Era una de esas amigas de la infancia de mi hermana que, cuando a los quince años casi todas revolucionaban la caja de maquillajes de mi madre en el cuarto de baño de casa antes de ir a la sesión del sábado tarde de la discoteca de moda, prefería quedarse en su habitación, leyendo tranquilamente un libro o viendo alguna película de la televisión. Era más tímida y retraída que las otras. Iba a su aire. No parecía interesarle aquel barullo adolescente. Estudió en la universidad, conoció a un chico, salieron un tiempo y se casaron. Una vida normal, hasta aquí, como la de cualquiera. La última vez que mi hermana la vio, hace casi un año, parecía radiante, feliz y muy ilusionada: estaba a punto de tener una hija. Ayer, de camino a los mercadillos del Fontán, mi hermana y yo nos encontramos con su madre. Tenía la cara desencajada (las grandes gafas de sol no podían ocultar el dolor) y la voz quebrada. Aquella niña que su hija estaba esperando se murió -muerte súbita- quince días antes de nacer. ¿Qué dices ante algo así? ¿Cómo puedes ayudar? Me temo que sobran las palabras. Lo mejor es el silencio y, acaso, el discreto abrazo, la mirada cómplice, que se sepa que estás ahí, a su lado. Dejar que la vida siga su imprevisible curso y que el tiempo apacigüe las cosas. Ante historias así, siempre pienso en la gente que cree en algún Dios. Ahí, de alguna manera, supongo que encuentran algo a lo que agarrarse. Todos mis respetos.
lunes, 30 de noviembre de 2009
domingo, 29 de noviembre de 2009
Buenos Aires
Michael Jackson acaba de morir. Con esa triste noticia, recibida de madrugada, inciamos el viaje. Ya en Madrid, en el aeropuerto, las segundas ediciones de los periódicos tratan ampliamente el asunto. La muerte de Farrah Fawcett, ese ángel caído de los calendarios, rostro inevitablemente asociado a aquellas míticas series de nuestra infancia, queda relegada a un segundo plano. Llegamos, después de trece interminables horas de avión, a Buenos Aires. Allí, recién comenzado el día, el recuerdo del cantante también está muy presente: en la radio del taxi, en las televisiones, en las calles. Las tiendas de música colocan sus discos y vídeos en los escapates; y algunas de las otras, librerías en su mayoría, exhiben fotos y pósters de las diferentes épocas de la vida del cantante. Blanco o negro, qué más da: genio indiscutible, icono inmortal, página esencial de la historia de la música. Una de las cosas más importantes que uno aprende viajando es esa: que, pese a las lógicas diferencias, todos somos iguales. Todos, en todas partes, deseamos lo mismo, nos reímos y nos emocionamos con lo mismo, tenemos las mismas aspiraciones, veneramos a los mismos mitos y lamentamos las mismas desgracias. Los genios, esos privilegiados, aquí y allá, siempre hacen la vida más fácil, más interesante, más llevadera.Lo más impactante, ya en la calle, la mítica calle Corrientes, es el número de librerías. A cada paso, una. Abiertas desde el amanecer hasta altas horas de la madrugada. Llenas de saldos, de libros descatalogados, de ofertas siempre interesantes para el lector apasionado, para todo tipo de lectores. Todos los libros, prácticamente, en la calle, al alcance de la mano. En muchas de ellas, durante esos días, suena insistentemente la música de Jackson. "You are not alone", la canción suya que más nos gusta, también. Entre las librerías, están los teatros. Norma Aleandro, con su inmenso talento, nos deslumbra en un viejo teatro, con ese olor a madera y a humedad de los teatros de entonces, los primeros teatros. Y Darío Grandinetti, al día siguiente, hace lo propio en una pequeña sala con el mismo aroma añejo. La cultura en estado puro. Teatro y libros se funden, unas calles después, en "El Ateneo", teatro convertido ahora en librería. Y en cuyo escenario, transformado en cafetería, te puedes tomar un café hojeando tranquilamente los libros de la tienda. La fama de los argentinos es bien merecida. Cultos, educados, charlatanes, cercanos. Al fondo de la calle Corrientes, majestuoso, impresionante, se erige el Obelisco. Y a sus pies, a cualquier hora del día o de la noche, grupos de niños, de entre nueve y catorce años, al acecho: pidiendo limosna, buscando el despite del transeúnte, sobreviviendo. La picaresca disfrazada de inocencia, de cándidas sonrisas. Un taxista (que se define ferozmente nacionalista) nos advierte de lo peligrosísima que es la ciudad, de día y de noche, de que no hay más que robos, asesinatos, prostitución, descuartizamientos, que la policía, temerosa, mira siempre hacia otro lado. Aunque resulta evidente la ausencia de dinero en la mayor parte de la ciudad, no tenemos ningún problema. Ni siquiera en los barrios más humildes, los que conducen a Caminito, a La Boca, a toda esa zona tan empobrecida y pintoresca, única. Ese día, es día de elecciones. Y, como siempre que se va a votar, todo el mundo tiene prohibido beber alcohol: los que van a votar y los que estamos de visita. Todo Buenos Aires abstemio por un día. Pero como hay almas caritativas en todas partes, un amable camarero de un lujoso restaurante de Puerto Madero, frente al mítico Río de la Plata, coincide con nosotros en que no se puede comer esa deliciosa carne sin una botella de exquisito vino tinto. Y disimuladamente, nos la ofrece. La vista, desde la terraza cubierta de ese restaurante, es ciertamente maravillosa. En ese momento, por unos instantes, pienso que sí, que Buenos Aires puede ser el París sudamericano, como algunos dicen. Aunque París siga siendo mucho París. Cafés, librerías, teatros y tangos, claro, también asistimos a un espectáculo de tango -música y baile- en el emblemático café Tortoni. La noche ya es otro cantar. La fama de la noche argentina es excesiva, desde luego. Quizá, como algunas otras cosas, viva, ahora mismo, de la gloria del pasado, de sus flecos. O tal vez porque, como dice María Elena Walsh, en su espléndido libro "Fantasmas en el parque": "No sé cuándo empecé a no reconocer a Buenos Aires. Es una ciudad en permanente estado de colapso, mugre y precariedad. ¿Siempre fue así? No lo creo, no lo recuerdo. Ahora hay mucha gente que se refugia en su casa y su barrio. Y la multitud que no tiene más refugio que la calle. Crecieron la cantidad de habitantes y sobre todo el miedo. Pero la ciudad quizás es como el tiempo, ni pasa ni cambia, somos nosotros los cambiados, los pocos".Buenos Aires, ciudad de contrastes, de vaivenes y poetas (Borges, Cortázar y Gardel, pero también Haroldo Conti o la propia Walsh), literaria y decadente, antigua y cosmopolita al mismo tiempo, sobrevive, sí, con la misma dignidad que esas mujeres, las de la Plaza de Mayo, algunas de ellas aún bajo sus pañuelos reivindicativos, amarilleados por el paso del tiempo pero nunca silenciados, que vimos ese jueves inolvidable y muy emocionante, y cuyo recuerdo, imborrable, bello y doloroso, habita ya en nosotros como la certeza de que algún día no demasiado lejano volveremos a esas calles, a ese otro lado del mundo.
viernes, 27 de noviembre de 2009
Mujer en crisis
La mujer estaba sentada a mi lado, en la sala de espera del ambulatorio, planta cuarta, la planta cuyas paredes están pintadas de un azul claro y relajante, sección de cardiología. Tendría en torno a los cuarenta años, aunque, por su atuendo y su peinado, demasiado clásicos para su edad, parecía mayor. Una de esas mujeres -me pareció- con una educación rigurosmente tradicional, siguiendo a rajatabla los consejos de una madre en exceso autoritaria y religiosa. Ella ya había hecho varias pruebas y esperaba los resultados del médico. Aparentaba ser (al margen de aquellas lecciones recibidas de autoritarismo) una mujer normal: correcta, educada, discreta, a su aire. De pronto, la enfermera salió por la puerta y se dirigió a ella con un montón de papeles en la mano. Habló con ella, casi en susurros, le dijo que todo estaba bien, que se relajara, que no tenía que preocuparse por nada. Entonces, aquella mujer más bien menuda, se encolerizó. Una pantera salió de su interior. Tienen que ingresarme en el hospital, tienen que ingresarme hoy mismo, ¿no ven que estoy muy mal?, ¿no lo dicen esos análisis? La enfermera, con dulzura, comprensión y paciencia, trató de calmarla, no se preocupe, no le pasa nada, repetiremos las pruebas en breve, pero estos análisis indican que no tiene motivo para alarmarse ni mucho menos para ingresar en ningún sitio. La mujer, completamente airada, fuera de sí, arrebató los papeles de la mano de la enfermera, soltó un seco adiós y se dirigió, a grandes pasos, hacia el ascensor. ¿Por qué querría aquella mujer ingresar en el hospital? ¿Qué motivos tendría para actuar así? ¿Sólo se trataba de una crisis nerviosa, de un caso de hipocondría excesiva? Quién sabe. Cuando la enfermera me indicó que pasara a la consulta, que ya había llegado mi turno, aún pude escuchar cómo la mujer aporreaba con fuerza el botón de llamada del ascensor y repetía sin cesar aquellas palabras: tengo que ingresar hoy, tengo que ingresar hoy...
jueves, 26 de noviembre de 2009
Otra mujer maltratada
Rosa, en la facultad, tenía quince años más que nosotros. Era maestra, trabajaba por las mañanas y había decidido ampliar sus estudios en los ratos libres. Poseía una preciosa voz ronca, los ojos y los cabellos negros, y el aire decidido de las mujeres que no se amedrantan ante cualquier cosa. O eso, al menos, era lo que, desde fuera, parecía. Me enamoró desde el principio: por su inteligencia, por su rapidez en las respuestas, por su sarcasmo y por su risa. Sus carcajadas cazalleras, salvajes y contagiosas. Enseguida conectamos. Ella, quizá por la edad, no mantenía demasiado contacto con el resto de los alumnos de aquella clase. Conmigo, desde el principio, hizo una excepción. Le debía de hacer gracia aquel chico que se las sabía (casi) todas de cine, que estaba allí un poco por estar, soñando con escribir un guión, dirigir una película y convertirla a ella en su musa particular. Ahí es nada para no haber cumplido aún los veinte, debía de pensar. Un café dio paso a otro café, y ese otro café, a unos vinos, una cena y una salida nocturna. En la calle, aquella primera vez que nos vimos fuera de la facultad, Rosa no se comportaba del mismo modo. Cuando quedamos, hacia las ocho de la tarde, llegó impaciente y nerviosa, mirando a uno y a otro lado de la calle, ya bastante achispada por el coñac que, según confesó después, se había tomado antes de salir. Era primavera y la estaba esperando en una terraza, aprovechando el buen tiempo, los días cada vez más largos, esa luz alegre que a finales de marzo cambia el paisaje. Nada más acercarse a mí, me suplicó encarecidamente que entrásemos en el interior del bar. Después de la cena, ya consumidas dos botellas de vino, empezó a contarme la historia. Necesitaba salir siempre colocada de casa: habitualmente con alcoholes fuertes. El miedo a la calle era tan grande que necesitaba del alcohol para enfrentarse a él. Rosa, aquella mujer que aparentaba fuerza y seguridad en sí misma, aquella mujer inteligente y culta y divertida, había sido maltratada durante los tres años que había durado su matrimonio. No una bofetada, ni dos, ni tres: contundentes palizas, palizas de las que dejan marcas, huellas, secuelas de varios tipos. Y ella no sabía cómo dejar atrás a aquel hombre. No podía. Le costó mucho trabajo, mucho esfuerzo, con ayudas, con recaídas, con más recaídas, pero el miedo seguía. El miedo a que él apareciese, aunque vivía en otra ciudad, a casi quinientos kilómetros, estaba ahí, muy vivo, siempre presente, siempre al acecho. No podía desprenderse de él. Así me lo confesó, con lágrimas en los ojos y la voz rota, con el corazón en un puño y el alma encogida. Aquel ser decidido y fuerte paracía ahora un animalillo indefenso al que le hubiesen dado veinte patadas. Soy una estúpida, una cretina, decía, pero no puedo evitarlo. A veces, añadió, aún me acuerdo de él, de los buenos momentos, que también los hubo. No digas nada, sentenció recuperando el aire firme de sus horas en la facultad, no me juzgues y llévame a bailar. La llevé a bailar aquella noche y muchas otras noches más. Siempre lo pasaba bien con ella, hasta que había un momento en el que, ya bien entrada la madrugada, se alejaba, siempre en busca del tipo más macarra del local. Siempre el mismo prototipo de canalla. No digo que aquellos hombres que conocía en aquellas noches desenfrenadas fuesen unos maltratadores (no los conocíamos de nada, ni ella ni yo), pero el aire, ese aire del hombre rudo, malencarado, con cierto toque violento y que no es demasiado de fiar, estaba ahí. Y a ella era el prototipo que le arrebataba. Y se dejaba llevar. Un día, cosas de la vida, despareció así, sin más ni más. No hubo despedidas, ni llamadas telefónicas, ni nada por el estilo. Simplemente, huyó. Se fue de esta ciudad. Años más tarde, creí verla, también a altas horas de la madrugada, saliendo de uno de aquellos pubs que frecuentábamos entonces, muy borracha y envejecida, con los ojos enrojecidos, apoyada en el hombro de uno de aquellos tipos con cara de pocos amigos que tanto le gustaban, pero tal vez fuese sólo un espejismo. ¿Dónde andarás, Rosa?
miércoles, 25 de noviembre de 2009
La crisis y el surrealismo
Hay veces en que uno tiene la sensación de que en épocas de crisis la gente anda medio desquiciada. Y de que esos desquicies pueden originar situaciones verdaderamente surrealistas, casi grotescas. Ayer, a media mañana, entró en la librería una señora de unos sesenta años, delgada, enjuta, muy acelerada, con una especie de tic nervioso en una parte de la cara, la derecha, y unas gafas más grandes que el rostro. Quería un libro que tengo en el escaparate para una niña, uno de esos vistosos troquelados que, al abrirse, se transforman en castillos, en el castillo de la Princesa, en este caso. Se lo muestro. Le parece precioso. Me pregunta el precio. 20 con 60, le digo. Qué caro, si me lo rebajara un poco, susurra, es que ustedes ponen los precios de los libros muy caros. Señora, discúlpeme, pero nosotros, los libreros, no somos los encargados de poner los precios a los libros, ya vienen así de las editoriales. Rebájemelo, insistió con un tono firme, dictatorial, de monja mala. No puedo (y no quiero, me faltó por añadir: seguro que este tipo de clienta, si se presenta en unos grandes almacenes, no se atreve a pedirles descuentos a las dependientas de allí; además, basta que me hablen en ese tono, para que me niegue en redondo), afirmé con rotundidad, al tiempo que le mostraba otro troquelado, la casa de Papá Noel, que iba en la misma onda, al interesante precio de 5,95. Ah, no es lo mismo, sentenció. Le digo (y es cierto): el año pasado este mismo libro costaba 12 euros, pero para estas navidades lo han rebajado. No, no y no. No me está usted vendiendo ninguna ganga, me espeta, casi enfadada, que lo sepa. Aquí, sinceramente, me apetecía mandar a la buena señora a la mierda, pero como uno tiene que tener en el trabajo la paciencia que no posee en su vida privada, le repliqué: en serio se lo digo, señora, es una buena compra. Muy buena. ¡Es que lo tengo que enviar por correo al extranjero y allí me van a cobrar lo mismo que cuesta el libro por los gastos de envío! Aquí dejé la mente en blanco, la llevé lejos, muy lejos, a una playa del otro lado del Atlántico como mínimo, y me centré en ese estupendo puente de cuatro días que tenemos dentro de una semana y media. Vale, vale, lo llevaré, exclamó, como si supiera que mi paciencia estaba llegando ya al límite de lo permitido por los 5,95 euros de marras. Al menos, dijo, deme el papel de regalo para envolverlo, que lo quiero empaquetar en mi casa. Se lo di, claro. El caso era que se marchara ya de una vez antes de que la tensión arterial me reventara la cabeza en mil pedazos. Supongo que la persona de la ventanilla de Correos podrá contar la segunda parte de la historia.
martes, 24 de noviembre de 2009
Ellos y nosotros
Ese hombre que nos mira a los ojos, acurrucado entre cartones en cualquier portal, suplicando silenciosamente que la generosidad se apodere de nosotros. Esa mujer que, a primerísima hora de la mañana, recoge las frutas y las verduras que las dependientas de los puestos del mercado han rechazado. Esa misma mujer (u otra parecida) que hace lo propio, a última hora de la noche, también entre las cajas sobrantes de la carnicería y de la pescadería, antes de que pase el camión de la basura con su ruido estridente. Esas familias que, al oscurecer, husmean y revuelven todos los cubos de la calle, sin importarles su color ecológico, a la caza de algo útil. Una lámpara, una manta, un pijama, unos zapatos. Ese niño con cara de pillo que juega con una navaja y que nunca irá a la universidad. Esa niña que acompaña a su madre y a sus tías a la esquina donde aguardan, con mayor o menor disimulo, a los clientes. Esas mujeres que apenas saben leer y que, sin trabajo ni dinero, no se atreven a dejar atrás al causante de sus humillaciones. Ese hombre completamente alcoholizado que, en un cajero automático, te pide un cigarrillo y al que descubres un punto alto de lucidez en sus ojos vidriosos. Ese enfermo de sida que pide a la puerta de unos grandes almacenes antes de que un guarda jurado le obligue a marcharse para que no dañe la vista de sus clientas. Esas clientas, señoras muy encopetadas que viven de las rentas (ya inexistentes) de sus antepasados y que, algunas de ellas, robarán una crema, un pañuelo o un queso, en esos mismos grandes almacenes, sin que el guarda jurado, dado su encopetamiento y rancio abolengo, se atreva a decirles nada. Ese inmigrante que deja sobre el mostrador los cedés piratas que ya nadie le compra y que juega su último euro en una máquina tragaperras. Toda esa gente, gente en verdadera crisis, que quizá seamos nosotros mañana mismo.
lunes, 23 de noviembre de 2009
Tres mujeres
Sara Montiel, en el último vídeo de Fangoria, aparece como lo que es: una estrella. Una auténtica estrella. La única que, aquí, en nuestro país, se puede codear con Elizabeth Taylor o Ava Gardner. Las tres mujeres más guapas de la historia del cine, con permiso de todas esas mujeres guapas que habitan nuestra memoria. Sara, moderna, libre, única, siempre avanzada a su tiempo, haciendo lo que le da la gana, demuestra, a los ochenta y pico años, bajo los focos azulados de la pista de baile, que sigue poniéndose el mundo por montera. Absolutamente.
Otra diosa del cine, Lauren Bacall, guapa entre las guapas también, inteligente y sarcástica, acaba de recibir un Oscar honorífico, ese premio de consuelo que se suele dar a todas aquellas personas que lo merecen y que no lo recibieron en su momento. Algo es algo. Lauren, elegante, distinguida, muy señora como es, evocando a Bogart con su voz aguardentosa, parece realmente emocionada al recibir al tío Oscar. En sus ojos felinos está buena parte de la historia del cine.
Ángela Molina, en Gijón, toda de negro, labios rojos, melena larga y oscura, recibiendo el "Premio de Cinematografía Nacho Martínez", luce espectacular. Ángela es una mujer fascinante. Una gran actriz con un mundo propio, muy particular. Su voz, sus gestos, su modo de interpretar: todo, en ella, es diferente. Dejó, en tierras asturianas, su magnetismo inmarchitable y una frase estupenda: "Hay que aprender a valorar lo que te dan y aprender también a perder".
Creo que Sara y Lauren también suscribirían estas palabras.
Otra diosa del cine, Lauren Bacall, guapa entre las guapas también, inteligente y sarcástica, acaba de recibir un Oscar honorífico, ese premio de consuelo que se suele dar a todas aquellas personas que lo merecen y que no lo recibieron en su momento. Algo es algo. Lauren, elegante, distinguida, muy señora como es, evocando a Bogart con su voz aguardentosa, parece realmente emocionada al recibir al tío Oscar. En sus ojos felinos está buena parte de la historia del cine.
Ángela Molina, en Gijón, toda de negro, labios rojos, melena larga y oscura, recibiendo el "Premio de Cinematografía Nacho Martínez", luce espectacular. Ángela es una mujer fascinante. Una gran actriz con un mundo propio, muy particular. Su voz, sus gestos, su modo de interpretar: todo, en ella, es diferente. Dejó, en tierras asturianas, su magnetismo inmarchitable y una frase estupenda: "Hay que aprender a valorar lo que te dan y aprender también a perder".
Creo que Sara y Lauren también suscribirían estas palabras.
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