en las manos. En esa especie de escenario donde otras noches -todas-, bajo la gran bola plateada, tanto tenemos bailado. La música disco de los 70, las canciones petardas de los 80, las tendencias de los 90, los revivals del siglo XXI, y en este plan, que allí había cabida para todo. Donna Summer y Las Grecas, por poner un ejemplo rápido, en feliz armonía, que eso, la mezcla, era la marca de la casa. La libertad, la ausencia de prejuicios y las ganas de vivir y de divertirse, también. No recuerdo una noche, ni dos ni tres, sino cientos de ellas porque fueron muchas las que pasamos entre esas paredes que son parte importante de nuestra memoria. Noches de Nochevieja y otras, las mejores, en las que Yolanda convertía la noche en una perpetua Nochevieja. Besos furtivos, risas y más risas, seducciones y colegueo: la intensa celebración de la vida, del aquí y ahora: toda esa complicidad. Los problemas, siempre acechando, se quedaban a la puerta, un respeto. Porque lo fundamental era eso: las ganas de vivir, de divertirse, de descubrirlo todo y de devorarlo de un bocado en una sola noche. Aquella noche que ya se acababa, pero no importaba: vendrían más, muchas más, y las apuraríamos del mismo modo. Y allí volveríamos a estar todos -poetas, músicos, literatos, actrices, mentes creativas y demás fauna amante de la noche y sus excesos y locuras-, revolucionando el ambiente, arrancándole los colores al tiempo (por malo que fuese) y la sonrisa al primer desconocido que se insinuase con descaro e imaginación. Si esa cámara nos hubiese grabado en una de aquellas noches, ahora, al revisar el material grabado, echaríamos en falta algunos rostros, sí. Pérdidas irreparables. Ah, esas malditas enfermedades a las que me niego a ponerles nombre aquí. Pero siempre nos quedaría la certeza de que, en aquellos rostros, en todos ellos, se atistaba algo muy parecido a la felicidad. Los que estuvimos allí, lo sabemos.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Eduardo Noriega

Está como un tren. Podría decirlo así, con esa expresión coloquial y un tanto antigua que conserva una inocencia que, en estos tiempos donde la inocencia está tan devaluada por algunos (peor para ellos), me gusta mucho. O podría decirlo de muchas maneras diferentes, pasarme el artículo alabando las perfectas facciones de su rostro o del resto de su anatomía. Pero fue Pedro Almodóvar quien, quizá sin pretenderlo (o pretendiéndolo abiertamente, quién sabe), mejor definió su belleza. Contó, el director manchego, que, después de vestirlo de mujer para una prueba poco antes de empezar a rodar "La mala educación" (personaje que acabaría interpretando Gael García Bernal: siempre nos quedaremos con las ganas de saber qué hubiese hecho Noriega con aquel personaje), descubrió con sorpresa el gran parecido del actor con la mismísima Ava Gardner. Y es cierto: si uno se fija bien, detrás de la evidente masculinidad de Noriega, puede hallar los rasgos de aquella actriz americana, mito entre los mitos, que enloquecía con los hombres y que sólo quería beberse la vida, casi nada. No se puede ser más guapo, pues. Ahora, Eduardo Noriega, vuelve a estar de plena actualidad gracias a Tomás Soller, su personaje en esa serie, "Homicidios", que está más cerca de "Epitafios", esa joya (hablo de la primera parte) producida por la HBO, con los argentinos Cecilia Roth y Julio Chávez, que de "CSI" y que Tele 5, después de dos semanas en las que no consiguió la audiencia esperada, ya relegó a las madrugadas. Una pena. Es muy triste ver el poco margen que algunas cadenas (todas, me temo) le otorgan a productos más que dignos y la matraca que nos dan con algunos programas de vergonzoso nivel e indiscutible mal gusto. Pero vuelvo a Noriega. Qué lejos quedan aquellas primeras imágenes suyas, la mirada turbia de aquel personaje en la espléndida ópera prima de Alejandro Amenábar, "Tesis", donde le descubrimos. Todo un hallazgo. La fuerza de aquella interpretación no fue una casualidad. Los años y las películas que vendrían después, imponente belleza a un lado, así lo demostraron. Ese perfecta combinación entre intensidad y naturalidad, entre timidez y socarronería, que Noriega brinda a todos sus personajes. Ese misterio que esconde detrás de su mirada -a ratos chulesca, a ratos desvalida: siempre atractiva e inquietante-, interprete a quien interprete. Creo que no me he perdido ninguna de sus películas. Sean mejores o peores, él siempre está bien, ajustado a su personaje, demostrando su valía. De "Plata quemada" a "El Lobo". De "Guerreros" o "Abre los ojos" (estoy mencionando algunas de las mejores) a "Transsiberian" (una de sus interpretaciones que más me gustan), donde se narra ese extraño viaje de Pekín a Moscú en el Transiberiano. La fuerza de su mirada aún cobra más relevancia en la belleza de aquellos paisajes inhóspitos y nevados, la vida que pasa a este lado de la ventanilla del tren. Aún le quedan muchas cosas por hacer, muchos papeles por interpretar. Y la cosa promete. Sigue prometiendo. De momento, me quedo con Tomás Soller y esa serie, "Homicidios", que, pese a estar relegada a la madrugada, me ha devuelto las ganas de volver a ver la televisión, ese cosquilleo por saber qué pasará la semana que viene. Y me quedo también con aquella otra imagen suya desorientado por una Gran Vía vacía y que, de un modo casi visionario, se ha convertido en la imagen del aturdimiento actual. De este sinsentido que nos aguarda a la vuelta de la esquina.

lunes, 24 de octubre de 2011

La vida después

Viajábamos al sur todos los veranos y mis padres siempre aludían con temor y bajando un poco la voz a la posiblidad de un atentado de aquella banda terrorista en el lugar en el que pasábamos todo el mes de julio o en alguna de las ciudades que atravesábamos para llegar hasta él. Algunas veces, sobre todo cuando mi hermana era muy pequeña, hacíamos el viaje en dos veces. Pasábamos una noche en un hotel de Madrid y ahí, en la capital, los temores de mis padres se acrecentaban. Parecía que siempre hubiese que estar alerta, sin bajar la guardia. En la playa, ya en el sur, algunos días hojeaba aquellos periódicos y revistas que leía mi padre y donde, a veces, junto a otras noticias y los sugerentes desnudos de actrices o de mujeres famosas, venían las fotografías de los atentados que aquella banda, aquí o allá, había perpetrado. Eran fotos tremendas, acompañadas de llamativos titulares, que se escapaban a la comprensión de un niño y le daban cierto miedo. Humo, sangre, escombros, coches destrozados o cuerpos sin vida tapados con sábanas blancas y tendidos en el frío asfalto mientras aguardaban la llegada de los coches fúnebres. Coches bomba, tiros en la nuca, tipos encapuchados, testimonios terribles, palabras llenas de angustia y de dolor por parte de los familiares de las víctimas. Mucho dolor. El verano solía ser una buena época para ellos, los terroristas. O para que las revistas recordasen lo que habían hecho recientemente. Todos los años lo mismo. No había tregua para ellos. Muchos atentados, muchos muertos. Pasaron los años y aquel niño, como todos los de su generación que tuvieron que vivir con la presencia constante del terrorismo en su país, fue comprendiendo la situación. El juego de unos y otros. Lo que aquella gente reclamaba y la forma tremenda que llevaba a cabo para conseguir sus propósitos. (También estaba, y está, esa otra gente, la que reclamaba lo mismo desde la democracia). Una locura. Una sinrazón que alcanzó sus máximas cotas de delirio (si nos ponemos a medir) con el secuestro y posterior asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco. Todos recordamos aquella crueldad, aquellas horas con infinito dolor y estremecimiento, siempre pegados a la radio o la televisión, anhelando el final positivo que no se produjo. Todos salimos a las calles: con las manos blancas alzadas y los cuerpos encogidos, como si aquel chico fuese un primo nuestro, un amigo de nuestra propia pandilla o el vecino de la puerta de al lado. Todos recordamos dónde estábamos cuando los terroristas anunciaron que habían matado al joven. Un hecho que no hacía más que evidenciar la barbarie desmedida de la banda. Una ira silenciosa, una rabia contenida y un dolor común unieron todas las formas de pensar como nunca antes -creo- se había visto. Aquel gobierno, el del Partido Popular, y el que vino después, el del PSOE, siguieron luchando firmemente contra ellos. Según los expertos, tanto unos como otros tuvieron contacto con la banda. Muchos intelectuales trataron el tema. Literariamente hablando, Fernando Aramburu escribió los mejores cuentos sobre ello, "Los peces de la amargura". Y ahora llega este momento. Supongo que habrá que tener prudencia, pero no deja de ser un momento para celebrar. Se ha impuesto la democracia, esa palabra que, pese a estar tan manoseada, no pierde (no debe hacerlo) un ápice de su sentido. Patxi López y Rubalcaba no pueden evitar la emoción. Y Aguirre y Cospedal sacan sus guantes de hierro y sus palabras más duras, como acostumbran. Sigue siendo, pese a todo, un momento histórico, un momento para la celebración. Por muchas cosas: entre ellas, porque, si la noticia es definitiva (como deseamos fervientemente todos los demócratas), ningún niño sabrá, como supimos los niños de mi generación, lo que es un país constantemente amenazado por un grupo terrorista.

viernes, 21 de octubre de 2011

El miedo de los niños

De repente, ocurre. Compras un libro en estos tiempos en los que eso, comprar un libro, constituye todo un logro. Y ahí está, sí, el deslumbramiento. No siempre ocurre, ni mucho menos, qué más quisiéramos los que, pese a todo, y a diferencia de la biblioteca pública de tu propia ciudad, seguimos comprando libros con regularidad. Después de una larga caminata en la que vas pensando que ése es el día en que sale a la venta, te acercas a la librería, coges uno, el primero que está colocado sobre la voluminosa pila, lo hojeas, sabes que la mayor parte de él ya lo has leído, que lo has hecho varias veces. De hecho, a excepción de ese relato, uno de los más largos del volumen, conoces todos los cuentos. Es una recopilación, "Nada del otro mundo". Tiene una portada diferente (muy bonita, por cierto: la imagen de esa chica de pelo anaranjado, labios rojos, vestido verde y cara de sorpresa o de susto, la sombra que amenaza detrás de su figura: es un estupendo trabajo del hijo de la mujer del escritor, Miguel Lindo), está publicado por otra editorial, Seix-Barral. Sigues hojeándolo, siempre detenido en ese cuento inédito del que has oído hablar a su autor. Piensas en que deberías emplear ese dinero, 18 euros, en otra cosa. Haces, con el libro aún en las manos, un cálculo acelerado. Quitas de aquí, pones de allá: los malabares de siempre, qué cansancio. Y en un arrebato, te diriges al mostrador, se lo entregas a la chica para que te lo cobre, ya está decidido: lo compras. No hay vuelta atrás. Sabías desde el momento en que saliste de casa que ibas a hacerlo, que ibas a comprarlo, mucho antes de la larga caminata por la ciudad. Son cosas que sigues sin poder evitar. Quieres llegar a casa cuanto antes y sumergirte en su lectura. Ese cuento, "El miedo de los niños", el inédito, será el primero que leas. Y te sientas en el sillón, la luz del otoño inundando el cuarto, una brisa fresca que se cuela por la ventana entreabierta, una música clásica que viene de no sé dónde. Francesca, la gata, alertada por esa brisa fresca, busca un poco de calor y se instala encima de las piernas, olisquea el libro y enseguida se queda adormilada. Y aparace, ya digo, el deslumbramiento. Desde las primera líneas, aquellas que leíste en la librería, sabes que te gustará. Es un texto extraordinario, uno de esos relatos a los que no les sobra ni les falta nada, ni una palabra, ni una coma: un relato que te hace pensar, que te hace reflexionar, que te hace recordar. Los días en la escuela, el olor de los lápices, de los cuadernos y de las gomas de borrar, la amistad profunda, la vida rural, el mundo de los niños y el de los mayores por otro lado, las sombras que, como a la chica de labios rojos, vestido verde y pelo anaranjado de la portada, siempre amenazan. Siempre. A veces, leyéndolo, también te acuerdas de los niños que aparecen en las novelas de Juan Marsé, ese hombre al que tanto has leído también y que esconde infinita ternura. Aquel miedo, aquellos fríos y aquella camaradería. Sigues leyendo, lleno de emoción, y llegas al final de la historia de esos niños del título absolutamente conmovido. No crees que exista forma más poética de contar lo que en él se cuenta. Sabes que volverás a leerlo una y otra vez. Y seguirás sintiendo ese escalofrío. Y mientras tanto, te quedas con uno de esos niños, ya adulto, en la cocina de su casa, escuchando la radio o no, sintiendo las huellas del pasado, los recuerdos apabullantes, el temblor de la historia, de esta bellísima y terrible historia. Una de las más hermosas que su autor, Antonio Muñoz Molina, ha escrito.

jueves, 20 de octubre de 2011

La madre de Alice

En el avión, de regreso a Asturias, cuando los pasajeros más ruidosos y alborotadores parecen haberse quedado adormilados, con la luz del sol filtrándose con intensidad a través de la minúscula ventanilla y las nubes flotando debajo de nosotros y tratando de esconder esa especie de mar imaginario que uno piensa que se encontrará tras ellas, voy leyendo el nuevo libro de Alice Munro, "La vida de las mujeres". Se trata de la única novela publicada por la autora canadiense y que ahora traduce al castellano, en exquisita edición (como acostumbra), Lumen. Dice Munro, refiriéndose a la madre de la protagonista, que es, a grandes rasgos, la suya propia, ya que la novela es una especie de memoria de lo que fueron los primeros años de la autora: "Y si la felicidad de este mundo está en creer en lo que vendes, entonces mi madre era feliz. El saber no era para ella algo hostil, sino acogedor y entrañable". La mujer de la que habla, la madre, interesada siempre por los conocimientos, vendía enciclopedias por las puertas de los pueblos de los alrededores. Todo un personaje. Qué grandes palabras las de Munro. Detrás de su aparente sencillez, se esconden miles de cosas. Esa transparencia en el lenguaje, que, a su vez, transmite tantas sensaciones, tantas emociones, es una de las más difíciles de conseguir. Palabras mayores de la literatura, con Nobel o sin él. Cierro por unos instantes el libro y pienso en sus palabras, las palabras de Alice refiriéndose a su madre. No hay mayor regalo que creer en lo que estás haciendo, estar convencido de lo que vendes. No todo el mundo conoce esa felicidad. Recuerdo mis tiempos como librero (el otro día me los recordaron en una radio: en la magnífica entrevista que me hicieron en el programa de Pachi Poncela) como uno de esos instantes de felicidad. Hablar con la gente, recomendarles este libro o aquel otro, hacerles llegar nuevos hallazgos. Guardo muchos buenos recuerdos de esos casi diez años como librero. Y sí, hay veces que los echo de menos, como me preguntaba la locutora del programa. Al hilo de todo esto, recordé la anécdota que acabábamos de vivir en uno de los museos que visitamos esos días en Londres, el National Portrait. Aparte de la exposición permanente, había otra sobre estrellas de los años dorados de Hollywood. Katherine Hepburn, Bette Davis, Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Vivien Leigh, Marlon Brando, Rock Hudson, Marlene Dietrich... Llegamos alrededor de las cinco y media, después de ver en una diminuta sala de cine del centro (por segunda vez) "La piel que habito", y ya no había entradas para esa exposición. La chica del mostrador así nos lo comunicó, a la vez que nos decía que al día siguiente por la mañana habría nuevas entradas disponibles. Le dijimos que, a la mañana siguiente, ya regresábamos a España, que resultaba del todo imposible. Y seguimos, bastante desilusionados, nuestro camino por el museo. Retratos y más retratos excepcionales. Cuando llegamos a la parte donde se exponían las fotografías de esas estrellas del cine clásico para las que ya no había entradas, otro de los empleados del centro, nos ofreció dos pases. Al parecer, su compañera le dijo que nos marchábamos de Londres al día siguiente y que no querían bajo ningún concepto que nos quedásemos sin verla. Eso, aparte de criterio y educación, es creer en lo que vendes, estar bien en tu trabajo, como le pasaba a la madre de la protagonista de Munro y a mí mismo en mis tiempos de librero. El agradecimiento fue absoluto. Mi cara cambió por completo. Y más aún después de ver la exposición (sublime, imprescindible para mitómanos de esa época irrepetible), cuyo catálogo no pudimos resistirnos a comprar. Qué menos, por otro lado, después de aquel detalle que no todo el mundo sabría tener. Abandonamos aquel museo felices, eufóricos, con nuestro pequeño tesoro en las manos, perdiéndonos en el barullo de Trafalgar Square, ajenos a aquello que le habíamos dicho a la empleada del museo de que al día siguiente teníamos que volver y que era cierto.