martes, 30 de noviembre de 2010

Nacho Martínez

Éramos muy jóvenes y teníamos ganas de hacer cosas diferentes y creativas. Ser escritores, locutores de radio, directores de cine, actores, guionistas... O todo eso a la vez, ya puestos, con esa maravillosa inocencia a cuestas de los jóvenes que están seguros de que se van a comer el mundo de inmediato con su talento y sus ganas infinitas. Acabábamos de dejar atrás el colegio. En los últimos meses, habíamos ganado un concurso literario con la historia de una mujer alcohólica, "Elisa siempre llega tarde" (¿dónde andará ese relato?), donde el jurado había dictaminado que se trataba de un texto muy maduro para nuestra edad (se trataba de un concurso para estudiantes de C.O.U.). Ahora estábamos en verano y habíamos decidido escribir un guión de cine. ¿Cómo lo hacíamos? Lo mejor era llamar a alguien a quien admirásemos y decirle que nos dejase uno, así podríamos ver la estructura, los espacios en blanco y todo lo demás. Se barajaron varios nombres, que ya no recuerdo. De repente, al ser asturiano, surgió el suyo, Nacho Martínez. Hacía poco que habíamos visto la serie "El olivar de Atocha" y teníamos, evidentemente, muy cercano el recuerdo de "Matador", aquella película que Almodóvar, pensando en Ava Gardner, escribió para Charo López y que ella no quiso hacer, y donde él, como acostumbraba, estaba magnífico. Busqué su nombre en la guía de teléfonos y le llamé a su casa de Madrid. Contestó él mismo. Aquella poderosa voz que escuchábamos en sus trabajos, lo era aún más en directo. Le conté nuestra propuesta. Me dijo que lo llamase de nuevo a la semana siguiente a otro número, el de la casa de Oviedo, donde iba a pasar unos días con la familia, y que sí, que nos traía el guión y que ya nos veríamos. Así lo hice: a los ocho días justos volví a llamarle y quedamos con él. Nos encontraríamos en el bar Sevilla, a las cinco de la tarde. Allí estaba él, Nacho Martínez, puntual, educadísimo, con el guión bajo el brazo, muy caballero. Le hablamos de nuestro proyecto, de nuestas aficiones, de nuestras inquietudes, de nuestras ganas de viajar, de ir a Madrid, de hacer miles de cosas. Él nos contó algunas historias sobre cine, sobre Madrid, y nos dijo que había venido a descansar, que lo necesitaba tras duros meses de trabajo. Nos entregó el guión de una película que, por problemas de financiación, no había llegado a realizarse. Le dimos las gracias repetidas veces y quedamos en volver a vernos. No lo hicimos, claro. Pero nunca olvidaremos ese gesto, el de quedar con dos principiantes para entregarles el guión que le habían pedido: ese gesto que define tan positivamente a la persona que lo hizo. Y nunca olvidaremos su imagen, tan delgada, tan alta, con sus sandalias de tiras marrones, sus ropas blancas y su cigarrillo siempre entre los dedos, alejándose por la calle Cimadevilla, tras despedirse de nosotros, pensando -seguramente- en todos los palos que les esperaban a aquel par de ingenuos que había dejado atrás, respirando el calor húmedo de la tarde de verano, descansando por estas tierras, las suyas. Nacho Martínez, aquel caballero que, hoy, dando nombre a un prestigioso premio, está en las manos de esa mujer que se arrepintió de no haber querido ser Ava Gardner. ¿Nuestro guión? Lo mejor de él está en este recuerdo, sin duda.

jueves, 25 de noviembre de 2010

An early frost

Vemos una de las primeras películas que se hicieron en los EEUU sobre el sida, "An early frost", que compramos la otra tarde en Berkana. Es una cinta hecha para la televisión con la dignidad de algunas de las películas hechas para ese medio y el aliciente de ver a la siempre maravillosa Gena Rowlands, a Ben Gazzara y a Sylvia Sidney en los papeles protagonistas. Son los padres y la abuela materna de Aidan Quinn, el joven, con todo un prometedor futuro por delante, al que le diagnostican el sida. En ella, con valentía y sin tapujos, se trata el tema de la homosexualidad y el del sida. No hay que olvidar que es una película de los primeros años ochenta, cuando ambos seguían siendo temas tabús. Más aún el del sida, me atrevería a decir. El joven, al serle diagnosticada la enfermedad, se tiene que enfrentar a sus padres para decirles las dos cosas: que es homosexual y que tiene sida. La reacción de los padres es bien diferente. La madre, comprensiva como la mayoría de las madres, enseguida se pone de su parte. La abuela materna, también. El padre, en principio, lo repudia. La primera reacción al oír su confesión es la de pegarle un puñetazo. Después, poco a poco, al ver la salvaje marginación que sufren los primeros afectados por esa enfermedad, se va mostrando más abierto, más tolerante, sin ponerse a la altura de la comprensión de las dos mujeres, su esposa y su suegra. La hermana, embarazada, también se muestra -al principio- reticente y huidiza, con temor a que ese hijo que está esperando pueda ser infectado sólo por estar en la misma habitación que él.
Hay una escena terrible. El joven, una noche, en casa de sus padres, sufre una importante recaída y llaman de inmediato al hospital. Vienen a recogerlo en ambulancia. Cuando los operarios que conducen la ambulancia descubren la enfermedad que sufre, se niegan en rotundo a llevarle y se marchan. Ahí es cuando el padre se despoja de todo prejuicio y lo lleva él mismo en su coche. Imagino, al ver esta escena, el infinito sufrimiento que provoca el rechazo, que todas esas personas, las primeras a las que les diagnosticaron la enfermedad, marginadas, desamparadas, solas... Imagino su final. Esa manera de morir rechazado por todo el mundo, incluso por sus propias familias. Y no puedo imaginar un final peor.
Leo, casi al mismo tiempo, un espléndido y reciente artículo que Antonio Muñoz Molina escribió en su blog sobre un amigo que se instaló en Nueva York, a finales de los setenta, huyendo de una familia ultrarreligiosa que lo había repudiado al enterarse de su homosexualidad. Y pienso, sí, en toda esa gente que tenía sueños, esperanzas, ilusiones, ganas de comerse el mundo. Y cómo -de una manera u otra- se fueron quedando en el camino. Pienso en toda esa gente que, al margen de las propias dificultades de la vida, tuvimos que añadir la de tener una sexualidad diferente a la de la mayoría. Y también pienso en muchas de esas madres, amigas, tías o abuelas de homosexuales que, ahora, tras la publicación de mi libro, se acercan para alabar -al margen de la literatura- mi valentía. Así lo dicen, textualmente, conscientes de lo que su pariente homosexual pudo haber sufrido también. (Me están contando muchas historias a este respecto: historias terribles de rechazo, de violencia por parte de los padres, de cierta rebeldía que inicialmente tenían sus protagonistas y que, con el cansancio acumulado, se fue apagando). Valentía, sí. Aún hoy expresar tu vida, como homosexual, en términos idénticos a los que lo haría un heterosexual es considerado una valentía. Supongo que el día en que no sea así, habremos logrado la mayoría de las expectativas. La película de la otra noche, pese a los veinticinco años transcurridos, me temo que tampoco se ha quedado demasiado anticuada.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Soledad Puértolas, académica

Estamos en Madrid para asistir al acto de investidura de Soledad Puértolas como académica. El cielo de Madrid -tan alto, tan azul, tan literario- se oscurece de repente y empieza a llover. Se desluce por completo el día. No importa. Decidimos tomar un gin-tonic en el Ritz antes de dirigirnos a la Real Academia. Un pianista, al fondo, recrea famosas melodías del cine americano. Cuando llegamos, descubrimos a un grupo de gente que ya está haciendo cola. Las invitaciones, por colores que indican la prioridad de los asientos, son reclamadas a la entrada. El edificio, tanto por fuera como por dentro, impone cierto respeto. El color de nuestras invitaciones, amarillo, nos permite sentarnos en las primeras filas, junto a los amigos y los familiares de Soledad. Delante de nosotros está Jorge Herralde, su editor. Cuando me levanto para acercarme a él y darle las gracias por las cariñosas palabras que me ha dedicado recientemente por "El extraño viaje", me doy cuenta de que está al fondo saludando a unos y a otros. Ahí está Rosa Pereda. Allí, Carmen Posadas, Cristina Morató y Eugenia Rico. A mi lado, queda un asiento libre. Y en la butaca siguiente, con una boina de fieltro fucsia y numerosas pulseras diminutas en sus muñecas, descubro a Marina Mayoral, escritora admirada, con la que empiezo a hablar. Me cuenta que está algo resfriada, con los vaivenes del tiempo -ahora frío, ahora calor- ya se sabe, que se ha jubilado ("así tengo más tiempo para escribir", señala) y que en la primavera publicará una nueva novela. La felicito por ello y le prometo que escribiré algo sobre ella para la revista Clarín. Me gustan sus historias de mujeres, su particular mundo. Y sé que a García Martín, director de la revista, también. A los poco minutos, en el asiento que quedaba libre entre Marina y yo, se sienta Enriqueta Antolín, cuya larga entrevista a Francisco Ayala, recogida en un libro, "Ayala sin olvidos", he releído estos meses, tras la muerte del escritor. Poco a poco, van subiendo al estrado los académicos (algunos de ellos con verdadera dificultad) y enseguida da comienzo el acto. José Luis Borau y José María Merino salen de la sala en busca de Soledad Puértolas. Entran los tres. Todas las miradas se dirigen a la escritora, bien escoltada por su anfitriones. El momento, tan solemne, de su entrada está acompañado de cálidos y sonoros aplausos. Enseguida le dan la palabra. Soledad centra su discurso en los personajes secundarios del Quijote, sus aliados. Es evidente que, en su obra -al margen de en este último libro de relatos, "Compañeras de viaje", donde resulta patente-, los personajes secundarios, ya desde el principio de su carrera, son muy relevantes. Aliados, sí, es el título del discurso. De todo ese discurso, tan bello y tan bien leído, me quedo ahora con unas palabras que Soledad rescata del Quijote, palabras que Cervantes pone en boca de maese Pedro: "Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala". Son importantísimas en la obra de la propia Puértolas y en la de todos aquellos escritores que, como ella, buscamos la transparencia del lenguaje. José María Merino le da la réplica y concluye el acto con nuevos y acalorados aplausos. Soledad Puértolas ya es académica, la quinta mujer que está dentro de la institución. Y yo pienso en todas esas tardes y esas madrugadas de insomnio, leyéndola y releyéndola, sublimes instantes, momentos llenos de placer (de los más placenteros como lector, sin duda alguna) y entusiasmo, y en lo afortunado que soy ahora, estando ahí, fundiéndome en un cariñoso abrazo con ella. Porque ahí, en ese abrazo, están, sí, esos momentos, todos ellos. Los que todo escritor busca en su interlocutor, y viceversa. Y yo sé que ella lo sabe.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Vanessa Gutiérrez

Son muchas las satisfacciones que me está dando este libro, El extraño viaje. Desde el primer momento en que mi compañera y amiga Esther Prieto me lo propuso, hace ya unos cuantos meses, hasta este viernes en el que acabo de presentarlo en Gijón, ciudad tan importante en mi vida y tan significativa en el propio libro. No olvido la tarde en la que mi querido compañero Samuel me enseñó la maravillosa portada que, con tanto mimo, había creado para mis textos; ni la mágica noche en la que recibimos el prólogo de Elvira Lindo, siempre tan señora; ni las palabras que le han dedicado personas a las que admiro como José Luis Piquero, Laura Freixas o Alberto Piquero. Las entrevistas de Antón García, Mercedes Marqués, Isabel Gemio o Damián Barreiro. La presentación en la plaza de Trascorrales, con casi doscientas personas escuchando, silenciosas y muy atentas, mis palabras y viajando -una vez más- conmigo. La complicidad con Azucena Vence, con Carmen Suárez. Ni las estupendas ventas que está teniendo en estos tiempos de tantas dificultades económicas. Ayer, en la presentación del libro en Gijón, en esa acogedora librería, La buena letra, que con tanto entusiasmo regenta mi colega Rafa, surgió de nuevo la magia. La escritora Vanessa Gutiérrez, tan cercana y buena comunicadora, fue la causante de que apareciese esa magia (que sólo aparece cuando le viene en gana, como bien sabemos). Con un estilo impecable, Vanessa fue desgranando las claves del libro -el yo como punto de partida, el yo con relación a los demás, la creatividad y la cultura como partes esenciales de la vida, y la figura de la mujer y la idea del viaje como centro del libro-, deslizando las preguntas, respetando los silencios, las pausas, las palabras del otro, yo, que escuchaba, embelesado (al igual que el público), cómo esas palabras que había escrito habían llegado a ella, tal cual las concebí en su momento. La conexión era total. Vanessa tiene clase, encanto, profesionalidad, talento como creadora y como comunicadora. Eso ya lo sabemos todos los que la seguimos con fidelidad, no estoy descubriendo nada. Lo que no sabía, aunque pudiese intuirlo, era el alcance que esas palabras, mis palabras, tuvieron en ella. Y de ahí, de ese alcance (impagable), surgió esa complicidad que, como escritor, uno siempre busca en el lector, en los lectores. Sobre todo, cuando quien te lee, es una mujer tan estupenda como ella, Vanessa Gutiérrez, con la sabiduría por bandera, la experiencia y el constante estudio como tablas imprescindibles, y todo un futuro luminoso por delante. Poco después, ya para finalizar, escogió uno de mis textos preferidos del libro, El café de la abuela Luisa, para leer en voz alta, y ahí sentí que de aquella boca pintada de un rojo intenso (¡ese rojo tan chic y cabaretero!) no sólo surgía una preciosa voz, la suya dando sonido a la mía, sino la de todas las mujeres que están ahí, en ese texto, y en todas las historias de mujeres y de hombres que están detrás y que se reconocen en las mías. Vanessa, te debo un largo poema. Éste es sólo un primer esbozo.

viernes, 19 de noviembre de 2010

El tiempo amarillo

Mi amigo Miguel González, compadre ya, ese hombre que ama los libros tanto como yo y que, junto a su chica, Carolina, lleva con mimo, esfuerzo, ilusión y mucho entusiasmo esa librería, Seshat, en Gijón, refugio de exquisito gusto para los amantes de la buena literatura y en la que presentaré mi libro a finales de diciembre (el día 30, jueves, para ser exactos), acaba de recordarme, sin él pretenderlo ni saberlo, con una foto en blanco y negro de Jessica Lange y Sam Shepard, aquel tramo de mi vida en el que todo comenzaba. Es una foto que apareció, en su momento, en la revista El Europeo, aquella revista que comprábamos los que sabíamos que había otro mundo al otro lado de nuestra pequeña ciudad y que estaba ahí, al alcance del sueño. Ese mundo, sí, que ya sentía mío. Jessica y Sam están muy enamorados, los rostros muy pegados, el pelo rubio y mojado de ella, la sonrisa de él, su diente un poco roto o torcido o ambas cosas, que no se sabe demasiado bien, al principio de su historia de amor, en el comienzo de los años 80. El influjo de "Crónicas de motel" y las charlas que se acababan al final de la tarde con mi amiga María -en la cafetería de aquel hotel donde tantos planes hicimos y que tantas tardes nos sirvió de cobijo-, tan presentes, ciertamente inolvidables pese a todo, antes de que todo se transformase o se esfumase como lo hace siempre lo imposible. Una foto gloriosa, magistral, impresionante, que representa con fuerza ese amor y atrapa poderosamente la vibrante luz que los envuelve a los dos, Sam y Jessica, Shepard y Lange, tras el rodaje de "Frances" (la biografía cinematográfica de la bellísima actriz Frances Farmer), donde se conocieron, o acaso ya en el rodaje de "Country", su siguiente película juntos, no lo sé. Esa foto, que estuvo durante años en mi habitación, enmarcada, vigilando nuestros sueños, nuestros desvelos, nuestras risas, nuestros miedos, anhelos y complicidades (¿te acuerdas, Alberto?), y también la otra cara de todo eso, la cara más fea y antipática, que también la hubo. Ahí están, sí, viendo esa fotografía, todas aquellas noches que me pasaba escribiendo, emborronando folios y más folios, soñando con hacer posible un sueño, mi sueño, publicar un libro, escribir, escribir, escribir... Esa foto que robé, en una noche loca, cuando las noches ovetenses eran otra cosa y el espíritu de Ava Gardner, de fiesta en fiesta, estaba a mi lado, en un bar, La Regenta, donde tantas buenas veladas pasamos, ¿os acordáis? Estaba a la entrada, clavada con unas chinchetas, a punto de caerse en cualquier momento. Aquella madrugada, lo recuerdo bien, decidí que esa foto iba a ser mía. Me había quedado sin aquel ejemplar de El Europeo y no podía pasar sin ella. Merche (la otra tarde creí verte, tan cambiada, con aquel mismo pelo revuelto y aquella misma sonrisa cómplice, entre el barullo de la gente y luego te perdiste como se pierden esos hallazgos de los que uno no está demasiado seguro de haber encontrado), sé que sabrás perdonarme. Jessica se fue conmigo: estuvo en buenas manos, te lo aseguro. Sam, también. Sobre la foto, amiga, aún conmigo, como dijo el poeta, Miguel Hernández, uno de los nuestros, ya se ha posado el tiempo amarillo.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La visita del Papa

Pasé casi quince años estudiando en un colegio de curas. Los años más importantes en la formación de cualquier niño y adolescente. Muchos años de represión, miedo, angustia, torturas psicológicas y físicas por parte de algunos de los otros niños y adolescentes que no toleraban encontrarse con un compañero diferente y -siempre, siempre- bajo la complicidad silenciosa y perversa de los curas y los profesores, alguno de los cuales, llegado el caso, se sumaban a las crueles bromas de los menores sin ningún tipo de reparo, de humanidad, ni de vergüenza. Mi colegio era una especie de cuartel, de cárcel (cuando, el pasado mayo, después de casarme, estuve en Alcatraz, la mítica prisión de San Francisco, la primera sensación que percibí fue ésa, la del siniestro parecido que tenía con aquel espantoso colegio, y no es broma o exageración lo que estoy diciendo) donde, evidentemente, triunfaba el más fuerte, el gallito, el típico chulo de barrio, el matón de la clase. El que tenía cierta pluma, el gordito, el que no sabía saltar el potro en las clases de gimnasia, el que utilizaba unas gafas más gruesas de lo habitual o el que tenía la cara llena de granos o una leve cojera: todos éramos carne de cañón, todos estábamos expuestos al ensañamiento más brutal y despiadado. Los que apuntábamos maneras gays, no obstante, nos llevábamos la peor parte. Lo más odiado, lo más repudiado era eso. Marica, mariquita, maricón... Y, a veces, esas palabras venían acompañadas de un puñetazo, un golpe en la cabeza o una buena pedrada en la frente, que de todo eso tengo recuerdo y cicatrices. Y en casa, pese a las magníficas relaciones que teníamos con nuestros padres, no nos atrevíamos a decir nada porque, cuando uno es un niño y está formándose, siempre piensa que es él el que está haciendo algo malo. Callábamos, aguántabamos, rezábamos, como nos habían enseñado nuestros padres, y le pedíamos a aquel Niño Jesús que estaba en la mesita de noche para que todo aquello terminase lo antes posible. Pasaron los años y, con ellos, los abundantes traumas sufridos se fueron superando poco a poco, no sin dificultad. Desde luego, no fue una tarea sencilla borrar todo aquel sufrimiento. Hay gente que no supo dejar esas huellas atrás, que aún está pagando las consecuencias de semejantes abusos y atropellos.
Pienso en todo esto tras la reciente visita del Papa a nuestro país (aconfesional, no lo olvidemos) y la polémica que esa visita provocó. Las cosas han evolucionado, sí, pero en algunos sectores, los relacionados con la jerarquía eclesiástica, las cosas siguen más o menos igual, por mucha denuncia que ahora quieran hacer de los casos más vergonzantes que la rodean. Respetando, como respeto, todo tipo de creencia religiosa y a muchas de las personas sensatas (que las hay, según hemos podido ver también estos días) que la practican, cada cual es muy libre de aferrarse a lo que quiera para sobrevivir, como es lógico, no debería consentirse que este Papa, representante máximo de la iglesia católica, arremeta nada más pisar suelo español contra las leyes democráticas establecidas en él como es el caso de la ley de matrimonios homosexuales. Es, de antemano, una absoluta falta de educación y de respeto al propio país que está visitando, haya escrito él su discurso o se lo haya escrito alguno de sus secuaces. Erre que erre siempre con la misma perorata, con la misma letanía, ¡qué pesadez!, ¡qué hartazgo!, con la cantidad de problemas que hay que resolver aquí y en el resto del mundo. Porque lo otro, que dos personas del mismo sexo decidan casarse, ya no admite, hoy por hoy, discusión alguna. Y el señor Rajoy, si gana las elecciones y tiene un poco de decencia, debería pensar lo mismo porque él, a diferencia del Papa (que no es nadie para los que no creemos en esa arcaica jerarquía), sí será el presidente de todos los españoles. De los miles de homosexuales que nos hemos casado, amparados por esta magnífica, necesaria y muy justa ley, le hayamos votado o no a él, también. Y eso un presidente democrático no debería de olvidarlo, ni de mirar cobardemente hacia otro lado, como si tal cosa, como hacían aquellos curas y profesores de mi colegio, casi treinta años atrás.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Berlanga, ese genio

(A mi amigo Félix Onís)
Descubrí el cine de Luis García Berlanga, en aquella adolescencia de principios de los años 80, cuando supe que el maestro era el padre de uno de los músicos que en aquellos momentos más admiraba (y sigo admirando), Carlos Berlanga, y que, junto a Alaska y a Nacho Canut, sigue siendo una figura imprescindible para conocer la música y su importante papel en la cultura y en la sociedad, todos los cambios que se estaban llevando a cabo en este país por entonces y ese otro tipo de vida que se vislumbraba más allá de la grisura y el encorsetamiento de una pequeña ciudad de provincias como la mía. Todo aquel mundo, todo aquel torrente de gentes hablando y hablando, entrando y saliendo, todas aquellas situaciones -muchas veces a medio camino entre lo patético, lo cruel y lo grotesco, heredadas de aquel terrible pasado dictatorial del que proveníamos- me fascinaron desde el primer instante, aunque, como es lógico, en aquellos momentos, por mi edad, trece o catorce años, no pudiese comprender el verdadero alcance de aquel mundo tan variado, complejo y riquísimo. Las cosas que había detrás de todo aquello, lo que se decía y lo que no se decía, lo que se mostraba y lo que se intentaba mostrar sin evidenciarlo. La mordacidad, la farsa, la salvaje ironía, el guiño deliciosamente desmesurado, la ternura ligeramente apuntada. Un puñado de obras maestras, sin duda. Cada cual tendrá su preferida.
Algún tiempo más tarde de aquel descubrimiento, en aquella estupenda televisión que dirigía la directora de cine Pilar Miró, a la hora golfa del Cine de medianoche donde tantas películas encontramos los adolescentes ávidos de sorpresas, cultura alternativa y conocimiento, pude ver "Tamaño natural", una de las películas de este genio que se nos ha ido que más me gustan. Una complejísima reflexión sobre la soledad, entre otras reflexiones, decididamente brutal, sobrecogedora, impactante. Berlanga -una vez más- no se andaba con tonterías ni con medias tintas. No era su estilo.
Recuerdo, también, años después, aquellas tardes de los sábados con Beatriz Pecker en "Fiebre del sábado", de Radio Nacional. Hablando de todo: de cine, de erotismo, de zapatos femeninos, de músicas, de mujeres, de viajes, de la vida... Un placer escucharle, dejarse llevar por todos aquellos mundos. Su voz pausada, susurrante. Su sabiduría. Su aire de caballero elegante, pícaro y un punto travieso, que parecía saber disfrutar plenamente de la vida. Era un verdadero placer, ya digo, escucharles a los dos, tan bien se complementaban sus voces, sus visiones de la vida y su complicidad, que somos muchos, sí, los que seguimos añorando la presencia de Beatriz Pecker en las ondas.
Recuerdo hoy el empeño de Concha Velasco, diciéndolo en casi todas las entrevistas, por trabajar en alguna de sus películas. Y como ese empeño dió su fruto en la última que dirigió "París-Tombuctú". Y esa escena, ya tan memorable, donde la Velasco, pletórica, guapísima, exultante y muy sensual y descarada, anima a Michel Piccoli a acariciarle sus poderosas tetas. Sólo él, Berlanga, con su fascinación por las mujeres, podía haber hecho algo así, con esa elegancia e insinuación.
Les imagino, en esta mañana helada y un tanto triste, a él y a su hijo, Carlos, sonriendo y conversando plácidamente en algún lugar cálido y soleado que recuerde a esas playas valencianas tan suyas.
El tiempo, sí, inflexible, que, con tanta ausencia destacada, nos va dejando cada vez más huérfanos, nos va haciendo cada vez más viejos y más solos.