Aún hoy, después de unos cuantos años ya dedicado al oficio de librero, me sigo sorprendiendo cuando determinados padres o madres (sobre todo ellas, las madres, que siguen siendo las encargadas de comprar los libros de los hijos) se escandalizan al recomendarles un libro protagonizado por una chica a su hijo masculino, o al revés. Siendo sinceros, suelen tolerar peor que un niño lea una historia protagonizada por chicas que lo contrario. (Como siguen tolerando menos que un niño juegue con muñecas o con un carricoche a que una niña lo haga con una pelota de fútbol, que ésta, siendo otra historia, es la misma). Las historias de Kika Superbruja, sin ir más lejos. Siempre hay excepciones, claro, honrosas y muy plausibles, pero, aunque parezca mentira, son pocas las madres que a día de hoy se llevan un libro de Kika para un chico (o de "La Cenicienta", o "Blancanieves": ese tipo de madres, ya desde bien temprano, se encarga de no familiarizar a su hijo con el ambiente, digámoslo así, de las chicas, y suele decantarse por "El gato con botas" o "Los tres cerditos"). Desde aquí, insisto, me quito el sombrero ante esas otras madres (incluso abuelas: esas abuelas maravillosas, modernas, inteligentísimas, ávidas lectoras ellas también) porque con su gesto convierten en normal lo que, hasta la fecha, al menos mayoritariamente, resulta extraordinario. ¿Miedo? ¿Temor a que otros niños se rían de él, a que lo hagan otras madres? ¿Resquicios de ese pasado carca y machista y homófobo del que procedemos? Quizá un poco de todo ello. A veces, aunque sé que no debo hacerlo, me apetece preguntarles si en el futuro dejarán a sus hijos leer "Madame Bovary" o "La Regenta" -sólo por citar dos casos de protagonistas femeninas-, o si, por el contrario, sólo les permitirán leer historias de guerreros, aventureros y espadachines. Es un poco absurdo, ciertamente. Creo que, en este sentido, los nuevos libros de Tea Stilton están abriendo nuevos caminos. Los niños están tan enganchados a las historias de Gerónimo, les gustan y les entretienen tanto, que esas madres más cerradas parecen ir abriéndose a esas historias, aunque la protagonista sea una ratoncita. Algunas llegan a medio disculparse con el socorrido "lo importante es que el niño lea, ¿verdad?". ¡Claro que lo importante es que el niño lea, señora! Y esas lecturas, todas ellas, protagonizadas por chicos y por chicas, harán del niño un hombre maduro, culto, inteligente que sabrá respetar a las mujeres, verlas de igual a igual, sin misterios, medias tintas, pasos en falso o demás tonterías variadas.
domingo, 31 de enero de 2010
viernes, 29 de enero de 2010
Soledad Puértolas
La familia, especialmente la figura de la madre, y los viajes, pese a que ella misma confiesa múltiples miedos e inseguridades a la hora de enfrentarse a ellos, son esenciales en la literatura de Soledad Puértolas. ¡Cuántos retratos de la madre en algunas de sus mejores páginas! ¡Cuántas mujeres viajeras en tantas otras! Viajes en tren, mayoritariamente, que, como en el resto de su obra, esconden, detrás de su aparente sencillez, miles de cosas, de aventuras, de sensaciones, de deseos, de frustraciones, de temores, de hallazgos. Esa manera de narrar, mostrando sólo lo esencial, es una de las más complicadas de llevar a cabo. Soledad, que ha tocado gozosamente todos los géneros, es una maestra en ese arte, el arte de crear atmósferas a través de un estilo directo, que ocultan las turbulencias de las vidas cotidianas, la fragilidad de la existencia. Lo extraño, lo difícil o lo luminoso, según el momento, que es vivir. Ahí está la tradición de los mejores cuentistas americanos. De John Cheever a Raymond Carver, de Carson McCullers a la canadiense Alice Munro. Sin olvidarnos, por supuesto, de Anton Chejov -tan vigente, tan cercano-, o de damas como Katherine Mansfield o Virginia Woolf, de quien Soledad heredó su derecho a una habitación propia (habitación para leer, para escribir, para coser, para pensar, para amar o, simplemente, para contemplar en silencio el mundo a través de una ventana abierta, las estrellas que brillan en ese cielo nocturno), la reflexión más íntima y depurada, la belleza de la palabra escrita, y ese punto ligeramente melancólico.
Ahí, sí, se inscribe la obra de Soledad Puértolas. Con su inconfundible manera de narrar, con su sabia visión del mundo, con su sutileza: ahí está su estela. Esa estela que, como esas bolsas de plástico que arrastra el viento en días que auguran tormentas y que flotan durante horas por el espacio, esconde el enigma, el misterio, la fugacidad de la vida.
jueves, 28 de enero de 2010
Las criadas
"Las criadas" es una pieza magistral, difícil de interpretar, complicada de digerir (para algunos más que para otros). Jean Genet trazó la imagen perfecta de esas dos mujeres, siempre al límite, perversas, seductoras, manipuladoras, víctimas de la sociedad y de sí mismas. Dos outsiders. Dos desarraigadas. Dos sórdidas perdedoras. Se han hecho muchas versiones de la obra. Mítica, dicen los que tuvieron la suerte de verla, fue la de Núria Espert y Julieta Serrano. No lo dudo, desde luego: ambas son dos actrices de raza. Yo tuve la suerte de ver hace unos pocos años a Emma Suárez y a Mónica López (Aitana Sánchez-Gijón, que interpretaba originalmente su papel, no salió de gira) en los papeles de las criadas y a Maru Valdivielso en el de la señora. Cambió, con esta obra, la idea que tenía de Emma, a la que admiraba -sobretodo por las películas de Julio Medem- y consideraba buena actriz, pero no una actriz superlativa. Después de ver esta obra sí la incluí en ese grupo. Revolvía su cuerpo menudo con una naturalidad -¡con aquellos taconazos sobre la pendiente por la que se movían sobre el escenario: añadiendo más dificultad a la dificultad!- impresionante. Y de su interior arañaba una voz grave, arrastrada, doliente, herida, ideal para el personaje. Mónica López estaba a su altura, lo que no es decir poco, en un duelo interpretativo memorable; y, aunque me quedé con las ganas de ver a mi admirada Aitana en aquel papel, me gustó (re)descubrirla. Maru Valdivielso también estaba magnífica haciendo de señora en el papel menos agradecido si es que en esta obra hay alguno así. Soberbia, distante, envuelta en una bruma de lejanía, fragilidad y avasallamiento: otra víctima más. Las tres, ya digo, estaban memorables. Como lo estaban Isabel Huppert, Sandrine Bonnaire y Jacqueline Bisset (¿en el mejor papel de su madurez?) en "La ceremonia", la libre adaptación cinematográfica dirigida por Claude Chabrol.
Ahora, en un giro ya empleado en alguna que otra ocasión, se representa en Madrid una versión protagonizada por hombres. Quizá esté bien, no lo dudo, es una apuesta diferente, pero no me apetece demasiado verla. Creo que la obra está concebida para tres mujeres, para tres actrices de primerísimo orden. Porque sólo ellas, las mujeres, son capaces de alcanzar ese grado de vulnerabilidad y violencia y no parecer unas simples locas o salvajes.
Ahora, en un giro ya empleado en alguna que otra ocasión, se representa en Madrid una versión protagonizada por hombres. Quizá esté bien, no lo dudo, es una apuesta diferente, pero no me apetece demasiado verla. Creo que la obra está concebida para tres mujeres, para tres actrices de primerísimo orden. Porque sólo ellas, las mujeres, son capaces de alcanzar ese grado de vulnerabilidad y violencia y no parecer unas simples locas o salvajes.
miércoles, 27 de enero de 2010
El tiempo de los gitanos
Estaba en Gijón, por alguna de las estrechas callejuelas de Cimadevilla, pendiente abajo, muy cerca del mar. Era un local que se asemejaba a una cueva pequeña y acogedora, con ladrillos envejecidos, un altillo a modo de escenario al fondo y una minúscula barra a la entrada. Tenía su encanto. Un garito donde cantaban y tocaban las palmas un grupo de gitanos. Canciones míticas, clásicos populares. Del repertorio de Cecilia al de los Gipsy Kings, tan de moda por entonces. Lo hacían bien. Sus voces eran graves -con esa gravedad que otorga el J&B y el Winston americano a las voces- y sus palmas, grandes y fuertes, contundentes. Se turnaban para cantar y había uno que lo hacía igual que Manzanita y otro, de ojos de un intenso verde y larga melena rizada al viento, que Antonio Flores, aquel poeta. Al final de aquellas noches salvajes y muy divertidas, siempre terminábamos allí. Qué tiempos. Nos acordábamos entonces, claro, de Ava Gardner en sus interminables y legendarias noches madrileñas. No podía ser de otra manera. Aquel espectáculo debía de ser impresionante, una delicia para mitómanos avezados como ya éramos nosotros: Ava, muy borracha, con los ojos humedecidos por el alcohol, bailando al ritmo de los flamencos, buscando unos brazos en los que apoyarse, a la caza de cualquier compañía que le recordase a Frank, al murmullo de su voz, la voz de La Voz. El recuerdo de la condesa descalza, ya digo, siempre presente en aquellas noches de la iguana. Nos emocionábamos con aquellas canciones tremendas mientras pensábamos que el mundo, en breve, sería nuestro. Hay veces en la vida en las que, afortunadamente, se celebran muchas cosas buenas, muy buenas incluso. Nosotros, entonces, celebrábamos la amistad. No había más. Era suficiente. El final de la noche nos sorprendía de pronto, pidiendo la última canción y el último whisky. O los penúltimos. Afuera, el sol se reflejaba ya sobre el mar, sobre la quietud de los barcos, sobre los paseantes más madrugadores. Y el olor de ese mar despejaba un poco nuestras cabezas y nos recordaba que era la hora de irse a la cama, solos o acompañados, o a la playa.
martes, 26 de enero de 2010
Concha Velasco
He tenido a Concha Velasco, en el teatro, a escasos metros de mí, separados tan sólo por esa mínima distancia que hay entre la primera fila que siempre ocupamos los más entusiastas y el escenario. He visto sus arrugas, sus risas, sus lágrimas, sus gestos de ira, de alegría, de desesperación, de satisfacción, de rabia, de amor, de temor y de dolor. La pasión que pone en su trabajo, el arte que inunda las tablas cuando ella aparece -ya sea sola o acompañada-, la entrega total y absoluta. Pocas como ella se merecen los premios, todos los premios que le den, como ahora la Medalla de Honor del Círculo de Escritores Cinematográficos. La he visto en el cine y en la televisión, claro, en sus buenas y en sus malas películas, en casi todas. Pero no es lo mismo. En el teatro, Concha, sublime actriz, poderosísima presencia, se crece. El teatro es su vida (no lo puede ocultar), su pasión. Esa pasión que transmite siempre a lo bestia, ya esté representando una obra de Tennesse Williams, de Antonio Gala, de Adolfo Marsillach, o de Romain Gary, como la última, la que está mostrando ahora por todos los teatros del país, "La vida por delante", dando vida a una ex prostitua judía: triste, melancólica, noble, cansada, muy cansada, bajo la dirección de ese otro enorme actor que es Josep María Pou. Dice Concha que se retira, que será su último papel. No lo creo. No lo quiero creer. No lo quiero ver. Espero aún muchas interpretaciones de esta vasilloletana tierna, aguerrida, vulnerable, fuerte, débil, sensible, de poderoso carácter y hermosa voz ronca. Le quedan muchos papeles en los que demostrar que está ahí, a medio camino entre Anna Magnani y Shirley MacLaine, dispuesta a darlo todo, a contagiarnos su pasión, el teatro, que es la nuestra. Iré a verla a cualquier rincón del país. No quepa la menor duda.
viernes, 22 de enero de 2010
Panorámica
Esta mañana, al salir del portal de casa, me sorprendió la lluvia. Era muy temprano, aún no había amanecido del todo. A esas horas, mucha gente camina acelerada, en una y otra dirección, con cara de sueño y cansancio acumulado, hacia sus trabajos y sus quehaceres cotidianos. Los niños esperan, muy abrigados, junto a sus padres o madres, en la parada la llegada del autobús que los trasladará a sus colegios. Una nueva jornada. Subí a buscar el paraguas. Francesca me recibió con sus maullidos más alegres, enredándose entre mis piernas, tirándose a la larga en el suelo para que la acariciase. Supongo que pensaría que volvía para quedarme, como es siempre su deseo: no soporta estar sola. Bajé de nuevo a la calle, dispuesto a caminar un buen rato antes de abrir la librería. Me gusta caminar por la ciudad a esas horas. Observar a la gente. Los niños, los viernes, muestran una actitud completamente diferente al resto de los días de la semana. Saben que es el último día de trabajo, también el último día del temido madrugón. Recuerdo aquella maravillosa sensación de los viernes por la tarde. Llegar a casa, merendar, olvidarme del colegio, poder leer todo el tiempo que quisiese, ver la televisión sin horarios, acostarme tarde y fantasear libremente sin miedo al movimiento del dichoso reloj. Qué felicidad. Algunos jóvenes regresan ahora a casa, tambaleándose, después de una larga noche. Quizá vuelva de nuevo a ponerse de moda salir los jueves, como hace años. Los jueves eran días mágicos para quedar con los amigos. Hace tiempo que se perdió esa magia por mucho que algunos se empeñen en lo contrario. Me reconozco vivamente en esos jóvenes, en aquellas épocas de estudiante y en aquellas otras en las que estaba sin trabajo. Todos los días, entonces, eran días de fiesta. Y qué bien lo tenemos pasado, ¿verdad? Salíamos de casa a las doce de la mañana y regresábamos casi al amanecer. No había problemas, ni preocupaciones, ni recibo alguno que pagar. Libres de toda atadura. La ciudad, como el París de Hemingway, era una fiesta. O quizá éramos nosotros, sí, la fiesta. Bendita fiesta. Hay que aprovecharla siempre mientras se pueda, mientras el cuerpo aguante, por si acaso llegan los malos tiempos, que llegarán de un modo u otro, no cabe duda.
Caminando, al amanecer, un viernes o cualquier otro día de la semana, con paraguas o sin él, se descubre otra mirada de la ciudad, de las gentes. Una perspectiva muy diferente. Otra manera de tirar del hilo para empezar el día.
lunes, 18 de enero de 2010
Haití
La inocencia de los niños nunca dejará de sorprenderme. El sábado, después de evitarlo durante varios días, vi imágenes de la tragedia de Haití por televisión. Las palabras, evidentemente, sobran. El silencio, señor obispo de San Sebastián, siempre es en estos casos la mejor opción, la más prudente, la más humana. Sobretodo, cuando abrimos la boca para decir solemnes barbaridades y para llevar el ascua a nuestra propia sardina, como siempre. "Mejor si me callara", recuerdo que leí esa misma mañana en un verso inédito de Herta Müller, Premio Nobel 2009. Mejor si nos calláramos, sí. Allí estaban, en medio de las palas que recogían a los muertos como si recogiesen trastos viejos para encender luego una hoguera, un grupo de niños, entre ocho y diez años, jugueteando y picándose entre ellos, riéndose al ver las cámaras de televisión y a los periodistas, ajenos a todo aquel dolor y sufrimiento. Los contrastes de esta vida, ya se sabe. Quizá sin aquellas risas frescas y luminosas ni aquellos enormes ojos negros e infantiles que devoraban la cámara, sería del todo insoportable contemplar aquellas escenas que no pertenecían a ninguna película de Hollywood ni a remotas épocas medievales sino, desgraciadamente, a la vida real y al momento presente. El aquí y ahora. Y concluye Herta Müller: "La noche cose un saco/ de tinieblas/ yerba, mala madre amarga/ silba un tren en la parada/ o quizás un niño falto de abrazo,/ en la acera, un zapato descalzo".
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